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El síndrome de China

Publicado el Miércoles 28 julio 2010

The China syndrome (1979)

Director: James Bridges

Intérpretes: Jane Fonda, Jack Lemmon, Michael Douglas,  Scott Brady, James Hampton, Peter Donat

ESDCH

Hasta hace sólo unas pocas décadas, la profesión periodística gozaba de cierta pátina de respetabilidad social. Cierto que el periodismo basura ha existido desde siempre, pero los periodistas (o al menos algunos de ellos) eran considerados por buena parte de la ciudadanía como una suerte de línea defensiva ante los desmanes de gobiernos, empresas y gente poco recomendable en general. Hoy día, el corporativismo derivado de la globalización ha acarreado una creciente pérdida de credibilidad de los medios de comunicación, más palpable si cabe en el ámbito de la TV. En España el caso es particularmente crítico, pues las diversas estrategias de aborregamiento de masas puestas en marcha por la clase gobernante (independientemente de su signo político) han conseguido, entre otras cosas, que elementos como ESTEESTE o ESTE OTRO sean definidos como “periodistas” y que hasta se les otorguen premios y todo, cuando lo normal hubiera sido encajarlos a patadas en un vagón de ganado y despacharlos a un campo de trabajos forzados lo más rápidamente posible.

En Estados Unidos, país que siempre ha sido considerado como adalid de las libertades (también a la hora de ejercer el periodismo) la situación no es muy diferente. Aunque bien es cierto que veinte años de plagas bíblicas en forma de gobiernos ultraconservadores le han hecho mucha pupa al gremio (y lo que te rondaré morena), todavía es posible encontrar allí ejemplos de periodismo del bueno, en contra de la opinión de muchos de nuestros hintelektualez patrios, que consideran aquel lugar como una cueva poblada  casi exclusivamente por malvados ultraderechistas portadores de armas y paletos con lesión cerebral, por si fuera poco también portadores de armas. No obstante, basta ver una película como El síndrome de China para darse cuenta de cómo han cambiado las cosas (a peor, desde luego) en el transcurso de unas pocas décadas.

Porque a finales de los años 70 del siglo pasado, ser periodista en Estados Unidos molaba: significaba pertenecer a un poderoso y respetado “lobby” capaz de tumbar un gobierno si se daba la ocasión. El estallido del caso Watergate puso de moda al oficio y a sus oficiantes, y a remolque de ello surgieron, por supuesto, películas que serían completamente inviables en el mundo actual, donde se denuncian sin tapujos los turbios manejos de unas corporaciones cuyo único interés consiste en ganar dinero, sin importar para nada la seguridad o el bienestar de la sociedad en su conjunto. Los autores de El síndrome de China tomaron nota de la creciente pujanza del movimiento antinuclear para construir un potente trhiller, que sirvió para apuntalar la carrera de Michael Douglas como actor y productor. De paso, Michael tomó buena nota de una brillante idea paterna, y si Kirk Douglas había aprovechado el rodaje de Espartaco para rescatar del ostracismo (y a precio de saldo) al defenestrado Dalton Trumbo, su hijo haría lo propio con Jane Fonda, no muy bien considerada en su país desde que tuvo la genial ocurrencia de hacerle una visita a los herederos de Ho Chi Minh en plena guerra de Vietnam. En todo caso ambos están espléndidos, magníficamente acompañados por Jack Lemmon y por un brillante conjunto de secundarios de esos que “te suenan” de haberlos visto en muchas otras películas y series de TV, y que resultan solventes en casi cualquier circunstancia.

Estamos pues ante una película brillante, entretenida y plenamente válida en el actual contexto social, en el que los poderes políticos y mediáticos aparecen cada vez más supeditados al albedrío de unas corporaciones cada vez más poderosas. A este respecto es destacable la magnífica secuencia final, acompañada de unos créditos finales carentes de toda banda sonora. Un ejercicio de reflexión ahora que en ciertas esferas se vuelve a hablar de la necesidad de retomar la fisión nuclear como fuente de energía viable para el futuro. Y es que antes de hablar, personajes como ESTE deberían ver la película. Aunque supongo que eso no les haría cambiar de opinión, por supuesto.

