archivos Leo

El hombre que pudo reinar

Publicado el lunes 21 mayo 2018

El hombre que pudo reinar
The man who would be king (1975)

Director: John Huston
Intérpretes: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, Karroom Ben Bouih

elhombrequepudoreinar.jpg“Si John Ford fuese un dios o un rey, Orson Welles y John Huston estarían a su lado en el trono”. Tan contundente frase la dijo un amigo mío cuando, hace ya muchos años, asistimos a una retrospectiva que sobre Ford se organizaba en el Cine Doré de Madrid. Puede que alguno considere esta afirmación algo exagerada (aunque el mismo Welles solía decir que los tres mejores directores de la historia del cine habían sido John Ford, John Ford y John Ford), pero lo cierto es que estos tres hombres sean tal vez los más prominentes talentos de la época clásica de Hollywood, que engloba aproximadamente las décadas que van desde 1930 a 1960. Con la muerte de Huston, ocurrida en 1987, se cerraba para siempre una etapa en la que creadores rebosantes de talento, egocéntricos, tozudos y rebeldes estuvieron a punto de apoderarse de la Meca del cine. Para entonces todo había cambiado: chupatintas y picapleitos eran ahora los dueños del chiringuito. Definitivamente los locos se habían hecho con el control del manicomio, y las consecuencias las estamos pagando ahora todos los amantes del buen cine.

En los años 70, cuando Hollywood aun producía algo más que videojuegos filmados o videoclips de dos horas, John Huston era una especie de icono viviente. Muerto John Ford, con Orson Welles defenestrado desde hacía años a causa de sus “delirios artísticos” y sus enfrentamientos con la industria, y con la mayoría de sus coetáneos en vías de retirarse o directamente retirados, Huston era el único de los directores del “Hollywood clásico” que mantenía una carrera regular y estable, aunque había quienes consideraban que su mejor momento había pasado. Demostrando lo equivocados que estaban, fue entonces cuando aquel borrachín irlandés se destapó con una película que merece estar sin duda entre las mejores de su director.

El hombre que pudo reinar debería exhibirse en las escuelas de cine como clara demostración de lo factible que es hacer una buena película de aventuras sin necesidad de caer en las necedades del cine comercial-basura moderno. Aquí no hay grandes batallas en abismos perdidos generados por ordenador, ni violencia gratuita, ni sesiones de fuegos de artificio camuflados como explosiones, pero la esencia de la palabra “aventura” se palpa por doquier.

El hombre que pudo reinar es una adaptación de un relato de Rudyard Kipling situado en la época Victoriana, sobre dos truhanes que abandonan el ejército británico de la India para buscar fortuna fácil en un inhóspito y lejano país. El problema surge cuando uno de ellos termina creyéndose un dios, con consecuencias imprevisibles. Para rodar la película, Huston se trasladó a Marruecos con un equipo y un presupuesto relativamente reducidos, pero tenía dos ases en la manga para sacar adelante un excelente trabajo: si Michael Caine está espléndido, Sean Connery consiguió, gracias a su labor en el filme, desligarse definitivamente del corsé de James Bond en el que estaba metido. Con un papel nada fácil de interpretar y lleno de sutiles matices, el escocés demostró que podía ser mucho más que el espigado 007. También destacable es la aparición de Karroom Ben Bouih, un hombre que se estrenaba en el cine con 103 años interpretando el papel del sumo sacerdote, y que probablemente sea el actor novel más anciano que nunca se haya puesto delante de una cámara. Además no lo hace nada mal, notándose la inigualable “mano” que tenía Huston en la dirección de actores.

Definitivamente estamos ante una película de aventuras “de las de antes”, que puede que no atraiga a una juventud demasiado acostumbrada ya a Vin Diesel, pero que demuestra que el cine bien hecho y entretenido lo sigue siendo ahora y siempre, por mucho que haya gente empeñada en vender DOOM como “una película de aventuras en toda regla”. Tócate los pies.

