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Kids

Publicado el sábado 28 abril 2018

Kids (1995)

Director: Larry Clarck
Interpretes: Leo Firtzpatrick, Justin Pierce, Chloe Sevigny.

“Soy muy cool
Doy por cool
Estoy un poco loco
¡Soy gilipollas!”

DAS POR COOL – Lehendakaris muertos

Siempre he comentado en esta web (y si no lo he hecho, pues lo hago ahora y punto) que si los 70 fueron años de “cine de autor” y los 80 años gloriosos para el “cine de palomitas”, los 90 fueron los años indiscutibles del “cine indie”. Películas como Clerks o Mi Idaho privado, así como festivales como el de Sundance, pusieron de moda el rollo ese de pillar por banda una cámara y rodar pelis “comprometidas” con cuatro cuartos. Es más: cuanto más “comprometida” fuese tu peli y menos dinero te hubieses gastado en ella (y por lo tanto, más tiñoso fuese su aspecto) mayores eran tus posibilidades de convertirte en icono. Ahí están para demostralo gentes como Kevin Smith o Robert Rodriguez. El problema es que con la deblacle posterior del cine comercial, lo “indie” pasó a convertirse en “cool” (así, literalmente). De ahí al gafapastismo y a la culturetada rancia que padecemos hoy en día sólo había un paso. Un fenómeno tan “costra” e intocable como la Monarquía española, y si no probad a meteros en un cine V.O. a ver cosas como las de ESTE SEÑOR, salid luego comentando que os han parecido un tostón pretencioso, y permaneced atentos a las miradas asesinas que os dedicará cierto sector del público asistente. Afortunadamente, no es éste el caso de KIDS.

Producida en plena efervescencia “indie” (1995) por Gus Van Sant, deidad del subgénero en ese momento, esta película se ha convertido con los años en un clásico de culto. Fue presentada en Sundance (¿dónde si no?) y los taimados hermanos Weinstein, dueños de Miramax, vieron el filón que supondría. Compraron los derechos de la cinta no sin antes crear una distribuidora “independiente”, para exhibirla a gran escala bajo el paraguas de Disney (a quién pertenecía Miramax) con una etiqueta de “peli independiente”, que le permitiese llegar al gran público sin ahuyentar por ello al público habitual de este tipo de películas, aunque tal etiqueta fuese ahora pura fachada. De paso no cabreaban a los jefes de Disney, quienes no querían ver su nombre asociado a una cinta tan dura, aunque no renunciaban a llevarse su tajada del pastel, desde luego. La jugada, como vemos, era redonda. Y salió redonda, hasta el punto de haberse convertido en una práctica habitual en nuestros días, con ejemplos como Entre copas o Pequeña Miss Sunshine.

Kids es un crudo retrato sobre la vida nihilista y amoral de un grupo de jóvenes neoyorkinos de clase baja. Rodada al más puro estilo “indie” (escaso presupuesto, cámara en mano, actores noveles, sin artificios de ninguna clase…) esta cinta golpeó las conciencias de muchos, y supuso un toque de atención a la juventud ante el peligro del SIDA y la promiscuidad sexual sin precauciones, lo cual no quiere decir que contenga un mensaje moralista y reaccionario ni mucho menos. La base argumental del guión es simple, pero está bien llevada y el ritmo no decae en ningún momento, logrando incluso crear una notable atmósfera de tensión y “mal rollo” que engancha a la pantalla. A ello también contribuyen las muy naturales interpretaciones de los actores. Particularmente la de Leo Fiztpatrick, absolutamente repulsivo en su papel de desvirgador “profesional” de jovencitas, una de esas interpretaciones rebeldes que tanto molan a los actores jóvenes.

Kids es la película que habría querido rodar Fernando León de Aranóa de haber tenido talento. Una película que no se anda por las ramas y dura como un puñetazo al estómago. Sin ser tampoco una maravilla de la ciencia, se puede ver (si no te repugna lo que vas a ver) y hace reflexionar a la vez que también entretiene, algo esto último que es lo mínimo exigible para cualquier película. Cosa ésta que olvidan muchos asiduos del cine iraní o del Dogma 95 ese, cuando te espetan en la cara lo inculto que eres por comprarte la edición especial de Abyss en DVD. Total, todo para encontrártelos luego en el tren leyendo el Que! y notar cómo se les pone la cara roja como un tomate cuando se dan cuenta de que les has “cazado”. Dime de qué presumes y te diré de lo que careces.

