Categoria Cine

Lost In Translation

Publicado el lunes 30 octubre 2017

Lost In Translation (2003)

Director: Sofia Coppola
Interpretes: Bill Murray, Scarlett Johansson

Lost in Translation, la segunda película de ofía Coppola ha despertado gran expectación e inmejorables críticas por parte de un gran sector de los medios especializados, “las virgenes suicidas”, el primer film de la hija de francis Ford Coppola ya puso en evidencia que no nos encontrabamos simplemente ante la hija de un director famoso.
Basada en un guion de la propia Sofía Coppola, Lost in Translation es la historia de un encuentro, un encuentro casual entre dos personas perdidas y desorientadas en medio del caos de una ciudad como Tokio, Bill Murray es Bob Harris, un actor que ha viajado a Japón para rodar unos anuncios de Whisky, Charlotte (Scarlett Johansson) es la joven mujer de un fotógrafo demasiado ocupado para pasar tiempo con ella, Bob y Charlotte, aunque son personas muy distintas comparten la sensación de soledad acrecentada por el ambiente tan peculiar de Tokio y tambien comparten un momento de duda en sus vidas, ambos, en la soledad de sus habitaciones, alejados de todo lo que para ellos importa analizan su propia existencia y se plantean interrogantes de difícil solución. Al conocerse en el hotel donde ambos se alojan se irá creando entre ellos un vinculo que les ayudará a superar sus crisis personales.
Lost in Translation no aborda grandes dramas, ni grandes tragedias, su gran acierto es convertir un suceso casual, casi cotidiano en un verdadero milagro, en un reencuentro con la vida, con la amistad con la camaradería, demostrando que la vida a veces no es tan complicada como la vemos, que la esencia misma de la felicidad se puede encontrar en pequeños y breves encuentros.
Coppola traza una historia sencilla, directa, muy humana, bien construida y bien argumentada, aprovechando las cualidades de Bill Murray que firma una de sus mejores interpretaciones, demostrando que es mucho mas que un actor de comedias taquilleras, Murray aporta el tono simpático a la película con algunos momentos realmente memorables como el rodaje del anuncio de whisky o su sesión de karaoke (se recomienda verlo en version original), mientras que la joven Scarlett Johansson (Ghost world, The Man Who Wasn’t There) ofrece el contrapunto perfecto, la joven casi adolescente que no sabe aún su papel en la vida. En realidad ellos dos soportan practicamente todo el peso de la película, Tokio y sus habitantes apenas son un simple decorado, un decorado extraño y desconcertante, casi como un paisaje lunar para los dos protagonistas que se ven envueltos en situaciones desconcertantes.
La unica objección que se le podría poner al film es un final quizás un tanto tópico y previsible que aún así no desmerece el resultado final, Lost In Translation es una película con una frescura muy dificil de ver hoy en día, alejada de recursos artificiosos y de excesos, divertida, simpática, profunda y brillante.
Por ultimo, cabe citar tambien la magnifica banda sonora, con canciones de Kevin Shields, My Bloody Valantine o The Jesus & Mary Chain, un magnifico complemento a una pelicula redonda.

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Los Duelistas

Publicado el jueves 26 octubre 2017

Los Duelistas
The Duellists (1977)

Director: Riddley Scott
Interpretes: Keith Carradine, Harvey Keitel, Cristina Raines

Año 1979. Aquel fue el año del estreno de Alien, película inicialmente pensada como un producto de serie B y bajo presupuesto para aprovechar el tirón de la “moda espacial” impuesta por George Lucas. Ni que decir tiene que la jugada salió redonda. Su enorme éxito sobrepasó las perspectivas más optimistas, hasta el punto de convertirse casi de inmediato en un clásico de la ciencia ficción. Sus protagonistas estaban en boca de todos, e incluso Sigourney Weaver pasó a ser considerada un sex symbol (¿?). Uno de los que sacó mejor tajada de su participación en el filme fue su director, Ridley Scott, quién a partir de entonces quedó inmejorablemente posicionado en el mundo del cine para demostrar que sus habilidades no eran fruto de la casualidad, tal y como atestiguan obras del calibre de Blade Runner o Thelma y Louise.

