El Apacible Willie

Jueves 20 abril 2017

Willie era un marinero,
navegó sobre el mar,
Y Willie dijo: una vida de marinero
es la vida que me gusta.
Pero ellos le enviaron a la batalla
para que entregara su vida,
Y Willie dijo: una vida de marinero no es lo que me gusta

Así que Willie se cambió a las fuerzas aéreas,
allí aprendió a volar,
y Willie dijo: ¡qué felicidad!,
mientras volaba por el cielo.
Pero ellos le enviaron a la batalla
para que entregara su vida,
Y Willie dijo: las fuerzas aéreas no es lo que me gusta

Ahora Willie está pensando
que la gente conspiraba contra su vida,
así que se compró una atalaya
y se encerró dentro.
Pero la torre miraba hacia un campo de batalla
donde los hombres entregaban sus vidas
y Willie tuvo que reirse antes de echarse a llorar.

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Moonwalker

Miércoles 19 abril 2017

Moonwalker (1988)

Directores: Jerry Kramer, Jim Blashfieldm, Colin Chilvers

Intérpretes: Michael Jackson, Sean Lennon, Kellie Parker, Joe Pesci, Brandon Quintin Adams, Dante Basco

Si existe un personaje que ilustre como nadie el concepto de “juguete roto” dentro del panorama cultural ese es, sin duda, Michael Jackson. Antes de que le estallasen en la cara los escándalos que lo arruinarían social, artística y económicamente, Jackson era lo más cercano a una deidad que se había paseado por el mundo desde tiempos de los emperadores romanos. Su poder, influencia y tirón popular eran tan grandes que, por poner un solo ejemplo, en el Otoño de 1991 hasta los mismísimos U2 decidieron retrasar un mes el lanzamiento de su nuevo LP, el más que sobresaliente Achtung baby, para que su puesta de largo no coincidiese con la de Dangerous.

Si esto les ha parecido exagerado mejor no hablemos de los 80, años en los que, junto a Steven Spielberg, Michael Jackson se convirtió en la máxima representación de la cultura de masas yanki, que vivía por entonces su máximo esplendor comercial. Su nombre y su música eran reconocidos por todo el globo, su presencia en los medios era casi continua y cualquier noticia relacionada con él, por absurda que ésta fuese, era objeto de primera plana y provocaba auténticos terremotos. Con el mundo en sus manos, el Rey del Pop decidió que su siguiente paso sería encumbrarse en el mundo del celuloide de la mano de Spielberg, quien era uno de sus más íntimos amigos. Jackson ya había hecho pinitos como actor en sus propios videoclips, como el de Thriller, y había protagonizado Capitán Eo, un despliegue de alta tecnología aplicada al cine dirigido por Francis Ford Coppola a mayor gloria del artista, y destinado a su exhibición en el EPCOT, la atracción estrella del Disneyland de Orlando.

Con estos antecedentes, no sorprende la enorme expectación producida cuando se supo que Michael Jackson iba a protagonizar una película. Incluso los detalles más insignificantes se mantuvieron en secreto hasta el último momento. De este modo, cuando la productora empezó a permitir filtraciones a la prensa sobre lo que se estaba cociendo, el filme estaba en boca de todo el mundo y tenía el éxito asegurado, a pesar de que en Estados Unidos sólo sería comercializado en video. Fuera de allí, empero, sí se mostraría en pantalla grande, y baste decir que cuando el estreno se aproximaba, Televisión Española programó en primicia el video de Smooth Criminal (que servía como trailer de presentación) en horario de máxima audiencia. Lo que siguió fue un estado de locura colectiva entre los fans como no se recordaba desde los Beatles, con cines cuya cola para la venta de entradas daba un par de vueltas al edificio y griteríos ensordecedores ya dentro de la sala, que apenas permitían escuchar nada durante la proyección.

Todo esto quizás haga que más de uno suelte una sonrisa socarrona, por cuanto el devenir de los años ha hecho que Jackson haya pasado de ser objeto de admiración y respeto a serlo de mofa y escarnio. Y más cuando uno se atreve con la película, sin duda uno de los ejercicios cinematográficos más demenciales jamás filmados. La cosa va de una gran estrella de la música (adivinen ustedes de quién se trata) que, entre canción y canción, se dedica a combatir a un poderoso esbirro del mal y a demostrar de paso su amor por los niños (sic). Resumiendo: hay que tener unas pelotas de acero para ser capaz de tragarse Moonwalker entera, porque dejando a un lado los videoclips (de los que hablaremos un poco más adelante) la película es mala como el peor pecado. Lo era en su momento (a mí al menos no me gustó nada de nada) y no digamos ya ahora, con su protagonista convertido en la sombra (si llega) de lo que un día fue. Aun así, se pueden sacar conclusiones muy interesantes del visionado, comenzando por el hecho de que nunca se volverá a rodar una película como esta porque ya no hay superestrellas musicales del calibre de Michael. Dejando a un lado su caso, sobradamente conocido a estas alturas, quienes un día compitieron con él en el particular Olimpo de los “charts” tampoco son ya lo que fueron, y los pobres diablos que actualmente contaminan con su presencia lo más alto de las listas de éxitos no serían la millonésima parte de lo que Michael fue ni aunque viviesen veinte vidas seguidas.

