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The Flaming Lips – At War With The Mystics

Publicado el lunes 14 noviembre 2016

The Flaming Lips
At war with the mystics
Warner Bros 2006

La veterana banda de Oklahoma fundada en 1983 por el guitarista y cantante Wayne Coyne publica estos dias la continuación del largo Yoshimi battles the pink robots, de 2002. The Flaming Lips, semejantes a un organismo vivo en continua y saludable expansión, ofrecen una referencia muy interesante entre los lanzamientos de lo que va de año. Disco surrealista, singular y autorreferencial en el que la imaginación, el humor y la recreación sonora per se marcan su personal resultado. Careciendo de nigún tipo de orientación comercial, ofrece un despliegue significativo de recursos instrumentales y sonoros. Destaca desde la primera escucha el empleo de texturas musicales y pasajes instrumentales, que parecen inspirarse directamente en las bandas de rock progresivo de los 70. Recuerdan a Genesis, Pink Floyd o Yes en gran parte del disco, como por ejemplo en The Wizard turns on o Pompeii am Götterdämmerung, en las cuales se respira el ambiente de obras como The lamb lies down on Broadway o Medle, cuando parecía imposible que ninguna banda ajena al progresivo pudiese verse influenciada por ellos. No es revival, pues tiene demasiada personalidad propia, y tampoco es rock sinfónico. Es un caso singular de trabajo creativo, que da como resultado un disco pop, más sencillo y luminoso en las primeras canciones, Yeah, yeah yeah song y Free radicals, y en constante mutación tema tras tema. A la cuarta o quinta canción cualquier cosa parece ser posible a continuación. El discurrir musical se dirige hacia una caída total en un espacio virtual espeso y fértil en ideas y arreglos cuidadísimos, donde, como ocurría en la manera en como se planteaba el concepto de muchos discos de antaño, uno se puede abandonar a la escucha atenta, disfrutando del sonido por el sonido, mimado y trabajado al máximo.
Como ellos afirman, su actitud hacia el material musical es casi infantil, jugando y recreando un estado próximo a la ensoñación. El resultado es en muchos temas el de densos paisajes llenos de matices y gusto por los efectos, con cierto paralelismo con bandas como Sigur Ros o Radiohead en este sentido. La voz no está situada en un primer plano en numerosas ocasiones, uniendose a la corriente sonora. Buscan el ambiente tanto como la canción y obtienen un resultado muy equilibrado. La banda toca su estilo –el resultado no es realmente novedoso mirando el resto de su obra- , pero a su máximo nivel. No es casual que otro amante del trabajo con la mezcla de texturas dispares y artista del collage, como es Beck, los emplee como banda.
Un buen ejemplo que resume el disco lo encontramos en la canción My cosmic autumn rebellion, donde el equilibrio entre canción pop y ambiente encuentra su punto perfecto, comenzando con unos teclados que podrían estar en Tales from Topographic Oceans, para aproximarse al estilo de Genesis de los 70, basado en una estupenda melodía y tratamiento armónico. Todo lo que en otro grupo o contexto podría ser rimbombante o de mal gusto, está trabajado aquí con maestría. Es muy difícil que la grandilocuencia sea controlada y utilizada a favor de la canción.
El empleo de la electrónica ha sido no menor que en discos precedentes, pero si realizado de tal manera que no se percibe el elemento mecánico y sintético que es habitual en otros artistas, sino que la sensación de devenir orgánico es constante.
Debe de haber llevado mucho tiempo y esfuerzo realizar este disco, sin duda, y es posible que la banda ofrezca cosas interesantes en el futuro. Estarán en el Primavera Sound este año, con lo que se podrá ver cómo trasladan estas canciones al escenario.
Sólo queda decir que no es un disco fácil ni a todo el mundo le acabará gustando. Se descubre con las sucesivas escuchas. Rebosa en todos los sentidos. Tiene, además, una atractiva portada.

