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Fin de siglo, la historia de Los Ramones

Posted on Jueves 14 Agosto 2008

End of the century, the story of The Ramones (2003)
Directores: Jim Fields, Michael Gramaglia
Intérpretes: The Ramones (Johnny, Dee Dee, Tommy, Joey, Marky, Richie & C.J. Ramone), Deborah Harry, Danny Fields, Joe Strummer, John Lydon, Glen Matlock

“Jamás volverá a haber un grupo de tarados que, como éste, sea capaz de sacar tanto partido de cuatro putos acordes”. Esta frase, leída hace siglos por el que suscribe en un fanzine de instituto, resume de forma bastante concisa la trayectoria de una de las bandas más legendarias en la historia de la música. Hablar de The Ramones (o Los Ramones, como prefieran) es referirse a un hito indiscutible del que casi todo buen aficionado a la música conoce algo, aunque en su momento no gozasen, curiosamente, del predicamento masivo que sí disfrutaron otras bandas de punk rock. Ni que decir tiene que resulta muy sencillo encontrar toneladas de información respecto a ellos, sobre todo gracias a la magia de Internet. Con tantas facilidades al alcance de un simple “clic” de ratón, podría decirse que un documental sobre una banda como esta carece de sentido o de interés, pero nada más lejos de la realidad.

End of the Century es ante todo una historia de marginalidad, y de cómo ésta puede forjar y destruir un mito de forma tan incomprensible como pasmosamente fácil. En semejanza a lo ocurrido con los Sex Pistols (este documental establece paralelismos ocasionales entre ambas bandas), la historia de los Ramones es la de cuatro gamberros vistos como escoria en potencia por los vecinos del barrio neoyorkino de clase baja en el que vivían, que terminaron subidos a un escenario por el simple hecho de querer divertirse, follar y arrearle una patada en los huevos a una sociedad mortecina que, tras la explosión musical de los 50 y 60, se definía por dos conceptos básicos: crisis y aburrimiento. Era una sociedad ciertamente parecida a la actual, amordazada por la incertidumbre, el miedo a lo políticamente incorrecto y atestada de música anodina procedente de grupos clonados unos de otros. En contraposición con el elegante rock progresivo (de moda por aquel entonces) y sus elaborados e interminables solos de veinte minutos, emergieron los Ramones como herederos directos de los Stooges o New York Dolls (por los que ellos sentían una gran admiración), con su repertorio de canciones cortas, contundentes y atronadoras en medio de una escenografía cochambrosa y pasada de rosca. Como se explica en el documental, era la misma puesta en escena que luego tomarían prestada muchas de las bandas más prominentes del punk británico como The Clash o los mismos Pistols, aunque estos últimos la llevarían hasta sus últimas consecuencias.

Estructurado parcialmente como homenaje a Joey Ramone, fallecido poco después de finalizarse el rodaje, End of the Century realiza un recorrido cronológico por la historia de una de las formaciones musicales más influyentes de las últimas décadas, partiendo desde las mismas raíces del punk rock. Como filme no tiene nada de revolucionario respecto a otros de su misma estirpe, y todo gira en base a las consabidas entrevistas a los miembros de la banda y a todos aquellos que tuvieron una relación importante con ellos. Nada nuevo bajo el sol, pero al menos está entretenido, no carece de ritmo y posee el atractivo añadido de poder ver grabaciones de conciertos y entrevistas del grupo, algunas de ellas inéditas. Además se trata de un filme nunca estrenado en España, aunque sí disponible en DVD (que en mi caso pillé en la biblioteca, en una edición importada de muy buena calidad, por cierto). En resumidas cuentas, una gran oportunidad para conocer a unos tíos para los que no saber tocar una mierda, lejos de ser un obstáculo, acabó por convertirse en seña de identidad en su carrera hacia la leyenda.

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007 al servicio secreto de Su Majestad

Posted on Martes 5 Agosto 2008

On Her Majesty’s secret service (1969)
Director: Peter Hunt
Intérpretes: George Lazenby, Diana Rigg, Telly Savalas, Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, Angela Scoular, Lois Maxwell

Admito que me gustan las películas de James Bond. Los casi 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.

En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.

A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de todo el oro el mundo. Desde luego él no era tonto: sabía que se lo jugaba todo en un envite en el que las posibilidades de éxito eran prácticamente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.

El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una “rara avis” que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción “We have all the time in the world”, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga. Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el “staff” técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.

Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, si no su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.

Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.

