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007 al servicio secreto de Su Majestad

Publicado el lunes 2 julio 2018

On Her Majesty’s secret service (1969)
Director: Peter Hunt
Intérpretes: George Lazenby, Diana Rigg, Telly Savalas, Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, Angela Scoular, Lois Maxwell

Admito que me gustan las películas de James Bond. Los casi 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.

En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.

A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de todo el oro el mundo. Desde luego él no era tonto: sabía que se lo jugaba todo en un envite en el que las posibilidades de éxito eran prácticamente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.

El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una “rara avis” que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción “We have all the time in the world”, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga. Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el “staff” técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.

Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, si no su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.

Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.

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La sombra del vampiro

Publicado el viernes 22 junio 2018

Shadow of the vampire (2000)

Director: Edmund Elias Merhige

Intérpretes: John Malkovich, Willem Dafoe, Udo Krier, Cary Elwess, Catherine McCormack

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¿Hasta qué punto estaría dispuesto un director de cine a jugarse todo con tal de rodar una obra maestra? ¿Hasta que punto sería capaz de arriesgar el cuello, literalmente, por convertir las áridas frases de un guión en poesía en movimiento?

Estamos en el año 1921. En medio de la delicadísima situación política y económica de la Alemania inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, hay sin embargo un hombre que no piensa ni en política ni en economía. Se trata de Friedrich Wilhelm Plumpe, más conocido como F.W. Murnau, uno de los mejores cineastas alemanes del momento. Enfrascado en pleno rodaje de su último proyecto, Nosferatu, una versión sin licencia del clásico de Bram Stoker Drácula, Murnau busca conseguir la mejor y más realista película de terror de todos los tiempos. Por ello no vacila en contratar los servicios de un enigmático individuo llamado Max Schreck para que interprete al Conde Orlock (Drácula). Schreck proviene del teatro y se ha forjado como actor bajo los auspicios del método Stanivslawski, que incita a los actores a vivir sus personajes más allá del escenario. Por ello nadie se extraña demasiado al verle paseándose por ahí caracterizado y comportándose como el malvado Orlock. Sin embargo, este oscuro personaje esconde un terrible secreto: Schreck es un vampiro de verdad, dispuesto a cobrarse el precio de su extraordinaria y realista interpretación en la sangre de los miembros del equipo de Murnau y especialmente de Greta, la bella y repelente protagonista femenina de la cinta.

La sombra del vampiro es una  mezcla de “biopic” y ficción que husmea en los hechos que rodearon la tortuosa génesis de Nosferatu, película que estuvo a punto de desaparecer bajo el dedo acusador de la iracunda viuda de Bram Stoker, la cual solicitó, a través de una orden judicial, que todas las copias del filme fuesen destruidas al haberse rodado sin adquirir los derechos de la novela en la que se inspira. Por fortuna la orden no fue respetada y Nosferatu sobrevivió, encumbrando a Murnau y convirtiéndose en una obra maestra del cine. La sombra del vampiro realiza un retrato de la atormentada personalidad de un genio como Murnau,  haciendo además una reflexión sobre la locura de la creación cinematográfica y la búsqueda de la perfección. Plantea de paso una curiosa pregunta: ¿y si Max Schreck hubiera sido en realidad un vampiro? El actor alemán era de hecho un ser bastante misterioso y cerrado en sí mismo, y no sería de extrañar que en más de una ocasión alguien del equipo de rodaje se plantease seriamente esa posibilidad, habida cuenta de su peculiar forma de ser.

La idea de realizar La sombra del vampiro partió del guionista Steven Katz, quién hasta ese momento solo tenia en sus créditos el guión de un episodio de la serie televisiva De la Tierra a la Luna. Presentado el susodicho guión al popular Nicholas Cage, gran aficionado al cine clásico, éste se decidió a producirlo. La película se rodó en localizaciones de Luxemburgo y con un presupuesto de unos escasos ocho millones de dólares USA. Ello no fue obstáculo para que una serie de grandes estrellas de Hollywood como Willem Dafoe o John Malkovich aceptasen participar en el rodaje.

La cinta que nos ocupa se sustenta sobre cuatro pilares básicos. Los dos primeros son las interpretaciones de los dos protagonistas principales. Malkovich, excelente como siempre, encarna a un Murnau colérico y enloquecido por el cine, drogadicto y sexualmente ambiguo. Willem Dafoe está casi genial en la piel de Schreck / Orlock, irreconocible gracias al excelente trabajo del equipo de maquilladores, que constituye el tercer pilar. El restante pertenece a la estupenda fotografía obra del novato Lou Bogue. Oscura y siniestra, roza la perfección durante las escenas filmadas en blanco y negro.

