Categoria Cine

¿Qué he hecho yo para merecer esto!!

Publicado el lunes 19 febrero 2018

¿Qué he hecho yo para merecer esto!! (1984)

Director: Pedro Almodóvar
Intérpretes: Carmen Maura, Ángel de Andrés López, Gonzalo Suárez, Verónica Forqué, Chus Lampreave, Juán Martínez, Kiti Manver

mereceresto.jpgMi difunta abuela materna solía decir de Pedro Almodóvar que “sólo sabe hacer películas de putas y maricones”. Huelga decir que la buena mujer, como la mayoría de las de su tiempo, no se destacó precisamente por su talante liberal, aunque le sobrase gracejo para soltar sus opiniones “a machete” y quedar como una señora. Que llevase razón o no era otro cantar, aunque en este caso he de reconocer, pese a quien pese, que no le faltaba.

Si uno se dedica a examinar con lupa la ya prolija carrera del realizador manchego verá que, básicamente, este ex empleado de Telefónica (grima) lleva 30 años haciendo la misma película. No es preciso recalcar la clase de personajes que suelen aparecer en ellas, sea como protagonistas o en otra clase de papeles.

Visto lo visto, supongo que ya no hará falta indicar que soy de los que, como mi abuela, han puesto siempre en tela de juicio el supuesto talento de ¡Pedroooo!. Como director, porque como relaciones públicas ya es otro cantar. El tío ha sabido venderse en la industria como nadie, tanto a nivel nacional como internacional, y pese a lo discutible de su filmografía, nadie se atrevería a poner en duda su estatus como uno de los mejores cineastas que ha dado España en toda su Historia. Tanto es así que nunca ha faltado (ni faltará) la corte de palmeros de los medios dispuesta a poner por las nubes el último film de Almodóvar, aunque se trate de tostones del calibre de Kika, La flor de mi secreto o Todo sobre mi madre.

No obstante, sería muy injusto poner a Pedro Almodóvar a la altura de, por ejemplo, Ed Wood. Ni tanto ni tan calvo, y es justo reconocerle al manchego sus méritos más allá de las relaciones públicas, y que tiene en su haber muy buenas películas; sobre todo en los primeros tiempos de su carrera, cuando no estaba tan “endiosado” por los medios (ni por sí mismo) y no se tomaba (a sí mismo) tan en serio. El mejor ejemplo de esto es ¿Qué he hecho yo para merecer esto!!, que en mi opinión pasa por ser no ya la mejor película que Almodóvar rodó en los 80, si no la mejor que ha rodado jamás en toda su carrera.

En 1984 la Movida madrileña estaba en pleno apogeo, y Pedro Almodóvar era una de las puntas de lanza de aquel “movimiento contracultural” que algunos sostienen que jamás existió. Pedro era ya un personaje famoso incluso entre el gran público, y fue entonces cuando se “destapó” con este auténtico desmadre de película, mayor incluso que el de Mujeres al borde de un ataque de nervios y a mi modesto modo de ver mucho más divertido y con mucha, muchísima más mala leche.

En ¿Qué he hecho yo…!! El director supo plasmar como nadie las miserias de Gloria, la típica “maruja”, ama de casa que oculta bajo su aspecto de persona común y corriente todo tipo de frustraciones y sueños incumplidos. Una Carmen Maura colosal hace un perfecto retrato de una mujer, que salvando las distancias a causa de lo extremo del personaje, podría ser cualquier vecina nuestra, agobiada por las dificultades para llegar a fin de mes y desquiciada, por tener que aguantar a un par de hijos macarras y a un marido que pasa de ella como de la mierda. Únicamente la excéntrica abuela (entrañable Chus Lampreave, como siempre) parece mantener cierta cordura dentro del frenopático en que se ha convertido la minúscula casa donde vive (o más bien sobrevive) la familia.

El evidente tinte dramático en las desventuras de Gloria queda aquí oculto bajo un manto de comedia negra, disparatada y hasta surrealista, en el que el “Universo Almodóvar” (al menos el de su primera etapa) se reconoce al primer vistazo. No falta la galería de personajes extremos habitual en su cine (incluyendo en esta ocasión a una niña con poderes mentales) con la que, sin embrago, es muy fácil identificarse por cuanto quién más o quien menos seguro que conoce a gente así, aunque en la realidad seguramente no se comporte de un modo tan radikal. A ello colabora una sobresaliente dirección de actores y sobre todo de actrices, sin duda uno de los puntos fuertes del realizador manchego.