Facebook Twitter
Publicado por Leo / Archivado en:Cine
Hacer un comentario



En busca de la felicidad

Publicado el lunes 14 mayo 2018

En Busca De La Felicidad
The Pursuit Of Happyness (2007)

Direccion: Gabriele Muccino
Interpretes: Will Smith, Thandie Newton, Jaden Smith

Este comentario podría resumirse con una sola frase: quien dude que Will Smith es capaz de salirse de su acostumbrado cliché de “negro graciosete”, que se vaya corriendo al cine más próximo donde proyecten En busca de la felicidad.

Admito que yo era uno de ellos: hace unos años, tuve la ocasión de acudir a sendos estrenos de La leyenda de Bagger Vance y Alí solo para constatar que, aparte de que las dos pelis eran un rollete, Will Smith era un “quiero y no puedo”. Hasta que el otro día ví esta Búsqueda de la felicidad más que nada por mi novia, que tenía muchas más ganas de pagar por verla que yo. Smith es el alma absoluta de esta cinta; el que la levanta, la sostiene y, en última instancia, el que hace que esto sea algo más que el típico telefilme mierdoso “basado en un hecho real”, con el que cadenas de water como Antruño 3 vienen a torturarnos de cuando en cuando.

En busca de la felicidad es la habitual historia de superación personal que tanto les gusta a los yankis, centrada esta vez en la figura de Chris Gardner, típico JASP (Joven, Aunque Sobradamente Puteado) de principios de los 80, que pasó de pordiosero a millonario gracias a su tesón y a una inquebrantable fé en sus posibilidades. Nada que no hayamos visto en el cine mil millones de veces. Pero afortunadamente ahí está para salvar los muebles un Will Smith absolutamente inmenso en esta ocasión, logrando que nos creamos a piés juntillas su personaje y haciéndonos plenamente partícipes de sus sentimientos. Y claro está, no podíamos dejar de lado al hijo de Chris, interpretado por el mismísimo hijo de Will Smith en la vida real. Lejos de tratarse de un simple ejercicio de enchufismo familiar, hay que reconocer que el niño actúa bien. Resulta muy natural, nada desmadrado, y con eso y la particular “sinergía” que establece con su padre ante la cámara logra caer decididamente simpático. Más en V.O. que en versión doblada, donde el habitual “doblaje de niño” le hace parecer a veces un poco cursi. Aun así nada que ver con los niños grimosos habituales en las pelis de, por ejemplo, Spielberg .

En busca de la felicidad no es una mala película y se puede recomendar perfectamente su visionado. Pero que nadie se lleve a engaño, porque el tinglado se sostiene gracias a sus carismáticos actores protagonistas y a su capacidad interpretativa. El que espere encontrar algo más se llevará un chasco: como la inmensa mayoría de “biopics” salidos de la factoría de Hollywood en los últimos años, este resulta demasiado amable y edulcorado, muy en la onda de lo políticamente correcto que infecta en la actualidad incluso al cine más (supuestamente) comprometido. Cierto que hay escenas bastante duras y que se nota un tono de crítica hacia el capitalismo y sus putadas, pero a la hora de la verdad la conclusión que sacamos es que el mismo sistema, pese a su dureza, acaba premiando al ciudadano trabajdor y honesto, algo totalmente alejado de la realidad la mayoría de las veces. Con una temática semejante a la de la cinta que nos ocupa, yo encuentro mucho más recomendable Wall Street, más ceñida a la realidad del sistema que acabó con los últimos restos del Sueño Americano.

Facebook Twitter
Publicado por Leo / Archivado en:Cine
7 Comentarios



10 años de Titanic

Publicado el jueves 3 mayo 2018

Titanic (1997)

