(Passeio Marítimo de Algés, 19 de julio de 2008)
(Aviso: la primera parte -en gris- son rollos personales, para leer la crónica del concierto empezar directamente en la letra negra)
El 19 de julio, recién estrenadas las vacaciones en Galicia, me desperté recordando que ese día actuaba Leonard Cohen en Lisboa. No había hecho ningún plan para ir al concierto, sin embargo me levanté con la idea de que tenía que aprovechar la ocasión, no tenía problemas familiares ni de trabajo que me impidieran acudir a verlo. Eran muchos kilómetros y muchas horas de viaje, pero no podía desaprovechar esa oportunidad “¿por qué no?, ahora o nunca”. El concierto del Benicássim lo había descartado, quería un concierto dedicado exclusivamente a él. Decidí ir sin saber si quedarían entradas, pero algo me decía que no habría problemas, el mayor inconveniente sería encontrar el sitio y llegar a tiempo. Más de cinco horas en el coche dan para pensar muchas cosas, entre ellas juzgar mi modo de actuar. Habría preferido tener todo planeado con semanas de antelación, haber disfrutado de la preparación de una cita tan importante, ir acompañado y pasar el fin de semana con mi mujer también habría sido buena idea, sin embargo ahí me encontraba solo, a la aventura, como si la juventud no hubiera pasado por mi vida hace muchos años, con una cámara que había cogido a última hora y no había podido comprobar si estaba cargada. Llegué, gracias a que en Portugal tienen una hora de retraso respecto a España, 50 minutos antes del concierto. Cuando me dijeron que “SÍ” había entradas un enorme peso dejó de aplastarme. No me daba tiempo a comer nada, quería estar delante, verlo de cerca, una coca-cola para espabilar un poco, y ya habría tiempo después del concierto para volver a la vida terrenal.
Últimamente esta página parece el Olimpo de los dioses del rock (Neil Young, Bruce Springsteen…), yo quiero añadir uno más a este templo politeista, pues lo que allí se vivió fue un verdadero acto de comunión y adoración. En Lisboa tuvimos la suerte de encontrar el paraíso por un día, escuchamos apasionados las palabras de nuestro Dios, a su lado seis apóstoles nos hicieron levitar con el sonido de sus instrumentos, alcanzando el éxtasis mecidos por los coros de tres ángeles que cantaban el mensaje divino: do dowm dowm dowm da do dowm dowm (“no paréis”, les pedía L. Cohen).
Según pude leer en la prensa acudimos entre 8 y 9 mil personas, de diferentes países, idiomas y edades. Aunque en principio el que fuera al aire libre pudiera parecer un inconveniente, el entorno se convirtió mágicamente en el decorado perfecto, logrando momentos de intimidad y silencio difíciles de imaginar en un concierto de estas características. Leonard Cohen salió puntual al escenario tras los componentes de la banda, todos con traje oscuro, ellos con camisa clara y sombrero. La primera impresión, además de verlo más delgado y pálido de lo que imaginaba, fue confirmar lo que ya sabía: “caramba, si que se le ve muy mayor”, pero tantos años interiorizando su música y sus libros hicieron que mi mente estuviera viendo en el escenario no algo externo sino el reflejo de una parte muy importante de mi vida. Nada más empezar a cantar su edad desapareció, sorprendiéndome el buen estado de su voz, igual de seductora que siempre y mucho menos cascada de lo que me esperaba (tan sólo se le quebró en contados momentos de gran intensidad). Cada gesto que realizó, cada palabra que pronunció eran seguidos unánimemente por risas, gritos o aplausos del público, no faltando en varias ocasiones el lanzamiento de claveles rojos, tan significativos en un país como Portugal. Vimos a un hombre que irradiaba magia y misticismo, con una suave sonrisa cargada de humildad y un ilimitado poder de atracción. Emoción, alegría, coros, silencio, desgarro… nos tuvo por completo en sus manos, como olas en una bañera que él formaba y agitaba a su sabio antojo. Incluso la temperatura y la luna frente el escenario, a la que señaló cuando alguna estrofa hacía alusión a ella, se aliaron para que todo fuera perfecto. La esencia del concierto fue un espectáculo de rock, pero llevado al límite de lo personal, con influencias de jazz, country, blues, pop o flamenco, pero liderado en todo momento por la elegancia y el respeto a la inteligencia, al oído (¡que sonido tan perfecto!), al individuo como conjunto físico y psicológico. El repertorio estuvo basado sobre todo en sus numerosos éxitos, haciendo un recorrido por la mayoría de sus discos, con especial protagonismo seguramente del “I’m your man”.
Empezó con el “Dance me to the end of love”, arrodillándose ante el virtuoso Javier Mas (guitarra acústica, laúd, bandurria…). En multitud de ocasiones aprovechó los “solos” de los miembros de la banda para presentarlos y sacarse el sombrero ante ellos (¡que bien sonaba el antiguo órgano -¿Hammond?- en manos de Neil Larsen!, ¡y qué sensibilidad la de Dino Soldo a la armónica, así como a la flauta y saxo eléctricos!), descubriéndose la cabeza también ante el público agradeciendo cada aplauso, dando a entender que allí todos eran (éramos) parte fundamental del viaje. Entre los temas más conocidos sonaron (perdonad que no recuerde el orden) “Who by fire”, “Everybody Knows”, “Closing Time”, “Bird on the wire” (“como un pequeño pájaro” cambiaría la letra), “Tower of Song” (con el solo de teclado tan simple como característico y que al ser aplaudido, consciente de su poca destreza a las teclas, reconoció que éramos demasiado amables… más risas), “First we take Manhattan”, una bella versión de “Suzanne” con sólo voz y guitarra (el río Tajo al lado del escenario venía al pelo), las maravillosas “Hey, that’s no way to say goodbye”, “The gipsy’s wife”, “I’m your man” coreada a todo pulmón por el público al llegar el estribillo, “Democracy” (creo que fue antes de empezar este tema cuando dijo: “es una suerte poder tener momentos maravillosos como estos cuando hay tanto caos, oscuridad y tristeza en el mundo”), “In my secret life”, la conocidísima “So long Marianne”, un inolvidable “Hallelujah” (añadiendo “no he venido a Lisboa para engañaros”), “Take this waltz” antes de la recta final hizo que todos intentáramos bailar lo mejor que podíamos, y muchas más igual de maravillosas que nos acompañaron durante casi 3 horas, con un descanso de 15 minutos y varios bises de los que salió y volvió bailando, dando simpáticos saltos cada vez más enérgicos, cual Rey haciendo las labores de bufón, cual niño feliz en traje de anciano, como si cada canción fuese una dosis del elixir de la juventud.
Sería injusto no mencionar, por su gran labor y genialidad, al resto de músicos: Bob Metzger (guitarras, steel guitar), Roscoe Beck (bajo, contrabajo) y Rafael Gayol (batería y percusiones). Los ángeles que hacían coros tuvieron también momentos estelares: Sharon Robinson en la canción “Boogie Street” y las Webb Sisters con la interpretación a dúo de la emocionante “If it be your will” (Hattie Webb arpa y voz, Charley Webb guitarra y voz). Para finalizar cantaron todos a coro la despedida mientras Leonard Cohen nos daba las gracias por una noche tan memorable.
Cuando me enteré que en España sólo había actuado 1 hora me alegré doblemente de haber tomado la decisión de acudir a Portugal.
“Suzanne te lleva a su sitio junto al río,
puedes oír los barcos navegar,
puedes pasar la noche a su lado.
Tú sabes que ella está medio loca
pero es por eso por lo que quieres estar allí”
(Suzanne)