Junior Wells – Hoodoo Man Blues

Sábado 20 diciembre 2014

Junior Wells
Hoodoo man blues
Delmark 1965

Junior Wells nació cerca de Memphis en 1934 y murió en 1998. Sale en Blues Brothers 2000. Junto con Little Walter, Junior Parker y otros, es uno de los maestros de la moderna armónica de blues y una de las mejores voces del blues grabado, con un estilo fuerte y único. Seco, viril, grave, amplio y profundo. Representa el blues moderno de Chicago a la perfección: Hoodoo man blues es el abc del estilo para todo el que quiera saber de qué iba el tema. Su primer largo como solista. Aprendió de Junior Parker y comenzó en serio con los hermanos Myers en los míticos Aces, cuando el combo fue completado con Fred Below, batería de jazz reconvertido al blues, maestro de los tambores presente en cientos de grabaciones. Entró en la banda de Muddy Waters cuando Little Walter, a raíz de su primer éxito, Juke, dejó la formación en 1952, para dirigir a los Aces, cuarteto con dos guitarristas, sin bajo. Waters poseía la que es considerada banda paradigmática del blues de Chicago, escuela de futuras figuras, similar a las formaciones de Miles Davis. En ella se forjó Wells hasta llegar a publicar su música. Previamente a este disco, grabó, entre otros, con el primo de John Lee Hooker, Earl Hooker, pionero del wah wah y de la experimentación guitarrística. Con él registró uno de sus temas más populares, Messin´ with the kid. Hoodoo man blues está considerado como uno de los mejores discos de blues de todos los tiempos. Además de tirar por tierra numerosos tópicos y no abrumar en momento alguno con virguerías, de las que eran muy capaces, ofrecen un conjunto de canciones en las que destaca el sonido, excelente y fiel al directo. Presenta la actitud del estilo en su justo punto, ni más ni menos. Lo más característico es lo comedido de la interpretación: nunca llega a explotar del todo, sino que hay un control total y genuino sobre el flujo sonoro. Cada elemento suena en su momento y no se prolonga más allá. Alcanza la cresta y vuelve al caudal, multiplicando su fuerza y poder expresivo. 100% actitud. Abre el vinilo Snatch it back and hold it y no deja lugar a dudas, con continuos cortes vocales y de armónica apoyando el ritmo, llevando al conjunto. Wells pertenece a otra generación diferente a la de Waters o Walter, el rhythm´n´blues y el funk primigenio ya estaban ahí, por lo que en el disco la variedad de palos es amplia, pero en un primitivo y conciso formato, sin florituras ni sobrearreglos. El cuarteto, completado por Buddy Guy, Jack Myers y Billy Warren toca exactamente lo justo en torno siempre a la voz. Los temas son, además de Wells y Guy, de Leiber&Stoller (impresionante Hound Dog acelerado, en modo menor), Sonny Boy II ( posiblemente el Good morning school más hot grabado) y otros como Kenny Burrell (Chitlins con carne, instrumental de rhythm´n´blues latino que junto a We´re ready demuestran la versatilidad y empaste de la banda). El disco se completa con algún blues lento en menor compensando la furia del resto. In the wee smalls hours of the morning es un semiinstrumental donde la melancolía amplía el campo emocional de la obra. You don´t love me baby tiene en este disco una de sus mejores versiones también, así como Hey lawdy mama, donde la guitarra y la armónica se complementan a la perfección, con frases percusivas de respuesta de Guy sobre el bajo de Myers, que en casi todo el disco toca más notas de las habituales en el estilo, sin cansar, un poco por herencia de los Aces: se sale del canon para redefinirlo como pocas veces ocurre. Exquisito el trabajo de Guy a la guitarra, tocando prácticamente ritmo puro, de acuerdo con la tónica del disco, en la que no sobresale ninguno de los cuatro sobre el resto, trabajando las frases cortas, la repetición de motivos simples, los riffs y el ataque del conjunto sobre las partes fuertes. Los acentos rítmicos determinan el carácter de los temas. La armónica de Wells es oro puro, dominando los graves y las frases contenidas, cortantes, con un flujo sonoro casi tangible. Blues puro y duro.

