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La sombra del vampiro

Publicado el Martes 22 Diciembre 2009

Shadow of the vampire (2000)

Director: Edmund Elias Merhige

Intérpretes: John Malkovich, Willem Dafoe, Udo Krier, Cary Elwess, Catherine McCormack

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¿Hasta qué punto estaría dispuesto un director de cine a jugarse todo con tal de rodar una obra maestra? ¿Hasta que punto sería capaz de arriesgar el cuello, literalmente, por convertir las áridas frases de un guión en poesía en movimiento?

Estamos en el año 1921. En medio de la delicadísima situación política y económica de la Alemania inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, hay sin embargo un hombre que no piensa ni en política ni en economía. Se trata de Friedrich Wilhelm Plumpe, más conocido como F.W. Murnau, uno de los mejores cineastas alemanes del momento. Enfrascado en pleno rodaje de su último proyecto, Nosferatu, una versión sin licencia del clásico de Bram Stoker Drácula, Murnau busca conseguir la mejor y más realista película de terror de todos los tiempos. Por ello no vacila en contratar los servicios de un enigmático individuo llamado Max Schreck para que interprete al Conde Orlock (Drácula). Schreck proviene del teatro y se ha forjado como actor bajo los auspicios del método Stanivslawski, que incita a los actores a vivir sus personajes más allá del escenario. Por ello nadie se extraña demasiado al verle paseándose por ahí caracterizado y comportándose como el malvado Orlock. Sin embargo, este oscuro personaje esconde un terrible secreto: Schreck es un vampiro de verdad, dispuesto a cobrarse el precio de su extraordinaria y realista interpretación en la sangre de los miembros del equipo de Murnau y especialmente de Greta, la bella y repelente protagonista femenina de la cinta.

La sombra del vampiro es una  mezcla de “biopic” y ficción que husmea en los hechos que rodearon la tortuosa génesis de Nosferatu, película que estuvo a punto de desaparecer bajo el dedo acusador de la iracunda viuda de Bram Stoker, la cual solicitó, a través de una orden judicial, que todas las copias del filme fuesen destruidas al haberse rodado sin adquirir los derechos de la novela en la que se inspira. Por fortuna la orden no fue respetada y Nosferatu sobrevivió, encumbrando a Murnau y convirtiéndose en una obra maestra del cine. La sombra del vampiro realiza un retrato de la atormentada personalidad de un genio como Murnau,  haciendo además una reflexión sobre la locura de la creación cinematográfica y la búsqueda de la perfección. Plantea de paso una curiosa pregunta: ¿y si Max Schreck hubiera sido en realidad un vampiro? El actor alemán era de hecho un ser bastante misterioso y cerrado en sí mismo, y no sería de extrañar que en más de una ocasión alguien del equipo de rodaje se plantease seriamente esa posibilidad, habida cuenta de su peculiar forma de ser.

La idea de realizar La sombra del vampiro partió del guionista Steven Katz, quién hasta ese momento solo tenia en sus créditos el guión de un episodio de la serie televisiva De la Tierra a la Luna. Presentado el susodicho guión al popular Nicholas Cage, gran aficionado al cine clásico, éste se decidió a producirlo. La película se rodó en localizaciones de Luxemburgo y con un presupuesto de unos escasos ocho millones de dólares USA. Ello no fue obstáculo para que una serie de grandes estrellas de Hollywood como Willem Dafoe o John Malkovich aceptasen participar en el rodaje.

La cinta que nos ocupa se sustenta sobre cuatro pilares básicos. Los dos primeros son las interpretaciones de los dos protagonistas principales. Malkovich, excelente como siempre, encarna a un Murnau colérico y enloquecido por el cine, drogadicto y sexualmente ambiguo. Willem Dafoe está casi genial en la piel de Schreck / Orlock, irreconocible gracias al excelente trabajo del equipo de maquilladores, que constituye el tercer pilar. El restante pertenece a la estupenda fotografía obra del novato Lou Bogue. Oscura y siniestra, roza la perfección durante las escenas filmadas en blanco y negro.

Con todo, La sombra del vampiro también tiene sus peros, y el mayor de todos es el final. Alocadísimo y pasado de rosca, arruina la película casi irremediablemente. Hasta entonces el invento se sostiene bien, queda majo y tiene algún momento notable. Pero ese final no hay por dónde cogerlo, oigan. Si a eso le unimos la peligrosa tendencia a sobreactuar del bueno de Willem Dafoe, el resultado puede ser de chiste. La tarde en que acudí a ver la película, recién estrenada entonces, el comentario casi unánime entre los que estábamos en la sala (a todo esto entre risas) era “parece Chiquito de La Calzada, ¡jarl”. A buen entendedor pocas palabras bastan.

De todas maneras, esto no impide considerar La sombra del vampiro como una cinta interesante. Todo un homenaje a un momento de la historia en el que el cine era una labor de pioneros, casi de titanes, mezcla de ciencia de bata blanca y arte. Una labor muy alejada del carácter de negocio que ahora tiene, casi siempre, nuestro amado séptimo arte.