De todas formas, tras este análisis “sesudo” nos queda un divertimento impagable, con apariciones y cameos de postín y escenas para el recuerdo, como aquella en la que el director Jaime Chávarri, interpretando a un exhibicionista, desvela su cuerpo serrano ante unas alucinadas Carmen Maura y Verónica Forqué, todo ello aderezado con un diálogo absolutamente descacharrante. El más que buen ambiente que reinó durante el rodaje se nota, y Chávarri se “desmelenó” ante la cámara. Como también lo hizo Gonzalo Suárez, todo un “tótem” entre nuestros directores de cine, que no vaciló ante su timidez ni para interpretar una escena en una bañera. Con un par de copitas encima para animarse, eso sí.

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Fitzcarraldo

Publicado el domingo 18 febrero 2018

Fitzcarraldo (1982)
Director: Werner Herzog
Intérpretes: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, José Lewgoy, Miguel Ángel Fuentes, Paul Hittscher

Basta una simple ojeada a la biografía de Werner Herzog (Munich, Alemania, 1942) para entender por qué es imposible imaginar sus películas firmadas por cualquier otro director. Más de uno podrá recordar a algún realizador famoso por su carácter excéntrico o por una personalidad “peculiar” en general. Sin embargo Werner Herzog está chalao, así directamente. Sólo de esa forma puede explicarse que rodase cinco películas con un tipo al que detestaba (Klaus Kinski, que por cierto también le detestaba a él y tampoco estaba muy en sus cabales) o que no le importase una mierda el sufrimiento de sus subordinados, haciéndoles jugarse el cuello de ser preciso con tal de obtener una filmación realista. A lo largo de su ya extensa carrera, Herzog se ha especializado en retratar a toda suerte de tarados del más diverso pelaje, tal que el protagonista de la película que ahora nos ocupa. Como diría un castizo en estos casos “Dios los cría y ellos se juntan”.

Tomando como base la historia real de Carlos Fermín Fitzcarrald, un magnate peruano del caucho que vivió a finales del siglo XIX, el realizador alemán retrata aquí a un fanático de la ópera (apodado Fitzcarraldo por los nativos) que un buen día decide construir un auditorio en un villorrio perdido en plena selva amazónica, para lo que no vacila en atravesarla con su barco. Literalmente, incluso acarreándolo por una montaña de ser preciso.

Semejante chifladura de argumento sólo se le podría haber ocurrido a Herzog. Y si tenemos en cuenta su particular querencia por el realismo prácticamente documental de su cine, carente casi en su totalidad de artificios, los que se imaginen un rodaje con una utilización relativamente profusa de decorados, maquetas, efectos especiales y esas cosas, sencillamente se equivocan de medio a medio. Basta decir que dicho rodaje se llevó a cabo en auténticos parajes de la selva peruana, con dos enormes barcos construidos ex profeso para la ocasión. Las durísimas condiciones de trabajo motivaron que primero su protagonista (Jason Robbards, que enfermó gravemente de disentería) y luego su coprotagonista (Mick Jagger, que utilizó la inminencia de una gira de los Rolling como “excusa” para salir de allí por patas) abandonasen el proyecto cuando éste se encontraba medio acabado. Para solucionar la papeleta, Werner Herzog recurrió… a Klaus Kinski, con el que, tras reescribir el guión para adaptarlo a la nueva situación planteada, comenzó a rodar otra vez partiendo de cero. El resto es una historia de continuos enfrentamientos entre los dos (a veces a puñetazo limpio), amenazas de muerte a las que, en alguna ocasión, les faltó poco para consumarse (Kinski llegó a apuntar a Herzog con una pistola cargada), gustosos ofrecimientos de los nativos a Herzog para liquidar a un Kinski al que odiaban, huelga decir, a muerte… y un premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes, junto con la consideración por parte de muchos fans de que este es, sin duda, el mejor trabajo del realizador alemán, por encima incluso de las más conocidas Aguirre, la Cólera de Dios y Nosferatu, fantasma de la noche.

“Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso, ambicioso, codicioso, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto “talento” consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha dominado fuerzas aparentemente insuperables. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablarme.” (Klaus Kinski, Wikipedia mediante).

Le gustase a o no al pobre Kinski (ya fallecido), Herzog tiene un talento innato para meterse en las situaciones más complicadas y salir airoso de ellas, sacando de paso unos réditos como mínimo aceptables, y lo demostró en el filme que nos ocupa. Que lograse terminarlo y exhibirlo como si tal cosa resulta sorprendente, todo un ejemplo de perseverancia y tenacidad al alcance de muy pocos. Pero sorprende aun más que nada de lo expuesto anteriormente trascienda cuando se está viendo la película. De alguna forma, el amigo Werner se las arregló para canalizar todo el “mal karma” del rodaje, logrando incluso una interpretación bastante buena por parte de Kinski, más comedida de lo que en él era habitual (siempre teniendo en cuenta las características del alocado personaje en el que se mete). En Fitzcarraldo, la extraña relación amor – odio que ambos tenían llegó a su cima indiscutible, y el retrato de la chaladura del protagonista resulta fascinante; aunque en su contra hay que indicar, como ocurre con otras cintas del director, que el excesivo metraje y los altibajos que acarrea echan por tierra una película que, pese a no carecer de interés, ni mucho menos llega a resultar redonda.

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Kill Bill Vol 1

Publicado el miércoles 7 febrero 2018

Kill Bill Vol 1 (2003)

Director: Quentin Tarantino
Interpretes: Uma Thurman, David Carradine, Lucy Liu, Michael Madsen

Han pasado ya seis años desde que Quentin Tarantino dirigiera su última película, aquella magnífica “Jackie Brown”, que, a pesar de su indudable calidad, supuso para muchos un cierto paso atrás en la carrera del director estadounidense.
Tarantino a menudo es visto como un coleccionista mas que como un verdadero director, sus películas están construidas siempre con cientos de elementos de muy diversa indole y hay quien le acusa de apropiarse de logros ajenos, pero Tarantino es bastante mas que eso, es ante todo un gran cinéfilo que usa sus conocimientos para montar historias que suelen resultar deslumbrantes.
Dicho todo esto, he de decir que Kill Bill Vol 1 no deslumbra, sorprende, entretiene y divierte, pero no deslumbra, luego veremos por que.
La película fue concebida para ser un volumen único, pero finalmente la excesiva duración hizo que se dividiese en dos volumenes, que se estrenarán casi consecutivamente.
La historia es simple, Uma Thurman es “La novia”, una asesina a sueldo que trabajaba para Bill (David Carradine) hasta que decide dejarlo y casarse, en el día de su boda, Bill y otros matones se presentan en la ceremonia y asesinan a todos, la novia tambien es dada por muerta pero milagrosamente sobrevive aunque pasa cuatro años en coma postrada en un hospital.
Al despertar, una única idea acude a su cabeza: venganza, primero sobre los esbirros que ejecutaron la matanza y luego sobre el propio Bill.
Sobre esta simple trama Tarantino monta una película ultra violenta, teñida permanentemente de sangre y repleta de todo tipo de combates cuerpo a cuerpo, aquí la referencia mas clara son las películas de artes marciales de los años 70, con una Uma Thurman que luce un mono idéntico al que vistió Bruce Lee en algunas de sus películas y con una estética muy inspirada en aquellas películas y telefilms made in Hong Kong, la estética de las películas de samurais de Toshiro Mifune tambien esta presente en forma del codigo de honor samurai y toda la parafernalia que lo rodea, tambien hay algo de manga, la biografía de O-Ren Ishii (Lucy Liu) contada en forma de comic ultraviolento.
Todos estos ingredientes en manos inexpertas hubiesen dado como resultado un bodrio realmente infumable, pero Tarantino se las apaña para conjuntar todos los elementos y mostrarnos un film coherente y por momentos brillante, siempre que el espectador acepte y asuma unas determinadas reglas, no es una película verosimil ni pretende serlo.
El film destaca sobre todo en el aspecto visual, dejando un poco de lado los típicos dialogos ácidos tan característicos, con escenas realmente impactantes como el combate en Tokio contra los yakuzas de O-Ren Ishii tratado casi como una coreografía, jugando con el contraste entre el color y el blanco y negro y alterando escenarios para adornar unas secuencias ciertamente magníficas.
La música es, como siempre en los films de Quentin Tarantino, un capítulo aparte, el director, con la vista puesta siempre en el rock de los 40, 50 y 60 elige temas que se integren con la historia que pretende contar, en esta ocasion hay temas de Bernard Hermann, (“Twisted nerve”), Issac Hayes (“Run Fay Fun”), RZA o Charlie Feathers conformando una hamalgama de sonoridades que van desde el funk setentero al flamenco pasando por musica tradicional japonesa. Destaca sobre todo el tema que abre el disco: “Bang, Bang (My Baby Shot me down)” de la inigualable Nancy Sinatra.
Ahora la nota negativa de la que hablabamos antes: la película es en algunos momentos aburrida, o al menos no tan dinámica como cabría esperar, en ocasiones se detiene en exceso en detalles superficiales y esto acaba por afectar a la película, momentos como el entrenamiento con la katana se hacen demasiado tediosos, da la sensación de que, resumiendo un poco, todo podría haber entrado en una sola cinta sin perder nada de intensidad.
A pesar de esto último, Kill Bill Vol1 es una película muy interesante de un director al que se empezaba a echar de menos, una historia valiente, polémica y arriesgada que vuelve a situar a Quentin Tarantino entre los grandes del cine moderno. Veremos lo que nos ofrece el volumen 2.

