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RKO 281

Publicado el Miércoles 12 julio 2017

RKO 281
RKO 281 (1999)

Director: Benjamin Ross
Intérpretes: Liev Schreiber, James Cromwell, Melanie Griffith, John Malkovich, Brenda Blethyn, Roy Scheider

rko-281-poster-1.jpgLa reciente muerte de Roy Scheider tras una larga enfermedad, nos ha dejado huérfanos del que fuera uno de los rostros más populares en el cine de los 70. Aunque unos años antes era carne de las producciones de serie B con las que había iniciado su carrera, a partir de su participación en Klute (1971) no dejó de empalmar un peliculón tras otro durante prácticamente toda la década: aunque su inolvidable papel protagonista en Tiburón figure como máximo exponente de su filmografía en aquellos años, tampoco podemos olvidarnos de cosas como The French Connection, la perturbadora Marathon man o All that jazz, película en la que demostró que, además de ser un actor más que competente, también se podía defender cantando. Con el cambio de década su estrella comenzó a declinar, hasta llegar a los 90 y al nuevo siglo habiendo sido prácticamente olvidado por el público. No obstante todavía fue capaz de guardarse algunos ases en la manga, como la entretenida El Trueno Azul o la cinta que ahora nos ocupa: RKO 281.

RKO 281 es un ejemplo más de telefilme para TV por cable que fuera de los USA acabó estrenándose en cines, solo que esta vez no parece que estemos ante un telefilme, con todo lo peyorativo que semejante término suele acarrear para una película. De hecho nació para ser exhibida a lo grande, en salas comerciales y dirigida por Ridley Scott, pero los estudios rechazaron el proyecto sucesivas veces y Scott, empeñado en sacarlo adelante contra viento y marea, redujo el presupuesto notablemente y lo estrenó como telefilme, cambiando completamente el reparto (que en la versión cinematográfica iban a encabezar inicialmente Edward Norton y Marlon Brando) y limitándose a producir la película. No se puede negar lo adecuado de dicho cambio en el reparto, la verdad, y con él en la mano, con actores tal vez sin tanto “status” pero con solvencia más que comprobada, la cosa ya promete. El tema que trata ya anima, por sí mismo, a echarle un ojo al tinglado. Y si para finalizar comentamos que la factura de dicho tinglado es bastante digna, seguro que más de uno estará pensando en echarle el guante para verlo. Y les aseguro que no perderán el tiempo.

Cualquier cinéfilo de pro que esté leyendo este texto sabrá que tras la etiqueta “RKO 281” se esconde el título de producción de Ciudadano Kane, que tal vez sea la película más famosa de todos los tiempos (sobre si es la mejor ya hablaremos otro día). El proceso de concepción y rodaje del filme daría para escribir una novela o hacer una película a propósito (como es el caso). Orson Welles tuvo que luchar, y de qué manera, para sacar adelante un proyecto en el que casi nadie creía, contra el que un iracundo William Randolph Hearst (ridiculizado sin piedad en el personaje de Charles Foster Kane) volcó toda la furia de su inmenso poder, estando a punto de lograr la destrucción de los negativos. Orson Welles tuvo suerte y al final pudo exhibir su película públicamente, aunque lo cierto es que el influjo de la ira de Hearst nunca le abandonaría y su carrera, por activa o por pasiva, jamás llegó a brillar como se esperaba en un genio de su categoría.

RKO 281 repasa aquel complejo proceso, y aunque no se ciñe estrictamente a los hechos históricos se trata de un filme interesante, bien rodado y excelentemente interpretado por todos los actores, tal como se podría esperar de ellos. Incluyendo a un casi novato Liev Schreiber, un buen actor que, por desgracia, se ha empeñado en arrojar por la taza del water su prometedora carrera con engendros como ESTE. El guión es aceptable, aunque como de buen biopic que es, pasa de puntillas sobre los aspectos más escabrosos en la figura de Welles, como su ambigua relación con Herman Mankiewicz (guionista de Kane) o su adicción al alcohol y a las pastillas. Pero por lo demás la película, sin estar ni mucho menos a la altura de Ciudadano Kane o del gran Orson, cumple y no resulta aburrida, constituyendo una buena base para animarse a investigar más profundamente sobre uno de los episodios más famosos y oscuros de la historia del cine.