Hacer una película es como intentar escribir “Guerra y Paz” en el coche de choque de un parque de atracciones (Stanley Kubrick).

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Hooligans

Publicado el Miércoles 16 Diciembre 2009

Green Street Hooligans (2005)

Director: Lexi Alexander

Intérpretes: Elijah Wood, Charlie Hunnam, David Alexander, Geoff Bell, Claire Forlani

Es curioso el efecto que la violencia ejerce sobre las personas. A la gran mayoría les asusta, pero no pueden evitar una cierta fascinación por ella. La violencia genera miedo hacia quienes la ejercen de forma contundente. No pocas veces, y aunque no queramos reconocerlo, el miedo genera respeto. Y el respeto es poder. Ganarse el respeto de los demás utilizando un recurso tan primario como el de la violencia puede resultar reprobable, pero como animales que somos a fin de cuentas, si pretendemos llamar la atención a veces se logra mayor efecto si para ello utilizamos un mazo de hierro en lugar de una palmada en la espalda. Por eso la gente se siente tan fascinada por los grupos ultras de fútbol. Por eso los filmes y reportajes basados en estos grupos, tan visibles pero a la vez tan ocultos, llaman tanto la atención. Y si da la casualidad de que están bien hechos pues miel sobre hojuelas, oiga.

Hooligans cuenta la historia de un chaval americano de buena familia expulsado de Harvard, que durante un viaje a Londres para visitar a su hermana entabla amistad con el jefón de un grupo de seguidores radicales del West Ham United, sumergiéndose en una aventura que cambiará su vida, pero con consecuencias imprevisibles.

En contra de lo que podría esperarse a tenor de su limitada distribución (en la mayoría de países donde se estrenó lo hizo directamente en DVD, y en aquellos donde lo hizo en pantalla grande sólo se exhibió en un puñado de salas) la peli que nos ocupa está bien. No es una obra de arte, por supuesto, pero tiene cualidades suficientes para agradar, entretiene y deja un hueco para la reflexión, algo que no se puede decir de la mayoría del cine actual. Lo que más sorprende es asistir a la digievolución de Elijah Wood, que de apocado y asustadizo joven (su papel de siempre, vaya) pasa  a convertirse progresivamente en uno de los seguidores más radicales y violentos de los “Hammers”, repartiendo mantas de hostias como el que reparte propaganda por la calle. Sólo por eso ya merece la pena echarle un vistazo a este tinglado. Aunque personalmente me quedo con Charlie Hunndam, en un papel de mamonazo radikal, pero tan  carismático que acaba por hacerse adorable y todo. Será debido a la cosa esa de la atracción por la violencia que todos tenemos en mayor o menor grado…

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El síndrome de China

Publicado el Martes 17 Noviembre 2009

The China syndrome (1979)

Director: James Bridges

Intérpretes: Jane Fonda, Jack Lemmon, Michael Douglas,  Scott Brady, James Hampton, Peter Donat

ESDCH

Hasta hace sólo unas pocas décadas, la profesión periodística gozaba de cierta pátina de respetabilidad social. Cierto que el periodismo basura ha existido desde siempre, pero los periodistas (o al menos algunos de ellos) eran considerados por buena parte de la ciudadanía como una suerte de línea defensiva ante los desmanes de gobiernos, empresas y gente poco recomendable en general. Hoy día, el corporativismo derivado de la globalización ha acarreado una creciente pérdida de credibilidad de los medios de comunicación, más palpable si cabe en el ámbito de la TV. En España el caso es particularmente crítico, pues las diversas estrategias de aborregamiento de masas puestas en marcha por la clase gobernante (independientemente de su signo político) han conseguido, entre otras cosas, que elementos como ESTEESTE o ESTE OTRO sean definidos como “periodistas” y que hasta se les otorguen premios y todo, cuando lo normal hubiera sido encajarlos a patadas en un vagón de ganado y despacharlos a un campo de trabajos forzados lo más rápidamente posible.

En Estados Unidos, país que siempre ha sido considerado como adalid de las libertades (también a la hora de ejercer el periodismo) la situación no es muy diferente. Aunque bien es cierto que veinte años de plagas bíblicas en forma de gobiernos ultraconservadores le han hecho mucha pupa al gremio (y lo que te rondaré morena), todavía es posible encontrar allí ejemplos de periodismo del bueno, en contra de la opinión de muchos de nuestros hintelektualez patrios, que consideran aquel lugar como una cueva poblada  casi exclusivamente por malvados ultraderechistas portadores de armas y paletos con lesión cerebral, por si fuera poco también portadores de armas. No obstante, basta ver una película como El síndrome de China para darse cuenta de cómo han cambiado las cosas (a peor, desde luego) en el transcurso de unas pocas décadas.

