Categoria Cine

Grizzly Man

Publicado el Viernes 29 Agosto 2008

Grizzly Man (2005)
Director: Werner Herzog
Intérpretes: Timothy Treadwell, Amie Huguenard, Willy Fulton, Sam Egli, Werner Herzog

Admito que llevaba mucho tiempo deseando ver Grizzly Man. En su momento me la perdí en el cine y le tenía ganas, del mismo modo que tenía ganas de escribir aquí algo sobre ella pese a que ya existe bastante material en la red, como este estupendo artículo de Las Horas Perdidas, y de que hace muy poco comentábamos otra cinta de Werner Herzog. Pero insisto: tenía ganas de hincarle el diente a Grizzly Man y comentar algo sobre ella, así que vamos allá.

Si la faceta de Werner Herzog como cineasta no es muy conocida entre el gran público, ni que decir tiene que menos conocida aun es su faceta como autor de documentales en la que, como no podía ser de otra forma, el alemán sigue mostrando esa querencia tan particular suya por retratar chalados. Esta vez no iba a ser menos, y el filme que nos ocupa desgrana la figura de Timothy Treadwell, un tipo cuyo amor enfermizo por los osos grizzlies (una subespecie de oso pardo particularmente agresiva) le llevó a convivir con ellos en Alaska durante trece veranos, hasta que un buen día éstos decidieron merendárselo junto con su novia, que le había acompañado en el que sería el último viaje para ambos.

Para realizar su tarea, el director se apoya en las grabaciones de video realizadas in situ por el propio Treadwell, hasta el punto de que, con excepción de partes puntuales y de la voz en off de Herzog, la película está montada prácticamente al completo sobre la base de ese material. Material que, dicho sea de paso, tiene escaso valor como documental de naturaleza, llamémoslo así. Básicamente se utiliza para hacer un autorretrato de la figura de Treadwell. Y como no podía ser de otro modo, el pobre hombre no es que salga precisamente muy bien parado. Este sea tal vez el punto fuerte del filme, pues Herzog se posiciona claramente a favor del protagonista y se puede decir que siente una extraña mezcla de admiración y lástima por él, pero tampoco impide en ningún momento que veamos la cruda realidad de un tipo que claramente no estaba muy en sus cabales. Hasta el punto de que, de no ser por el triste final que tuvo, se podría decir que era patéticamente gracioso. Una especie de Mr. Bean metido a naturalista del tres al cuarto.

El principal defecto de la película, que es el que por desgracia suele afectar a la filmografía de Herzog en general, es que es demasiado largo, con el agravante de que el personaje que aquí retrata no merece semejante desperdicio de metraje (una hora y cuarenta minutos), pues en circunstancias normales un tipo así no daría más que para un simple documental de media hora de duración o una mención de honor en la web de los Darwin Awards. De este modo, bastan los primeros treinta o cuarenta minutos para formarse una clara idea de quién era este tarado de Timothy Treadwell y para tener claro, pese a quién pese, que no era precisamente un alter-ego de Diane Fossey o de Rodríguez de la Fuente, si no un ex alcohólico y drogadicto al que en un momento dado se le cruzaron los cables, y decidió que unos bichardos de casi 500 kilos de peso capaces de partirte por la mitad de un zarpazo podían ser amiguetes suyos. Que lograse alcanzar cierta notoriedad mediática en lugar de ser amordazado de urgencia con una camisa de fuerza de siete cerrojos indica hasta qué punto algo no funciona en el mundo, y es que el “coolismo” que viene rodeando al rollo ese de la ecología desde hace unas décadas, puede ser tanto o más dañino que ir por ahí cazando y contaminando indiscriminadamente.