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Críticos

Publicado el Viernes 7 julio 2017

Eh, Crítico que siempre estás sentado
leer y escuchar no es suficiente
Ven aquí ven aquí.
Siempre en tu butaca hablando de todos
eres una especie de diosecillo
no das tu opinión impartes tu bendición
y si desayunas mal en tu guarida
lanzas tus serpientes contra todos.
Tuyo es el poder, tuyo es el espacio en el papel.
Críticos, ja, ja.
Los cuarenta principales son nuestro objetivo.
Quiero casarme contigo por que estás podrido.
Criticos, ja, ja.

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Clerks

Publicado el Martes 4 julio 2017

Clerks (1994)

Director: Kevin Smith
Interpretes: Brian O’Halloran, Jeff Anderson, Marilyn Ghigliotti, Lisa Spoonauer, Jason Mewes, Kevin Smith

ClerksAlgunas veces he comentado por aquí que los 90 fueron, indiscutiblemente, los años “indies” del cine americano (bueno, no sólo del cine, la verdad sea dicha). Las salas se poblaron, súbitamente, de películas con aspecto trapero y hechas con cuatro cuartos supuestamente al margen del “mainstream” ese. Algunas de ellas (pocas) hasta tuvieron éxito y, de éstas, algunas (menos aun) convirtieron a su realizador en tótem al que adorar. Y uno de los casos más notorios fue, sin duda, el de Kevin Smith y su primera película, Clerks. Este muchachote gordinflón, barbudo y con aspecto de pasar de todo como de la mierda, seguramente no habría pasado de ser una “camiseta de moda” del fenómeno indie, aun con la ayuda de Clerks. Pero en su camino se cruzaron los ya legendarios hermanos Weinstein (adorados y aborrecidos a partes iguales) para cambiarle la vida. Los inteligentísimos hermanos supieron vender Clerks como la creme de la creme de la comedia independiente. Con ello lograron atraer a miles de jóvenes, ávidos de presumir de “intelectuales cachondos y enrollados” con la esperanza de meterla en un agujero que no fuese el de una muñeca hinchable o el tubo de escape de algún utilitario.

Cuando fui a ver la película con un grupo de amigos, algún tiempo después del estreno, ya me imaginaba que no sería para tanto, aunque estaba convencido, a fin de cuentas, de que una película rodada en un lugar que se llama como yo no podía ser mala (jijiji). Efectivamente, la primera frase que asaltó mi pensamiento al terminar la proyección fue “pues no es para tanto”. Cleks es una de esas películas que resultan más divertidas cuando te las cuentan que cuando las ves, como ocurre por ejemplo con Torrente, el brazo tonto de la ley. Sin ser tan jodidamente mala como aquella, cierto es que Clerks tiene mucha menos “chicha” de la que uno podría imaginarse, y tal vez lo mejor de la misma tenga que ver con la historia que rodeó su rodaje, típica de aquellos años en los que estaba de moda hacer cine con unos medios ridículos.

Sin llegar a los extremos de Robert Rodríguez, quien ejerció de cobaya humana para obtener fondos con los que hacer El Mariachi, Kevin Smith también tuvo que pasar lo suyo hasta convertir en realidad aquel guión basado vagamente en su propia experiencia como dependiente (“clerk” en inglés) en una tienda de ultramarinos de pueblo. Echando mano de todos sus ahorros y del dinero prestado por familiares y amigos, pudo al fin completar un rodaje que se llevó a cabo en la misma tienda donde Smith trabajaba. Su jefe le dio permiso para usarla como “plató” a condición de hacerlo fuera de horas de trabajo (o sea de noche), razón por la cual vemos al comienzo que unos gamberros supuestamente han atrancado los cierres del negocio, con lo que éstos no se pueden abrir y, por tanto, no entra luz.