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Las verdes praderas

Viernes 19 diciembre 2014

Las Verdes Praderas (1979)

Director: Jose Luis Garci
Interpretes: Alfredo Landa, Maria Casanova, Irene Gutierrez Caba…

Antes de convertirse en abanderado de culturetas pedantes y de encadenar un pretencioso pestiño tras otro, José Luis Garci hacía películas de verdad. A veces incluso muy buenas películas, sobre todo antes de que, en 1983, le tocasen las migajas en la tómbola de los Oscar con Volver a empezar, aquella castaña protagonizada por Chanquete que hoy (afortunadamente) casi nadie recuerda. Pero para entonces, el cineasta ya había demostrado tener muy buenos mimbres en su oficio. En 1979, por ejemplo, un desconocido Garci se permitió el gustazo de dar lecciones a más de uno de sus colegas más veteranos con una de esas películas que, siendo auténticas joyas, suelen terminar pasando desapercibidas para casi todo el mundo, cuando no completamente olvidadas.

En 1979 España se despertaba del marasmo de cuarenta años de dictadura franquista. Para entonces, y pese a los graves problemas que padecía, el país había progresado mucho, y la incipiente clase media nacida en los años sesenta bajo el ala del “desarrollismo” se había transformado en una pequeña burguesía de oficinistas y universitarios con poder adquisitivo medio – alto. Esta próspera clase social, formada en su mayoría por individuos de unos 40 años, empezaba por aquella época a saborear las mieles de un consumismo jamás imaginado hasta entonces por el españolito de pro.

En Las verdes praderas José Luis Garci realiza un retrato magistral de aquella clase media que, habiendo vivido una niñez miserable entre autarquías y racionamientos varios, creyó que la felicidad se encontraba en los grandes almacenes. Aquel sentimiento se personifica en José Rebolledo, alto cargo de una importante compañía de seguros que lleva una vida aparentemente envidiable. Licenciado en económicas, tiene un buen trabajo, una familia modelo con una mujer guapa que le profesa amor incondicional y dos hijos preciosos, un buen coche, una buena casa en Madrid… y chalet en la sierra. Más perfecto imposible… o eso creemos, pues en el caso del pobre Rebolledo se ha hecho cierta (y con toda su crudeza además) aquella máxima que reza: “lo que posees acabará poseyéndote”.

Se me ocurren muchas razones por las que merece la pena ver Las verdraes prades; la principal de ellas que, en su conjunto, es un peliculón, bien hecho y entretenido. Alfredo Landa está inmenso en la piel de Rebolledo, bien secundado por un reparto de campanillas en el que incluso aparece una jovencísima Cecilia Roth, con la voz doblada para que no se le note su acento porteño. El guión supura ironía y mala hostia por los cuatro costados, dando pie a situaciones de pura tragicomedia y a uno de los mejores monólogos que se han visto nunca en una película española: el que Rebolledo le suelta a su mujer mientras pasean por un pinar, ya al final de la película, y en el que aquel pobre hombre desboca toda la rabia que lleva dentro, disgustado al ver que tanto esfuerzo por lograr una buena posición social no solo no le ha proporcionado la felicidad que él esperaba, si no que le ha convertido en un esclavo que, para más INRI, tiene que cargar con los muchos absurdos que conlleva su “aventajada” situación.

En resumidas cuentas, Las verdes praderas queda como uno de los mejores exponentes del cine inmediatamente posterior a la explosión del “destape” y es, sin duda, una de las mejores películas españolas de los setenta. Alfredo Landa aprovechó la sensacional oportunidad que le brindó Garci para romper de cuajo con su pasado (ese que tanto agrada a los responsables de “Cine de Barrio”) y mostrarse como un PEDAZO DE ACTOR. Así, con mayúsculas. Con todo, lo peor que te puede pasar viendo la película es que te identifiques de alguna manera con Rebolledo, como me pasa a mí sin ir más lejos. Y darse cuenta de que no hemos progresado mucho precisamente, porque la temática de la cinta es completamente actual pese a estar rodada en 1979: las clases medias no dejan de vivir a todo tren, buscando la felicidad en el materialismo más salvaje, pese a que su prosperidad está hoy por hoy más en entredicho que nunca. ¿De verdad se es más feliz endeudándose hasta el cuello para comprar un coche de 30.000 € en lugar de uno de 12.000?. Si así lo creéis conmigo no contéis, majetes.

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Un prestigitador llamado Springsteen

Jueves 18 diciembre 2014

bruce2.jpgEn la década de los 70 fue saludado como el futuro del rock, en los 80 se convirtió en una superestrella, en los 90 parecía perdido para la causa y en el siglo XXI ha recobrado la capacidad para emocionar. “Magic” es la última prueba irrefutable de que Bruce Springsteen es un artista cuya inspiración no se ha agotado. Es una obra que remite a su glorioso pasado. Rezuma honestidad y vitalismo. Todo aquello que hace que el rock sea redentor.