Director: James Cameron
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Billy Zane, Kathy Bates, Frances Fisher, Gloria Stuart, Bill Paxton; Bernard Hill

titanic.jpgPues sí, lo que son las cosas: entre finales de 2007 y principios de 2008 se cumplen diez años desde el estreno de Titanic (en España un 8 de Enero de 1998, y servidor puede presumir de haber asistido a la “premiere”). Ustedes se preguntarán qué coño hacemos dedicándole espacio en esta web a una película calificada por muchos como mediocre, y con un hilo argumental que perfectamente se me habría podido ocurrir a mí mientras cursaba el primer año del parvulario. Pero al margen de eso, hay que reconocerle sus méritos a este gigantesco mamotreto fílmico, cuya historia tras las cámaras resulta tan interesante o más que el mamotreto en sí, y que a buen seguro acabará inspirando alguna película basada en el rodaje, tal como ocurrió en su día con Ciudadano Kane (RKO 281) o La Reina de África (Cazador blanco, corazón negro). Nos referimos a una película que, transcurridos diez años desde su estreno, todavía atesora un buen puñado de récords; alguno tan bizarro como el de una pareja de vejetes italianos que, si no me equivoco ahora mismo, puede jactarse de haber visto una misma película en pantalla grande 78 veces. Nos referimos a uno de los últimos grandes fenómenos mediáticos de la historia del cine junto con Matrix y El Sopor de los Anillos. Pero mientras Matrix cautivó básicamente a gente joven y el Sopor lo hizo con freaks pajilleros, Titanic terminaría cautivando a todo tipo de público sin importar edad, gustos o condición social, aunque estuviese inicialmente dirigida a una variada ralea de mojabragas y babosos.

Titanic será, muy probablemente, la última película que veamos aguantar en la cartelera de un cine seis meses seguidos o más, y la última que genere el descomunal bombardeo mediático que ésta generó, hasta el punto de que yo no recordaba nada igual desde los tiempos de Star Wars. El más agradecido por tal éxito es sin duda James Cameron. Este ex camionero canadiense con fama de cabezota, perfeccionista e hijo de puta, se empeñó en sacar adelante un proyecto que casi nadie creía realizable por culpa del altísimo coste que acarreaba la enorme infraestructura necesaria para ponerlo en pie. Titanic se convirtió en la primera película en la historia de Hollywood que unió los recursos de dos “majors” (Fox y Paramount), y requirió años de planificación previa por parte del equipo que trabajaría en ella, incluyendo el diseño de novedosos sistemas de filmación submarina abisal a cargo de Michael Cameron, hermano de James y, como él, un enamorado del mar. El absorbente y complejo proceso de producción obligaría al realizador de Terminator a posponer “sine die” un proyecto de remake de El Planeta de los Simios protagonizado por uno de sus escasos amigos en la Meca del cine: Arnold Schwarzenegger.

Si para poner en marcha el proyecto Cameron había hecho gala de una de sus virtudes más reconocidas (la cabezonería a toda prueba), para ponerlo en pie haría gala de todas las demás: sus ansias de perfección llevaron a levantar un enorme decorado – calco del barco original en cuya construcción, dentro del tanque de agua más grande del mundo, se involucró a empresas que habían trabajado en la construcción del propio Titanic entre 1909 y 1912; incluso en detalles insignificantes como el de los pescantes que sujetaban los botes salvavidas, fiel reproducción de los originales. Todo eso, unido a diversos y continuos retrasos, tuvo como consecuencia que los costes se disparasen, haciendo honor a la fama de “manirroto” del director. Finalmente, resultó que para ser rentable Titanic tendría que ser, y de largo, la película más taquillera de la historia. La presión se dejó sentir en el “set”, acrecentando las habituales exigencias de Cameron (ya de por sí muy duro y exigente en los rodajes, y si no que se lo digan a Ed Harris) para con actores y equipo técnico. Baste decir que tanto Leonardo DiCaprio como Kate Winslet juran por activa y por pasiva que ni borrachos aceptarían volver a trabajar con semejante ogro. Los recelos llegan incluso a extras como el reputado especialista español Jordi Casares, que tras resultar herido en cuatro ocasiones por culpa de los excesivos rigores impuestos en la producción, no vacila en soltar sapos y culebras sobre Cameron cuando alguien tiene la osadía de recordarle aquella pesadilla.

