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Help!

Publicado el viernes 19 enero 2018

Help! (1965)

Director: Richard Lester

Intérpretes: The Beatles (John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr), Leo McKern, Eleanor Bron, Victor Spinetti, Roy Kinnear

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Llegado 1965, la Beatlemanía estaba en su máximo apogeo, aunque no eran muchos los conscientes de la importancia capital que, para la música popular, tenía lo que estaban viviendo. Por aquel entonces, la mayoría de la población veía a los Beatles como una especie de “boy band” al estilo de las que se pondrían de moda en los años 90, salvando las distancias. Una moda pasajera liderada por una cuadrilla de melenudos, con poco que ofrecer más allá de su capacidad para provocar incidentes allí donde osaran hacer acto de presencia, soliviantando a la iletrada y asilvestrada juventud que escuchaba sus demoníacos discos. Como tal moda eran vistos hasta por miembros de su propio entorno, que se aprestaron a exprimir la gallina de los huevos de oro mientras fuera rentable. Los Beatles no paraban de currar, dando rienda suelta a su talento en discos primero y en películas después. Un año antes, en 1964, la banda había rodado su primer largometraje, Qué noche la de aquel día, con un notable éxito tanto de crítica como de público. Aquello animó a los tipos que dirigían la “Beatleindustria” a repetir la fórmula reuniendo al mismo equipo responsable del primer filme. El resultado sería Help!

Rodada con algo más de tiempo y presupuesto que en el caso de Qué noche la de aquel día (aquella película se rodó a toda hostia para rentabilizar al máximo el “boom” del fenómeno Beatles), en Help! se buscó sacar partido de la fama de cachondos e irreverentes que tenían los cuatro de Liverpool (particularmente John y Ringo) para mostrarlos como una especie de hermanos Marx del pop, tal como señalaba Agustín Sánchez Vidal en el artículo que reprodujimos hace un tiempo. Por tanto la película se caracteriza por el absurdo y el surrealismo que rodea a muchas situaciones, en consonancia con la forma de ser del director, Dick Lester, y de los propios Beatles. El sentido del humor que todos compartían junto con buenas dosis de “maría”, pan de cada día en el plató, contribuyo a hacer más distendido el ambiente en un rodaje problemático, principalmente a causa de las premuras de tiempo impuestas por los productores, los caprichos de éstos y de Brian Epstein (suya fue la idea de obligar al equipo a desplazarse a Nassau para rodar algunas secuencias) y el inmisericorde acoso de los fans, que obligaba a suspender el rodaje más de una vez.

El resultado de todo esto no puede calificarse como demasiado brillante. Dado que no era posible repetir el esquema pseudo documental de Qué noche la de aquel día, para Help! se hizo un guión más tradicional, con un argumento en el que una secta hindú adoradora de la diosa Khali persigue a Ringo para arrebatarle un anillo sagrado. Pero los Beatles no eran actores ni mucho menos (menos aún bajo los efectos de la marihuana) y el guión forzaba muchas de las situaciones de supuesta comedia, que vistas hoy casi producen vergüenza ajena en más de una ocasión. De esta forma, la película queda reducida a un vehículo para justificar la presencia de los Fab Four en cada plano, dado que para eso se montó este tinglado: para dar a su público objetivo lo que quería y, ya puestos, hacer negocio a cambio.

El mayor mérito cinematográficamente hablando lo tiene Richard Lester, un buen director que saca todo el partido posible de lo que tiene entre manos, haciendo uso de buenas ideas para presentar una especie de cómic con una estética muy colorista y desenfadada, fiel reflejo de la juventud del momento que vivía sus esperanzas de cambio social inmersa en el pop art y a las puertas de la psicodelia y del hippismo. Respecto a la música huelga decir nada, por supuesto, aunque resulta curioso que ésta no sea protagonista de la película tal y como uno podría imaginarse inicialmente. De hecho, sólo aparece un puñado de canciones del disco que en teoría se presenta como la banda sonora del filme (por citar sólo un ejemplo, Yesterday no aparece por ningún lado). Además las secuencias en que los Beatles interpretan sus temas están insertadas con calzador dentro del metraje, lo que produce una sensación cuanto menos extraña. Eso sí: dichas secuencias están generalmente muy bien rodadas, con un estilo dinámico y rompedor para su tiempo que preludiaba lo que luego serían los archiconocidos videoclips. De hecho, muchos años después la propia MTV bautizaría a Dick Lester como el padre del género, a lo que el realizador, fiel a su estilo, respondió enviando una carta a los jefes de la cadena exigiendo que se sometieran a una prueba de paternidad. Genio y figura, vaya.