Mucha gente cree hoy en día que Ridley Scott debutó en la dirección con Alien. En otros casos, más divertidos, hay gente que te asegura por activa y por pasiva que Scott se pasó veinte años sin dirigir desde Blade Runner a Gladiator (por no leer no leen ni la IMDB). Nada más lejos de la realidad, amigos. Para 1979 el hoy “Sir” atesoraba ya una curtida experiencia detrás de las cámaras gracias a su agencia de publicidad, con la que había rodado cerca de 3.000 (tres mil) anuncios y ganado un notable prestigio. Su salto a la gran pantalla, tras un periodo de “prácticas” en diversas series de TV, estaba cantado, y se produjo dos años antes con una película pequeña y sin casi pretensiones, pero realizada con gran entusiasmo y hoy injustamente olvidada: LOS DUELISTAS.

Para su debut como director de cine, Scott eligió un relato de Joseph Conrad sobre dos oficiales de los ejércitos napoleónicos que se pasaron veinte años enfrentándose entre sí en diversos duelos por causa de una ridícula disputa de honor. La historia, al parecer basada en un hecho real, cautivó al director inglés, quién se empeñó en llevarla al cine contra viento y marea. Muchos fueron los escollos que tuvo que salvar para ver su sueño convertido en realidad, pero finalmente lo consiguió. Tras un rodaje lleno de anécdotas Los Duelistas se estrenó en 1977 con una tibia acogida de la crítica (que pese a todo le otorgó un premio a la mejor dirección novel en Cannes, algo paradójico teniendo en cuenta que ya entonces el director era casi un cuarentón) y la total indiferencia del público; hasta el punto de que, pese al escaso presupuesto de la cinta (menos de un millón de dólares USA), ésta no recuperó su inversión hasta hace relativamente poco tiempo, aunque en ello tal vez cuente el hecho de que en su día no gozó del respaldo de buenas campañas de distribución o de publicidad. De hecho, yo solo la he visto emitida por TV en una ocasión (hace ya un buen montón de años) y era de madrugada.

Sin ser ninguna obra maestra del cine Los Duelistas delata, ya de inicio, algunas de las mejores virtudes de Ridley Scott como director, como la más que digna dirección de actores y su inconfundible sentido de la estética “marca de la casa”, apoyado en una conjunción de música y fotografía sobre la que comentaremos más adelante. Como el propio Ridley reconoce, el haber empezado tarde en el cine, lejos de suponer una losa, se convirtió en una ventaja para él: su dilatada experiencia en el rodaje de anuncios y series de TV le había enseñado a trabajar de un modo rápido y eficiente, sacando el máximo partido de cada recurso disponible y a sabiendas de qué era lo que mejor quedaba al menor coste (en Alien por ejemplo, los decorados de la nave Nostromo se hicieron con chatarra procedente de un cementerio de aviones).

Pese a las estrecheces presupuestarias, Scott pudo contar para Los Duelistas con un notable reparto en el que destacan los nombres de Keith Carradine y Harvey Keitel como protagonistas, entonces dos estrellas en ciernes. Ambos están respaldados por un buen plantel de secundarios en el que destaca con luz propia todo un tótem de la escena británica como Albert Finney. Scott hizo gala de una notable inteligencia para planificar y rodar las escenas, poniendo a su favor circunstancias que para otros muchos directores se habrían convertido en obstáculos muy difíciles de salvar. Así, como no hubiere dinero para construir decorados de época, el rodaje se hizo íntegramente en exteriores y en escenarios reales, lo que contribuyó a dar mayor verosimilitud al filme incluso en las escenas que se desarrollan en un supuesto París que, en realidad, es un villorrio perdido en alguna parte de Bretaña. Del mismo modo, como tampoco había mucho dinero para derrochar en cámaras y filtros de luz, la mayor parte de las escenas se rodaron “al natural” y con trucos de cámara baratos y escaso uso de focos (para los que, huelga decirlo, tampoco había mucho dinero disponible). Esto confiere a la película un aspecto que, conjuntado con la minimalista y evocadora partitura compuesta para la ocasión por Howard Blake, acabaría por convertirse en marca del cine de Ridley Scott. Para el director es muy importante la conjunción de música y fotografía a la hora de crear el marco estético ideal para una escena, aspecto éste en el que nuestro “Sir” es un consumado maestro, procurando tener siempre a su vera a excelentes compositores y directores de fotografía: nadie puede imaginarse hoy por hoy los inmensos escenarios de, por ejemplo, Thelma y Louise o la opresiva imagen del apretujado Tokio de Black Rain sin su correspondiente (y brillantísimo) acompañamiento musical, que inevitablemente nos empuja a pensar en aquellas películas y a evocar una enorme amalgama de sensaciones.