Aun admitiendo que buena parte del éxito de Titanic se debió a una agobiante campaña promocional, motivada por el hecho de que la película tenía que ser un éxito sí o sí para evitar la ruina de sus productores, tampoco se pueden negar las virtudes de un filme que brilla sobre todo a nivel técnico. Curiosamente, aquella monstruosa campaña publicitaria orquestada al ritmo de la horrenda “My heart will go on”, perpetrada por una Celine Dion más pastelosa que nunca, ha terminado por volverse contra una cinta que con los años ha perdido buena parte de su fuelle. Pero cuando la gente, a base de bombardeo mediático e innumerables reposiciones en la tele, acabó hasta el gorro de un tinglado que se sabía de memoria, Titanic había convertido en multimillonarios a quienes habían apostado por ella, y catapultado a un grupo de artistas que, en muchos casos, siguen viviendo de los réditos de su participación en este pelotazo (caso de Billy Zane, por ejemplo).

En cuanto a James Cameron, no hace falta decir que los enormes esfuerzos y sufrimientos padecidos se vieron sobradamente compensados. Convertido en una especie de “nuevo Spielberg”, famoso, respetado y rico (ya lo era antes, pero después de Titanic lo fue aun más), pudo tumbarse una buena temporada a la bartola, levantándose de ella sólo para saciar su pasión por los mares rodando una serie de documentales sobre el Bismark y el propio Titanic (bastante buenos, por cierto), y para participar ocasionalmente en series de TV. El ejemplo de este hombre, que también sacó tajada del Titanic más allá de lo estrictamente cinematográfico (conoció a la que sería su quinta esposa durante el rodaje), es el de cómo una tenacidad de hierro y una capacidad de trabajo infinitos, unidos a una rara habilidad para tratar a la gente como al ganado, pueden lograr imposibles.

De Titanic se podrán decir muchas cosas, y puede que no todas precisamente buenas; pero Tito James seguramente respondería las críticas con un “ahí queda eso, capullos”. La verdad es que dejando a un lado el guión, escrito por un Cameron en plan “Juan Palomo” (produce, dirige, escribe, monta y no protagoniza seguramente porque no le dio la gana), lo que queda no es precisamente material destinado al vertedero de basuras: visualmente es espectacular (no digamos ya en pantalla grande), y la escena del hundimiento, filmada casi a tiempo real en 80 minutos de metraje, es toda una lección magistral que justifica por sí sola ver la película en una sala de cine. Puede que no 78 veces como aquella simpática pareja de ancianitos italianos, pero sí un par como hizo un servidor, cosa que admite sin sonrojarse. Podría escudarme en la excusa de que la historia del Titanic siempre me fascinó desde pequeño, lo cual es verdad. Pero no voy a ocultar que me lo pasé muy bien en el cine (particularmente la primera vez, en medio de un ambiente excepcional) y que la cinta me pareció muy entretenida. ¡Qué le voy a hacer!. Si es que, en el fondo, yo también soy un baboso y un pastelero.


Algunos enlaces de interés:

* Ficha de la peli en La Biblia y FAQ abierto allí con ocasión del décimo aniversario del estreno (todido en inglés, eso sí). Algunas de las preguntas me reafirman en el convencimiento de que la mayor parte de la población de este planeta es gilipollas.

* Encycplopedia Titanica. En inglés.

* Aquí un curioso artículo escrito por un capitán de barco a raíz del estreno de la película, en el que desmonta algunos mitos relativos a la historia del Titanic y su trágico viaje.

* Artículos en la Wikipedia: Aquí en castellano; y aquí, un poquito más completo como siempre, en inglés.

Facebook Twitter
Publicado por Leo / Archivado en:Cine
5 Comentarios



Kids

Publicado el sábado 28 abril 2018

Kids (1995)

Director: Larry Clarck
Interpretes: Leo Firtzpatrick, Justin Pierce, Chloe Sevigny.

“Soy muy cool
Doy por cool
Estoy un poco loco
¡Soy gilipollas!”