Pero hagamos un flashback para repasar la carrera del Boss aprovechando la coyuntura de que ha editado su décimo quinto disco en estudio. Bruce Springsteen (23-09-1949, Freehold, NJ) llevaba ya intentándolo en los 60 (Castiles, Child, Steel Mill) cuando a principios de los 70 le fichó Columbia Records. En un principio se le etiquetó con el reducido estereotipo de nuevo Dylan. Un cliché que se le quedaba pequeño. Sí, esgrimía una lírica cercana a la del bardo de Duluth, pero era capaz de hacer rock’n’roll en la línea de un Elvis Presley o un Jerry Lee Lewis. Y era un amante confeso del Wall Of Sound del genial Phil Spector.

La ópera prima de Springsteen no podía ser más prometedora. “Greetings From Asbury Park, N.J.” (1973) era un estreno a lo grande. Presumía de temazos del calibre de “Growin’ Up”, “Spirit In The Night”, “For You” o “It’s Hard To Be A Saint In The City”. No tenía relleno. Pero pasó inadvertido. Sin embargo, “Blinded By The Light” se convirtió tiempo más tarde en un hit para Manfred Mann’s Earth Band.

La continuación corrió la misma suerte. “The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle” (1973) no sólo mantiene el nivel creativo, sino que en algunos casos supera el listón (seminales “Incident On 57th Street”, “4th Of July, Asbury Park (Sandy)” y “New York City Serenade”). Springsteen empieza a cincelar su mítico mundo de coches y chicas. Este también es el álbum de los guiños jazzísticos y de esa epopeya teenager que es “Rosalita (Come Out Tonight)”.

A la tercera fue la vencida. El ascenso de Springsteen no es precisamente meteórico. Lento, pero seguro. O sea que cuando llegó a la cima ya era un artista hecho y derecho. El Boss reúne la formación que mejores resultados le ha dado. Esa E Street Band conformada por Clarence Clemons al saxo, Steve Van Zandt a la segunda guitarra, Danny Federici al órgano, Roy Bittan al piano, Garry Tallent al bajo y Max Weinberg a la batería. “Born To Run” (1975) es, escogiendo un atajo, el mejor disco de Springsteen. Es más, es uno de los grandes álbumes de la historia de la música popular. La insuperable “Thunder Road”, la brutal “Backstreets”, ese himno que es “Born To Run” o la monumental “Jungleland” son partituras inmortales. Especialmente recomendable es la edición del 30 aniversario. Sea como fuere, este es el disco que catapultó al Boss al status de crack mediático.

bruce11.jpgTras esta romántica obra maestra de rock urbano llegan los problemas. Springsteen se mete en una batalla legal contra su representante al descubrir que los derechos de sus canciones no le pertenecen. Así que pasan tres largos años hasta que ve la luz un nuevo disco. En plena era punk sale “Darkness On The Edge Of Town” (1978), que supura amargura en grandes cantidades. Ahora las viñetas reflejan las inquietudes de héroes anónimos de clase trabajadora. El sueño americano se convierte en pesadilla. “Badlands” (con el clásico filme de Terrence Malick en mente), “The Promised Land” o “Candy’s Room” son joyas que ponen de manifiesto que la rabia y la angustia pueden servir de vehículo para escribir grandes temas.

Después publicó “The River” (1980). Este es un doble álbum en el que se revela la gran versatilidad de un autor capaz de confeccionar himnos para reventar estadios (“Hungry Heart”, “Sherry Darling”, “Out In The Street”) o en las antípodas es capaz de romper corazones con baladas sinuosas (“Point Blank”, “Drive All Night”, la misma “The River”).

Y la sorpresa llegó acto seguido. Springsteen se lo montó él solito mucho antes de que se pusieran de moda los “Unplugged”. “Nebraska” (1982) es una gran colección de temas acústicos que retrotraen a Bob Dylan, Johnny Cash o Woody Guthrie. La América de Reagan queda retratada en blanco y negro con historias de perdedores y seres marginales. Grabado en un cuatro pistas, “Nebraska” es un álbum de una desnudez máxima. No hay finales felices. Tras el fundido en negro brotan las lágrimas…

Hasta aquí, la obra de Springsteen es inmaculada. A partir de “Born In The USA” (1984) empiezan las dudas, los peros, los defectos. Este es el punto de inflexión. Springsteen ya estaba instalado en el star-system, pero a partir de este momento pasa a ser una megaestrella. “Born In The USA” es un buen disco, pero peca a ratos de superficial (cae presa del populismo). Eso sí, “Bobby Jean”, “Downbound Train” o “No Surrender” valen un potosí. Por cierto, el tema que da título al disco fue etiquetado de himno conservador, cuando es todo lo contrario. El caso es que Springsteen no hizo bien la digestión de vender millones de discos.