Los Duelistas es un filme a revindicar dentro de una trayectoria irregular pero llena de hitos inolvidables en la moderna historia del cine. No es que sea una obra maestra, insisto, pero se trata de un trabajo más que aceptable y honesto cuya visión (y en algunos aspectos admiración) está plenamente justificada. Su mayor defecto sea, tal vez, el tempo excesivamente pausado de algunas escenas, que puede hacer largas para algunos las dos horas de metraje, más teniendo en cuenta que a priori un argumento tan parco no parece ser suficiente para abarcar tanta película. Sin embargo, Scott ya mostró en Los Duelistas su (entonces incipiente) habilidad para manejar con buena mano el tempo del metraje, en otra de las inequívocas señas de identidad de su cine, que se podría resumir en la frase “sin prisa pero sin pausa”: ritmo tranquilo, pero no tedioso; acción a raudales, pero sin caer en estridencias ni en montajes mareantes. Sorprende este detalle si nos atenemos al hecho de que el realizador inglés venía de un mundo en el que cuantas más cosas cuentes en el menor tiempo posible mejor. Pero Ridley, perro viejo él, no caería en los errores que sí cometerían los miembros de la inmediatamente posterior “generación del video clip”, personificada en directores basura como Russell Mulcahy o el mismísimo hermano de Ridley, Tony Scott, y que tantísimo daño le hicieron al cine comercial a partir de los años 80.

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10 años de Titanic

Publicado el miércoles 25 octubre 2017

Titanic (1997)

Director: James Cameron
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Billy Zane, Kathy Bates, Frances Fisher, Gloria Stuart, Bill Paxton; Bernard Hill

titanic.jpgPues sí, lo que son las cosas: entre finales de 2007 y principios de 2008 se cumplen diez años desde el estreno de Titanic (en España un 8 de Enero de 1998, y servidor puede presumir de haber asistido a la “premiere”). Ustedes se preguntarán qué coño hacemos dedicándole espacio en esta web a una película calificada por muchos como mediocre, y con un hilo argumental que perfectamente se me habría podido ocurrir a mí mientras cursaba el primer año del parvulario. Pero al margen de eso, hay que reconocerle sus méritos a este gigantesco mamotreto fílmico, cuya historia tras las cámaras resulta tan interesante o más que el mamotreto en sí, y que a buen seguro acabará inspirando alguna película basada en el rodaje, tal como ocurrió en su día con Ciudadano Kane (RKO 281) o La Reina de África (Cazador blanco, corazón negro). Nos referimos a una película que, transcurridos diez años desde su estreno, todavía atesora un buen puñado de récords; alguno tan bizarro como el de una pareja de vejetes italianos que, si no me equivoco ahora mismo, puede jactarse de haber visto una misma película en pantalla grande 78 veces. Nos referimos a uno de los últimos grandes fenómenos mediáticos de la historia del cine junto con Matrix y El Sopor de los Anillos. Pero mientras Matrix cautivó básicamente a gente joven y el Sopor lo hizo con freaks pajilleros, Titanic terminaría cautivando a todo tipo de público sin importar edad, gustos o condición social, aunque estuviese inicialmente dirigida a una variada ralea de mojabragas y babosos.