Con todo, La sombra del vampiro también tiene sus peros, y el mayor de todos es el final. Alocadísimo y pasado de rosca, arruina la película casi irremediablemente. Hasta entonces el invento se sostiene bien, queda majo y tiene algún momento notable. Pero ese final no hay por dónde cogerlo, oigan. Si a eso le unimos la peligrosa tendencia a sobreactuar del bueno de Willem Dafoe, el resultado puede ser de chiste. La tarde en que acudí a ver la película, recién estrenada entonces, el comentario casi unánime entre los que estábamos en la sala (a todo esto entre risas) era “parece Chiquito de La Calzada, ¡jarl”. A buen entendedor pocas palabras bastan.

De todas maneras, esto no impide considerar La sombra del vampiro como una cinta interesante. Todo un homenaje a un momento de la historia en el que el cine era una labor de pioneros, casi de titanes, mezcla de ciencia de bata blanca y arte. Una labor muy alejada del carácter de negocio que ahora tiene, casi siempre, nuestro amado séptimo arte.

Hacer una película es como intentar escribir “Guerra y Paz” en el coche de choque de un parque de atracciones (Stanley Kubrick).

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Help!

Publicado el sábado 16 junio 2018

Help! (1965)

Director: Richard Lester

Intérpretes: The Beatles (John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr), Leo McKern, Eleanor Bron, Victor Spinetti, Roy Kinnear

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Llegado 1965, la Beatlemanía estaba en su máximo apogeo, aunque no eran muchos los conscientes de la importancia capital que, para la música popular, tenía lo que estaban viviendo. Por aquel entonces, la mayoría de la población veía a los Beatles como una especie de “boy band” al estilo de las que se pondrían de moda en los años 90, salvando las distancias. Una moda pasajera liderada por una cuadrilla de melenudos, con poco que ofrecer más allá de su capacidad para provocar incidentes allí donde osaran hacer acto de presencia, soliviantando a la iletrada y asilvestrada juventud que escuchaba sus demoníacos discos. Como tal moda eran vistos hasta por miembros de su propio entorno, que se aprestaron a exprimir la gallina de los huevos de oro mientras fuera rentable. Los Beatles no paraban de currar, dando rienda suelta a su talento en discos primero y en películas después. Un año antes, en 1964, la banda había rodado su primer largometraje, Qué noche la de aquel día, con un notable éxito tanto de crítica como de público. Aquello animó a los tipos que dirigían la “Beatleindustria” a repetir la fórmula reuniendo al mismo equipo responsable del primer filme. El resultado sería Help!

Rodada con algo más de tiempo y presupuesto que en el caso de Qué noche la de aquel día (aquella película se rodó a toda hostia para rentabilizar al máximo el “boom” del fenómeno Beatles), en Help! se buscó sacar partido de la fama de cachondos e irreverentes que tenían los cuatro de Liverpool (particularmente John y Ringo) para mostrarlos como una especie de hermanos Marx del pop, tal como señalaba Agustín Sánchez Vidal en el artículo que reprodujimos hace un tiempo. Por tanto la película se caracteriza por el absurdo y el surrealismo que rodea a muchas situaciones, en consonancia con la forma de ser del director, Dick Lester, y de los propios Beatles. El sentido del humor que todos compartían junto con buenas dosis de “maría”, pan de cada día en el plató, contribuyo a hacer más distendido el ambiente en un rodaje problemático, principalmente a causa de las premuras de tiempo impuestas por los productores, los caprichos de éstos y de Brian Epstein (suya fue la idea de obligar al equipo a desplazarse a Nassau para rodar algunas secuencias) y el inmisericorde acoso de los fans, que obligaba a suspender el rodaje más de una vez.

El resultado de todo esto no puede calificarse como demasiado brillante. Dado que no era posible repetir el esquema pseudo documental de Qué noche la de aquel día, para Help! se hizo un guión más tradicional, con un argumento en el que una secta hindú adoradora de la diosa Khali persigue a Ringo para arrebatarle un anillo sagrado. Pero los Beatles no eran actores ni mucho menos (menos aún bajo los efectos de la marihuana) y el guión forzaba muchas de las situaciones de supuesta comedia, que vistas hoy casi producen vergüenza ajena en más de una ocasión. De esta forma, la película queda reducida a un vehículo para justificar la presencia de los Fab Four en cada plano, dado que para eso se montó este tinglado: para dar a su público objetivo lo que quería y, ya puestos, hacer negocio a cambio.