En el caso de Moonwalker esto se nota en la parcela audiovisual que Jackson mejor dominaba: los videoclips. Es ahí cuando el Rey del Pop nos dice “aquí estoy yo, ¿qué pasa?” y junto a su fiel escudero, el inefable Quincy Jones, nos demuestra la enorme capacidad que atesoraba por aquel entonces para convertir en himno pop cualquier cosa escrita sobre un pentagrama. Esto queda patente sobre todo durante la escena del Smooth Criminal, tal vez uno de los peores temas del repertorio de Jackson: claramente una canción de relleno (sirvió de “despedida y cierre” para Bad), más simple que el mecanismo de un botijo y alargada en Moonwalker hasta el aburrimiento, por decirlo de un modo suave. Pero ahí la tenemos, convertida en éxito y logrando que aun hoy más de uno tararee su machacón y absurdo estribillo tras escucharla. Y no hace falta decir que el clip que la acompaña está muy bien hecho, aunque no se puede esperar menos en una cinta rodada en plena apoteosis del género, además protagonizada por uno de los músicos que más partido sabía sacarle presupuesto mediante. A título particular yo me quedo con Leave me alone, auténtica declaración pública llena de mala leche contra lo absurdo del acoso mediático, envuelta con una música de lo más pegadiza y, para la ocasión que nos ocupa, un videoclip de lo más espectacular, auténtico monumento a las técnicas de “stop-motion”. Tal vez lo mejor de la película.

Aunque de Michael Jackson se podrían decir muchas cosas y no todas precisamente buenas (también en la parcela artística además de en la personal), nadie puede poner en tela de juicio lo que fue, su influencia en la música popular ni su legado, incluyendo esta Moonwalker. Que sí, vale: que es una “sobrada” que destila un narcisismo egocéntrico digno de una tesis doctoral de psiquiatría, y que encima es un bodrio difícilmente soportable si nos olvidamos de los videoclips. Pero es un fiel reflejo de unos años, los 80, que fueron a la música pop lo que los 90 al mundo de la moda y que, nos guste o no, tuvieron momentos de grandeza que ya nunca se volverán a repetir.

P.D: Este articulo fue publicado originalmente hace unos meses, el 18 de noviembre del año pasado, vuelve a portada como homenaje de Computer Age a Michael Jackson

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Pánico en el Transiberiano

Martes 18 abril 2017

Pánico en el Transiberiano
Horror Express (1973)

Director: Eugenio Martin
Interpretes: Christopher Lee, Peter Cushing, Telly Savallas, Alberto de Mendoza

Horror ExpressLa primera vez que vi Pánico en el Transiberiano fue nada menos que en el marco del mítico programa La Clave de José Luis Balbín. Sólo era un chaval, pero ya me estaba convirtiendo en un aficionado compulsivo al cine. No recuerdo a santo de qué se proyectó esta cinta en el programa ni el tema del debate que justificó su emisión, pero sí recuerdo que me pasé bastantes días padeciendo pesadillas en las que aparecían por doquier personas con los ojos rojos iluminando la oscuridad. Horrible, oigan, hasta el extremo de que pasó bastante tiempo cuando me atreví a volver a verla; en video desde luego, porque hablamos de una de esas que no se suelen reponer en TV por los motivos que sean.

Han pasado muchos años desde entonces, y desde luego no veo este filme con el mismo temor de antaño, ni siquiera viéndola a solas y a oscuras, que es la base para crear el ideal “ambiente de miedo” para ver una peli de terror. De todos modos admito que esta curiosísima cinta tiene su aquel.