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Van Morrison – Magic Time

Publicado el viernes 25 septiembre 2015

Van Morrison
Magic Time
Geffen 2005

El disco de Van Morrison del pasado 2005, que hace el nº 34 más o menos en su carrera, sigue la linea marcada por su predecesor What´s Wrong with this picture (2003), siendo muy similar estilisticamente, estando al mismo nivel y siendo posiblemente incluso mejor. Representa un verdadero crisol de las músicas afroamericanas del siglo XX, pero no es en absoluto revivalista. Desde su perspectiva personal, el cantante continúa recreando magistralmente los diversos palos de la música negra, desde el blues de Chicago hasta el soul más fino, pasando por cortes de caliente jump blues, tocando funk a su manera moderada e incluyendo increíbles tiempos lentos que en una discografía del nivel del irlandés, sin un disco mediocre en su haber, cuesta ya clasificar de clásicos. El plano en el cual se mueve El Hombre no soporta esas consideraciones. Muchas décadas, demasiadas canciones buenas. Al igual que artistas como Tom Waits o Neil Young, exige ser puesto en una categoría aparte. No pertenece al mundo de la pop music, y como demuestra el contexto en el que son realizados sus recitales. Ha pasado hace tiempo a formar parte de la alta cultura. Seguirá editando discos excelentes hasta que se muera.
Este disco encantará a los que conozcan bien al artista, les gustará sin duda a los amantes de la música negra y será pasado por alto por la mayor parte del público más joven y acostumbrado a lo que la escena pop ofrece habitualmente. Se puede decir que si lo hubiese editado hace 30 años resultaría igualmente natural oirlo tal como es. Su estilo está más que asentado desde hace mucho tiempo, al cual sólo cabe contribuir no con innovación, sino con buenas canciones, como es el caso. No hay un solo tema del que se pueda decir que flojea. Es uno de esos discos que se pueden escuchar al completo, sin sentir la necesidad de saltarse canciones en el reproductor. Es, en ese sentido, un disco unitario. De Van Morrison sólo se espera que sea él mismo en su mejor versión, Magic Time produce esa sensación y posee un título adecuado por ello.
El conjunto de las canciones lo forman composiciones propias junto a versiones de Fats Waller ( la balada Lonely and blue, con coros doo wop ) y dos canciones sacadas del repertorio de Sinatra, This love of mine y I´m confessin, en la cual vuelve a solear con la armónica de la mejor manera, al igual que en algún que otro tema más.
El sonido de la banda y el estilo de los arreglos sigue siendo el de una competente banda de sonoridad jazzística con buena versatilidad a la hora de interpretar blues clásico o soul. Suenan como un moderno combo de música negra tocada por blancos con mucha clase y sentido de la tradición. No faltan arreglos de cuerdas tal como el artista realizara ya en Astral Weeks ( Just like Greta ) ni pinceladas folk del wistle de Paddy Moloney ( Celtic New Year ), con quien ya trabajara anteriormente, que dan ese exclusivo acento soul irlandés del que Morrison es dueño. Tampoco deja de guiñar el ojo a leyendas del blues tradicional, como resulta ser en Keep mediocrity at bay (“I´ve got to fight everyday to keep mediocrity at bay” ), donde realiza el entrañable aullido vocal que caracterizó a Sonny terry, al ritmar la voz en alternancia entre las respiraciones de la armónica y la imitación vocal del arreglo de viento que el cantante americano popularizó y que tan bien sonaba. Un homenaje más que resultón, respetuoso y eficaz. Es de hecho la canción con la que se abren sus conciertos, tras el pase instrumental de la banda.
Por otro lado, también aparece, para completar el abanico estilístico del album, algún corte de funk relajado y mecido como Carry on Regardness, sobre un patrón armónico bluesístico típico, donde el sentido del ritmo mantenido prima, ofreciendo una base cómoda para la declamación vocal, con una guitarra funky soportada por el hammond que se nutre del estilo de James Brown, filtrado a través del de su colega Dr. John, al estilo de Right time Wrong place. El funk de corte latino, a la manera de Ray Charles, lo hallamos en Gypsy in my soul, sobre una típica armonía de blues menor.
Es este disco en definitiva una colección de muy buenas canciones elaboradas sobre ortodoxas bases de estilo afroamericano resueltas con brillantez y mesura, donde la voz es como siempre la protagonista. Es difícil destacar canciones. Rozan todas la perfección. El disco sin duda no figurará entre los mejores discos del año en la mayoría de las listas pop, como tampoco lo hará el de Neil Young u otros registrados por algunos de los clásicos vivos el pasado año. No está de moda.
Un buen complemento a la escucha del disco es la grabación realizada del concierto de presentación del disco para la prensa que se puede descargar de la red, donde se puede ver lo que el artista ofrece en sus shows, con alguna que otra curiosidad, como la incorporación de arreglos sacados de canciones de James Brown o Stevie Wonder, entre otros, ya que a estas alturas una de las funciones de la música de Van Morrison es la de salvaguardar una tradición de la que cada vez quedan menos figuras vivas.