El mayor mérito cinematográficamente hablando lo tiene Richard Lester, un buen director que saca todo el partido posible de lo que tiene entre manos, haciendo uso de buenas ideas para presentar una especie de cómic con una estética muy colorista y desenfadada, fiel reflejo de la juventud del momento que vivía sus esperanzas de cambio social inmersa en el pop art y a las puertas de la psicodelia y del hippismo. Respecto a la música huelga decir nada, por supuesto, aunque resulta curioso que ésta no sea protagonista de la película tal y como uno podría imaginarse inicialmente. De hecho, sólo aparece un puñado de canciones del disco que en teoría se presenta como la banda sonora del filme (por citar sólo un ejemplo, Yesterday no aparece por ningún lado). Además las secuencias en que los Beatles interpretan sus temas están insertadas con calzador dentro del metraje, lo que produce una sensación cuanto menos extraña. Eso sí: dichas secuencias están generalmente muy bien rodadas, con un estilo dinámico y rompedor para su tiempo que preludiaba lo que luego serían los archiconocidos videoclips. De hecho, muchos años después la propia MTV bautizaría a Dick Lester como el padre del género, a lo que el realizador, fiel a su estilo, respondió enviando una carta a los jefes de la cadena exigiendo que se sometieran a una prueba de paternidad. Genio y figura, vaya.

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El cazador

Publicado el viernes 15 junio 2018

El Cazador
The Deer Hunter (1978)

Director: Michael Cimino
Interpretes: Robert De Niro, Meryl Streep, Christopher Walken

Siempre me he referido a los 70 como “los años italianos de Hollywood”. Durante aquellos tiempos, una nueva hornada de talentos de origen o ascendencia transalpina colocaron una pica en la Meca del cine con sus novedosas y, en ocasiones, transgresoras ideas. Gentes como Sorsese, Coppola, De Niro o Storaro ayudaron a hacer de aquella década la última verdaderamente grande en la historia del cine norteamericano. Pero de todos ellos fue Michael Cimino, el “enfant terrible” de aquella banda de italianos dispuesta a comerse el mundo con celuloide, el que tuvo más huevos que todos atreviéndose a estrenar, cuando no habían pasado ni tres años desde el fin del conflicto, una película sobre la traumática experiencia americana en Vietnam y sus horribles consecuencias, en lo que figura hasta ahora como la única derrota militar sufrida por Estados Unidos en toda su historia.

Llevar a la pantalla un guión sobre un grupo de amigos que ve sus vidas truncadas por la insensatez de una guerra absurda no resultó fácil. Los remilgos que provocaba un proyecto como este en la nación de las barras y estrellas, donde Vietnam era en ese momento un tema tabú para muchos, obligaron a Cimino a buscar apoyo financiero en la mítica EMI británica. El director contó para la ocasión con un auténtico repartazo, plagado de actores en la cima de su carrera o disparados de camino a ella, y no desaprovechó la oportunidad para sacar todo el jugo posible de ellos brindándonos unas actuaciones sublimes, comenzando por un sensacional (como casi siempre) Robert De Niro, pasando por Christopher Walken (Oscar al mejor actor secundario) y terminando en John Cazale, el inolvidable Fredo de El Padrino, que tuvo que rodar sus escenas en primer lugar y a toda prisa porque se moría de cáncer. Falleció poco después de terminar el rodaje en brazos de Meryl Strep, de quien se había enamorado y que cuidó de él en sus últimos momentos.

El cazador pasa por ser la mejor película jamás filmada sobre la guerra del Vietnam junto con Apocalypse now (curiosamente obra de otro miembro de aquella quinta de genios ítalo-americanos: Coppola). Aunque sus detractores la tachan de oportunista y de excesivamente larga, lo cierto es que su calidad está fuera de toda duda, y dejó escenas (como las del cautiverio en Vietnam o aquellas de Christopher Walken jugando a la ruleta rusa como si tal cosa) dignas de figurar en los anales del cine por su impecable factura y brutal crudeza, aspecto este último insólito para la época, y que hoy en día continúa siendo absolutamente impactante. El éxito de la cinta fue espectacular, y confirmó al director y a su joven reparto entre las estrellas más rutilantes de lo que se llamó el “nuevo Hollywood”. El cazador se erigió así como uno de los filmes emblemáticos de los 70.

