Categoria Cine

Encuentros en la tercera fase

Publicado el Lunes 24 abril 2017

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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Amadeus

Publicado el Sábado 22 abril 2017

Amadeus (1984)

Director: Milos Forman
Interpretes: F. Murray Abraham, Tom Hulce, Elizabeth Berridge, Simon Callow

El pasado 13 de Octubre, y en el marco de las fiestas del Barrio del Pilar de Madrid (dedicadas este año a Mozart al cumplirse el 250 aniversario de su nacimiento), pude ver por enésima vez la película Amadeus, que se proyectaba de forma totalmente gratuita en pantalla grande. Aquella noche tenía dos opciones: o patear una vez más el mercado estilo siglo XVIII plantado en el Parque de La Vaguada y la feria adyacente, o ver la película y pasar un buen rato, aunque ésta se proyectase en (horripilante) versión doblada. La elección estaba cantada.

Estrenada en 1984, y luego reestrenada en 2002 con veinte minutos extra en uno de esos “montajes del director” que tan de moda estaban por aquellos años, Amadeus constituyó uno de los grandes hitos del cine de los 80. Peter Shaffer (autor del libreto teatral en el que se basa la película) y el director, el checo Milos Forman, trabajaron codo con codo durante meses para conseguir un buen guión con el que rodar una gran película y las cosas no pudieron salir mejor, hasta el punto de que la mayoría de quienes participaron en el elenco principal se vieron devorados por el enorme éxito del filme: Forman jamás ha conseguido alcanzar el listón que tan alto dejó tras rodar la película que nos ocupa y Alguien voló sobre el nido del cuco (realmente lo tenía difícil). La triada de protagonistas (sensacionales Tom Hulce, Elizabeth Berridge y F. Murray Abraham) tampoco pudo sobreponerse a lo que había logrado, y con los años todos acabarían con sus respectivas carreras sumidas en la más discreta penumbra.

Pasado el tiempo, y después de haber visto la película decenas de veces, en versión original y doblada, en el cine (de estreno y reestreno) y en DVD, todavía me sorprende que una película así, tan “épica” y tan “clásica”, teóricamente tan alejada de los cánones del cine comercial de entonces (y pese a todo rodada con un innegable ojo de cara a la taquilla) pudiese tener los efectos que tuvo sobre las masas. Dejando de lado algunas críticas vehementes (en particular me gustó mucho una que leí en una revista, que acusaba a la cinta de ser “básicamente un film sobre Salieri”), la realidad es que Amadeus rebosa calidad por los cuatro costados. Pero la mejor cualidad de esta cinta fue la de contribuir en su día a la difusión de la música clásica, y en concreto la de Mozart, de un modo como nunca se había logrado antes. La “Mozartmanía” encontró hueco, e incluso portadas, en revistas “poppys” y catálogos de música como el legendario BID (Boletín Informativo Discoplay), espacios habitualmente reservados para artistas de radio fórmula. De repente todo el mundo se había vuelto loco por una música que solo unos meses antes era cosa de “melómanos”, miembros de orquestas sinfónicas y tíos raros como esos que van a la ópera vestidos de etiqueta. Fue algo alucinante pero realmente bello, digno de la música del gran genio de Salztburgo.

Total, que volví a disfrutar como un enano durante poco menos de tres horas y media (las que dura el “montaje del director”) con una de esas películas que tan raramente se realizan en el cine moderno, majestuosa y espectacular a más no poder, a la vez que muy entretenida pese a su largísimo metraje. Y eso que tengo en casa las dos versiones. Y a pesar del doblaje: únicamente eché de menos poder cambiar el idioma de proyección y seleccionar el modo VOS. Porque como diría Carlos Pumares, miren que es MALO, MALO, MALO y MALO el doblaje de la versión extendida. Lo puto peor, de verdad.

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Moonwalker

Publicado el Miércoles 19 abril 2017

Moonwalker (1988)

Directores: Jerry Kramer, Jim Blashfieldm, Colin Chilvers

Intérpretes: Michael Jackson, Sean Lennon, Kellie Parker, Joe Pesci, Brandon Quintin Adams, Dante Basco

Si existe un personaje que ilustre como nadie el concepto de “juguete roto” dentro del panorama cultural ese es, sin duda, Michael Jackson. Antes de que le estallasen en la cara los escándalos que lo arruinarían social, artística y económicamente, Jackson era lo más cercano a una deidad que se había paseado por el mundo desde tiempos de los emperadores romanos. Su poder, influencia y tirón popular eran tan grandes que, por poner un solo ejemplo, en el Otoño de 1991 hasta los mismísimos U2 decidieron retrasar un mes el lanzamiento de su nuevo LP, el más que sobresaliente Achtung baby, para que su puesta de largo no coincidiese con la de Dangerous.