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En el nombre del padre

Posted on Sábado 26 Julio 2008

In the name of the father (1993)
Director: Jim Sheridan
Intérpretes: Daniel Day-Lewis, Pete Postlethwaite, Emma Thompson, Marie Jones, Don Baker

En asuntos de cine soy un poco como el nunca suficientemente adorado Carlos Pumares: si una peli me gusta soy perfectamente capaz de verla varias veces en un lapso relativamente corto de tiempo, mientras “aparco” durante meses otras cintas con cuyo visionado me apetece menos enfrentarme, sea por el motivo que sea. Es cuestión de apetencias, como digo.

Este es el caso de, por ejemplo, En el nombre del padre. Quien más o quien menos es seguro que la ha visto un par de veces, aunque sea por lo mucho que se ha emitido por TV. Sin embargo eso no quita para que siga siendo una cinta muy recomendable.

Parece que fue hace una eternidad, pero no hay que retroceder mucho para encontrar a Irlanda del Norte (y por ende a la propia Inglaterra) sumida en el caos por las luchas entre los británicos y los terroristas del IRA. En los años 70 la situación allí era prácticamente de guerra abierta, y para atajarla el gobierno de entonces tomó una determinación tristemente familiar en estos casos: restringir las libertades civiles. La decisión, lejos de mejorar las cosas, condujo a uno de los sucesos más ignominiosos en la historia reciente del Reino Unido, cuando a unos pobres desgraciados se les acusó de colocar una serie de potentes bombas en varios pubs de Guildford (ciudad cercana a Londres) frecuentados por militares. Condenados de antemano por una sociedad alienada y sedienta de venganza, sentenciados a cumplir severísimas penas, los conocidos como “los Cuatro de Guildford” y “los Siete Maguire” languidecieron en la cárcel durante quince años hasta que al fin se pudo demostrar que no habían cometido delito alguno. Uno de los principales encausados, Gerry Conlon, escribió un libro contando su triste desventura, el cual sirvió al director Jim Sheridan como base para una película cuyo enorme éxito de crítica y de taquilla puso “de moda” en Hollywood el espinoso asunto de Irlanda del Norte, propiciando una buena serie de filmes relacionados con el tema Como suele ocurrir con los “biopics”, muchas veces resulta curioso comparar realidad y ficción cinematográfica, pues casi siempre ambas tienen muy poco que ver, y muchas veces se tergiversa todo lo que haga falta para darle “consistencia argumental” al guión.

En el caso que nos ocupa, por ejemplo, el “leiv motiv” que justifica la película (la relación entre padre e hijo durante su encarcelamiento) jamás existió: siguiendo las rígidas normas de entonces, a los encausados en el “Caso Guildford” se les juzgó por separado y tras ser condenados se les dispersó a lo largo y ancho de la Gran Bretaña, de forma semejante a como se hace en España con los presos de ETA. Así pues, en la realidad Gerry Conlon y su padre, Giuseppe, jamás compartieron celda tal como se ve en la película; ni siquiera cárcel, y su relación fue prácticamente inexistente. Tampoco el personaje de la letrada Gareth Peirce se ajusta completamente a la realidad, pues para empezar no llegó a conocer a Giuseppe Colon, porque el pobre hombre ya había fallecido cuando ella se hizo cargo del caso. Todo esto (y alguna cosa más que me dejo en el tintero por no alargarme en exceso) no fue obstáculo para que En el nombre del padre fuese un gran éxito y le gustase a casi todo el mundo: a la mayoría de los presos y a sus familias la película les sentó como una patada en la entrepierna con una bota de hierro, al dejar prácticamente al margen su sufrimiento mientras los dos Conlon se erigían en protagonistas absolutos, elevados ambos a la categoría de mártires. Y más habiendo sido Gerry, por añadidura, culpable en buena medida de que todos los demás diesen con sus huesos en la cárcel al confesar su implicación en el crimen, aunque en su descargo hay que decir que, en coincidencia con la película, dicha confesión se produjo tras ser torturado cruelmente por la policía durante días.

Dejando a un lado todas estas “curiosidades”, hay que reconocer que En el nombre del padre es una gran película. Se demuestra cuando el director (y también guionista en este caso) consigue hacer creíble algo a priori tan inverosímil como que a un padre y a su hijo se les permita compartir celda casi como si tal cosa, encima siendo ambos supuestos militantes del IRA juzgados por delitos de sangre. En esto los actores tienen también su parte de responsabilidad, pues todos ellos lo hacen francamente bien, aunque en particular yo me quedo con Pete Postlethwaite, cuya actuación es sencillamente para enmarcar y eclipsa a la de Daniel Day Lewis cuando ambos comparten escena, pese a que la “química” establecida entre ellos funciona a las mil maravillas. Si a eso le unimos una banda sonora muy cuidada y multitud de pequeños detalles más, no cabe duda de que estamos ante una de las mejores cintas de los años 90. Además no puede decirse que haya perdido vigencia ni mucho menos, a pesar de contarnos unos hechos acaecidos hace décadas: ahora que muchos gobiernos están aprovechando la llamada “guerra contra el terrorismo global” como excusa para coartar las libertades y sojuzgar cualquier pensamiento disidente, el mensaje de fondo de este filme (la denuncia sobre el uso del miedo por las castas dirigentes como “cortina de humo” para ocultar males mayores y justificar, para provecho propio, comportamientos de otra forma censurables) resulta estar en plena vigencia. En este sentido, En el nombre del padre es todo un aviso a navegantes. No sobre lo que pasó y podría volver a pasar, si no sobre lo que ya está pasando.

