Categoria Cine

Grita libertad

Publicado el Martes 16 Diciembre 2008

Cry freedom (1987)

Director: Richard Attenborough

Intérpretes: Denzel Washington, Kevin Kline, Penelope Wilton, John Thaw, Josette Simon, John Hargreaves, Ian Richardson

A la mayoría de quienes lean este texto y tengan menos de 20 o 25 años, la palabra Apartheid seguro que no les sonará de nada. Hoy día, y por fortuna, este término es un triste recuerdo en el fondo de los libros de historia, pero hasta hace relativamente poco tiempo estaba muy presente en las vidas de millones de personas, para quienes dio nombre a uno de los sistemas de gobierno más infames y miserables jamás conocidos por la humanidad.

Con Nelson Mandela pudriéndose en la cárcel y con la oposición interna (negra o blanca, sin distinción) maniatada por un feroz sistema represor, Steve Biko fue uno de los hombres que más lucharon y arriesgaron para denunciar pública, abiertamente y desde dentro, la opresión de un gobierno que institucionalizaba el racismo convirtiéndolo en una forma de vida. Su detención y muerte a manos de la policía tras días enteros de cruel tortura en 1977, junto con la espantosa matanza de estudiantes de Soweto ocurrida un año antes, terminó despertando la conciencia de un mundo que hasta entonces había ignorado casi por completo lo que sucedía a diario en Sudáfrica.

Es un hecho que el cine es un negocio que se mueve al son de los acontecimientos que le toca vivir, y que por tanto suele apuntarse enseguida a las modas imperantes en cada momento, dejándose “llevar por la corriente” por así decirlo. Desde ese final de los años 70, pero sobre todo a partir de mediados de los 80, el movimiento anti-Apartheid había ido creciendo en Occidente. El cine no fue ajeno a esta masiva manifestación contra el racismo y el “problema sudafricano”, aparte de ser una fuente diaria de noticias, empezó a tener presencia más o menos destacada en multitud de películas. Y Sir Richard Attenborough, uno de los profesionales más respetados del panorama cinematográfico inglés, tampoco quiso perder la oportunidad de denunciar a aquel Gobierno y a su sistema de forma directa.

Más que una biografía del activista negro Steve Biko, Grita libertad es la historia del periodista blanco que lo acompañó durante sus últimos dos años de vida. Donald Woods pasó de enemigo a amigo, teniendo que huir de Sudáfrica al intentar denunciar ante la opinión pública la más que sospechosa muerte de Biko. Tras ello convirtió su pluma en una de las espadas más afiladas en la lucha contra el sistema de segregación racial, que acabaría por desmoronarse finalmente a principios de los años 90.

Siendo quién es, de Richard Attenborough no se podría esperar otra cosa que un producto profesional y bien acabado, y Grita libertad lo es. En 1987 a Attenborough se le recordaba sobre todo por Gandhi, una película buena aunque sobrevalorada, que había arrasado en taquilla y en los Oscar de 1982. Acostumbrado a lidiar con producciones de gran calibre como aquella, sorprende verlo al timón de una película como esta, bastante pequeña en comparación, aunque a mi juicio superior en algunos aspectos. El filme se beneficia de todos los puntos fuertes del veterano realizador británico, como su cuidado a la hora de elaborar las tomas y, sobre todo, la excelente dirección de actores que logra hacer creíble a Kevin Kline en un papel bastante alejado de la habitual vis cómica por la que es conocido, demostrando de paso que es un muy buen actor. Otro tanto se podría decir de Denzel Washington, un actor competente, aunque no un genio. Un tipo que siempre me ha parecido bastante empalagoso, pero que aquí me resulta más convincente que en otras ocasiones, dotando a su personaje de la fuerza de carácter que necesita sin caer para ello en estridencias interpretativas. La duración de la película es algo excesiva, pero se sobrelleva bastante bien, sobre todo durante la última hora de metraje.

Aunque pueda acusarse a Grita libertad de oportunista, en la onda de otros filmes de su época que se aprovecharon en mayor o menor medida del Apartheid para atraer público, y aunque se haya quedado vieja como cinta de denuncia política (el sistema contra el que arremete, afortunadamente, quedó enterrado hace tiempo), tampoco puede decirse que no sea válida para reflexionar sobre la falta de libertades de la gente en general y de la profesión periodística en particular, y no sólo en regímenes considerados “represivos” como pueden ser las dictaduras. Además, esta película constituye una advertencia en medio del actual clima de creciente violencia racial en que vivimos. Es un retrato de hechos pasados, sí, pero quien olvida el pasado está irremediablemente condenado a repetirlo.