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John Hammond Jr. – Southern Fried

Publicado el miércoles 25 febrero 2015

John Hammond Jr.
Southern Fried.
Atlantic. 1969.

John Hammond Jr.es un famoso cantante, armonicista y guitarrista blanco, hijo de John Hammond Sr., cazatalentos, productor y crítico de jazz de Columbia Records. Nacido en 1942 en New York, está considerado como uno de los grandes artistas blancos de blues de todos los tiempos, junto a Paul Butterfield, Mike Bloomfield o Dr. John. Su dilatada carrera, que aún continúa ( In your arms again, 2005 ), incluye alrededor de 30 discos, siendo al dia de hoy todo un clásico vivo y una referencia de primer orden dentro de su estilo.
En estos años, entre el 67 y el 69, importantes nombres consagrados del blues clásico se dejaron influenciar por las aportaciones de James Brown, Jimi Hendrix y otros. El blues ganó versatilidad y fuerza rítmica. Su paleta sonora fue ampliada mediante el uso de vientos, pianos eléctricos y órganos hammond. El virtuosismo individual se convirtió en un valor en alza, pero sin los excesos que posteriormente saturarían el mercado de discos basados más en la capacidad de los solistas que en la canción en si. Valgan como ejemplo de lo dicho más arriba dos producciones de ese momento, de B.B.King ( Completelly well, donde registró su famoso The thrill is gone ) y de Muddy Waters, ( Electric Mud, que casi parece ideado por Hendrix ). El nuevo concepto consistía en mezclar el estilo del blues de Chicago de los 50 con el rhythm´n´blues, el funk y el soul.
Es este un disco integrado por canciones: la voz manda, no está sobrepasada por los solos. En Southern fried hallamos a una banda integrada por grandes músicos del estilo, como Roger Hawkins y Eddie Hinton, así como el fino toque del slide guitar de Duane Allman en cuatro cortes. El trabajo de la sección rítmica es soberbio, favorecido por la cálida producción del disco, nada extraña si nos situamos en esa fecha. Las canciones están firmadas por nombres como Willie Dixon, Muddy Waters, Chuck Berry o Howlin Wolf entre otros, transformadas y adaptadas al estilo hipervitamínico del album. Es un disco muy bailable. Destacan en este sentido el Nadine de Berry, y el You´ll be mine de Howlin wolf, donde el funk arcaico se construye sobre una base rotunda, repetitiva y caliente que sirve de soporte para la voz y los solos. Hammond toca la armónica menos de lo habitual, destacando en este sentido en Riding in the moonlight o Don´t go no further, con los vientos como colchón impulsor del fraseo. El shuffle tiene momentos como I´m leaving you, rompiendo con la ortodoxia al apoyarse sobre un piano eléctrico en vez del acústico, algo que se repite en más canciones. El estilo latino mixturado y primitivo de New Orleans está presente en I´m tore down, con maracas, al estilo Diddley. El trabajo de la batería está en un punto intermedio entre la la tradición de lo robusto y comedido y lo que los años posteriores traeran en cuanto a independencia y profusión de breaks, llevando a los tambores hacia un plano más adelantado. Hay pocos tiempos lentos. Uno es It´s too late, basada en el fender rhodes y las escobillas, cantada en un estilo cercano a Elvis, pero repleto de las inflexiones vocales en falsete que son marca del autor. Hay quienes no consideran a Hammond un gran cantante, dado su particular modo de colocar la voz y sus continuos cambios de registro, que muchas veces parecen un poco locos y dejados, pero desde luego, además de ser una cuestión de gustos, se trata de un excelente intérprete donde los posibles defectos o carencias se suplen con fuerza, rotundidad y mucho calor, dando como resultado un estilo personal e inconfundible. Aunque no sea considerado uno de los mejores discos del artista, no deja de ser merecedor de esta reseña dada la vitalidad, invitación al baile y diversión que contiene, además del alto nivel instrumental. Un buen disco para quienes sean profanos del estilo o no traguen facilmente los discos y artistas más tradicionales.Una gran parte del blues, blanco o negro, sonaba así en 1969.