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La Guerra de los Rose

Publicado el Lunes 8 marzo 2010

The War of the Roses (1989)

Director: Danny DeVito

Intérpretes: Michael Douglas, Kathleen Turner, Danny DeVito, Marianne Sägebrecht, Sean Astin, Heather Fairfield

Los años 80 fueron, indiscutiblemente, los mejores en la carrera del gran Danny DeVito. Este entrañable cómico encadenó una serie de éxitos como actor y director que lograron colocar su rechoncha figura entre lo más selecto y popular del panorama cinematográfico de entonces, destacando sobre todo su asociación con otros dos actores de postín: Michael Douglas y Kathleen Turner. Con ellos había participado en el pelotazo de Tras el Corazón Verde (1984) y la inferior, aunque entretenida, La Joya del Nilo (1985). Pero sería en La Guerra de los Rose, ya al final de la década, donde el trío logró los mejores resultados de su peculiar alianza, con DeVito dirigiendo el cotarro esta vez.

Tomando como base el texto original del novelista Warren Adler, un DeVito en plena forma dejó su impronta característica de humor negro y mala leche en la que sin duda es su mejor película como director. Porque si hay dos cosas que destaquen en esta película esas son el humor negro y la mala leche, que hacen acto de presencia desde los mismos créditos iniciales, secundados para la ocasión por una estupenda banda sonora. A partir de ahí lo que sigue es una corrosiva historia de amor y desamor por desgaste y pasotismo, cargada de misoginia (la mujer es retratada aquí como poco menos que una arpía despiadada) y que tira a dar contra los topicazos de las relaciones de pareja, que generalmente se muestran idílicas de puertas para afuera pero que, también generalmente, esconden más de una turbia realidad que sólo se muestra de puertas para adentro.

La Guerra de los Rose es una película muy divertida que en ciertos momentos recuerda a alguno de los mejores capítulos de Los Simpsons. No en vano el productor es James L. Brooks, el mismo de la afamada serie de dibujos animados. Aunque la segunda mitad del metraje sea la más entretenida por aquello de la “sucesión de putadas” que tiene lugar entre la pareja protagonista, quizás lo mejor esté en una primera parte más pausada pero que acumula algunas secuencias geniales, que ilustran maravillosamente cómo una pareja puede irse distanciando de forma lenta e inexorable, sin que los dos se den cuenta hasta que ya es demasiado tarde para arreglar nada.

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Avatar

Publicado el Martes 16 febrero 2010

Avatar (2009)

Director: James Cameron

Intérpretes:  Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Joel Moore, Giovanni Ribisi

Pocahontas contra los marines. Así rebautizaba Iván Reguera a Avatar en su extraordinario blog. Y no fue el único: desde el mismo momento en que pudieron verse las primeras escenas de la película en trailers y demás, Internet se convirtió en un hervidero donde cualquiera que creía tener un mínimo de conocimientos sobre cine ponía a parir a la cinta. Y el modo más fácil, obvio y evidente era cambiarle el nombre, pues su parecido con muchas películas anteriores a ella salta a la vista desde el punto de vista argumental.

Admito que se me hace difícil escribir algo que no se haya dicho ya sobre una película que, a día de hoy, está en boca de todo el mundo y todo el mundo ha visto. Estuve tentado de no hacer nada y esperar unos cuantos meses más, tal vez unos años, a que disminuyese la enorme expectación generada en torno a Avatar; la misma que me ha impedido ver la película en su formato nativo (en 3D) en dos ocasiones, tal es la avalancha de gente que acude aún a los cines, la cual hace imposible asistir a la proyección si no se reservan entradas una semana antes; la misma expectación que me ha obligado a verla en “formato plano” para poder generarme una opinión propia sobre el filme, al margen de los comentarios de otras personas y de todo lo que he leído sobre ella en la Red. Algo que dicho sea de paso es casi imposible: en cierto modo es como ser jurado popular en un caso de gran impacto mediático y tratar de dictar una sentencia justa, al margen de la presión de los medios y de la sociedad.

Porque si hay una palabra que defina Avatar en toda su extensión ésa es “hype”, palabro inglés cuyo uso y popularidad se han generalizado gracias a Internet, y más desde que se tuvieron noticias de que James Cameron ponía en marcha su nuevo proyecto. Cuando se dice de algo que tiene “hype” se dice que ese algo está generando una expectación inusitada a su alrededor, generalmente muy por encima de la que luego demuestra merecer. Generar expectación sobre algo para que luego ese algo se venda como rosquillas con independencia de su calidad, es un recurso tan viejo como el hombre. Ya saben lo que dicen: el buen vendedor es aquel capaz de vender algo que no existe. Ejemplos de esto en cine haberlos haylos, curiosamente casi siempre asociados al género de terror y a la ciencia ficción. Pero Avatar se ha llevado la palma de calle.