Pánico en el Transiveriano es una “rara avis” del cine español, más dentro de la época en que se realizó: fue coproducida con capital británico por Bernard Gordon, un antiguo guionista americano que emigró a Europa (primero a Francia y después a España) tras ser puesto en la tristemente famosa “Lista Negra” de Mc Carthy por su pertenencia al Partido Comunista, al que se había afiliado de joven. El bajo presupuesto no fue óbice para que se le pudiese echar el guante a tres auténticos pesos pesados del panorama cinematográfico de la época como eran Peter Cushing, Christopher Lee y Telly Savalas. El rodaje se llevó a cabo en unos estudios de Daganzo de Arriba (muy cerca de Madrid) y en localizaciones de Navacerrada, siendo español la mayor parte del equipo técnico y actoral. A Gordon le hacía mucha ilusión el proyecto e inicialmente incluso pensó en dirigirlo, pero los bártulos recayeron finalente en el desconocido (aunque veterano) Eugenio Martín, amigo del guionista Philip Yordan, quien a su vez también era amigo del propio Bernard Gordon (los tres ya habían colaborado en cintas anteriores como la paupérrima Pancho Villa de 1972). Por todo esto, pero sobre todo por la presencia de los tres actores antes nombrados, ya merece la pena echarle un tiento a este estofado. Y quién crea que aceptaron porque estaban en el ocaso de sus carreras y “no les salía nada mejor”, no tiene más que consultar esa maravillosa Biblia que es la IMDB para comprobar que todavía les quedaba cuerda.

Dejando a un lado este aspecto, Pánico en el Transiveriano es una cinta con tres tercios muy bien diferenciados. En los dos primeros resulta interesante. El planteamiento de inicio, si no original, al menos está bien llevado y tiene chispa, recordando a Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie pero con monstruo. Sin embargo, en el último tercio del metraje la película se desmadra de manera inexplicable, justo cuando aparece en escena un Telly Savalas completamente descontrolado. Como si se contagiase de alguna manera de su personaje, el invento se precipita hacia una convulsa sucesión de acontecimientos y despropósitos, y todo el castillo de naipes construido a lo largo de la hora anterior se viene abajo con estrépito. Da la impresión de que a la productora se le acababa el presupuesto (a pesar de estar reutilizando decorados y maquetas de Pancho Villa) y estaba en la obligación de terminar la película, como fuese y lo antes posible. Y es una pena porque, como ya he comentado, hasta ese momento el tinglado mantiene el tipo con dignidad y tanto Cushing como Lee, si no colosales, imponen respeto en pantalla. Pero no hay remedio; incluso los efectos especiales, hasta ese momento aceptables en relación al poco dinero disponible, se convierten en una sucesión de chapuzas: en la escena final, las maquetas “cantan” tanto que mi hermano y yo nos estuvimos partiendo de la risa un rato largo.

De todos modos, y pese a ese tercio final que la destruye casi por completo, Pánico en el Transiveriano tiene su interés. Como película de terror y misterio funciona a ratos, y como película española (o “medio española”, si alguien quiere verlo así) todavía está por encima de muchas pretendidas “obras maestras” que nos quieren vender, mal que les pese a algunos. Véansela y me cuentan.

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Volar es para pájaros

Lunes 17 abril 2017

Hace tiempo era un niño bueno y cazador de nubes
y es que al cielo subía por sumas de escaleras
trepando por la hierba de luz del arcoiris
o por los hilos de sol de mis cometas.

Ahora quiero volar, sé que antes del silencio,
antes del bien y el mal, del cruel y del tirano,
pasaba por el mundo sobre ángeles y cosas
un hombre libre con alas en las manos.

Ahora vuelvo a volar, tengo unas alas blancas
con que abrazar el aire, rasgar el horizonte,
llegar hasta ciudades lejanas como sueños
y enseñarles a todos que es posible la vida,
que es posible la vida, que es posible la vida,
que es posible la vida.

Suben a mi ventana gritos alucinados,
chirridos de sirenas arañándome entero
y gritos de “estás loco, volar es para pájaros”,
pero extiendo mis alas, miro hacia el cielo y salto,
miro hacia el cielo y salto, miro hacia el cielo y salto,
miro hacia el cielo y salto,
miro hacia el suelo y caigo.

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Una De Estas Cosas Primero

Domingo 16 abril 2017

Yo podría haber sido un marinero,
podría haber sido un cocinero
Un amante de carne y hueso,
podría haber sido un libro
Podría haber sido un poste indicador,
podría haber sido un reloj
Tan simple como una tetera,
tan firme como una roca
Yo podría ser
Aquí y ahora
Yo sería, yo debería ser
Pero, ¿cómo?
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero.

Yo podría haber sido tu pilar,
podría haber sido tu puerta
Podría haberme quedado a tu lado,
haberme quedado más tiempo
Podría haber sido tu estatua,
podría haber sido tu amigo
Y el final podría haber sido toda una larga vida
Yo podría ser tuyo sinceramente
Yo sería, yo debería ser, completamente
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero.

Yo podría haber sido un silbato,
podría haber sido una flauta
Un donante de carne y hueso,
podría haber sido una bota
Podría haber sido un poste indicador,
podría haber sido un reloj
Tan simple como una tetera,
tan firme como una roca
Yo podría incluso estar aquí
Yo estaría, yo debería estar muy cerca
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero
Yo podría haber sido
Una de estas cosas primero.

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