“INTERVENCIONES: SANTIAGO SIERRA
El artista organiza la lectura continuada en lengua árabe de una guía de teléfonos palestina. Una y otra vez a lo largo de 120 horas ininterrumpidas. Hasta el 21 de Noviembre. Galería Helga de Alvear (Doctor Fourquet, 12. 914680506. Metro Lavapiés)”.

Agenda Cultural – EL PAÍS DE LAS TENTACIONES (Fuente: Las Horas Perdidas – www.lashorasperdidas.com)

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Grizzly Man

Publicado el miércoles 25 abril 2018

Grizzly Man (2005)
Director: Werner Herzog
Intérpretes: Timothy Treadwell, Amie Huguenard, Willy Fulton, Sam Egli, Werner Herzog

Admito que llevaba mucho tiempo deseando ver Grizzly Man. En su momento me la perdí en el cine y le tenía ganas, del mismo modo que tenía ganas de escribir aquí algo sobre ella pese a que ya existe bastante material en la red, como este estupendo artículo de Las Horas Perdidas, y de que hace muy poco comentábamos otra cinta de Werner Herzog. Pero insisto: tenía ganas de hincarle el diente a Grizzly Man y comentar algo sobre ella, así que vamos allá.

Si la faceta de Werner Herzog como cineasta no es muy conocida entre el gran público, ni que decir tiene que menos conocida aun es su faceta como autor de documentales en la que, como no podía ser de otra forma, el alemán sigue mostrando esa querencia tan particular suya por retratar chalados. Esta vez no iba a ser menos, y el filme que nos ocupa desgrana la figura de Timothy Treadwell, un tipo cuyo amor enfermizo por los osos grizzlies (una subespecie de oso pardo particularmente agresiva) le llevó a convivir con ellos en Alaska durante trece veranos, hasta que un buen día éstos decidieron merendárselo junto con su novia, que le había acompañado en el que sería el último viaje para ambos.

Para realizar su tarea, el director se apoya en las grabaciones de video realizadas in situ por el propio Treadwell, hasta el punto de que, con excepción de partes puntuales y de la voz en off de Herzog, la película está montada prácticamente al completo sobre la base de ese material. Material que, dicho sea de paso, tiene escaso valor como documental de naturaleza, llamémoslo así. Básicamente se utiliza para hacer un autorretrato de la figura de Treadwell. Y como no podía ser de otro modo, el pobre hombre no es que salga precisamente muy bien parado. Este sea tal vez el punto fuerte del filme, pues Herzog se posiciona claramente a favor del protagonista y se puede decir que siente una extraña mezcla de admiración y lástima por él, pero tampoco impide en ningún momento que veamos la cruda realidad de un tipo que claramente no estaba muy en sus cabales. Hasta el punto de que, de no ser por el triste final que tuvo, se podría decir que era patéticamente gracioso. Una especie de Mr. Bean metido a naturalista del tres al cuarto.

El principal defecto de la película, que es el que por desgracia suele afectar a la filmografía de Herzog en general, es que es demasiado largo, con el agravante de que el personaje que aquí retrata no merece semejante desperdicio de metraje (una hora y cuarenta minutos), pues en circunstancias normales un tipo así no daría más que para un simple documental de media hora de duración o una mención de honor en la web de los Darwin Awards. De este modo, bastan los primeros treinta o cuarenta minutos para formarse una clara idea de quién era este tarado de Timothy Treadwell y para tener claro, pese a quién pese, que no era precisamente un alter-ego de Diane Fossey o de Rodríguez de la Fuente, si no un ex alcohólico y drogadicto al que en un momento dado se le cruzaron los cables, y decidió que unos bichardos de casi 500 kilos de peso capaces de partirte por la mitad de un zarpazo podían ser amiguetes suyos. Que lograse alcanzar cierta notoriedad mediática en lugar de ser amordazado de urgencia con una camisa de fuerza de siete cerrojos indica hasta qué punto algo no funciona en el mundo, y es que el “coolismo” que viene rodeando al rollo ese de la ecología desde hace unas décadas, puede ser tanto o más dañino que ir por ahí cazando y contaminando indiscriminadamente.

