Terror “a la española”

domingo 17 junio 2007

Si existe un género cinematográfico particularmente despreciado y vituperado ese es el de terror, que muchos consideran mayormente destinado a adolescentes poco exigentes y con escaso cerebro. Hay que decir que buena parte de culpa de que esto sea así la tiene el nefasto cine producido a partir de los años 80, con el “slasher” como subgénero estrella. Hasta entonces, el terror en el cine había dado muy buenos frutos casi de manera continuada, y así las grandes estrellas de los años 30 y 40 (Lugosi, Karloff, Chaney…) habían pasado el testigo a la Hammer británica. Eso sin olvidar grandes clásicos de los 60 y 70 como La semilla del Diablo o El exorcista.

En España, el género de terror vivió un periodo de auténtico esplendor durante los años 60, con el impulso de gente como Paul Naschy (aka Jacinto Molina) y las coproducciones con Italia, gracias a lo cual se creó un verdadero subgénero de “terror a la española” que gozó de gran popularidad y dejó algunas películas bastante buenas. Aunque en la actualidad lo más recordado por el público pertenece a la parcela televisiva, con ejemplos como las míticas Historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador, inspiradas indirectamente en las Obras maestras del terror protagonizadas por ese gran actor que fue Narciso Ibáñez Menta (a la sazón padre de Ibáñez Serrador), y que fueron muy populares en la Argentina de los 60. Tras un acusado letargo motivado por la explosión del “destape” primero y del “cine social” y la comedia de vodevil después, el terror en España volvió a resurgir durante los 90, y hoy en día existe un cierto nivel de “industria” (llamémosla así) que gira alrededor de este tipo de cine, aunque en su mayoría se reduce a “slasher” de ínfima calidad y “psicothrillers” más indicados para echarse unas risas con los colegas que para otra cosa. Lo poco salvable de una hipotética quema se quedaría en la Fantastic Factory (que pese a que mayormente sólo ha producido cagarros, también ha hecho cosas bastante potables) y en la labor de un puñado de jóvenes directores a los que se les atisba talento, pero que aún tienen que demostrarlo de forma sólida (Jaume Balagueró y Juan Carlos Fresnadillo, por ejemplo). Al menos nos queda el consuelo de que, en este país antaño conocido como “España”, queda gente dispuesta a hacer un cine que no trate de la Guerra (in)Civil o de problemas sociales, éstos últimos generalmente vistos desde el prisma de jipiosos de carnet supuestamente comprometidos con su entorno, al que observan atentamente desde su chalet de Mirasierra.

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