En resumidas cuentas, hay que ir con mucho cuidadín al ver Clerks, porque lo más seguro es que no cumpla las expectativas que tengamos en ella. Está claro que esto no es una peli de los hermanos Marx, pero tampoco estamos ante uno de los “inventos” de los hermanos Wayans (Dios nos libre), aunque tampoco se queda muy lejos… En Clerks hay algún chiste potable, pero Kevin Smith imprime a su película un tono humorístico bastante chusco y facilón hasta para una persona como él, que gusta de la sal gorda. Tal vez los 23 años que tenía el director en aquella época sean en parte culpables, no lo sé, pero la sensación de que “no es para tanto” es una constante a lo largo de todo el metraje. A lo mejor Clerks tampoco es una puta mierda (no creo que haya que juzgarla de un modo tan radikal), pero si algo queda claro después de verla es que los Weinstein son dos cabrones muy pero que muy listos y que lo mejor, aparte de esas historias sobre el rodaje, puede que esté en una banda sonora cuyas ventas sirvieron, por sí solas, para amortizar los costes del filme.

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Beatles para siempre: Cuarta (y última) Parte

Publicado el Domingo 2 julio 2017

Viene de la Tercera parte

Finalmente llegamos a la conclusión del reportaje sobre los Beatles que hemos venido publicando por entregas a lo largo de las últimas semanas. Al principio tenía pensado dividir esta última en dos partes separadas, pero he decidido publicarlo todo en un único capítulo. Aunque con ello resulte un texto un poco más largo respecto al resto de entregas, creo que según vayáis leyendo entenderéis por qué lo publico entero. Os aseguro que merece la pena, porque esta parte final es realmente hermosa, y es la que marca la diferencia definitiva entre un buen reportaje sobre los Beatles y la inmensa mayoría de lo que se ha publicado sobre ellos en Internet. Espero sinceramente que lo disfrutéis como seguramente lo habréis hecho hasta ahora.

Autor original: Agustín Sánchez Vidal
Publicado en Muy Interesante, número 77. Octubre 1987
www.muyinteresante.es

Comentarios al texto (en negrita) por Leo.

ABAJO: La figura de John Lennon, idealizada por su trágico final a manos del fan Mark David Chapman en 1980, se destaca fácilmente del resto del grupo. Su relación con Yoko Ono le llevaría a divorciarse de los Beatles, algo que no le perdonarían ni sus fans ni sus propios compañeros.

En Mayo de 1970, coincidiendo con el lanzamiento del último álbum del conjunto, Let it be, Paul comunicó oficialmente la separación de los Beatles. John ya llevaba algún tiempo trabajando por su cuenta con Yoko Ono en álbumes más experimentales que los de los Beatles (y, en ocasiones, también bastante más insoportables), y terminaría emprendiendo una cruzada por la paz y el desarme que le llevaría a estar fichado por el FBI y dificultaría su asentamiento en Nueva York, donde se establecería para criar a su hijo con Yoko, Sean, nacido en Octubre de 1975. Sería asesinado a la puerta de su casa de varios tiros a bocajarro el 8 de Diciembre de 1980. Un desequilibrado admirador, Mark David Chapman, le esperaba a su regreso del estudio de grabación, donde él y Yoko daban los últimos toques al álbum que suponía su regreso a la música, Double fantasy.