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Fitzcarraldo

Posted on Miércoles 16 Julio 2008

Fitzcarraldo (1982)
Director: Werner Herzog
Intérpretes: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, José Lewgoy, Miguel Ángel Fuentes, Paul Hittscher

Basta una simple ojeada a la biografía de Werner Herzog (Munich, Alemania, 1942) para entender por qué es imposible imaginar sus películas firmadas por cualquier otro director. Más de uno podrá recordar a algún realizador famoso por su carácter excéntrico o por una personalidad “peculiar” en general. Sin embargo Werner Herzog está chalao, así directamente. Sólo de esa forma puede explicarse que rodase cinco películas con un tipo al que detestaba (Klaus Kinski, que por cierto también le detestaba a él y tampoco estaba muy en sus cabales) o que no le importase una mierda el sufrimiento de sus subordinados, haciéndoles jugarse el cuello de ser preciso con tal de obtener una filmación realista. A lo largo de su ya extensa carrera, Herzog se ha especializado en retratar a toda suerte de tarados del más diverso pelaje, tal que el protagonista de la película que ahora nos ocupa. Como diría un castizo en estos casos “Dios los cría y ellos se juntan”.

Tomando como base la historia real de Carlos Fermín Fitzcarrald, un magnate peruano del caucho que vivió a finales del siglo XIX, el realizador alemán retrata aquí a un fanático de la ópera (apodado Fitzcarraldo por los nativos) que un buen día decide construir un auditorio en un villorrio perdido en plena selva amazónica, para lo que no vacila en atravesarla con su barco. Literalmente, incluso acarreándolo por una montaña de ser preciso.

Semejante chifladura de argumento sólo se le podría haber ocurrido a Herzog. Y si tenemos en cuenta su particular querencia por el realismo prácticamente documental de su cine, carente casi en su totalidad de artificios, los que se imaginen un rodaje con una utilización relativamente profusa de decorados, maquetas, efectos especiales y esas cosas, sencillamente se equivocan de medio a medio. Basta decir que dicho rodaje se llevó a cabo en auténticos parajes de la selva peruana, con dos enormes barcos construidos ex profeso para la ocasión. Las durísimas condiciones de trabajo motivaron que primero su protagonista (Jason Robbards, que enfermó gravemente de disentería) y luego su coprotagonista (Mick Jagger, que utilizó la inminencia de una gira de los Rolling como “excusa” para salir de allí por patas) abandonasen el proyecto cuando éste se encontraba medio acabado. Para solucionar la papeleta, Werner Herzog recurrió… a Klaus Kinski, con el que, tras reescribir el guión para adaptarlo a la nueva situación planteada, comenzó a rodar otra vez partiendo de cero. El resto es una historia de continuos enfrentamientos entre los dos (a veces a puñetazo limpio), amenazas de muerte a las que, en alguna ocasión, les faltó poco para consumarse (Kinski llegó a apuntar a Herzog con una pistola cargada), gustosos ofrecimientos de los nativos a Herzog para liquidar a un Kinski al que odiaban, huelga decir, a muerte… y un premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes, junto con la consideración por parte de muchos fans de que este es, sin duda, el mejor trabajo del realizador alemán, por encima incluso de las más conocidas Aguirre, la Cólera de Dios y Nosferatu, fantasma de la noche.

“Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso, ambicioso, codicioso, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto “talento” consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha dominado fuerzas aparentemente insuperables. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablarme.” (Klaus Kinski, Wikipedia mediante).

Le gustase a o no al pobre Kinski (ya fallecido), Herzog tiene un talento innato para meterse en las situaciones más complicadas y salir airoso de ellas, sacando de paso unos réditos como mínimo aceptables, y lo demostró en el filme que nos ocupa. Que lograse terminarlo y exhibirlo como si tal cosa resulta sorprendente, todo un ejemplo de perseverancia y tenacidad al alcance de muy pocos. Pero sorprende aun más que nada de lo expuesto anteriormente trascienda cuando se está viendo la película. De alguna forma, el amigo Werner se las arregló para canalizar todo el “mal karma” del rodaje, logrando incluso una interpretación bastante buena por parte de Kinski, más comedida de lo que en él era habitual (siempre teniendo en cuenta las características del alocado personaje en el que se mete). En Fitzcarraldo, la extraña relación amor – odio que ambos tenían llegó a su cima indiscutible, y el retrato de la chaladura del protagonista resulta fascinante; aunque en su contra hay que indicar, como ocurre con otras cintas del director, que el excesivo metraje y los altibajos que acarrea echan por tierra una película que, pese a no carecer de interés, ni mucho menos llega a resultar redonda.