Titanic será, muy probablemente, la última película que veamos aguantar en la cartelera de un cine seis meses seguidos o más, y la última que genere el descomunal bombardeo mediático que ésta generó, hasta el punto de que yo no recordaba nada igual desde los tiempos de Star Wars. El más agradecido por tal éxito es sin duda James Cameron. Este ex camionero canadiense con fama de cabezota, perfeccionista e hijo de puta, se empeñó en sacar adelante un proyecto que casi nadie creía realizable por culpa del altísimo coste que acarreaba la enorme infraestructura necesaria para ponerlo en pie. Titanic se convirtió en la primera película en la historia de Hollywood que unió los recursos de dos “majors” (Fox y Paramount), y requirió años de planificación previa por parte del equipo que trabajaría en ella, incluyendo el diseño de novedosos sistemas de filmación submarina abisal a cargo de Michael Cameron, hermano de James y, como él, un enamorado del mar. El absorbente y complejo proceso de producción obligaría al realizador de Terminator a posponer “sine die” un proyecto de remake de El Planeta de los Simios protagonizado por uno de sus escasos amigos en la Meca del cine: Arnold Schwarzenegger.

Si para poner en marcha el proyecto Cameron había hecho gala de una de sus virtudes más reconocidas (la cabezonería a toda prueba), para ponerlo en pie haría gala de todas las demás: sus ansias de perfección llevaron a levantar un enorme decorado – calco del barco original en cuya construcción, dentro del tanque de agua más grande del mundo, se involucró a empresas que habían trabajado en la construcción del propio Titanic entre 1909 y 1912; incluso en detalles insignificantes como el de los pescantes que sujetaban los botes salvavidas, fiel reproducción de los originales. Todo eso, unido a diversos y continuos retrasos, tuvo como consecuencia que los costes se disparasen, haciendo honor a la fama de “manirroto” del director. Finalmente, resultó que para ser rentable Titanic tendría que ser, y de largo, la película más taquillera de la historia. La presión se dejó sentir en el “set”, acrecentando las habituales exigencias de Cameron (ya de por sí muy duro y exigente en los rodajes, y si no que se lo digan a Ed Harris) para con actores y equipo técnico. Baste decir que tanto Leonardo DiCaprio como Kate Winslet juran por activa y por pasiva que ni borrachos aceptarían volver a trabajar con semejante ogro. Los recelos llegan incluso a extras como el reputado especialista español Jordi Casares, que tras resultar herido en cuatro ocasiones por culpa de los excesivos rigores impuestos en la producción, no vacila en soltar sapos y culebras sobre Cameron cuando alguien tiene la osadía de recordarle aquella pesadilla.

Aun admitiendo que buena parte del éxito de Titanic se debió a una agobiante campaña promocional, motivada por el hecho de que la película tenía que ser un éxito sí o sí para evitar la ruina de sus productores, tampoco se pueden negar las virtudes de un filme que brilla sobre todo a nivel técnico. Curiosamente, aquella monstruosa campaña publicitaria orquestada al ritmo de la horrenda “My heart will go on”, perpetrada por una Celine Dion más pastelosa que nunca, ha terminado por volverse contra una cinta que con los años ha perdido buena parte de su fuelle. Pero cuando la gente, a base de bombardeo mediático e innumerables reposiciones en la tele, acabó hasta el gorro de un tinglado que se sabía de memoria, Titanic había convertido en multimillonarios a quienes habían apostado por ella, y catapultado a un grupo de artistas que, en muchos casos, siguen viviendo de los réditos de su participación en este pelotazo (caso de Billy Zane, por ejemplo).