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El Orfanato

Publicado el jueves 18 enero 2018

El orfanato (2007)

Director: Juan Antonio Bayona
Intérpretes: Belén Rueda, Fernando Cayo, Roger Princep, Monserrat Carulla, Andrés Gertrúdix

orfanato.jpgSi hace unos años alguien me hubiese dicho que, un día, me pasaría ocho meses sin pisar una sala de cine, seguramente me habría parecido increíble. Y es que hubo un tiempo en que quien esto escribe era perfectamente capaz de, en ocasiones, ver tres e incluso más películas por semana en el cine de turno. Pero aquí estamos, y resulta que desde la última vez en que pisé una sala de cine (para ver Zodiac) hasta el momento de ver El orfanato han pasado casi ¡nueve meses!.

¿Razones para esto?. Pues varias. Dejando a un lado el punto de vista de gente que, como yo, sostiene que vivimos el último suspiro del cine al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora, una razón de peso es sin duda el carísimo precio de las entradas. Jamás en la vida habría imaginado que dos personas tendrían que desembolsar casi 14 euros para entrar en un cine, y encima sin la garantía de ver una buena película a cambio (y sin contar con el gasto suplementario en palomitas y bebidas, por supuesto). Hace sólo diez o doce años, lo cual no es tanto tiempo, mis padres me daban precisamente la mitad de ese dinero cada fin de semana: 1100 pelas de las de entonces. No era precisamente una pasta, y aun así era posible pasar la tarde – noche viendo una peli de estreno en el cine, para luego gastar el dinero sobrante pillando “el puntillo” con los colegas a base de minis de cerveza barata y kalimotxo de tetra-brick.

De esta forma, a nadie le debe extrañar que sea mi novia la que me haya empujado últimamente a ver cine en pantalla grande. De no ser por ella, es seguro que no habría visto ni la mitad de las películas que he visto en los últimos dos años (no muchas, ciertamente); entre ellas esta que nos ocupa hoy.

El orfanato es la típica película encargada como cada año de maquillar los penosos registros cuantitativos y cualitativos del cine “apañó”. Pero tampoco hay que llevarse a engaño: en una producción de esta categoría, con mucho dinero de por medio, las campañas publicitarias hechas “a degüello” para poner culos en las butacas a toda costa, influyen de manera determinante en los resultados de taquilla. Y que una película sea un éxito no quiere decir necesariamente que sea una maravilla. Este es el caso de El orfanato, aunque todo depende del punto de vista con el que se enjuicie el filme.

Porque afortunadamente esto no es Alatriste, donde se mire por donde se mire, el resultado es una mierda del tamaño del Burj Dubai. Vista como mero entretenimiento, con la clara intención de dejar el cerebro a un lado de la butaca, El orfanato cumple su cometido, aunque sin alardes. El problema viene cuando tratamos de enjuiciarla como película con todas las letras. Entonces el frágil castillo de naipes se viene abajo estrepitosamente, saliendo a flote todas las carencias de una cinta que se parece al Monstruo de Frankenstein, construida a base de pedazos de otros filmes pegados aquí y allá, y cargada de topicazos, algún diálogo absurdo y escenas filmadas de manera lamentable (la atropellada carrera de Belén Rueda por la playa es un claro ejemplo). No se necesitan ni cinco minutos de metraje para tener la sensación de que se está viendo Los otros II, pero tampoco hace falta escarbar mucho para encontrar “referencias” a otras muchas películas del género de terror como Poltergeist, El Resplandor o House, una casa alucinante (de la cual plagia con absoluto descaro la idea central del argumento).

En resumidas cuentas, y tal y como hemos dicho antes, pasarlo bien con El orfanato depende mucho del color del cristal con que se mire. Rodada de forma aséptica pero sin maestría alguna, de manera bastante rutinaria, entretiene lo justo y tiene algunos momentos buenos, aunque tampoco realmente brillantes. Sin embargo como película no resiste un análisis mínimamente serio, excepción hecha de la buena interpretación de Belén Rueda. La impresión es que por 6,90 la entrada uno se merece más a cambio. Claro que, tal y como están las cosas, tampoco se pueden pedir peras al olmo.