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Marathon Man

Posted on Jueves 26 Junio 2008

Marathon Man (1976)
Director: John Schlesinger
Intérpretes: Dustin Hoffman, Laurence Olivier, Roy Scheider, William Devane, Marthe Keller

En los años 70 el recuerdo de la II Guerra Mundial todavía permanecía muy vivo en la memoria popular. Muchos criminales nazis se encontraban en paradero desconocido desde el apocalipsis del Tercer Reich y se les suponía llevando una vida oculta, agazapados entre nosotros cual hombre del saco a la espera de cualquier oportunidad para asestarte un nuevo zarpazo, sobre todo si eras judío. El novelista William Goldman canalizó aquel sentir común para dar forma a una novela cuyos derechos para el cine serían adquiridos por el productor Robert Evans, dando origen a una de las películas capitales de la década.

Se podrían destacar muchas cosas de Marathon Man, pero si algo sobresale especialmente es la presencia de un verdadero dios: Laurence Olivier. A día de hoy muchos le siguen venerando como el mejor actor británico que jamás haya pisado un escenario teatral, y no son pocos los que elevan esta afirmación hasta los platós de cine. Pero cuando aceptó participar en la película, Olivier llevaba varios años sin apenas poder trabajar: gravemente enfermo de cáncer, de gota, padeciendo mil achaques más, el hombre apenas podía tenerse en pie, y pocos creían que llegaría a terminar el rodaje con vida, hasta el punto que ninguna aseguradora quiso firmarle la póliza habitual para cubrir posibles riesgos durante la filmación. Sin embargo, el legendario actor sorprendió a todos por su entereza, tirando de casta, de coraje y de estoicismo para sobreponerse a los males que le acosaban, y logrando una interpretación más que notable en un papel que le había gustado mucho cuando se lo ofrecieron. Marathon Man fue como un bálsamo para él y el cáncer, la gota y sus múltiples achaques remitieron. Acabó viviendo hasta 1989, apareciendo hasta entonces en muchas otras películas.

Mucho se ha hablado de la relación de Laurence Olivier con el protagonista, un Dustin Hoffman ya por entonces consagrado como estrella y con fama de ser uno de los mejores actores americanos de su generación. A través de los años se han difundido múltiples rumores y anécdotas sobre la supuesta rivalidad que surgió entre ellos durante el rodaje de la película. Aunque es cierto que Olivier solía meterse con Hoffman por sus particulares métodos para lograr una interpretación convincente (ejemplo: colocarse una piedra en el zapato para simular cojera en Cowboy de medianoche), la realidad es que el actor británico lo hacía más que nada por cachondeo, pues acto seguido él mismo se partía de risa recordando cómo, siendo joven, se jugaba el pellejo a diario para dar más verosimilitud a sus interpretaciones de Shakespeare en el teatro. La relación entre ambos llegó a ser muy estrecha, hasta el punto de que, en alguna entrevista, el bueno de Dustin ha llegado a emocionarse recordando sus vivencias junto al mítico actor inglés, cosa que sorprende en una persona al que las malas lenguas acusan de tener un carácter pelín podrido. Mención aparte se merece Marthe Keller, quien demostró que Toshiro Mifune no era la única persona capaz de aprenderse fonéticamente un guión: la actriz, de origen suizo, no tenía ni puñetera idea de inglés cuando llegó al set de rodaje, y recita sus frases vocalizando de memoria, sin comprender realmente en ningún momento qué es lo que está diciendo. Y no lo hace nada mal.

Vale la pena dedicar parte de nuestro tiempo libre para visionar Marathon Man, una cinta relativamente pequeña que supo ganarse un hueco en el maremagnum de superproducciones que se estilaban por aquel entonces en Hollywood, inmerso en un momento decisivo de su historia (un año antes del estreno se había estrenado Tiburón, y uno después lo haría La Guerra de las Galaxias), y que de hecho han empequeñecido el éxito que tuvo en su momento, relegándola casi al olvido. Un buen guión, sorprendente y con escenas memorables como las del duelo entre el judío “Babe” Levy y el despiadado torturador nazi Szell, un reparto de campanillas y todo aglutinado por un director que supo sacarle partido a lo que tenía entre manos, no puede dar como resultado otra cosa que no sea una buena película. Y Marathon Man lo es.

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