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Delicias Turcas

Publicado el martes 17 abril 2018

Delicias Turcas
Turkish Fruits (1973)

Director: Paul Verhoeven
Interpretes: Rutger Hauer, Monique Van de Ven, Tonny Huurdeman, Win Van den Brink, Hans Boskamp

– ¿Qué es lo único que si se incluye en una película tiene el éxito asegurado?.
– ¡Tetas!.

Hacía tiempo que deseaba ver Delicias turcas, la película más conocida en la etapa holandesa de Paul Verhoeven, posterior autor de taquillazos como Robocop, Desafío total o Instinto básico. Me habían hablado mucho y bien de ella, durante años la más taquillera del cine holandés, prohibida en Inglaterra por “indecente” y nominada al Oscar como mejor película extranjera. Un día la encontré disponible en la biblioteca del barrio, y ni corto ni perezoso me la llevé a casa.

Verhoeven es un director al que le gusta la polémica. Estoy convencido de que el diálogo con el que he iniciado este texto (sacado en realidad de la genial Ed Wood de Tim Burton) estaba en la mente de este hombre al iniciar su carrera: “Si la armo bien con mis películas me voy a forrar”, se diría. Dicho y hecho, Delicias turcas responde a los cánones típicos en el cine del realizador holandés, donde abundan la carne y la sangre (de hecho, su primera película americana fue titulada así, Carne y sangre. En España se tituló Los señores del acero, con un par).

Pese a lo bien que me habían hablado de Delicias turcas, lo cierto es que a mí me pareció bastante decepcionante. Por momentos creí estar viendo algo como 9 songs o una del inefable Bigas Luna, en las que el “argumento” no es más que una excusa para sacar a relucir un amplio muestrario de peras y bacalao húmedo. El guión, basado en un popular libro (en Holanda) de un tal Jan Wolkers, está pésimamente desarrollado y tiene unos agujeros por los que cabría una tuneladora del Metro de Madrid, con momentos de surrealismo extremo como la presentación entre la pareja protagonista, más propia de una película porno (no pasan ni dos minutos de metraje y ya están follando, sin más) o el radical cambio de comportamiento de la madre de la chica para con su pareja, que pasa de tratarlo como basura en una escena a hacerlo como si fuese su propio hijo en otra dos pasos más allá. Hay secuencias que están insertadas con calzador, y de un modo tan brusco que inducen a confusión en el espectador. Un desastre.

Lo más interesante de este embrollo está en Rutger Hauer. Para el que nunca haya visto Delicias turcas o la postrera Los señores del acero (en donde realiza un papel bastante parecido) resultará chocante ver al mítico “replicante” de Blade Runner, actor fetiche de Verhoeven en sus primeros años, haciendo de “fuck machine” en el sentido más estricto del término, sacando a relucir su lado más gamberro y marrano (en todos los aspectos), aunque su actuación tampoco es que sea muy convincente que digamos.

En fin, que yo al menos me esperaba otra cosa. Se me hizo pesada, por momentos un plomo. Mi novia y yo nos partíamos de la risa imaginando lo que diría el personal más intelectualoide (que en no pocos casos habla bien de Delicias turcas) si esta misma película, idéntica, se hubiese rodado en la España del “destape” protagonizada por Nadiuska y Arturo Fernández. Tal vez mis expectativas eran demasiado altas para lo que luego esta cinta da de sí, no lo sé, pero para decir que es “The best Verhoeven movie ever” (cita textual de un espectador sacada de la IMDB) hay que tener unos huevos como melones de grandes.

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Encuentros en la tercera fase

Publicado el lunes 16 abril 2018

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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District 9

Publicado el domingo 15 abril 2018

District 9 (2009)

Director: Neill Blomkamp

Intérpretes: Sharlto Copley, Jason Cope, Nathalie Boltt, John Sumner, David James, Mandla Gaduka

district9

Hace algún tiempo, en Computer Age dedicábamos un artículo a Grita libertad. Pues bien: si en Padre de familia pudimos ver la serie Cosmos de Carl Sagan en una versión orientada a paletos, podría decirse que District 9 es la versión para canis del potente alegato antirracista de Richard Attenborough, salvando las distancias (siderales en cualquier aspecto) existentes entre ambas películas.