Paul terminó casándose con Linda Eastman, heredera del imperio Kodak, una hogareña mujercita que empezó a llenarlo de hijos y de chalecos a rayas. Su música se volvió una pizca hortera (más si cabe de lo que fue en su última etapa con los Beatles), pero tuvo el coraje de empezar desde cero con su grupo Wings, tocando en pequeñas salas. Muerto John, ha sido el único de los Beatles capaz de retomar éxitos multitudinarios, y hoy se le calculan unos ingresos de unos 130 millones diarios (en pesetas de 1987, se entiende). Su canción más difundida, Yesterday, ha alcanzado las 1500 versiones, y suena un promedio de una vez por minuto en todo el mundo. A finales de los 90, y coincidiendo con la enfermedad y muerte de Linda a causa del cáncer, su estrella comenzó a declinar. Los avatares de su vida privada han hecho que su nombre termine ocupando más espacios en las páginas de sociedad y en los temibles tabloides ingleses que en las listas de ventas, aunque gracias a su hija Stella, que ha logrado hacerse un hueco como diseñadora de moda, el lugar de la familia entre las personalidades de éxito parece estar a salvo.

George tuvo un brioso arranque con su triple LP, All things must past, luego ensombrecido por la condena por plagio de su single más famoso, My sweet lord, idéntico al He´s so fine de los Chiffons. El concierto benéfico por Bangla Desh fue su momento estelar antes de pasar a una discreta penumbra. Discreta penumbra de la que nunca salió Ringo Starr, que hizo sus versiones más o menos simpáticas y frecuentó más que sus compañeros las aventuras cinematográficas. En 2001 George también perdería una larga batalla contra el cáncer. Desde años antes de aquel triste suceso muchos fans de los Beatles se han esforzado por revindicarlo como el “cerebro en la sombra” de la banda y como un instrumentista y compositor más que competente. Muchos cinéfilos también le tienen un hueco reservado gracias a su productora Handmade Films, responsable entre otras de todo un clásico como La vida de Brian, la mejor película de los geniales Monty Python. En cualquier caso, su saldo en solitario en modo alguno puede compararse al legado que han dejado como grupo.

La química de los Beatles funcionaba como una extraña amalgama de personalidades. Su productor, George Martin, definió el ajuste entre John y Paul comparándolo con la mezcla entre el vinagre y el aceite: aislados, pueden resultar demasiado ácidos o excesivamente untuosos; juntos, se equilibran. Lennon aportaba un innegable desgarro, una fuerza corrosiva y un toque blues que añadían mordiente a las canciones; McCartney proporcionaba la ligereza, el optimismo, la fluidez melódica. Y no hay que desdeñarlos como instrumentistas: John imprimía a su guitarra un ritmo personal e intransferible, Paul introdujo muchas novedades en el uso del bajo y la guitarra solista de George o la batería de Ringo eran justas y eficaces, lejos del exhibicionismo posterior del rock.

Y luego estaban sus personalidades: fáciles de diferenciar, pero, al igual que sus voces, perfectamente capaces de amalgamarse en un todo. No es difícil destacar, con todo, la de Lennon, agrandada por la mitología y la necrofilia. John Winston Lennon era un niño de postguerra, nacido en pleno bombardeo alemán sobre Liverpool. Llevaba como estigma bélico ese segundo nombre en homenaje a Winston Churchill, al igual que la España posterior a 1939 se pobló de significativos Jose-Antonios. “Me nausearon en Liverpool mientras los hitléricos bombardeaban el barrio”, escribía en In his own write.

Su libro preferido era Alicia en el país de las maravillas, y Peter Pan su mito emblemático: el síndrome de quien se negó a crecer. No es que Lennon no quisiera evolucionar: se fue de los Beatles porque no se resignaba a estancarse. Es que no aceptaba los mecanismos iniciáticos por los que alguien deja de ser él mismo para encajar en el molde que a cada uno, como el ataúd, se le tiene preparado: profesión, oficio, talante, personaje, carnet de identidad, libreta militar, permiso para conducir… Por no aceptar, no quiso ni siquiera pasarse la vida siendo un Beatle. Y esa fue su perdición. Uno de sus fans que no aceptó ese cambio acabó con su vida.