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Whisky Romeo Zulu

Publicado el sábado 21 abril 2018

Whisky Romeo Zulu (2004)

Director: Enrique Piñeyro

Intérpretes: Enrique Piñeyro, Mercedes Morán, Alejandro Awada, Adolfo Yanelli, Carlos Portaluppi.

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En 2008, el conocido como “accidente de Hispanair” volvió a poner en tela de juicio la seguridad en el terreno de la aviación civil. Las aerolíneas, acosadas por la competencia salvaje fruto del ultraliberalismo económico, la crisis global y los altos costes de explotación, atraviesan uno de sus momentos más críticos en décadas, y con semejante panorama la opinión pública comienza a recelar de un negocio que sólo es rentable cuando los aviones permanecen el mayor tiempo posible en el aire. Lo cierto es que hoy por hoy el avión es la forma más segura de viajar, merced entre otras cosas a unas severísimas normativas que regulan hasta los aspectos más insignificantes en el proceder de aparatos, técnicos y tripulaciones. Pero ¿qué ocurre cuando una compañía aérea, en connivencia con una autoridad corrompida, está dispuesta a saltarse las normas con tal de aumentar los beneficios?

Enrique Piñeyro es un tipo muy especial. Argentino nacido en Italia, apasionado por los aviones, estudió para galeno especializándose en medicina aeronáutica. Aquello le llevó a hacerse piloto y ser contratado por la aerolínea privada argentina LAPA, para la que trabajó durante once años hasta que decidió renunciar a su puesto, harto de las continuas irregularidades en las que incurría la compañía, y no sin antes advertir severamente a sus directivos lo que podría ocurrir si se mantenía aquella situación. Entretanto, Piñeyro hizo algunos pinitos como actor, y más tarde decidió ponerse tras la cámara para rodar un filme de denuncia sobre las situaciones que él mismo había vivido desde su puesto en LAPA.

Partiendo del accidente de un avión de LAPA, estrellado en pleno centro de Buenos Aires al intentar levantar el vuelo con una configuración de despegue equivocada, Whisky Romeo Zulu descubre una trama de negligencias y corruptelas a todos los niveles, sobradamente conocidas por todas las partes implicadas, pero aceptadas con tal de ganar dinero o mantener una parcela de poder. La seguridad del pasaje acaba por importar un pimiento y los pilotos, coaccionados por una empresa que les amenaza con el despido si no cumplen a rajatabla con su trabajo, acaban igualmente por tragar, aunque eso les suponga jugarse la vida en cada vuelo.

Autobiografía – ficción rodada con un estilo casi documental, Whisky Romeo Zulu sorprende por su calidad, sobre todo cuando su director deja claro en las entrevistas que lo suyo es pilotar, y que lo del cine es más bien un pasatiempo. Enrique Piñeyro trabajó en esta película al más puro estilo “chico para todo”: dirigió, produjo, escribió (con la ayuda de alguien más experimentado, eso sí) y hasta se reservó el papel principal, aunque no salga el primero en los créditos iniciales. El resultado es un filme rodado con profusión de planos cuya intención es la de meter de lleno al espectador en la acción, pero hecho con bastante cuidado por los detalles y una especial atención en dotar del máximo realismo a las escenas que transcurren dentro del avión pilotado por el protagonista. Por tanto no hay trucajes: lo que vemos es un avión de verdad, en el que se filma mientras está volando de verdad y pilotado por un auténtico profesional. Aquí no encontraremos ninguno de los “efectismos” tan típicos en cualquier película americana sobre aviones, y el lenguaje usado por las tripulaciones se ajusta totalmente a la realidad, sin giros ni explicaciones absurdas que nos hagan sentirnos como retrasados mentales. La intención del director de “meter a los espectadores dentro de la cabina de un avión real” constituye el aspecto más conseguido y espectacular de la película, incluso para los no aficionados al mundo de la aviación.