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En busca de la felicidad

Publicado el lunes 15 enero 2018

En Busca De La Felicidad
The Pursuit Of Happyness (2007)

Direccion: Gabriele Muccino
Interpretes: Will Smith, Thandie Newton, Jaden Smith

Este comentario podría resumirse con una sola frase: quien dude que Will Smith es capaz de salirse de su acostumbrado cliché de “negro graciosete”, que se vaya corriendo al cine más próximo donde proyecten En busca de la felicidad.

Admito que yo era uno de ellos: hace unos años, tuve la ocasión de acudir a sendos estrenos de La leyenda de Bagger Vance y Alí solo para constatar que, aparte de que las dos pelis eran un rollete, Will Smith era un “quiero y no puedo”. Hasta que el otro día ví esta Búsqueda de la felicidad más que nada por mi novia, que tenía muchas más ganas de pagar por verla que yo. Smith es el alma absoluta de esta cinta; el que la levanta, la sostiene y, en última instancia, el que hace que esto sea algo más que el típico telefilme mierdoso “basado en un hecho real”, con el que cadenas de water como Antruño 3 vienen a torturarnos de cuando en cuando.

En busca de la felicidad es la habitual historia de superación personal que tanto les gusta a los yankis, centrada esta vez en la figura de Chris Gardner, típico JASP (Joven, Aunque Sobradamente Puteado) de principios de los 80, que pasó de pordiosero a millonario gracias a su tesón y a una inquebrantable fé en sus posibilidades. Nada que no hayamos visto en el cine mil millones de veces. Pero afortunadamente ahí está para salvar los muebles un Will Smith absolutamente inmenso en esta ocasión, logrando que nos creamos a piés juntillas su personaje y haciéndonos plenamente partícipes de sus sentimientos. Y claro está, no podíamos dejar de lado al hijo de Chris, interpretado por el mismísimo hijo de Will Smith en la vida real. Lejos de tratarse de un simple ejercicio de enchufismo familiar, hay que reconocer que el niño actúa bien. Resulta muy natural, nada desmadrado, y con eso y la particular “sinergía” que establece con su padre ante la cámara logra caer decididamente simpático. Más en V.O. que en versión doblada, donde el habitual “doblaje de niño” le hace parecer a veces un poco cursi. Aun así nada que ver con los niños grimosos habituales en las pelis de, por ejemplo, Spielberg .

En busca de la felicidad no es una mala película y se puede recomendar perfectamente su visionado. Pero que nadie se lleve a engaño, porque el tinglado se sostiene gracias a sus carismáticos actores protagonistas y a su capacidad interpretativa. El que espere encontrar algo más se llevará un chasco: como la inmensa mayoría de “biopics” salidos de la factoría de Hollywood en los últimos años, este resulta demasiado amable y edulcorado, muy en la onda de lo políticamente correcto que infecta en la actualidad incluso al cine más (supuestamente) comprometido. Cierto que hay escenas bastante duras y que se nota un tono de crítica hacia el capitalismo y sus putadas, pero a la hora de la verdad la conclusión que sacamos es que el mismo sistema, pese a su dureza, acaba premiando al ciudadano trabajdor y honesto, algo totalmente alejado de la realidad la mayoría de las veces. Con una temática semejante a la de la cinta que nos ocupa, yo encuentro mucho más recomendable Wall Street, más ceñida a la realidad del sistema que acabó con los últimos restos del Sueño Americano.

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Gosford Park

Publicado el domingo 7 enero 2018

Gosford Park (2001)

Director: Robert Altman
Interpretes: Eileen Atkins, Bob Balaban, Alan Bates, Charles Dance, Stephen Fry, Michael Gambon

La reciente muerte de Robert Altman a los 81 años de edad, nos ha dejado huérfanos del que muchos consideraban uno de los últimos grandes directores de Hollywood. Con fama de rebelde (aunque sobre ese particular podríamos hablar largo y tendido) y con una prolífica carrera en la que abundan más los bajos que los altos, Altman dejó, pese a todo, su impronta de gran artesano allí donde dirigió un cotarro, logrando algunas películas de excelente factura como M.A.S.H. o Short Cuts que, dicho sea de paso, tal vez sean las mejores de su extenso currículum.