Reconozco que admiro enormemente a James Cameron. Será un cabrón de tomo y lomo, o al menos eso es lo que dice la mayoría de quienes le conocen en persona y han tenido la desgracia, según ellos, de trabajar con él. No será un gran director, ni desde luego un buen guionista; pero el tío ha demostrado a lo largo de su carrera que le sobran arrestos para levantar proyectos que otros directores, supuestamente mejores que él, ni siquiera se atreverían a plantearse. Y no sólo eso: el tío es capaz de cargar a sus espaldas con todo el trabajo que haga falta cargar, ponerlo a funcionar contra viento y marea, y hacer que el resultado final reviente las taquillas allá donde sea exhibido. En el cine contemporáneo ya no existe la gente así. Hay demasiado dinero en juego, demasiados intereses comerciales como para que nadie se atreva a asumir nuevos retos; siempre teniendo en cuenta las limitaciones de un mundo, el del cine, en el que  todo (o casi todo) está ya inventado desde los años cuarenta. En las últimas tres décadas, sólo el George Lucas de La Guerra de las Galaxias y el Spielberg de Tiburón se podrían aproximar a la figura de James Cameron, todo un experto en hacer cortes de mangas a los agoreros del fracaso en el cine. Avatar sería otro ejemplo de todo esto, aunque hay que reconocer que su proceso de producción no llegó a ser tan arriesgado y complejo como el de otras pesadillas anteriores del director, tal que Abyss o Titanic. El ordenador facilita mucho las cosas, Tito James no tiene un pelo de tonto, y antes de chasquear la primera claqueta de su último filme lo tenía todo atado y bien atado, hasta el punto de que costaba creer que una película tan cara pudiera ser un fracaso de taquilla, algo que por supuesto no ha ocurrido.

¿Y la peli? Pues bastante flojita, la verdad. Tal vez la más floja del repertorio de Cameron, excepción hecha de Piraña 2. Más que una peli en toda regla, Avatar es una demo de nuevas tecnologías aplicadas al cine, y la clara demostración de la tendencia actual del séptimo arte a poner el continente muy por encima del contenido. Porque Avatar es como si te regalan una caja vacía con un envoltorio precioso. Hay que reconocer que desde ese punto de vista es acojonante incluso en su “versión plana”, aunque su estética ultracolorista pueda ser tildada de “kitsch” en más de una ocasión. Pero no tiene más. Si desconectamos el cerebro antes de verla, Avatar puede que cumpla con su objetivo de entretener. De hecho entretiene, aunque sólo sea por los alardes técnicos de los que hace gala. Pero hace unos días, y sin ir más lejos, volví a verme Bailando con Lobos en su versión original y extendida (casi cuatro horas de vellón, oigan) y me atrevería a decir que mola bastante más, aun careciendo de tanta pijada hecha por ordenador.

Con todo, poner a caldo Avatar acusándola de ser “un refrito” no deja de ser un poco simplista a mi parecer, pues el cine actual (de los sesenta a esta parte, más o menos) es en sí mismo un continuo refrito. Ocurre periódicamente, siempre: algún listillo toma prestados elementos de aquí y de allá, los “refrita” con un poco de acierto y marca a una generación como el que marca al ganado. Sin ir más lejos, cuando La Guerra de las Galaxias comenzó a exhibirse en los cines le llovieron hondonadas de hostias por lo mismo que ahora le llueven a Avatar. Curiosamente son muchos los que ahora ponen a Cameron y a su película a caer de un burro, mientras se hacen pajas imaginándose a los jawas en pelotas. Y a estas alturas ya deberían  saber que  La Guera de las Galaxias no es más que Avatar con maquetas.

De todos modos me gustaría ser razonablemente optimista, porque la historia ya nos ha enseñado cual podría ser el paso siguiente. El cine ha combatido con explosiones tecnológicas sus diversas crisis en el correr de los tiempos. Estas explosiones han terminado pasando de moda, dando lugar a un nuevo interés por reconciliarse con el espectador a base de buenas historias, que es lo que debería ser la esencia de este negocio. Ocurrió en los sesenta, después de la moda de los formatos panorámicos y otras bobadas semejantes; ocurrió en los noventa, una vez agotada la veta del cine palomitero durante la década anterior. Ahora estoy a la espera de lo que pueda ocurrir en la actualidad, cuando se desinfle el “hype” del 3D. Ojalá los dueños del cotarro se den cuenta otra vez de que el negocio del cine es algo diferente al de un parque de atracciones, auque muy probablemente ya sea tarde para remediar nada.

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
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