Encuentros en la tercera fase

Lunes 5 septiembre 2016

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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Publicado por Leo / Archivado en:Cine

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