Con todo, hay algo que diferencia radicalmente a John Lennon, no sólo respecto a otros hombres ilustres, sino incluso en relación con otras figuras del rock. Él lo tuvo todo a los 25 años: era mundialmente famoso y en su cuenta corriente entraban anualmente 900 millones de los de entonces sin necesidad de hacer nada. Él decía que se alegraba de haber llegado joven a esa situación porque así se sentía completamente liberado. Le parecía terrible luchar toda una vida para situarse, hacerse célebre, ser respetado e influyente, tener pasta. Él ya lo había logrado y se dedicó directamente a ser persona. A ser persona, no a ser adulto. Y a partir de determinado momento quiso utilizar su influencia para arreglar un poco las cosas. No le faltó instinto al abrazar la causa del pacifismo, a la que proporcionó su himno Dad una oportunidad a la paz.

La influencia de los Beatles en la música y en la cultura popular permanece intacta transcurridos casi cincuenta años desde la publicación de su primer single. IZQUIERDA: Portada del LP The black and white album de The Hives (2007), claramente inspirada en la portada del With The Beatles de 1963.

Pero muchas de las características que en John se daban en grado superlativo serían extensibles a los otros Beatles. Ellos surgieron en los años 60 por un cúmulo de circunstancias difícilmente repetibles. Cuando aparecieron en escena, el rock and roll que hoy llamamos clásico, el de los años cincuenta, estaba prácticamente en extinción, con Elvis en la mili, Little Richard en un convento, Chuck Berry en la cárcel, Buddy Holly en la tumba, Jerry Lee Lewis fuera de combate por haberse casado con su primita de 12 años… Los Beatles retomaron esa herencia, la estilizaron, la recrearon, la pusieron al día, la hicieron evolucionar y salvaron todo ese torrente de energía adolescente proyectándolo hacia metas más ambiciosas.

La suerte quiso que todo eso coincidiera con un vasto movimiento de revisión de valores de los que gente como ellos (o Dylan) se convirtieron en portavoces. Como haría notar Lennon, tenían la impresión de ir todos en un mismo barco que navegaba hacia delante; quizá ellos fueran en la proa o en lo alto del palo mayor, pero el barco se movía solidariamente. Con razón los propios Beatles se negaron siempre en redondo al paripé de la reaparición: habría habido que recomponer toda una época para que su vuelta tuviese sentido. Seguramente ha habido momentos más vanguardistas en la cultura del siglo XX, e incluso más comerciales; pero una mezcla tan convincente de profundidad y difusión raramente se ha dado y difícilmente volverá a repetirse.

IR AL ANEXO “11 OBRAS MAESTRAS: LOS ÁLBUMES DE LOS BEATLES”.

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Ghost Dog: el camino del samurai

Publicado el Sábado 1 julio 2017

Ghost Dog: the way of the samurai (1999)
Director: Jim Jarmusch
Intérpretes: Forest Whitaker, John Tormey, Cliff Gorman, Dennis Liu, Frank Minucci, Henry Silva, Richard Portnow

Reconozco que el cine de Jim Jarmusch nunca me ha entusiasmado, principalmente porque ambos tenemos formas diametralmente opuestas de entender lo que es el cine y lo que ha de considerarse como “una buena película”. Para mí el cine es ante todo un entretenimiento que puede empujarte a reflexionar sobre un tema, y que a veces, sólo a veces, da lugar a la creación de verdaderas obras de arte. Y de este modo, a mí lo que me gusta es entretenerme viendo una película, lo que no significa que me guste ser tratado como un subnormal, ojo. Jarmusch (y otros muchos como él) entienden que el cine ha de ser considerado directamente como un arte, al más puro estilo de los gafapastas. Que entretenga es lo de menos, que eso es para niños y seres mentalmente prepúberes en general. Lo importante es que se te ponga tiesa como un garrote con una sucesión de planos cargados de “profundo significado”, y ya sabemos que a muchos gafapastas e intelectuales de carnet eso les pone más que el sexo, y dado que muchos no lo catan ni en sueños, con algo hay que sustituirlo después de todo.