En cuanto a James Cameron, no hace falta decir que los enormes esfuerzos y sufrimientos padecidos se vieron sobradamente compensados. Convertido en una especie de “nuevo Spielberg”, famoso, respetado y rico (ya lo era antes, pero después de Titanic lo fue aun más), pudo tumbarse una buena temporada a la bartola, levantándose de ella sólo para saciar su pasión por los mares rodando una serie de documentales sobre el Bismark y el propio Titanic (bastante buenos, por cierto), y para participar ocasionalmente en series de TV. El ejemplo de este hombre, que también sacó tajada del Titanic más allá de lo estrictamente cinematográfico (conoció a la que sería su quinta esposa durante el rodaje), es el de cómo una tenacidad de hierro y una capacidad de trabajo infinitos, unidos a una rara habilidad para tratar a la gente como al ganado, pueden lograr imposibles.

De Titanic se podrán decir muchas cosas, y puede que no todas precisamente buenas; pero Tito James seguramente respondería las críticas con un “ahí queda eso, capullos”. La verdad es que dejando a un lado el guión, escrito por un Cameron en plan “Juan Palomo” (produce, dirige, escribe, monta y no protagoniza seguramente porque no le dio la gana), lo que queda no es precisamente material destinado al vertedero de basuras: visualmente es espectacular (no digamos ya en pantalla grande), y la escena del hundimiento, filmada casi a tiempo real en 80 minutos de metraje, es toda una lección magistral que justifica por sí sola ver la película en una sala de cine. Puede que no 78 veces como aquella simpática pareja de ancianitos italianos, pero sí un par como hizo un servidor, cosa que admite sin sonrojarse. Podría escudarme en la excusa de que la historia del Titanic siempre me fascinó desde pequeño, lo cual es verdad. Pero no voy a ocultar que me lo pasé muy bien en el cine (particularmente la primera vez, en medio de un ambiente excepcional) y que la cinta me pareció muy entretenida. ¡Qué le voy a hacer!. Si es que, en el fondo, yo también soy un baboso y un pastelero.


Algunos enlaces de interés:

* Ficha de la peli en La Biblia y FAQ abierto allí con ocasión del décimo aniversario del estreno (todido en inglés, eso sí). Algunas de las preguntas me reafirman en el convencimiento de que la mayor parte de la población de este planeta es gilipollas.

* Encycplopedia Titanica. En inglés.

* Aquí un curioso artículo escrito por un capitán de barco a raíz del estreno de la película, en el que desmonta algunos mitos relativos a la historia del Titanic y su trágico viaje.

* Artículos en la Wikipedia: Aquí en castellano; y aquí, un poquito más completo como siempre, en inglés.

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La mugre y la furia

Publicado el martes 24 octubre 2017

La Mugre y La Furia
The Filth And The Fury (2000)

Director: Julien Temple
Interpretes: Paul Cook, Stewart Copeland, Billy Idol, Steve Jones, John Lydon, Glen Matlock, Malcolm McLaren, Siouxsie Sioux, Nancy Spungen, Sting, Andy Summer, Sid Vicious (Como ellos mismos)

De entre todas las corrientes socio-culturales surgidas durante los convulsos años 70 del siglo XX, tal vez sea el punk la que más llame la atención al estudiar esa época de la Historia. Nunca antes la juventud había canalizado de semejante forma el odio y el desencanto hacia una sociedad cada vez más alejada de sus ideales. La música punk se erigió en la forma de expresión de buena parte de esa masa juvenil harta de sentirse ninguneada; un rabioso grito de protesta del que, sin lugar a dudas, el máximo exponente a nivel mundial fueron los Sex Pistols.

Compuesta por cuatro conflictivos jóvenes de barrio obrero londinense, la banda se fundó gracias al avispado instinto del dueño de una tienda de ropa fetichista llamada “Sex”, Malcolm Mclaren, quien supo atisbar como nadie las posibilidades de negocio que tenía el filón del punk. La jugada le salió virtualmente redonda, aun a pesar de los desastres en que se vio envuelto el grupo durante su corta pero fulminante existencia. Una existencia que dejó huella indeleble y que fue referente para decenas de grupos y músicos que vendrían después.