Es una pena que Cimino la cagase (y de qué forma) con La puerta del cielo. Cimino, como Coppola, acabó siendo víctima de de su megalomanía y su ego superlativo. Aquel desastre de proporciones bíblicas (atribuible también en parte a la United Artist, que mutiló la película de un modo salvaje) acabó con la libertad creativa y el poder que hasta entonces habían gozado los directores en los grandes estudios, y condenó al ostracismo a un hombre que prometía darnos magnificas muestras de cine, cuya carrera jamás se recuperó de semejante varapalo. A fin de cuentas Hollywood no es España: aquello, pese a quién pese, es un tinglado serio; un negocio en el que los “genios” y los que se pasan de listos no tienen cabida por mucho nombre o talento que tengan. Y quien juega a ser Dios con el dinero de los inversores y mete el cuezo hasta el fondo sabe a lo que se expone…

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El hombre que pudo reinar

Publicado el lunes 21 mayo 2018

El hombre que pudo reinar
The man who would be king (1975)

Director: John Huston
Intérpretes: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, Karroom Ben Bouih

elhombrequepudoreinar.jpg“Si John Ford fuese un dios o un rey, Orson Welles y John Huston estarían a su lado en el trono”. Tan contundente frase la dijo un amigo mío cuando, hace ya muchos años, asistimos a una retrospectiva que sobre Ford se organizaba en el Cine Doré de Madrid. Puede que alguno considere esta afirmación algo exagerada (aunque el mismo Welles solía decir que los tres mejores directores de la historia del cine habían sido John Ford, John Ford y John Ford), pero lo cierto es que estos tres hombres sean tal vez los más prominentes talentos de la época clásica de Hollywood, que engloba aproximadamente las décadas que van desde 1930 a 1960. Con la muerte de Huston, ocurrida en 1987, se cerraba para siempre una etapa en la que creadores rebosantes de talento, egocéntricos, tozudos y rebeldes estuvieron a punto de apoderarse de la Meca del cine. Para entonces todo había cambiado: chupatintas y picapleitos eran ahora los dueños del chiringuito. Definitivamente los locos se habían hecho con el control del manicomio, y las consecuencias las estamos pagando ahora todos los amantes del buen cine.

En los años 70, cuando Hollywood aun producía algo más que videojuegos filmados o videoclips de dos horas, John Huston era una especie de icono viviente. Muerto John Ford, con Orson Welles defenestrado desde hacía años a causa de sus “delirios artísticos” y sus enfrentamientos con la industria, y con la mayoría de sus coetáneos en vías de retirarse o directamente retirados, Huston era el único de los directores del “Hollywood clásico” que mantenía una carrera regular y estable, aunque había quienes consideraban que su mejor momento había pasado. Demostrando lo equivocados que estaban, fue entonces cuando aquel borrachín irlandés se destapó con una película que merece estar sin duda entre las mejores de su director.

El hombre que pudo reinar debería exhibirse en las escuelas de cine como clara demostración de lo factible que es hacer una buena película de aventuras sin necesidad de caer en las necedades del cine comercial-basura moderno. Aquí no hay grandes batallas en abismos perdidos generados por ordenador, ni violencia gratuita, ni sesiones de fuegos de artificio camuflados como explosiones, pero la esencia de la palabra “aventura” se palpa por doquier.

El hombre que pudo reinar es una adaptación de un relato de Rudyard Kipling situado en la época Victoriana, sobre dos truhanes que abandonan el ejército británico de la India para buscar fortuna fácil en un inhóspito y lejano país. El problema surge cuando uno de ellos termina creyéndose un dios, con consecuencias imprevisibles. Para rodar la película, Huston se trasladó a Marruecos con un equipo y un presupuesto relativamente reducidos, pero tenía dos ases en la manga para sacar adelante un excelente trabajo: si Michael Caine está espléndido, Sean Connery consiguió, gracias a su labor en el filme, desligarse definitivamente del corsé de James Bond en el que estaba metido. Con un papel nada fácil de interpretar y lleno de sutiles matices, el escocés demostró que podía ser mucho más que el espigado 007. También destacable es la aparición de Karroom Ben Bouih, un hombre que se estrenaba en el cine con 103 años interpretando el papel del sumo sacerdote, y que probablemente sea el actor novel más anciano que nunca se haya puesto delante de una cámara. Además no lo hace nada mal, notándose la inigualable “mano” que tenía Huston en la dirección de actores.

Definitivamente estamos ante una película de aventuras “de las de antes”, que puede que no atraiga a una juventud demasiado acostumbrada ya a Vin Diesel, pero que demuestra que el cine bien hecho y entretenido lo sigue siendo ahora y siempre, por mucho que haya gente empeñada en vender DOOM como “una película de aventuras en toda regla”. Tócate los pies.

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