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Fin de siglo, la historia de Los Ramones

Publicado el Jueves 14 Agosto 2008

End of the century, the story of The Ramones (2003)
Directores: Jim Fields, Michael Gramaglia
Intérpretes: The Ramones (Johnny, Dee Dee, Tommy, Joey, Marky, Richie & C.J. Ramone), Deborah Harry, Danny Fields, Joe Strummer, John Lydon, Glen Matlock

“Jamás volverá a haber un grupo de tarados que, como éste, sea capaz de sacar tanto partido de cuatro putos acordes”. Esta frase, leída hace siglos por el que suscribe en un fanzine de instituto, resume de forma bastante concisa la trayectoria de una de las bandas más legendarias en la historia de la música. Hablar de The Ramones (o Los Ramones, como prefieran) es referirse a un hito indiscutible del que casi todo buen aficionado a la música conoce algo, aunque en su momento no gozasen, curiosamente, del predicamento masivo que sí disfrutaron otras bandas de punk rock. Ni que decir tiene que resulta muy sencillo encontrar toneladas de información respecto a ellos, sobre todo gracias a la magia de Internet. Con tantas facilidades al alcance de un simple “clic” de ratón, podría decirse que un documental sobre una banda como esta carece de sentido o de interés, pero nada más lejos de la realidad.

End of the Century es ante todo una historia de marginalidad, y de cómo ésta puede forjar y destruir un mito de forma tan incomprensible como pasmosamente fácil. En semejanza a lo ocurrido con los Sex Pistols (este documental establece paralelismos ocasionales entre ambas bandas), la historia de los Ramones es la de cuatro gamberros vistos como escoria en potencia por los vecinos del barrio neoyorkino de clase baja en el que vivían, que terminaron subidos a un escenario por el simple hecho de querer divertirse, follar y arrearle una patada en los huevos a una sociedad mortecina que, tras la explosión musical de los 50 y 60, se definía por dos conceptos básicos: crisis y aburrimiento. Era una sociedad ciertamente parecida a la actual, amordazada por la incertidumbre, el miedo a lo políticamente incorrecto y atestada de música anodina procedente de grupos clonados unos de otros. En contraposición con el elegante rock progresivo (de moda por aquel entonces) y sus elaborados e interminables solos de veinte minutos, emergieron los Ramones como herederos directos de los Stooges o New York Dolls (por los que ellos sentían una gran admiración), con su repertorio de canciones cortas, contundentes y atronadoras en medio de una escenografía cochambrosa y pasada de rosca. Como se explica en el documental, era la misma puesta en escena que luego tomarían prestada muchas de las bandas más prominentes del punk británico como The Clash o los mismos Pistols, aunque estos últimos la llevarían hasta sus últimas consecuencias.

Estructurado parcialmente como homenaje a Joey Ramone, fallecido poco después de finalizarse el rodaje, End of the Century realiza un recorrido cronológico por la historia de una de las formaciones musicales más influyentes de las últimas décadas, partiendo desde las mismas raíces del punk rock. Como filme no tiene nada de revolucionario respecto a otros de su misma estirpe, y todo gira en base a las consabidas entrevistas a los miembros de la banda y a todos aquellos que tuvieron una relación importante con ellos. Nada nuevo bajo el sol, pero al menos está entretenido, no carece de ritmo y posee el atractivo añadido de poder ver grabaciones de conciertos y entrevistas del grupo, algunas de ellas inéditas. Además se trata de un filme nunca estrenado en España, aunque sí disponible en DVD (que en mi caso pillé en la biblioteca, en una edición importada de muy buena calidad, por cierto). En resumidas cuentas, una gran oportunidad para conocer a unos tíos para los que no saber tocar una mierda, lejos de ser un obstáculo, acabó por convertirse en seña de identidad en su carrera hacia la leyenda.

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007 al servicio secreto de Su Majestad

Publicado el Martes 5 Agosto 2008

On Her Majesty’s secret service (1969)
Director: Peter Hunt
Intérpretes: George Lazenby, Diana Rigg, Telly Savalas, Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, Angela Scoular, Lois Maxwell

Admito que me gustan las películas de James Bond. Los casi 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.

En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.

A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de todo el oro el mundo. Desde luego él no era tonto: sabía que se lo jugaba todo en un envite en el que las posibilidades de éxito eran prácticamente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.

El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una “rara avis” que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción “We have all the time in the world”, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga. Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el “staff” técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.

Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, si no su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.

Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.

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