Como diría el gran Carlos Pumares, Whisky Romeo Zulu “está maja”, y más ateniéndonos a los medios disponibles y a la escasa experiencia cinematográfica de su autor. A muchos les sobra la parte del flashback que narra la infancia del protagonista, que ya puestos pone la primera piedra para la historia de amor del filme, pero yo creo que cumple con su función de explicar al espectador que ser piloto de aviación no es una profesión que se elige en un momento dado de la vida como cualquiera otra, si no una pasión que se lleva en la sangre. También para dejar claro que los sueños de la niñez pueden convertirse en pesadillas no pocas veces. Como actor Piñeyro no es Marlon Brando, eso está claro, pero no obstante interpreta su papel con dignidad. Y su película, pese a estar localizada en Argentina (país tristemente laminado por la cultura de la corrupción, el saqueo y la incompetencia) supone un serio aviso de algo que, tal y como está el percal ahora mismo, podría acabar pasando en cualquier parte. Eso si no está pasando ya.

Aquí os enlazo una entrevista a Enrique Piñeyro en la que nos cuenta detalles muy interesantes sobre la película.

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Delicias Turcas

Publicado el martes 17 abril 2018

Delicias Turcas
Turkish Fruits (1973)

Director: Paul Verhoeven
Interpretes: Rutger Hauer, Monique Van de Ven, Tonny Huurdeman, Win Van den Brink, Hans Boskamp

– ¿Qué es lo único que si se incluye en una película tiene el éxito asegurado?.
– ¡Tetas!.

Hacía tiempo que deseaba ver Delicias turcas, la película más conocida en la etapa holandesa de Paul Verhoeven, posterior autor de taquillazos como Robocop, Desafío total o Instinto básico. Me habían hablado mucho y bien de ella, durante años la más taquillera del cine holandés, prohibida en Inglaterra por “indecente” y nominada al Oscar como mejor película extranjera. Un día la encontré disponible en la biblioteca del barrio, y ni corto ni perezoso me la llevé a casa.

Verhoeven es un director al que le gusta la polémica. Estoy convencido de que el diálogo con el que he iniciado este texto (sacado en realidad de la genial Ed Wood de Tim Burton) estaba en la mente de este hombre al iniciar su carrera: “Si la armo bien con mis películas me voy a forrar”, se diría. Dicho y hecho, Delicias turcas responde a los cánones típicos en el cine del realizador holandés, donde abundan la carne y la sangre (de hecho, su primera película americana fue titulada así, Carne y sangre. En España se tituló Los señores del acero, con un par).

Pese a lo bien que me habían hablado de Delicias turcas, lo cierto es que a mí me pareció bastante decepcionante. Por momentos creí estar viendo algo como 9 songs o una del inefable Bigas Luna, en las que el “argumento” no es más que una excusa para sacar a relucir un amplio muestrario de peras y bacalao húmedo. El guión, basado en un popular libro (en Holanda) de un tal Jan Wolkers, está pésimamente desarrollado y tiene unos agujeros por los que cabría una tuneladora del Metro de Madrid, con momentos de surrealismo extremo como la presentación entre la pareja protagonista, más propia de una película porno (no pasan ni dos minutos de metraje y ya están follando, sin más) o el radical cambio de comportamiento de la madre de la chica para con su pareja, que pasa de tratarlo como basura en una escena a hacerlo como si fuese su propio hijo en otra dos pasos más allá. Hay secuencias que están insertadas con calzador, y de un modo tan brusco que inducen a confusión en el espectador. Un desastre.

Lo más interesante de este embrollo está en Rutger Hauer. Para el que nunca haya visto Delicias turcas o la postrera Los señores del acero (en donde realiza un papel bastante parecido) resultará chocante ver al mítico “replicante” de Blade Runner, actor fetiche de Verhoeven en sus primeros años, haciendo de “fuck machine” en el sentido más estricto del término, sacando a relucir su lado más gamberro y marrano (en todos los aspectos), aunque su actuación tampoco es que sea muy convincente que digamos.

En fin, que yo al menos me esperaba otra cosa. Se me hizo pesada, por momentos un plomo. Mi novia y yo nos partíamos de la risa imaginando lo que diría el personal más intelectualoide (que en no pocos casos habla bien de Delicias turcas) si esta misma película, idéntica, se hubiese rodado en la España del “destape” protagonizada por Nadiuska y Arturo Fernández. Tal vez mis expectativas eran demasiado altas para lo que luego esta cinta da de sí, no lo sé, pero para decir que es “The best Verhoeven movie ever” (cita textual de un espectador sacada de la IMDB) hay que tener unos huevos como melones de grandes.

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Encuentros en la tercera fase

Publicado el lunes 16 abril 2018

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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