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Moonwalker

Publicado el Martes 18 Noviembre 2008

Moonwalker (1988)

Directores: Jerry Kramer, Jim Blashfieldm, Colin Chilvers

Intérpretes: Michael Jackson, Sean Lennon, Kellie Parker, Joe Pesci, Brandon Quintin Adams, Dante Basco

Si existe un personaje que ilustre como nadie el concepto de “juguete roto” dentro del panorama cultural ese es, sin duda, Michael Jackson. Antes de que le estallasen en la cara los escándalos que lo arruinarían social, artística y económicamente, Jackson era lo más cercano a una deidad que se había paseado por el mundo desde tiempos de los emperadores romanos. Su poder, influencia y tirón popular eran tan grandes que, por poner un solo ejemplo, en el Otoño de 1991 hasta los mismísimos U2 decidieron retrasar un mes el lanzamiento de su nuevo LP, el más que sobresaliente Achtung baby, para que su puesta de largo no coincidiese con la de Dangerous.

Si esto les ha parecido exagerado mejor no hablemos de los 80, años en los que, junto a Steven Spielberg, Michael Jackson se convirtió en la máxima representación de la cultura de masas yanki, que vivía por entonces su máximo esplendor comercial. Su nombre y su música eran reconocidos por todo el globo, su presencia en los medios era casi continua y cualquier noticia relacionada con él, por absurda que ésta fuese, era objeto de primera plana y provocaba auténticos terremotos. Con el mundo en sus manos, el Rey del Pop decidió que su siguiente paso sería encumbrarse en el mundo del celuloide de la mano de Spielberg, quien era uno de sus más íntimos amigos. Jackson ya había hecho pinitos como actor en sus propios videoclips, como el de Thriller, y había protagonizado Capitán Eo, un despliegue de alta tecnología aplicada al cine dirigido por Francis Ford Coppola a mayor gloria del artista, y destinado a su exhibición en el EPCOT, la atracción estrella del Disneyland de Orlando.

Con estos antecedentes, no sorprende la enorme expectación producida cuando se supo que Michael Jackson iba a protagonizar una película. Incluso los detalles más insignificantes se mantuvieron en secreto hasta el último momento. De este modo, cuando la productora empezó a permitir filtraciones a la prensa sobre lo que se estaba cociendo, el filme estaba en boca de todo el mundo y tenía el éxito asegurado, a pesar de que en Estados Unidos sólo sería comercializado en video. Fuera de allí, empero, sí se mostraría en pantalla grande, y baste decir que cuando el estreno se aproximaba, Televisión Española programó en primicia el video de Smooth Criminal (que servía como trailer de presentación) en horario de máxima audiencia. Lo que siguió fue un estado de locura colectiva entre los fans como no se recordaba desde los Beatles, con cines cuya cola para la venta de entradas daba un par de vueltas al edificio y griteríos ensordecedores ya dentro de la sala, que apenas permitían escuchar nada durante la proyección.

Todo esto quizás haga que más de uno suelte una sonrisa socarrona, por cuanto el devenir de los años ha hecho que Jackson haya pasado de ser objeto de admiración y respeto a serlo de mofa y escarnio. Y más cuando uno se atreve con la película, sin duda uno de los ejercicios cinematográficos más demenciales jamás filmados. La cosa va de una gran estrella de la música (adivinen ustedes de quién se trata) que, entre canción y canción, se dedica a combatir a un poderoso esbirro del mal y a demostrar de paso su amor por los niños (sic). Resumiendo: hay que tener unas pelotas de acero para ser capaz de tragarse Moonwalker entera, porque dejando a un lado los videoclips (de los que hablaremos un poco más adelante) la película es mala como el peor pecado. Lo era en su momento (a mí al menos no me gustó nada de nada) y no digamos ya ahora, con su protagonista convertido en la sombra (si llega) de lo que un día fue. Aun así, se pueden sacar conclusiones muy interesantes del visionado, comenzando por el hecho de que nunca se volverá a rodar una película como esta porque ya no hay superestrellas musicales del calibre de Michael. Dejando a un lado su caso, sobradamente conocido a estas alturas, quienes un día compitieron con él en el particular Olimpo de los “charts” tampoco son ya lo que fueron, y los pobres diablos que actualmente contaminan con su presencia lo más alto de las listas de éxitos no serían la millonésima parte de lo que Michael fue ni aunque viviesen veinte vidas seguidas.