El caso es que, aprovechando el óbito del afamado director, TVE programó, en el marco de su Segunda Cadena, Gosford Park, una de las últimas películas de Altman como director y también la última con la que el realizador de Kansas logró un abierto reconocimiento por parte de la crítica, siendo incluso nominado al Oscar por su trabajo. En su día tuve ocasión de verla de estreno y la verdad es que salí enormemente decepcionado y con la sensación de haber “caído”, una vez más, ante las loas de los criticuchos de turno, que colocaban este invento de Mr. Altman a la altura de sus mejores trabajos.

Uno de estos criticuchos, del que no citaré nombre y medio para el que trabajaba porque simplemente no me apetece ensuciar esta web nombrándoles, comentaba en su momento que lo que más temía era que la “gente común” (useasé, los subnormales que pagan la entrada, según él) no captase el mensaje de esta cinta, pensando que estaban ante “una copia de una película de las de Agatha Christie”. O yo soy “gente común” o simplemente no sé leer entre lineas (o no sé leer, directamente); pero lo cierto es que Gosford Park me pareció exactamente esto: un remedo de peli de Hercules Poirot, solo que mejor hecha. Como ya no me fío ni de mí a estas alturas, decidí aprovechar la oportunidad que me brindaba La 2 y “re-ojear” esta producción a ver si, casualmente, lograba alcanzar el Nirvana que “el ese” (el criticucho de marras) decía haber alcanzado años atrás…

Echémosle un vistazo al argumento: Gosford Park es una enorme y preciosa mansión a la que acuden una serie de invitados, pertenecientes a la rastrera y decadente alta sociedad inglesa de primeros del siglo XX, con objeto de pasar una jornada de caza. Todo transcurre dentro de la más absoluta e hipócrita “normalidad” hasta que uno de los asistentes es asesinado durante la noche. A partir de entonces comienza incesante investigación en busca del responsable de tan vil acto. Todos, desde lacayos a señores, desde damas a doncellas, pueden ser culpables.

Si esto no es “una copia de una película de las de Agatha Chirstie” que baje Buda y lo vea, oigan. Insisto: debo ser gilipollas del culo, porque acabé esa noche reafirmándome en lo que previamente opinaba sobre esta película. Que sí, que esta muy bien hecha, que Robert Altman dirigía como Dios, que los actores están todos cojonudos (particularmente Helen Mirren) y que me casaría con Kristin Scott Thomas sin dudarlo, arrastrándome por el fango si ella me lo pidiera; pero no acabo de “pillarle el punto” a esta cinta, y sigo viéndola como un filme coral “a lo Agatha Christie” muy currado desde luego, pero que no acaba de despegar por la ausencia de un guión bien desarrollado en lo argumental (el principio, embarullado como pocos, es mortal de necesidad) y con una falta de ritmo que en ocasiones resulta alarmante. Ni siquiera la inclusión de un fino toque humorístico “típicamente Altman”, por lo general en manos de Maggie Smith (Condesa de Trentham en el filme) y Stephen Fry (un inspector Thomson a modo de pantomima de Hercules Poirot), impide lanzar bostezos de vez en cuando. Gosford Park recuerda de alguna forma a las películas de James Ivory, muy bien hechas, con una fabulosa ambientación “de época”… y cuyo visionado suelo recomendar a mis amigos cuando tienen problemas para dormir.

Es una pena que Gosford Park no esté a la altura de lo que parece aparentar, aunque hay que dejar claro que para 2001 Altman estaba ya muy lejos de sus días de gloria. E insisto: “el ese”, si me lee (que no creo) debería ver primero las películas sobre las que luego opina (me consta que en algún caso no lo hacía). Lo peor es que no es el único. Y peor todavía es que cobran, y no precisamente hostias…

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Roger y yo

Publicado el domingo 31 diciembre 2017

Roger y Yo
Roger and Me (1987)

Director: Michael Moore

Roger And MeHoy en día hay mucha gente que reconoce la oronda figura de Michael Moore, aunque sólo sea por la repercusión que en su momento tuvo el documental Fahrenheit 9/11, que llegó a ser galardonado en Cannes y convirtió a Moore en un tipo famoso y multimillonario. Pero yo puedo presumir (si eso es motivo de presunción) de haberlo conocido mucho antes: en 2000, al poco de dar de alta mi primera línea ADSL, alguien que conocí en un Chat me habló de un “agitador de masas” americano con un puntilloso sentido de la ironía y bastante mala leche. Resultó ser Michael Moore, del que me recomendaron un libro suyo, ¡Todos a la calle!, que acabó gustándome mucho. Luego se estrenó Bowling for Columbine, un turbador documento que indaga en las causas de la proliferación de armas en Estados Unidos, y confieso que me convertí en fan de este tío.