Porque a finales de los años 70 del siglo pasado, ser periodista en Estados Unidos molaba: significaba pertenecer a un poderoso y respetado “lobby” capaz de tumbar un gobierno si se daba la ocasión. El estallido del caso Watergate puso de moda al oficio y a sus oficiantes, y a remolque de ello surgieron, por supuesto, películas que serían completamente inviables en el mundo actual, donde se denuncian sin tapujos los turbios manejos de unas corporaciones cuyo único interés consiste en ganar dinero, sin importar para nada la seguridad o el bienestar de la sociedad en su conjunto. Los autores de El síndrome de China tomaron nota de la creciente pujanza del movimiento antinuclear para construir un potente trhiller, que sirvió para apuntalar la carrera de Michael Douglas como actor y productor. De paso, Michael tomó buena nota de una brillante idea paterna, y si Kirk Douglas había aprovechado el rodaje de Espartaco para rescatar del ostracismo (y a precio de saldo) al defenestrado Dalton Trumbo, su hijo haría lo propio con Jane Fonda, no muy bien considerada en su país desde que tuvo la genial ocurrencia de hacerle una visita a los herederos de Ho Chi Minh en plena guerra de Vietnam. En todo caso ambos están espléndidos, magníficamente acompañados por Jack Lemmon y por un brillante conjunto de secundarios de esos que “te suenan” de haberlos visto en muchas otras películas y series de TV, y que resultan solventes en casi cualquier circunstancia.

Estamos pues ante una película brillante, entretenida y plenamente válida en el actual contexto social, en el que los poderes políticos y mediáticos aparecen cada vez más supeditados al albedrío de unas corporaciones cada vez más poderosas. A este respecto es destacable la magnífica secuencia final, acompañada de unos créditos finales carentes de toda banda sonora. Un ejercicio de reflexión ahora que en ciertas esferas se vuelve a hablar de la necesidad de retomar la fisión nuclear como fuente de energía viable para el futuro. Y es que antes de hablar, personajes como ESTE deberían ver la película. Aunque supongo que eso no les haría cambiar de opinión, por supuesto.

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La vida de los otros

Publicado el Viernes 6 Noviembre 2009

Das leben der anderen (2006)

Director: Florian Henckel-Donnersmarck

Intérpretes: Ulrich Mühe, Martina Gedeck, Sebastian Koch, Ulrich Tukur, Thomas Thieme

la vida de los otrosAhora que se cumplen veinte años desde la caída del “Muro de Protección Antifascista”, pomposa denominación con la que las autoridades de Alemania Oriental se referían al Muro de Berlín, tal vez sea el momento idóneo para echarle un vistazo a la película sobre la que nos vamos a referir a continuación. Si ya la han visto, para volver a verla una vez más; y si no la han visto todavía… ya están tardando, oigan.

Porque me atrevería afirmar sin ningún temor que La vida de los otros es una de las mejores películas jamás rodadas durante esta primera y sombría década del Siglo XXI que ahora se acaba, y quizás la que mejor retrata cómo era la vida en aquella arcadia comunista surgida de las cenizas del Tercer Reich que fue la RDA. Un país gobernado con mano de hierro gracias al control que, sobre sus ciudadanos y todas las actividades que éstos realizaban, ejercía la organización más orwelliana que nunca haya existido hasta ahora sobre la faz de la tierra: la temible policía política de Alemania Oriental, más conocida como “Stasi”. Por tanto no es casualidad que la película esté ambientada de forma simbólica en 1984, en un momento en que la Guerra Fría se había recrudecido peligrosamente y el “Muro de la vergüenza” simbolizaba más que nunca la división del planeta en dos bloques antagónicos. Nadie podía imaginar por aquel entonces que, sólo unos pocos años después, la Perestroika de Gorbachov acabaría por dinamitar la más estalinista de las democracias populares, cuyo fin sería la antesala de un mundo completamente distinto al que habíamos conocido durante cuarenta años.

La vida de los otros demuestra una vez más que no es necesario un derroche de medios para crear una película extraordinaria, si tras ella hay gente con talento respaldada por una buena historia. El bajo presupuesto de la cinta no es obstáculo para que brillen con luz propia detalles como la ambientación, que con el apoyo de una estupenda fotografía se encarga de mostrarnos con toda su crudeza el ambiente gris y opresivo del triste Berlín comunista, extensible por ende a toda la RDA. Si a esto le unimos unos actores estupendos (en particular el protagonista, Ulrich Mühe, que se sale por momentos), una dirección que es más que correcta y un guión sólido como un bloque de granito a la par que emocionante y entretenido, el resultado no puede ser otro: peliculón, hablando en palabras lisas y llanas. Hasta la música está conseguida, y pese a ser algo sucinta pone su granito de arena a la hora de hacer más emocionante el visionado.

No hace falta decir mucho más. Uno de los mejores exponentes de la explosión cultural vivida por Alemania en los veinte años transcurridos desde la caída del Muro y la reunificación, que entre otras cosas nos ha brindado muy buenas películas. Comenzando por esta, sin ir más lejos.

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
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