DAS POR COOL – Lehendakaris muertos

Siempre he comentado en esta web (y si no lo he hecho, pues lo hago ahora y punto) que si los 70 fueron años de “cine de autor” y los 80 años gloriosos para el “cine de palomitas”, los 90 fueron los años indiscutibles del “cine indie”. Películas como Clerks o Mi Idaho privado, así como festivales como el de Sundance, pusieron de moda el rollo ese de pillar por banda una cámara y rodar pelis “comprometidas” con cuatro cuartos. Es más: cuanto más “comprometida” fuese tu peli y menos dinero te hubieses gastado en ella (y por lo tanto, más tiñoso fuese su aspecto) mayores eran tus posibilidades de convertirte en icono. Ahí están para demostralo gentes como Kevin Smith o Robert Rodriguez. El problema es que con la deblacle posterior del cine comercial, lo “indie” pasó a convertirse en “cool” (así, literalmente). De ahí al gafapastismo y a la culturetada rancia que padecemos hoy en día sólo había un paso. Un fenómeno tan “costra” e intocable como la Monarquía española, y si no probad a meteros en un cine V.O. a ver cosas como las de ESTE SEÑOR, salid luego comentando que os han parecido un tostón pretencioso, y permaneced atentos a las miradas asesinas que os dedicará cierto sector del público asistente. Afortunadamente, no es éste el caso de KIDS.

Producida en plena efervescencia “indie” (1995) por Gus Van Sant, deidad del subgénero en ese momento, esta película se ha convertido con los años en un clásico de culto. Fue presentada en Sundance (¿dónde si no?) y los taimados hermanos Weinstein, dueños de Miramax, vieron el filón que supondría. Compraron los derechos de la cinta no sin antes crear una distribuidora “independiente”, para exhibirla a gran escala bajo el paraguas de Disney (a quién pertenecía Miramax) con una etiqueta de “peli independiente”, que le permitiese llegar al gran público sin ahuyentar por ello al público habitual de este tipo de películas, aunque tal etiqueta fuese ahora pura fachada. De paso no cabreaban a los jefes de Disney, quienes no querían ver su nombre asociado a una cinta tan dura, aunque no renunciaban a llevarse su tajada del pastel, desde luego. La jugada, como vemos, era redonda. Y salió redonda, hasta el punto de haberse convertido en una práctica habitual en nuestros días, con ejemplos como Entre copas o Pequeña Miss Sunshine.

Kids es un crudo retrato sobre la vida nihilista y amoral de un grupo de jóvenes neoyorkinos de clase baja. Rodada al más puro estilo “indie” (escaso presupuesto, cámara en mano, actores noveles, sin artificios de ninguna clase…) esta cinta golpeó las conciencias de muchos, y supuso un toque de atención a la juventud ante el peligro del SIDA y la promiscuidad sexual sin precauciones, lo cual no quiere decir que contenga un mensaje moralista y reaccionario ni mucho menos. La base argumental del guión es simple, pero está bien llevada y el ritmo no decae en ningún momento, logrando incluso crear una notable atmósfera de tensión y “mal rollo” que engancha a la pantalla. A ello también contribuyen las muy naturales interpretaciones de los actores. Particularmente la de Leo Fiztpatrick, absolutamente repulsivo en su papel de desvirgador “profesional” de jovencitas, una de esas interpretaciones rebeldes que tanto molan a los actores jóvenes.

Kids es la película que habría querido rodar Fernando León de Aranóa de haber tenido talento. Una película que no se anda por las ramas y dura como un puñetazo al estómago. Sin ser tampoco una maravilla de la ciencia, se puede ver (si no te repugna lo que vas a ver) y hace reflexionar a la vez que también entretiene, algo esto último que es lo mínimo exigible para cualquier película. Cosa ésta que olvidan muchos asiduos del cine iraní o del Dogma 95 ese, cuando te espetan en la cara lo inculto que eres por comprarte la edición especial de Abyss en DVD. Total, todo para encontrártelos luego en el tren leyendo el Que! y notar cómo se les pone la cara roja como un tomate cuando se dan cuenta de que les has “cazado”. Dime de qué presumes y te diré de lo que careces.

“INTERVENCIONES: SANTIAGO SIERRA
El artista organiza la lectura continuada en lengua árabe de una guía de teléfonos palestina. Una y otra vez a lo largo de 120 horas ininterrumpidas. Hasta el 21 de Noviembre. Galería Helga de Alvear (Doctor Fourquet, 12. 914680506. Metro Lavapiés)”.