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El Buen Ladron

Publicado el jueves 1 febrero 2018

El Buen ladrón
The Good Thief (2003)

Director: Neil Jordan
Interpretes: Nick Nolte, Tcheky Karyo, Nutsa Kukhianidze, Ralph Fiennes

El Buen Ladrón parecía a primera vista un típico thriller de atracos a lo “Ocean´s Eleven” aunque la dirección de Neil Jordan, la procedencia europea del film y sobre todo la presencia de Nick Nolte hacia pensar en algo un poco mas trabajado.
Nick Nolte encarna a Bob, un maduro atracador americano que pasa sus días enganchado a la heroína y al juego en los bajos fondos de la ciudad de Niza, la aparición de Anne (Nutsa Kukhianidze), una joven prostituta, hará que Bob desee volver a atracar para dar un gran y último golpe, la oportunidad surge en un casino de Montecarlo, donde están expuestos valiosisimos cuadros de pintores ilustres. Bob es seguido de cerca por el jefe de policía (Tcheky Karyo) que espera desde hace años descubrirlo y detenerlo Se iniciara entonces la planificación del atraco, Bob deja la heroína y el juego y reúne a su equipo al mas puro estilo Frank Sinatra.
El Buen Ladrón es una coproducción europea y toda la película esta rodada en Niza y Montecarlo, excepto Nolte y Ralph Fiennes el reparto esta compuesto por actores semidesconocidos que representan unos roles excesivamente estereotipados, en realidad, las buenas sensaciones que transmite sobre todo un espléndido Nick Nolte se diluyen rápidamente ante lo previsible y tópica que es la historia y lo plano de la interpretación de los secundarios.
Lo mejor sin duda la interpretación de Nolte, soberbio en la primera parte del film en su papel de tipo amargado enganchado a la heroína, luego su papel, como el resto de la película va perdiendo interés hasta completar un desenlace que solo se puede calificar como ridículo.
He de admitir que la película es ciertamente entretenida si se perdonan todos sus clichés aunque la sensación final es un tanto decepcionante porque quizás la historia no daba para mucho mas, pero al personaje de Bob se le podría haber sacado bastante mas jugo.

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Publicado por Luis / Archivado en:Cine
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Bullitt

Publicado el miércoles 31 enero 2018

Bullitt (1968)
Director: Peter Yates
Intérpretes: Steve McQueen, Robert Vaughn, Jacqueline Bisset, Don Gordon, Robert Duvall, Simon Oakland

Existen decenas de películas que han pasado a los anales de la historia del cine por una secuencia o escena en concreto, habiendo casos en que dichas escenas / secuencias han llegado a eclipsar las cintas en que se incluyen, hasta un punto tal que la mayoría de la gente no es capaz siquiera de recordar algo tan básico como es su argumento. Ocurre por ejemplo con aquella del entrañable Harold Lloyd colgado del reloj (perteneciente a El hombre mosca) o la mítica “escena del camarote de los Hermanos Marx” (Una noche en la Ópera).