Uno de los múltiples productos auspiciados por Mclaren para sacar pasta del fenómeno Sex Pistols fue la película The great rock ´n´ roll swindle (La gran estafa del rock and roll), estrenada en 1980 poco después de la disolución de la banda en medio de un caos total. Ni el director, Julien Temple, ni los componentes del grupo quedaron muy satisfechos de la experiencia ni del resultado obtenido, así que años después Temple ofreció (a sí mismo y a los Sex Pistols) una oportunidad de redención en la forma de un documental que honrase decentemente al grupo y a su época, contando los hechos que tuvieron que ver con ellos desde una perspectiva sincera y directa, sin manipulaciones de ningún tipo. Temple se encerró en una sala de montaje con todo el material sobre los Pistols que pudo encontrar, y con eso y con una serie de entrevistas realizadas a los miembros de la banda pergeñó La mugre y la furia.

Este documental hace un recorrido de cien minutos de duración a través de la que, a mi juicio, es una de las biografías más interesantes en la historia reciente de la música, abarcando desde los tiempos de Swankers (formación inmediatamente previa a los Pistols que ya integraba a tres de sus miembros) hasta la desintegración de Sex Pistols en 1978, tras una desastrosa gira por Estados Unidos que culminaría poco después con la muerte por sobredosis de Sid Vicious. El objetivo que busca la película es contar la verdad sobre el grupo que abanderó a la movida punk a finales de los setenta, intentando desmontar las bulos y los mitos surgidos en torno a ellos. Ese es posiblemente su mejor logro: desmitificar a una banda y a unos personajes que, lejos de pretender la destrucción total del sistema, más bien solo buscaban pasárselo en grande haciendo el ganso sobre un escenario, ganando de paso algún dinero aunque no tuviesen ni puta idea de tocar. Con respecto al lado más escabroso y escandaloso de los Pistols, Temple trata de huir del sensacionalismo intentando hacer un análisis riguroso de cada hecho, para lo que utiliza como base las citadas declaraciones de los cuatro supervivientes de la banda, incluyendo también una entrevista realizada a Sid Vicious un año antes de su muerte. No obstante el director se posiciona claramente a favor del grupo para según qué cosas, como por ejemplo su difícil trato con Malcolm Mclaren (pisoteado sin piedad aquí), o la relación de Vicious con Nancy Spungen, a la que se acusa poco menos que de ser la culpable de la muerte del bajista.

Julien Temple también acierta con el enfoque dado al guión y al montaje (bastante alocado pero efectivo), interpretando que quien vea la película no tiene porqué ser un profundo conocedor de la historia que relata. Inserta retazos de la cotidianidad británica de la época en forma de anuncios de televisión, pedazos de noticiarios, o programas de éxito de ese momento (como “Benny Hill”) mediante los cuales introduce al espectador en una especie de “túnel del tiempo” y le explica las causas que desembocaron en el advenimiento del punk y, consecuentemente, de los mismos Pistols. Para evitar posibles desviaciones en su propósito, el realizador elude mostrar imágenes actuales de los miembros del grupo (en los fragmentos de las entrevistas en los que aparecen se les ve siempre a contraluz). De la misma manera, tampoco se hace referencia a ningún momento posterior a la ruptura de la banda y la muerte de Vicious en 1979.

La mugre y la furia es tanto más recomendable cuanto más fan de los Sex Pistols se sea, aunque si no se es tampoco importa mucho. La película se deja ver y tiene algunos momentos muy divertidos, como el impagable relato de Steve Jones sobre cómo se agenciaba instrumentos decentes para sus compañeros o la entrevista de Bill Grundy en TV. En todo caso, se trata de una gran oportunidad para conocer de primera mano la tormentosa y seductora semblanza de uno de los grupos más polémicos, irreverentes y anárquicos, clave para comprender la evolución de la música en la última mitad del siglo XX.