Agenda Cultural – EL PAÍS DE LAS TENTACIONES (Fuente: Las Horas Perdidas – www.lashorasperdidas.com)

Facebook Twitter
Publicado por Leo / Archivado en:Cine
Hacer un comentario



Grizzly Man

Publicado el miércoles 25 abril 2018

Grizzly Man (2005)
Director: Werner Herzog
Intérpretes: Timothy Treadwell, Amie Huguenard, Willy Fulton, Sam Egli, Werner Herzog

Admito que llevaba mucho tiempo deseando ver Grizzly Man. En su momento me la perdí en el cine y le tenía ganas, del mismo modo que tenía ganas de escribir aquí algo sobre ella pese a que ya existe bastante material en la red, como este estupendo artículo de Las Horas Perdidas, y de que hace muy poco comentábamos otra cinta de Werner Herzog. Pero insisto: tenía ganas de hincarle el diente a Grizzly Man y comentar algo sobre ella, así que vamos allá.

Si la faceta de Werner Herzog como cineasta no es muy conocida entre el gran público, ni que decir tiene que menos conocida aun es su faceta como autor de documentales en la que, como no podía ser de otra forma, el alemán sigue mostrando esa querencia tan particular suya por retratar chalados. Esta vez no iba a ser menos, y el filme que nos ocupa desgrana la figura de Timothy Treadwell, un tipo cuyo amor enfermizo por los osos grizzlies (una subespecie de oso pardo particularmente agresiva) le llevó a convivir con ellos en Alaska durante trece veranos, hasta que un buen día éstos decidieron merendárselo junto con su novia, que le había acompañado en el que sería el último viaje para ambos.

Para realizar su tarea, el director se apoya en las grabaciones de video realizadas in situ por el propio Treadwell, hasta el punto de que, con excepción de partes puntuales y de la voz en off de Herzog, la película está montada prácticamente al completo sobre la base de ese material. Material que, dicho sea de paso, tiene escaso valor como documental de naturaleza, llamémoslo así. Básicamente se utiliza para hacer un autorretrato de la figura de Treadwell. Y como no podía ser de otro modo, el pobre hombre no es que salga precisamente muy bien parado. Este sea tal vez el punto fuerte del filme, pues Herzog se posiciona claramente a favor del protagonista y se puede decir que siente una extraña mezcla de admiración y lástima por él, pero tampoco impide en ningún momento que veamos la cruda realidad de un tipo que claramente no estaba muy en sus cabales. Hasta el punto de que, de no ser por el triste final que tuvo, se podría decir que era patéticamente gracioso. Una especie de Mr. Bean metido a naturalista del tres al cuarto.

El principal defecto de la película, que es el que por desgracia suele afectar a la filmografía de Herzog en general, es que es demasiado largo, con el agravante de que el personaje que aquí retrata no merece semejante desperdicio de metraje (una hora y cuarenta minutos), pues en circunstancias normales un tipo así no daría más que para un simple documental de media hora de duración o una mención de honor en la web de los Darwin Awards. De este modo, bastan los primeros treinta o cuarenta minutos para formarse una clara idea de quién era este tarado de Timothy Treadwell y para tener claro, pese a quién pese, que no era precisamente un alter-ego de Diane Fossey o de Rodríguez de la Fuente, si no un ex alcohólico y drogadicto al que en un momento dado se le cruzaron los cables, y decidió que unos bichardos de casi 500 kilos de peso capaces de partirte por la mitad de un zarpazo podían ser amiguetes suyos. Que lograse alcanzar cierta notoriedad mediática en lugar de ser amordazado de urgencia con una camisa de fuerza de siete cerrojos indica hasta qué punto algo no funciona en el mundo, y es que el “coolismo” que viene rodeando al rollo ese de la ecología desde hace unas décadas, puede ser tanto o más dañino que ir por ahí cazando y contaminando indiscriminadamente.

Facebook Twitter
Publicado por Leo / Archivado en:Cine
1 Comentario



2003-2014 Computer Age. Blog powered by Wordpress