En el caso de Moonwalker esto se nota en la parcela audiovisual que Jackson mejor dominaba: los videoclips. Es ahí cuando el Rey del Pop nos dice “aquí estoy yo, ¿qué pasa?” y junto a su fiel escudero, el inefable Quincy Jones, nos demuestra la enorme capacidad que atesoraba por aquel entonces para convertir en himno pop cualquier cosa escrita sobre un pentagrama. Esto queda patente sobre todo durante la escena del Smooth Criminal, tal vez uno de los peores temas del repertorio de Jackson: claramente una canción de relleno (sirvió de “despedida y cierre” para Bad), más simple que el mecanismo de un botijo y alargada en Moonwalker hasta el aburrimiento, por decirlo de un modo suave. Pero ahí la tenemos, convertida en éxito y logrando que aun hoy más de uno tararee su machacón y absurdo estribillo tras escucharla. Y no hace falta decir que el clip que la acompaña está muy bien hecho, aunque no se puede esperar menos en una cinta rodada en plena apoteosis del género, además protagonizada por uno de los músicos que más partido sabía sacarle presupuesto mediante. A título particular yo me quedo con Leave me alone, auténtica declaración pública llena de mala leche contra lo absurdo del acoso mediático, envuelta con una música de lo más pegadiza y, para la ocasión que nos ocupa, un videoclip de lo más espectacular, auténtico monumento a las técnicas de “stop-motion”. Tal vez lo mejor de la película.

Aunque de Michael Jackson se podrían decir muchas cosas y no todas precisamente buenas (también en la parcela artística además de en la personal), nadie puede poner en tela de juicio lo que fue, su influencia en la música popular ni su legado, incluyendo esta Moonwalker. Que sí, vale: que es una “sobrada” que destila un narcisismo egocéntrico digno de una tesis doctoral de psiquiatría, y que encima es un bodrio difícilmente soportable si nos olvidamos de los videoclips. Pero es un fiel reflejo de unos años, los 80, que fueron a la música pop lo que los 90 al mundo de la moda y que, nos guste o no, tuvieron momentos de grandeza que ya nunca se volverán a repetir.

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Crossroads, cruce de caminos

Publicado el Sábado 8 Noviembre 2008

Crossroads (1986)

Director: Walter Hill

Intérpretes: Ralph Macchio, Joe Seneca, Jami Gertz, Joe Morton, Robert Judd, Steve Vai

En 1986 Walter Hill era un reconocido director, productor y guionista de cine de acción, gracias a filmes como Límite 48 horas o Calles de fuego; Ralph Macchio estaba en trance de repetir su papel de Daniel LaRusso en la segunda parte de Karate Kid, que sería otro gran éxito de taquilla. Esperando desligarse del corsé que amenazaba con encasillar sus respectivas careras, decidieron unir fuerzas para rodar esta fábula sobre un estudiante de la Juilliard School fanático del blues, que emprende un viaje en busca del mítico cruce de caminos donde se dice que el músico Robert Johnson firmó un pacto con el demonio para convertirse en un prestigioso “bluesman”. Para no despistar demasiado a los fans de Macchio, entonces mundialmente famoso, la película se estructuró como un clon de Karate Kid, incluyendo el imprescindible duelo final en el que esta vez se cambian las patadas cutres con nombre de bicho por agresivos “rifts” de guitarra, y donde el protagonista y su mullet se las verán con el siempre excesivo, egocéntrico y genial Steve Vai, en una secuencia aun más surrealista que su homónima en Karate Kid, pero infinitamente más divertida. Añádanle a todo eso un toque de “road movie” y unos cuantos paletos al más puro estilo rural made in USA para crear ambiente y ya tenemos una película “nueva”, que por desgracia pasó sin pena ni gloria por los cines, aunque sus peculiaridades han acabado por convertirla, con el paso de los años, en una cinta de culto.

¿Y la película en sí?. Pues bien, gracias. Lo cierto es que se deja ver, y aunque el comienzo es particularmente flojo, remonta poco a poco hasta la llegada de ese inconmensurable duelo final que, sin duda, es lo mejor del estofado y no defraudará a ningún “guitar hero” que se precie. Ralph Macchio, fiel a su estilo, sigue ofreciendo esa entrañable imagen de moñas que tanto nos gustó a los que tuvimos la inmensa suerte de ver Karate Kid estrenada en una pantalla grande. A los secundarios que le acompañan en su particular viaje les falta carisma (excepto Steve Vai, por supuesto) y se hecha de menos un poquito más de presencia de la guapa Jami Gertz (que venía de rodar otra peli de culto, Quicksilver, con un jovencísimo Kevin Bacon). Pese a todo, el balance final es resultón, aunque por poco. Tras esto, las carreras de Walter Hill y el bueno de Daniel LaRusso (perdón, Ralph Macchio) habrían de quedar definitivamente predestinadas.

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
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