“Tunnel Of Love” (1987) es irregular. A este romanticismo le falta la sustancia de antaño. Luce una producción que por momentos es irritante. Algunos lo consideran un disco de culto. Se equivocan. Falta pasión, se echa de menos la rabia y la frustración que impulsaban a Springsteen hacia metas superiores. Esconde buenos temas, por supuesto. Verbigracia, “Brilliant Disguise” o “One Step Up”. Este LP presagió el divorcio de Springsteen, que acabaría casándose después con la cantante Patti Scialfa (posteriormente miembro de la E Street Band).

bruce21.jpgSe abre un tiempo de silencio. Un lustro después vuelve con dos discos. “Human Touch” (1992) es flojo. La producción sigue siendo un lastre y lo peor es que las canciones dan la impresión de ser rutinarias. Uno echa de menos a la E Street Band. “Lucky Town” (1992) es otra cosa. Está un escalón por encima. Tampoco es que sea para tirar cohetes, pero se sostiene por una superior inspiración. Lo que es una evidencia es que Springsteen carece del feeling de tiempos pretéritos.

Antes de grabar “The Ghost Of Tom Joad” (1995) gana el óscar por “Streets Of Philadelphia”. Se ha convertido en el rey Midas. Cuando los presagios son peores, Springsteen demuestra que aún se puede defender su causa. “The Ghost Of Tom Joad” recupera la autenticidad de “Nebraska”. Basándose en “Las Uvas De La Ira” de John Steinbeck y con la película de John Ford bien guardada en el corazón, Springsteen ofrece una nueva lección de cómo aguantar el tipo con medios austeros. Como apunte anecdótico cabe destacar que la canción que sirve como título para el disco tuvo una cover de Rage Against The Machine.

“The Rising” (2002) sirve para que continúe recuperando crédito. Vuelve a grabar con The E Street Band (desde el “Born In The USA no hacía tal cosa). Con la tragedia del 11 de septiembre como trasfondo, “The Rising” se eleva con el ingrávido peso de 15 canciones donde la esperanza acaba ganando la partida al dolor y la tristeza.

Como confirmación de que está en buena racha edita “Devils & Dust” (2005). Retorno a la faceta acústica y a la exploración de su vertiente de contador de historias. “Devils & Dust” es un escalofriante retrato de un soldado en la guerra de Irak, “Long Time Comin’” refresca por su aliento vivificante. “Maria’s Bed” y “All I’m Thinkin’ Bout” también sobresalen en un álbum notable.

El siguiente paso es inesperado. “We Shall Overcome: The Seeger Sessions” (2006) es el primer disco de versiones en la larga trayectoria de Springsteen. Se trata de un excelente tributo a la figura de Pete Seeger y por extensión de los cantautores folk cuyo compromiso con la realidad circundante es total.

Por último, saca “Magic” (2007). Otra vez cuenta con sus mejores compañeros de viaje: la seminal The E Street Band. En el álbum hay constantes guiños a su propia obra (sirva de ejemplo la cita obvia a “Tenth Avenue Freeze Out” que se observa en “Livin’ In The Future”). Pero también es fácil discernir referencias a clásicos de la Biblia del Rock (brilla con intensidad la spectoriana “Girls In Their Summer Clothes”).

Bruce Springsteen no gozará del prestigio intelectual de otros artistas, pero la calidad de su trabajo resiste la comparación con cualquiera de ellos. Resulta lamentable comprobar cómo muchos le desdeñan desde el desconocimiento o porque no entra en el canon de lo ‘cool’ proclamar que te gusta Springsteen. No obstante, parece que su figura cada vez es más reconocida por grupos ‘indies’. Llegará el momento de su exaltación. No cabe la menor duda de que será reivindicado como una figura esencial. En contraposición, también es irritante comprobar como para muchos el rock se reduce a Springsteen. Ni una cosa, ni la otra.

El genio de Freehold se merece un puesto de honor en el Olimpo. Sólo hay que asistir (uno siempre acaba estupefacto) a alguno de sus incontestables directos para saber que es muy grande. Y si no, basta con un somero repaso a su primera etapa antes del estrellato universal. O, qué demonios, tengamos en cuenta que fue capaz de descartar los temas incluidos en la magnífica caja “Tracks” (1998). Este tipo ha hecho historia.