Aun recuerdo mi última experiencia Jarmuschiana, motivada por la buena acogida que la cinta tuvo incluso entre el público no talifán de este señor, lo que me animó a vencer mis reticencias iniciales y me llevó incluso a convencer a mi novia (igualmente poco entusiasta del tito Jim) para que me acompañase a ver el invento en los Cines Princesa de Madrid, en rigurosa V.O. oigan. El resultado fue que mi novia se pasó toda la semana mirándome raro tras haberse quedado completamente roque a mitad de la proyección, mientras que yo salí de la sala con un sentimiento entre el aturdimiento por no haber comprendido del todo lo que acababa de presenciar, el cabreo por haber tirado el dinero en algo que me había decepcionado, y la risa por imaginarme al gran Bill Murray narcotizado durante todo el rodaje para lograr esa fabulosa “interpretación” suya.

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, dicen, así que hace poco me empeñé en volver a arriesgarme con una nueva experiencia Jarmuschiana, huelga decir que esta vez sin pagar. Aunque cueste creerlo hacía tiempo que tenía muchas ganas de ver Ghost Dog. El protagonista es Forest Whitaker, un tío que me cae especialmente simpático y que además es un actor competente; quieras que no la película tiene buena pinta, pero la razón principal era la buena opinión que de ella tienen algunos amigos míos, de confianza en estos asuntos del cine. A uno de ellos llegó a gustarle tanto que se grabó el audio completo de la película en una cinta de casette para escucharla en el coche. Muchos fines de semana, mientras la borregada se paseaba en sus ataúdes rodantes envuelta en un infecto sudario de bakalao y reaggetón, él “contraatacaba” haciendo sonar aquella casette a todo volumen. Y antes de que, llegados a este punto, el lector se empiece a descojonar de risa, le invito a detener su impulso un segundo y pensar quiénes son los auténticos tarados en esta historia.

Ghost Dog puede pasar como uno de los trabajos más “convencionales” del realizador de Ohio, aunque no deja completamente de lado señas de identidad como las escenas largas (centrándose muchas veces en detalles en apariencia irrelevantes y sin utilidad argumental), el ritmo pausado (muuuy pausado) y muchas reflexiones sobre la vida y el mundo que nos rodea, vistos una vez más a través de los ojos de uno de esos personajes “tirados” y marginales que tanto le molan a Jarmusch: un asesino a sueldo que sigue rígidamente los dictados del código samurai japonés. Así durante dos horas, que por sorprendente que pueda parecer no se hacen demasiado pesadas. Buena parte de culpa de que esto sea así la tiene el bueno de Forest Whitaker, que sujeta la peli con los dientes si es necesario gracias a su buen trabajo, lo cual no implica que la película sea mala. Ocurre simplemente que el hilo narrativo está demasiado estirado (muy al estilo de Jarmusch, por otra parte) pero en esta ocasión la presencia de Whitaker ayuda, y mucho, a enmascarar cualquier carencia. Y además la banda sonora está bastante bien y pone su granito de arena para hacer más llevadera la película.

¿Se puede recomendar Ghost Dog?. Yo creo que sí, pero atención, porque sigue siendo una cinta poco convencional para espectadores poco convencionales, aunque en absoluto equiparables a los que gustan del Jarmusch más “indie”. Desde luego, el que espere ver a un negraco de dos por dos repartiendo estopa por las calles a katanazo limpio lo lleva claro. Vaya esto por delante antes de que alguien se alquile la cinta con toda su ilusión y la deje a medio metraje mientras se acuerda de mi madre. No me vengan luego con que no se lo advertí.

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