Si esto les ha parecido exagerado mejor no hablemos de los 80, años en los que, junto a Steven Spielberg, Michael Jackson se convirtió en la máxima representación de la cultura de masas yanki, que vivía por entonces su máximo esplendor comercial. Su nombre y su música eran reconocidos por todo el globo, su presencia en los medios era casi continua y cualquier noticia relacionada con él, por absurda que ésta fuese, era objeto de primera plana y provocaba auténticos terremotos. Con el mundo en sus manos, el Rey del Pop decidió que su siguiente paso sería encumbrarse en el mundo del celuloide de la mano de Spielberg, quien era uno de sus más íntimos amigos. Jackson ya había hecho pinitos como actor en sus propios videoclips, como el de Thriller, y había protagonizado Capitán Eo, un despliegue de alta tecnología aplicada al cine dirigido por Francis Ford Coppola a mayor gloria del artista, y destinado a su exhibición en el EPCOT, la atracción estrella del Disneyland de Orlando.

Con estos antecedentes, no sorprende la enorme expectación producida cuando se supo que Michael Jackson iba a protagonizar una película. Incluso los detalles más insignificantes se mantuvieron en secreto hasta el último momento. De este modo, cuando la productora empezó a permitir filtraciones a la prensa sobre lo que se estaba cociendo, el filme estaba en boca de todo el mundo y tenía el éxito asegurado, a pesar de que en Estados Unidos sólo sería comercializado en video. Fuera de allí, empero, sí se mostraría en pantalla grande, y baste decir que cuando el estreno se aproximaba, Televisión Española programó en primicia el video de Smooth Criminal (que servía como trailer de presentación) en horario de máxima audiencia. Lo que siguió fue un estado de locura colectiva entre los fans como no se recordaba desde los Beatles, con cines cuya cola para la venta de entradas daba un par de vueltas al edificio y griteríos ensordecedores ya dentro de la sala, que apenas permitían escuchar nada durante la proyección.

Todo esto quizás haga que más de uno suelte una sonrisa socarrona, por cuanto el devenir de los años ha hecho que Jackson haya pasado de ser objeto de admiración y respeto a serlo de mofa y escarnio. Y más cuando uno se atreve con la película, sin duda uno de los ejercicios cinematográficos más demenciales jamás filmados. La cosa va de una gran estrella de la música (adivinen ustedes de quién se trata) que, entre canción y canción, se dedica a combatir a un poderoso esbirro del mal y a demostrar de paso su amor por los niños (sic). Resumiendo: hay que tener unas pelotas de acero para ser capaz de tragarse Moonwalker entera, porque dejando a un lado los videoclips (de los que hablaremos un poco más adelante) la película es mala como el peor pecado. Lo era en su momento (a mí al menos no me gustó nada de nada) y no digamos ya ahora, con su protagonista convertido en la sombra (si llega) de lo que un día fue. Aun así, se pueden sacar conclusiones muy interesantes del visionado, comenzando por el hecho de que nunca se volverá a rodar una película como esta porque ya no hay superestrellas musicales del calibre de Michael. Dejando a un lado su caso, sobradamente conocido a estas alturas, quienes un día compitieron con él en el particular Olimpo de los “charts” tampoco son ya lo que fueron, y los pobres diablos que actualmente contaminan con su presencia lo más alto de las listas de éxitos no serían la millonésima parte de lo que Michael fue ni aunque viviesen veinte vidas seguidas.

En el caso de Moonwalker esto se nota en la parcela audiovisual que Jackson mejor dominaba: los videoclips. Es ahí cuando el Rey del Pop nos dice “aquí estoy yo, ¿qué pasa?” y junto a su fiel escudero, el inefable Quincy Jones, nos demuestra la enorme capacidad que atesoraba por aquel entonces para convertir en himno pop cualquier cosa escrita sobre un pentagrama. Esto queda patente sobre todo durante la escena del Smooth Criminal, tal vez uno de los peores temas del repertorio de Jackson: claramente una canción de relleno (sirvió de “despedida y cierre” para Bad), más simple que el mecanismo de un botijo y alargada en Moonwalker hasta el aburrimiento, por decirlo de un modo suave. Pero ahí la tenemos, convertida en éxito y logrando que aun hoy más de uno tararee su machacón y absurdo estribillo tras escucharla. Y no hace falta decir que el clip que la acompaña está muy bien hecho, aunque no se puede esperar menos en una cinta rodada en plena apoteosis del género, además protagonizada por uno de los músicos que más partido sabía sacarle presupuesto mediante. A título particular yo me quedo con Leave me alone, auténtica declaración pública llena de mala leche contra lo absurdo del acoso mediático, envuelta con una música de lo más pegadiza y, para la ocasión que nos ocupa, un videoclip de lo más espectacular, auténtico monumento a las técnicas de “stop-motion”. Tal vez lo mejor de la película.