¿Quiere esto decir que District 9 es una película mala? Pues no necesariamente, pero hay que tener muy en cuenta el “target” al que va dirigido potencialmente este producto. Si tiene usted el coeficiente intelectual de una ameba prehistórica fosilizada, o bien si considera que Los Morancos y Haze son sus referentes culturales indiscutibles, entonces está de enhorabuena. El público algo más exigente ha de tener la precaución de aparcar el cerebro en alguna parte (aunque sea en segunda fila) antes de disponerse a ver la película, y procurar no hacerse demasiadas preguntas si no quiere empezar a encontrarse con incongruencias y otros aspectos del argumento sostenidos con pinzas. Si seguimos estas instrucciones District 9 se deja ver y resulta entretenida, cumpliendo su función primordial de sacar de la realidad durante un rato a los estudiantes de la LOGSE y demás potenciales aspirantes a reponedores del Carrefour, que tampoco es cuestión de que a esta gente le reviente la cabeza pensando y por ello le lluevan las demandas a la productora por homicidio involuntario, oigan.

Personalmente, la sensación que me quedó tras haber visto la cinta fue la de una gran idea que los guionistas decidieron arrojar por la taza del water, para que acto seguido el director terminase mandándola a tomar por culo tirando de la cadena. Incluso una película tan poco intelectual como Alien Nation, un claro espejo en el que District 9 se mira sin pudor de vez en cuando, profundizaba más que la que nos ocupa en las relaciones de los humanos con una raza de inmigrantes extraterrestres, y clarificaba mucho más (y de forma mucho más lógica) los motivos por los cuales la gente miraba a aquellos “Recién Llegados” con desprecio. En el caso de District 9, los dos primeros tercios de metraje parecen justificarse solamente como débil hilo conductor que ha de llevarnos a lo que realmente importa: la ensalada de hostias y gore de la última media hora; una secuencia directamente pergeñada con el ánimo de que el Richal de turno comience definitivamente a babear de gusto mientras le pone la mano en las tetas a su Choni habitual.

Es una verdadera pena que, teniendo entre manos una idea potencialmente tan buena, los creadores de la cinta no se hayan atrevido no ya a plantearse una huída hacia delante (algo inconcebible en el cine comercial actual), si no al menos a dar un pasito en esa dirección. Se han limitado a tomar el camino fácil para contentar al público que suele acudir hoy día a una sala de cine, el cual curiosamente opta en su mayoría por descargarse las pelis de Internet. Decir que el cine ya no es lo que era es una perogrullada, pero es que son los dueños del negocio los que, con cosas como esta, se están llevando ni más ni menos que lo que se merecen.

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Marathon Man

Publicado el sábado 14 abril 2018

Marathon Man (1976)
Director: John Schlesinger
Intérpretes: Dustin Hoffman, Laurence Olivier, Roy Scheider, William Devane, Marthe Keller

En los años 70 el recuerdo de la II Guerra Mundial todavía permanecía muy vivo en la memoria popular. Muchos criminales nazis se encontraban en paradero desconocido desde el apocalipsis del Tercer Reich y se les suponía llevando una vida oculta, agazapados entre nosotros cual hombre del saco a la espera de cualquier oportunidad para asestarte un nuevo zarpazo, sobre todo si eras judío. El novelista William Goldman canalizó aquel sentir común para dar forma a una novela cuyos derechos para el cine serían adquiridos por el productor Robert Evans, dando origen a una de las películas capitales de la década.

Se podrían destacar muchas cosas de Marathon Man, pero si algo sobresale especialmente es la presencia de un verdadero dios: Laurence Olivier. A día de hoy muchos le siguen venerando como el mejor actor británico que jamás haya pisado un escenario teatral, y no son pocos los que elevan esta afirmación hasta los platós de cine. Pero cuando aceptó participar en la película, Olivier llevaba varios años sin apenas poder trabajar: gravemente enfermo de cáncer, de gota, padeciendo mil achaques más, el hombre apenas podía tenerse en pie, y pocos creían que llegaría a terminar el rodaje con vida, hasta el punto que ninguna aseguradora quiso firmarle la póliza habitual para cubrir posibles riesgos durante la filmación. Sin embargo, el legendario actor sorprendió a todos por su entereza, tirando de casta, de coraje y de estoicismo para sobreponerse a los males que le acosaban, y logrando una interpretación más que notable en un papel que le había gustado mucho cuando se lo ofrecieron. Marathon Man fue como un bálsamo para él y el cáncer, la gota y sus múltiples achaques remitieron. Acabó viviendo hasta 1989, apareciendo hasta entonces en muchas otras películas.