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Shearwater, Barcelona (07/03/2010)

Publicado el lunes 15 marzo 2010

Shearwater
Domingo 7 de Marzo, 2010
Barcelona – sala 2 Apolo

Domingo tarde lloviendo, sorteando charcos a traves del Paralelo para al fin acceder a la sala Apolo, envolvente con su media luz y un escenario al alcance de las manos, sin masificaciones y con un publico dulce.

De camino a la barra, entre la oscuridad y mi emoción por encontrar un sitio donde colocarme (cuando hay tanto para elegir, te entran las ansias) casi me choco con un hombrecillo que tocaba un instrumento de viento (por determinar) y que formaba parte de la actuación de los teloneros, el grupo liderado por David Thomas Broughton.
Este cantante llama la atención, especialmente por su particular forma de intercalar sonidos de objetos y propios (ingerir bebida, toquecitos varios, bostezos, restregones de manos en los ojos) en su repertorio musical.

La aparición del conjunto de Shearwater sucede de forma gradual. Poco a poco los componentes se van añadiendo a la banda de Thomas Broughton y van interpretando. A las 20:25 h empieza el concierto y es en cuestion de momentos que la voz de Johnattan Meiburg se filtra por cada poro de la sala y, conforme entona, vas notando como te domina el alma hasta dejarte a su merced.

A partir de aquí, el repertorio lo inician con los temas del nuevo álbum; con un Meridian arrebatador, pasando por Black Eyes cantado con una fuerza desbordante y de pronto te plantan un suave “Runners of the sun” ” que te desmonta en blandos pedacitos.

Pero antes de que puedas recomponerte bebiendote otra Coca Cola, y tras dedicar el tema a las aves, ya están sonando los acordes de Rooks, tema especialmente deseado por el público, y siguen con: Century Eyes, I was a cloud, the hunter´s star, seventy-four seventy-five,… Y alguno más que no recuerdo.

Cuando el espectáculo llega a su fin, uno tras uno, desaparecen por la puertecita lateral del escenario, con sus camisitas cow-boy, de rallitas o esa melena con tupé del batería que desafía a las mechas de más calidad. La gente empieza a aplaudir y a silbar y los componentes reaparecen.
El cantante, pregunta en un castellano muy gracioso: “¿Qué quieres?”Poco a poco, la gente se anima y se escuchan vocecillas que claman por escuchar una canción en concreto. Yo, que sigo atronada por los altavoces, no entiendo ningún título, y me parece que el cantante tampoco, así que se anima a cantar lo que le apetece.
Genial, 2 canciones más disfrutando y ahora sí el espectáculo termina entre hurras y vítores.
Fuera llueve mas fuerte. Toca saltar charcos, mas hondos, pero esta vez con ritmillo en los talones”.

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Van Morrison, Madrid (15/01/2006)

Publicado el viernes 19 mayo 2006

Van Morrison
Palacio de Congresos. Madrid.
Domingo 15 de Enero 2006.