Aunque de Michael Jackson se podrían decir muchas cosas y no todas precisamente buenas (también en la parcela artística además de en la personal), nadie puede poner en tela de juicio lo que fue, su influencia en la música popular ni su legado, incluyendo esta Moonwalker. Que sí, vale: que es una “sobrada” que destila un narcisismo egocéntrico digno de una tesis doctoral de psiquiatría, y que encima es un bodrio difícilmente soportable si nos olvidamos de los videoclips. Pero es un fiel reflejo de unos años, los 80, que fueron a la música pop lo que los 90 al mundo de la moda y que, nos guste o no, tuvieron momentos de grandeza que ya nunca se volverán a repetir.

P.D: Este articulo fue publicado originalmente hace unos meses, el 18 de noviembre del año pasado, vuelve a portada como homenaje de Computer Age a Michael Jackson

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Pánico en el Transiberiano

Publicado el Martes 18 abril 2017

Pánico en el Transiberiano
Horror Express (1973)

Director: Eugenio Martin
Interpretes: Christopher Lee, Peter Cushing, Telly Savallas, Alberto de Mendoza

Horror ExpressLa primera vez que vi Pánico en el Transiberiano fue nada menos que en el marco del mítico programa La Clave de José Luis Balbín. Sólo era un chaval, pero ya me estaba convirtiendo en un aficionado compulsivo al cine. No recuerdo a santo de qué se proyectó esta cinta en el programa ni el tema del debate que justificó su emisión, pero sí recuerdo que me pasé bastantes días padeciendo pesadillas en las que aparecían por doquier personas con los ojos rojos iluminando la oscuridad. Horrible, oigan, hasta el extremo de que pasó bastante tiempo cuando me atreví a volver a verla; en video desde luego, porque hablamos de una de esas que no se suelen reponer en TV por los motivos que sean.

Han pasado muchos años desde entonces, y desde luego no veo este filme con el mismo temor de antaño, ni siquiera viéndola a solas y a oscuras, que es la base para crear el ideal “ambiente de miedo” para ver una peli de terror. De todos modos admito que esta curiosísima cinta tiene su aquel.

Pánico en el Transiveriano es una “rara avis” del cine español, más dentro de la época en que se realizó: fue coproducida con capital británico por Bernard Gordon, un antiguo guionista americano que emigró a Europa (primero a Francia y después a España) tras ser puesto en la tristemente famosa “Lista Negra” de Mc Carthy por su pertenencia al Partido Comunista, al que se había afiliado de joven. El bajo presupuesto no fue óbice para que se le pudiese echar el guante a tres auténticos pesos pesados del panorama cinematográfico de la época como eran Peter Cushing, Christopher Lee y Telly Savalas. El rodaje se llevó a cabo en unos estudios de Daganzo de Arriba (muy cerca de Madrid) y en localizaciones de Navacerrada, siendo español la mayor parte del equipo técnico y actoral. A Gordon le hacía mucha ilusión el proyecto e inicialmente incluso pensó en dirigirlo, pero los bártulos recayeron finalente en el desconocido (aunque veterano) Eugenio Martín, amigo del guionista Philip Yordan, quien a su vez también era amigo del propio Bernard Gordon (los tres ya habían colaborado en cintas anteriores como la paupérrima Pancho Villa de 1972). Por todo esto, pero sobre todo por la presencia de los tres actores antes nombrados, ya merece la pena echarle un tiento a este estofado. Y quién crea que aceptaron porque estaban en el ocaso de sus carreras y “no les salía nada mejor”, no tiene más que consultar esa maravillosa Biblia que es la IMDB para comprobar que todavía les quedaba cuerda.