Mucho se ha hablado de la relación de Laurence Olivier con el protagonista, un Dustin Hoffman ya por entonces consagrado como estrella y con fama de ser uno de los mejores actores americanos de su generación. A través de los años se han difundido múltiples rumores y anécdotas sobre la supuesta rivalidad que surgió entre ellos durante el rodaje de la película. Aunque es cierto que Olivier solía meterse con Hoffman por sus particulares métodos para lograr una interpretación convincente (ejemplo: colocarse una piedra en el zapato para simular cojera en Cowboy de medianoche), la realidad es que el actor británico lo hacía más que nada por cachondeo, pues acto seguido él mismo se partía de risa recordando cómo, siendo joven, se jugaba el pellejo a diario para dar más verosimilitud a sus interpretaciones de Shakespeare en el teatro. La relación entre ambos llegó a ser muy estrecha, hasta el punto de que, en alguna entrevista, el bueno de Dustin ha llegado a emocionarse recordando sus vivencias junto al mítico actor inglés, cosa que sorprende en una persona al que las malas lenguas acusan de tener un carácter pelín podrido. Mención aparte se merece Marthe Keller, quien demostró que Toshiro Mifune no era la única persona capaz de aprenderse fonéticamente un guión: la actriz, de origen suizo, no tenía ni puñetera idea de inglés cuando llegó al set de rodaje, y recita sus frases vocalizando de memoria, sin comprender realmente en ningún momento qué es lo que está diciendo. Y no lo hace nada mal.

Vale la pena dedicar parte de nuestro tiempo libre para visionar Marathon Man, una cinta relativamente pequeña que supo ganarse un hueco en el maremagnum de superproducciones que se estilaban por aquel entonces en Hollywood, inmerso en un momento decisivo de su historia (un año antes del estreno se había estrenado Tiburón, y uno después lo haría La Guerra de las Galaxias), y que de hecho han empequeñecido el éxito que tuvo en su momento, relegándola casi al olvido. Un buen guión, sorprendente y con escenas memorables como las del duelo entre el judío “Babe” Levy y el despiadado torturador nazi Szell, un reparto de campanillas y todo aglutinado por un director que supo sacarle partido a lo que tenía entre manos, no puede dar como resultado otra cosa que no sea una buena película. Y Marathon Man lo es.

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Samurai Rebellion

Publicado el viernes 6 abril 2018

Samurai Rebellion
Joi-uchi: Hairyo Tsuma Shimatsu (1967)

Director: Masaki Kobayashi
Interpretes: Toshiro Mifune, Yoko Tsukasa, Tatsuyoshi Ehara

A la sombra de Kurosawa, Ozu y Kenji Mizoguchi, eclipsados por su increible e incontestable obra surgió en Japón, durante los años 50 y 60 toda una generación de cineastas que fueron dejando muestras palpables de su talento, uno de estos destacados autores fue Masaki Kobayashi, conocido principalmente en occidente por películas como “Sepukku” (1962) o “Kaidan” (1964).
Aunque quizás sea una apreciación subjetiva, con pocos fundamentos reales, encuentro en la obra de Kobayashi bastantes elementos que me remiten al cine negro norteamericano de los años 50, en especial en el tratamiento del blanco y negro y en el desarrollo de algunos personajes, estos elementos son quizás mas palpables en esta modélica “Samurai Rebellion”, una mas que notable película rodada en 1967 y que contó con un Toshiro Mifune en la cuspide de su popularidad e influencia, como principal protagonista.
El film se ambienta en el Japón del siglo XVIII, se vive un largo periodo de paz y los samurais viven plácida y tranquilamente administrando sus clanes aunque aún, como no podía ser de otra manera, viven sujetos a las puntuales exigencias de su trato de obediencia al señor del clan.
Toshiro Mifune es Isaburo Sasahara, un prestigioso y respetado guerrero que ocupa una posición de autoridad predominante, su fidelidad al señor es incuestionable, hasta que se le pide aceptar un requerimiento caprichoso e injusto que compromete la posición de su familia y que poco a poco irá minando sus ferreos principios y su firme sumisión a su señor.
Esta trama que he esbozado es el eje sobre el que se articula toda la cinta, un relato turbio de intrigas y envidias palaciegas que se van desarrollando en un ambiente de tensión creciente. La violencia, presente de manera nítida en el día a día de estos guerreros solo se hará presente al final de la película, en una explosión de furia realmente formidable.
En el aspecto puramente técnico, destaca la precisión milimetrica con la que esta rodada cada escena, en un sobrio y elegante blanco y negro que potencia de manera singular las numerosas secuencias de drama y tensión que se van sucediendo en el metraje de la cinta. Una realización impecable con momentos de gran plasticidad y belleza.
Toshiro Mifune esta una vez mas sublime, secundado en esta ocasión por una nómina de secundarios de gran altura que contribuyen en todo momento a mantener el impecable ritmo de la película.
Samurai Rebellion es una obra poco conocida que sin duda interesará a todo aquel aficionado al cine oriental aunque con seguridad tampoco dejará indiferente a cualquier otro espectador. Un ejemplo soberbio de buen cine, una cinta trepidante, entretenida y tecnicamente impecable.

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