No hay duda de que Bullitt es y será recordada siempre por la persecución de coches en las empinadas calles de San Francisco (que, por cierto, continúa después durante largo rato por las carreteras que rodean la ciudad). Todo un prodigio de planificación y técnica de montaje que aun hoy, a cuarenta años vista de su primer pase, se mantiene actual y fresco, lo que da una idea de su calidad. El director de la película, Peter Yates, quería el máximo realismo posible y decidió olvidarse por completo de los trucajes que hasta entonces solían aplicarse por norma al rodar persecuciones de coches. El resultado es una “inmersión total” del espectador dentro de una secuencia en la que los vehículos involucrados llegaron a alcanzar 180 kilómetros hora en algunos momentos. Seguro que en tales circunstancias el que mejor se lo pasó durante el minucioso rodaje fue Steve McQueen. El actor era amante de la velocidad hasta extremos casi suicidas, como atestiguaría el mismísimo Bruce Lee, buen amigo suyo en la vida real. El legendario artista marcial, tras irse con Steve a dar una vuelta para probar su deportivo recién estrenado, juró que nunca más volvería a subirse a un coche con McQueen al volante. Durante el rodaje de Bullitt, y fiel a su costumbre, el de Indiana se empeñó en hacer él mismo las escenas de riesgo, aunque al final tuvo que ceder y permitir que el reputado especialista Bud Ekins le doblase en las tomas más delicadas, tal como había hecho cinco años antes en otra escena mítica: la del salto en moto de La gran evasión. Un detalle éste que por cierto no se cita en las “notas de producción” incluidas en el DVD del filme, donde se da a entender que Steve McQueen participó íntegramente en el rodaje de la secuencia. Curioso.

Aquella persecución es sin duda el momento cumbre de la película, y de hecho sucede hacia la mitad del metraje, cuando ya llevamos cerca de una hora de visionado. Por fortuna Bullitt es mucho más que esa persecución y tiene más puntos de interés, como una secuencia en el aeropuerto que por momentos parece haber servido de inspiración a Michael Mann para la secuencia final de Heat. El argumento, circunscrito dentro de los cánones habituales del cine negro, está bien asentado y desarrollado. Los diálogos tienen chispa y la espléndida música del gran Lalo Schifrin (particularmente inspirado en esta ocasión) envuelve al filme en su justa medida, proporcionándole un toque inconfundible. Por encima de todo esto surge un protagonista de lujo: un Steve McQueen en la cumbre de su carrera, que aunque yo nunca he considerado un gran actor en el sentido estricto del término, destila un carisma y un “saber estar” delante de las cámaras que para sí quisieran la practica totalidad de estrellas actuales de Hollywood, a las que este señor podría merendarse de un bocado con un esfuerzo mínimo. Él es el protagonista absoluto e indiscutible, hasta el punto de que mientras escribo esto me cuesta recordar no ya alguna escena, si no alguna toma de la película en que no salga. Su práctica omnipresencia, que no cansa en absoluto, se encuentra bien arropada por un enigmático Robert Vaughn y una preciosa Jaqueline Bisset, ambos en papeles muy secundarios en comparación, pero trascendentales para el desarrollo de la trama.

En resumidas cuentas, Bullitt es un buen thriller policíaco con una secuencia de corte casi revolucionario, la cual creó escuela para centenares de filmes posteriores y sigue haciéndolo a día de hoy. La moderna factura de la película se nota hasta en los créditos de inicio, y del proceso de montaje (ganador de un Oscar) debería tomar buena nota la chusma que hoy en día se dedica a “dirigir” cine de acción, encabezada por retrasados mentales del calibre de Michael Bay o Stephen Norrington. Me sorprende que no se haya emitido apenas por TV, a la vista de que se trata de un filme perfecto para arreglarte una tarde / noche de fin de semana en casa, y más teniendo en cuenta la habitual mala costumbre de las reposiciones, esa que ha llevado a más de uno a saberse de memoria los diálogos de Poli de Guardería (¡glaps!). Pero los misterios de la “caja tonta” (cada día menos “caja” y más “tonta” por cierto) son inescrutables.

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