Dejando a un lado este aspecto, Pánico en el Transiveriano es una cinta con tres tercios muy bien diferenciados. En los dos primeros resulta interesante. El planteamiento de inicio, si no original, al menos está bien llevado y tiene chispa, recordando a Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie pero con monstruo. Sin embargo, en el último tercio del metraje la película se desmadra de manera inexplicable, justo cuando aparece en escena un Telly Savalas completamente descontrolado. Como si se contagiase de alguna manera de su personaje, el invento se precipita hacia una convulsa sucesión de acontecimientos y despropósitos, y todo el castillo de naipes construido a lo largo de la hora anterior se viene abajo con estrépito. Da la impresión de que a la productora se le acababa el presupuesto (a pesar de estar reutilizando decorados y maquetas de Pancho Villa) y estaba en la obligación de terminar la película, como fuese y lo antes posible. Y es una pena porque, como ya he comentado, hasta ese momento el tinglado mantiene el tipo con dignidad y tanto Cushing como Lee, si no colosales, imponen respeto en pantalla. Pero no hay remedio; incluso los efectos especiales, hasta ese momento aceptables en relación al poco dinero disponible, se convierten en una sucesión de chapuzas: en la escena final, las maquetas “cantan” tanto que mi hermano y yo nos estuvimos partiendo de la risa un rato largo.

De todos modos, y pese a ese tercio final que la destruye casi por completo, Pánico en el Transiveriano tiene su interés. Como película de terror y misterio funciona a ratos, y como película española (o “medio española”, si alguien quiere verlo así) todavía está por encima de muchas pretendidas “obras maestras” que nos quieren vender, mal que les pese a algunos. Véansela y me cuentan.

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District 9

Publicado el Sábado 15 abril 2017

District 9 (2009)

Director: Neill Blomkamp

Intérpretes: Sharlto Copley, Jason Cope, Nathalie Boltt, John Sumner, David James, Mandla Gaduka

district9

Hace algún tiempo, en Computer Age dedicábamos un artículo a Grita libertad. Pues bien: si en Padre de familia pudimos ver la serie Cosmos de Carl Sagan en una versión orientada a paletos, podría decirse que District 9 es la versión para canis del potente alegato antirracista de Richard Attenborough, salvando las distancias (siderales en cualquier aspecto) existentes entre ambas películas.

¿Quiere esto decir que District 9 es una película mala? Pues no necesariamente, pero hay que tener muy en cuenta el “target” al que va dirigido potencialmente este producto. Si tiene usted el coeficiente intelectual de una ameba prehistórica fosilizada, o bien si considera que Los Morancos y Haze son sus referentes culturales indiscutibles, entonces está de enhorabuena. El público algo más exigente ha de tener la precaución de aparcar el cerebro en alguna parte (aunque sea en segunda fila) antes de disponerse a ver la película, y procurar no hacerse demasiadas preguntas si no quiere empezar a encontrarse con incongruencias y otros aspectos del argumento sostenidos con pinzas. Si seguimos estas instrucciones District 9 se deja ver y resulta entretenida, cumpliendo su función primordial de sacar de la realidad durante un rato a los estudiantes de la LOGSE y demás potenciales aspirantes a reponedores del Carrefour, que tampoco es cuestión de que a esta gente le reviente la cabeza pensando y por ello le lluevan las demandas a la productora por homicidio involuntario, oigan.

Personalmente, la sensación que me quedó tras haber visto la cinta fue la de una gran idea que los guionistas decidieron arrojar por la taza del water, para que acto seguido el director terminase mandándola a tomar por culo tirando de la cadena. Incluso una película tan poco intelectual como Alien Nation, un claro espejo en el que District 9 se mira sin pudor de vez en cuando, profundizaba más que la que nos ocupa en las relaciones de los humanos con una raza de inmigrantes extraterrestres, y clarificaba mucho más (y de forma mucho más lógica) los motivos por los cuales la gente miraba a aquellos “Recién Llegados” con desprecio. En el caso de District 9, los dos primeros tercios de metraje parecen justificarse solamente como débil hilo conductor que ha de llevarnos a lo que realmente importa: la ensalada de hostias y gore de la última media hora; una secuencia directamente pergeñada con el ánimo de que el Richal de turno comience definitivamente a babear de gusto mientras le pone la mano en las tetas a su Choni habitual.

Es una verdadera pena que, teniendo entre manos una idea potencialmente tan buena, los creadores de la cinta no se hayan atrevido no ya a plantearse una huída hacia delante (algo inconcebible en el cine comercial actual), si no al menos a dar un pasito en esa dirección. Se han limitado a tomar el camino fácil para contentar al público que suele acudir hoy día a una sala de cine, el cual curiosamente opta en su mayoría por descargarse las pelis de Internet. Decir que el cine ya no es lo que era es una perogrullada, pero es que son los dueños del negocio los que, con cosas como esta, se están llevando ni más ni menos que lo que se merecen.

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