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El castañazo

Publicado el domingo 22 octubre 2017

El Castañazo
Slap Shot (1977)

Director: George Roy Hill
Interpretes: Paul Newman, Michael Ontkean, Lindsay Crouse, Jennifer Warren

El castañazoTodo el mundo tiene derecho a una jubilación digna, inclusive los actores. Por ello no debe sorprendernos que hasta los mejores profesionales del gremio, aquellos con talento reconocido para participar en las producciones más prestigiosas, se decanten a veces por cintas de esas que los cinéfilos llamamos “alimenticias”, muy útiles para el público que desea dejar aparcado el cerebro para mejor ocasión, y para que el actor de turno cubra durante algún tiempo el estipendio del Ferrari y el servicio doméstico. Hasta Paul Newman, uno de los mejores y más famosos actores de todos los tiempos, tuvo su época de “vendido al vil metal”. A mediados de los años 70, muy cerca de convertirse en cincuentón y viendo ya cercano el final de su esplendor físico y artístico, el actor decidió que era el momento de “hacer caja” aceptando cobrar una pastizarra por protagonizar El coloso en llamas junto a Steve Mc Queen. El enorme éxito de este entretenidísimo film, culmen del llamado “cine de catástrofes” que tan de moda estuvo en aquella década, ha ensombrecido con el paso del tiempo otra película “comercial” de Newman muy próxima en fecha y mucho más pequeña, pero no precisamente inferior: El castañazo.

En 1977, Newman aceptó trabajar en este proyecto de su amigo George Roy Hill (a cuyas órdenes había estado en Dos hombres y un destino y El golpe, ahí es nada) sobre un equipo de hockey de tercera fila cuyo entrenador, vieja gloria venida a menos, cae en la cuenta de que para ganar y ser populares no es precisamente necesario jugar bien. El guión, escrito por Nancy Dowd, se inspiró muy vagamente en las peripecias de un equipo real de hockey sobre hielo: los Johnstown Jets. De hecho, algunos de sus jugadores y técnicos (y hasta el conductor del autobús del equipo, que aquí se interpreta a sí mismo) aparecen actuando ante la cámara, con bastante decencia por cierto. Paul Newman hizo gala de una gran profesionalidad, dándolo todo para aparentar como jugador de hockey y prescindir en lo posible de dobles.

El castañazo es una comedia gamberra que no prescinde de un subliminal y malévolo mensaje dirigido hacia el deporte de alta competición y sus miserias. A veces me recuerda levemente a las películas “de tortazos” de Bud Spencer y Terence Hill, pero con más mala leche e incluso más desmadrada (y evidentemente mucho mejor). Lo más llamativo es encontrarse con un Paul Newman totalmente pasado de rosca y disfrutando como un enano por ello. Sin embargo, el verdadero protagonismo recae en los violentos hermanos Hanson, cuyo indiscutible carisma les hace merecedores de toda la atención del espectador. Por añadidura, en la versión castellana sus voces están muy bien dobladas, por lo que sus barrabasadas resultan aún más graciosas si cabe. Tras el estreno de la película los hermanos, auténticos jugadores profesionales de hockey, se hicieron inmensamente populares (llegaron a rechazar una oferta para hacer una “continuación” protagonizada por ellos mismos) y hoy hasta tienen su propia página web, en la que cuentan su verdadera historia y venden “merchandising” relacionado con El castañazo, un despiporre en el que el buen ambiente reinante durante el rodaje, del que Paul Newman habla maravillas, dio como resultado un divertimento como pocos se pueden encontrar hoy en día.

Porque esa es una de las facetas donde más se nota la decadencia actual del cine: hace 30 o 40 años también se rodaba muchísima basura, pero hasta las películas marcadamente comerciales como esta podían ofrecer algo más que mera diversión para televidentes compulsivos y otras clases de descerebrados. Hoy en día lo que nos queda son cosas como ESTA o ESTA OTRA, y actores de la talla de Robert De Niro (que en los últimos años pulula por las pantallas buscando jubilarse con el riñón cubierto) han de aceptar verdaderas morrallas a cambio de pasta. Actores como Paul Newman tuvieron más suerte: sabían que, con un poco de tino a la hora de escoger, podían participar en una cinta “comercial” y llevarse un buen pellizco sin arrastrar por los suelos su prestigio. Definitivamente eran otros (y mejores) tiempos, al menos para el cine.

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