Como ya se adivina, la trayectoria de Moore resulta más larga de lo que muchos podrían pensar. Este “agitador de masas” punta de lanza del “lobby anti-bush” americano, comenzó a remorder conciencias en su Flint natal (Michigan), donde dirigió una publicación de corte satírico-político. A finales de los 80 Flint vivió en carne propia el significado de una palabra que hoy en día a muchos les resultará familiar: Deslocalización. De la noche a la mañana, Roger Smith, presidente de General Motors, decidió desmantelar once de las enormes plantas de producción de automóviles que allí había para llevárselas a México, donde un operario gana menos de la tercera parte del sueldo que cobra su homólogo gringo. GM no estaba perdiendo dinero, pero su presidente entendió que no era bastante y quería más. Aquella decisión, parte del bonito legado de ese gran presidente que fue Ronald Reagan (lo hizo casi tan bien como lo hacía de actor), fue como dejar caer una bomba atómica sobre la ciudad, que perdió 30.000 empleos directos y se convirtió en poco menos que en un gheto, donde la gente tuvo que aprender a “ponerse las pilas” o resignarse a vivir prácticamente con lo puesto. Como descendiente de trabajadores de GM y residente en Flint, Michael Moore trató de localizar a Roger Smith para pedirle explicaciones.

Este es el eje pivotante del que fuera primer documental de Michael Moore, que solo ahora, a remolque de la actual fama de su creador y gracias a la magia de Internet, empieza a ser conocido. Aquellos que ya hayan visto otros trabajos de Moore más recientes encontrarán familiar este, cocinado sobre la base de los mismos ingredientes. Lo que caracteriza tal vez a Roger y yo sobre esos otros trabajos es que encabrona, más aun de lo habitual en cualquier cinta de nuestro conocido “agitador”. Y esto es así porque su temática resulta terriblemente cercana a todos, pues no se está hablando de asuntos que afectan mayormente a los USA, como la proliferación de armas (Bowling for Columbine) o el desastre del sistema sanitario (Sicko). La probabilidad de que un trajeado con falta de riego cerebral por culpa de una corbata decida, de buena mañana, que “no sirves” es tan real y cercana como la vida misma, y eso encabrona. Pero encabrona todavía más que la explicación a eso sea tan peregrina como “ya ganamos una pasta, pero queremos más”. Y ya encabrona al máximo la sensación de impotencia por no poder hacer nada para evitar que esta gente se salga con la suya, en buena parte por culpa de una sociedad aborregada y alienada donde el “sálvese quien pueda” y el “mejor a ti que a mí” están a la orden del día. Michael Moore ilustra todo esto con ejemplos claros, como el del presidente “con conciencia social” que no vacila en arruinar una ciudad mientras gasta millones de dólares en su club privado, o el de aquellos que, teniendo la posibilidad de informar a las masas sobre lo que ocurre, callan y otorgan cobardemente por miedo a perder sus migajas. No faltan escenas rayanas en el surrealismo, como la de los vejestorios ricachones que, mientras juegan al golf, acusan a los despedidos de Flint de no querer trabajar, o personajes como el del “desahuciador profesional” (absolutamente odioso y detestable) o el de la futura Miss Michigan (¿es que no hay una sola miss inteligente en este planeta?) que dan toda la razón a canciones como Al fin, por fin, el fin de A Palo Seko: nos estamos ganando a pulso irnos todos a tomar por culo, por méritos propios.

Aunque no nos cuente nada que no sepamos o que no podamos imaginarnos ya, Roger y yo cumple con su función. Desgraciadamente no servirá de nada, pero sería peor permanecer callado. Como película no llega a los niveles de Bowling for Columbine, el mejor trabajo de Michael Moore hasta la fecha, pero personalmente me ha gustado. A Michael Moore se le podrán echar en cara muchas cosas tal vez, pero creo que como cineasta y como activista es absolutamente necesario, a pesar de que muchos consideran “inofensivas” sus denuncias y le acusan de sacar tajada (y qué tajada) de lo que hace. Pero no llega a los niveles del imbécil de Bono (sí, el de U2) y al menos no calla, que es lo que deberíamos hacer todos para tratar de cambiar, un poco aunque fuese, esta mierda de sociedad que nos ha tocado padecer y que entre todos, con nuestra cobarde complacencia, hemos contribuido a crear.

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