Van Morrison ha vuelto a actuar en la ciudad trayendo un repertorio centrado en su excelente disco del pasado año, con algún adelanto de lo que será su nuevo material, de inminente publicación. Pese al desagradable coste de las entradas, el concierto del cantante registró un lleno casi total. El público venía a ser una mezcla de edades con tendencia a la franja de entre los 30 y los 50 años, lo cual resulta natural, dada la edad del cantante, que no por ello decae en cuanto a la cantidad y el nivel de su producción en estudio y su puesta en escena en vivo. Al igual que otros artistas clásicos que también han publicado buenos discos en 2005, como Neil Young, Paul Mcartey o John Cale, trae un conjunto de canciones más que digno y apetecible de ser escuchado en vivo, sin tener que echar mano por necesidad de éxitos pasados, como así resultó ser, siendo en resumen una concierto centrado en Magic time y bien equilibrado en cuanto a la inclusión de temas de discos anteriores.
El recital tuvo como apertura una introducción instrumental a cargo de la banda, formada por un núcleo básico de guitarra (dirección musical), bajo, piano y batería, a los que se suman los vientos y una dinámica y ecléctica percusionista. El inicio ya daba una de las claves del concierto en cuanto al funcionamiento interno de la formación, ya que siendo adecuada, dado que la elección del instrumental de apertura fue acertada ( un rythm´n´ blues muy clásico en el que los diferentes solista se dan el pase en breves intervenciones solistas que pretenden calentar el ambiente ), falló precisamente en esto, en cuanto a lo dubitativo o temeroso de su salida, pues realmente no parecieron estar suficientemente sueltos como para conseguir el efecto deseado. Se intuía sin duda el alto nivel de los músicos, mas se notó enormemente la falta de fuerza y decisión al abordar un tema de estas características, e incluso por momentos pudieron parecer una especie de alumnos aventajados de una escuela de música que ofrecen un recital para padres y amigos. Careció de calor y del carácter necesario. Es un tipo de introducción clásica en este tipo de artistas, no tan osada como puede hacerlo un James Brown incluso al dia de hoy, pero si con esa misma función, en el que se debe de dejar ver lo que se va a ofrecer a continuación, a la vez que los músicos deben de mostrar sus recursos expresivos y el porqué de que la figura los lleve consigo, lo cual no era fácil de imaginar por la timidez con la que comenzaron. Un simple ejercicio que rápidamente fue olvidado tras la irrupción del cantante.
El concierto comenzó, como viene siendo habitual en esta gira, con Keep mediocrity at bay, del último disco, un blues al estilo Chicago, en el que Morrison toca la armónica y que sirve de excelente entrada. Un verdadero ejercicio de estilo con ritmo y punch, dejando claro dónde está una buena parte de sus raices. El estilo de la música interpretada está completamente centrado en el sonido de las últimas producciones del cantante, que prácticamente se está situando como un auténtico reducto y fortín del rhythm´n´ blues clásico, interpretado tal como los músicos de jazz lo hacen. Aunque no deja de tocar algún que otro clásico, como Moondance (especialmente ovacionado), el concierto discurrió felizmente por la interpretación de la mayoría de las canciones de su último disco, que verdaderamente sonaron impecables y emotivas durante toda la sesión. La estructura básica de los temas resultaba ser prácticamente idéntica: presentación del tema cantado, ronda de solos a modo de banda de jazz, vuelta al tema y final. Los solistas dejaron clara su valía, destacando especialmente el saxo, que fue el que más hizo vibrar al público con sus intervenciones, dejando entrever que lleva betún en las venas, manejando tanto el tenor como el barítono y encargándose de crear los momentos instrumentales más hot de la noche, así como el trompetista, que también tocó la flauta en Celtic New Year. El pianista mostró su formación y gustos en un discurso más jazzístico que soul. A su vez, la talla de Morrison como instrumentista quedaba más que clara cuando hacía sección con su saxo uniéndose a los vientos, sobre todo al interpretar las canciones jump al estilo Louis Jordan. Lo comentado arriba sobre lo revelador de la introducción fue confirmado durante todo el bolo. Sin duda debe de existir alguna clase de amedrentamiento entre los músicos que Van Morrison contrata, ya que casi nunca esta noche acababan de arrancar y tocar a placer, exceptuando quizás al saxo. Parece que la personalidad del cantante domina por completo a la banda, lo cual es lógico, pero parece ser excesivo en la práctica. Todo resultaba estar demasiado estudiado y poco suelto, muy acorde con las expectativas que un recinto como el Palacio de Congresos puede despertar. Es música negra, pero a veces en exceso domada. Todo muy correcto, demasiado casi siempre. Se debe de marcar una diferencia entre las canciones del disco y su representación en vivo. Aquí se hizo, pero echando mano de una estructuración de las mismas basada en rondas cerradas que no dejaban huecos a lo inesperado. Pero bueno, ese es el resultado de la voluntad del jefe, cuya actuación fue sin duda exquisita y emotiva en todo momento. Abre la boca y no hay más que decir. Eso si, sin dirigirse jamás al público: ni hola ni thank you ni hasta otra ( 90 minutos de reloj ), lo cual no importa tampoco tanto, pero sin duda no contribuye a la relajación y mayor goce del respetable. Hubo un calculado bis en el que Morrison interpretó a Sonny Boy ( Help me ), como viene haciendo desde hace más de 30 años y que sonó excelentemente. Punto y final.
El público disfrutó cuanto pudo del recital. Se notó la típica falta de familiaridad con el nuevo repertorio y un exceso de ganas de justificar el pago de la entrada, aplaudiendo sin ton ni son a la menor oportunidad, tras cada solo y especialmente cuando sonaba algún clásico añejo. No fue tanto el ruido respecto a las nuevas composiciones, que sin duda ya forman parte de su mejor legado. Ello es más que normal.
Pese a todo lo dicho, un muy buen concierto de alguien que seguramente no podría salir a un escenario si no diese, al menos, lo que esa noche ofreció.

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