Por Jose Luis Ruiz

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Promesas Del Este

Miércoles 17 diciembre 2014

Promesas del Este
Eastern Promises (2007)

Director: David Cronenberg
Interpretes: Vigo Mortensen, Naomi Watts, Armin Mueller-Stahl

eastern_promises.jpgDavid Cronenberg se hizo popular gracias a películas de culto un tanto “cafres” tales como “Rabid” (1977), “The Brood” (1979) “Scanners” (1981) (por otra parte gran película), “Videodrome” o sobre todo “The Fly” (1986) en las que su particular sello se hacia patente en exageradas escenas gore cargadas de violencia y a menudo aderezadas con litros de sangre y truculentas mutilaciones de todo tipo de miembros.
Con el tiempo su obra ha ido madurando y poco a poco ha ido perdiendo esa etiqueta de director transgresor y rebelde ganada a pulso para forjarse una solida reputación de director serio y competente (Oscarizable, para entendernos) sobre todo a partir de “Spider” (2002) y la mas reciente “A Story Of Violence” (2006).

“Promesas del Este” sigue y profundiza en esta evolución mostrándonos una historia distinta y oculta de la forma mas dramática y emocionante posible.
El argumento de la cinta gira en torno a la Mafia rusa asentada en el Londres moderno, una organización brutal basada en estrictos códigos de honor y con arcaicas costumbres heredadas de la Rusia de los Zares. Una de estas costumbres es utilizar a niñas de la Europa del este como prostitutas al servicio de los Jefes del clan y aquí, a raíz de un diario de una de las chicas asesinadas que se pierde en un hospital, es donde se conecta este mundo con el Londres “normal”, encarnado en Naomi Watts, ajena a todo ese mundo oscuro que habita en la misma manzana y que tras leer los horrores descritos en las páginas de ese diario, tratará por todos los medios de encontrar a los que causaron esa muerte.
La cinta presenta un espectacular duelo interpretativo entre Watts y Vigo Mortensen, que encarna a un conductor de la “Familia” en su propia lucha personal por escalar posiciones dentro del clan.

“Promesas del este” Destaca sobre todo por la enorme tensión que sabe transmitir durante todo el metraje (en especial, los tremendos diálogos) y por la naturalidad con la que presenta ese horror completamente oculto, en chocante contradicción con la inocencia de las chicas venidas con esas falsas “Promesas del este”.
Cronenberg entrega aquí un trabajo de verdadero gran cineasta en una cinta que para mi es de largo lo mejor del pasado 2007 y que puede equiparse, por intensidad y por ritmo a los grandes clásicos del genero, y es que aquí hay detalles y secuencias de esas que dejan huella y quedan para siempre grabadas en la retina y en el recuerdo.

Una excelente película convertida ya en todo un clásico imprescindible.

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Big Star – Third/Sisters Lovers

Martes 16 diciembre 2014

Big Star
Third/Sisters Lovers
Ryko 1975

El mundo del rock no es justo, bandas mediocres obtienen rápidamente éxito y reconocimiento, mientras que otras dudan de su innegable talento al no ver reconocido su trabajo.
Esta ultimo es el caso de Big Star, por derecho propio el grupo de Alex Chilton y Chris Bell debería figurar en todos los tratados al lado de los grandes y ser tan populares como cualquiera de ellos, pero hoy en día no superan el estatus de grupo de culto bordeando el anonimato.
Una mala distribución de sus discos tuvo gran parte de culpa en su fracaso comercial, aunque también tuvo bastante que ver su forma de entender la música, muy alejada del cliché rockero de moda en la época.
Big Star suenan a Beatles, a Beach Boys, sin dejar de sonar a Big Star, unas melodías prodigiosas, unos arreglos instrumentales imposibles, textos emocionantes que dieron forma primero a las canciones vitales de “#1 record” y “Radio city” y que también darían forma al árido “third / sister lover”
Cuando Alex Chilton entro en el estudio, sus ambiciones comerciales estaban ya bastante diluidas, y su estima como compositor bastante tocada, atravesaba además una época de conflictos sentimentales y existenciales. Todo esto se ve reflejado en “third” que sorprende por despojar al sonido de Big Star de toda la luminosidad de antaño, substituyendola por angustia, dolor y desanimo.
“thank you friends” es un sarcástico homenaje a sus amigos, empezando por Chris Bell, que abandono la banda años atrás. “night time” es la búsqueda del consuelo, de la mano amiga.
“holocaust” estremece al oyente con una historia de muerte, de enfermedad, de sufrimiento.
“third / sister lover” es el disco mas arduo de Big Star, el mas oscuro, el que mejores canciones tiene

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