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Grita libertad

Publicado el viernes 15 diciembre 2017

Cry freedom (1987)

Director: Richard Attenborough

Intérpretes: Denzel Washington, Kevin Kline, Penelope Wilton, John Thaw, Josette Simon, John Hargreaves, Ian Richardson

A la mayoría de quienes lean este texto y tengan menos de 20 o 25 años, la palabra Apartheid seguro que no les sonará de nada. Hoy día, y por fortuna, este término es un triste recuerdo en el fondo de los libros de historia, pero hasta hace relativamente poco tiempo estaba muy presente en las vidas de millones de personas, para quienes dio nombre a uno de los sistemas de gobierno más infames y miserables jamás conocidos por la humanidad.

Con Nelson Mandela pudriéndose en la cárcel y con la oposición interna (negra o blanca, sin distinción) maniatada por un feroz sistema represor, Steve Biko fue uno de los hombres que más lucharon y arriesgaron para denunciar pública, abiertamente y desde dentro, la opresión de un gobierno que institucionalizaba el racismo convirtiéndolo en una forma de vida. Su detención y muerte a manos de la policía tras días enteros de cruel tortura en 1977, junto con la espantosa matanza de estudiantes de Soweto ocurrida un año antes, terminó despertando la conciencia de un mundo que hasta entonces había ignorado casi por completo lo que sucedía a diario en Sudáfrica.

Es un hecho que el cine es un negocio que se mueve al son de los acontecimientos que le toca vivir, y que por tanto suele apuntarse enseguida a las modas imperantes en cada momento, dejándose “llevar por la corriente” por así decirlo. Desde ese final de los años 70, pero sobre todo a partir de mediados de los 80, el movimiento anti-Apartheid había ido creciendo en Occidente. El cine no fue ajeno a esta masiva manifestación contra el racismo y el “problema sudafricano”, aparte de ser una fuente diaria de noticias, empezó a tener presencia más o menos destacada en multitud de películas. Y Sir Richard Attenborough, uno de los profesionales más respetados del panorama cinematográfico inglés, tampoco quiso perder la oportunidad de denunciar a aquel Gobierno y a su sistema de forma directa.

Más que una biografía del activista negro Steve Biko, Grita libertad es la historia del periodista blanco que lo acompañó durante sus últimos dos años de vida. Donald Woods pasó de enemigo a amigo, teniendo que huir de Sudáfrica al intentar denunciar ante la opinión pública la más que sospechosa muerte de Biko. Tras ello convirtió su pluma en una de las espadas más afiladas en la lucha contra el sistema de segregación racial, que acabaría por desmoronarse finalmente a principios de los años 90.

Siendo quién es, de Richard Attenborough no se podría esperar otra cosa que un producto profesional y bien acabado, y Grita libertad lo es. En 1987 a Attenborough se le recordaba sobre todo por Gandhi, una película buena aunque sobrevalorada, que había arrasado en taquilla y en los Oscar de 1982. Acostumbrado a lidiar con producciones de gran calibre como aquella, sorprende verlo al timón de una película como esta, bastante pequeña en comparación, aunque a mi juicio superior en algunos aspectos. El filme se beneficia de todos los puntos fuertes del veterano realizador británico, como su cuidado a la hora de elaborar las tomas y, sobre todo, la excelente dirección de actores que logra hacer creíble a Kevin Kline en un papel bastante alejado de la habitual vis cómica por la que es conocido, demostrando de paso que es un muy buen actor. Otro tanto se podría decir de Denzel Washington, un actor competente, aunque no un genio. Un tipo que siempre me ha parecido bastante empalagoso, pero que aquí me resulta más convincente que en otras ocasiones, dotando a su personaje de la fuerza de carácter que necesita sin caer para ello en estridencias interpretativas. La duración de la película es algo excesiva, pero se sobrelleva bastante bien, sobre todo durante la última hora de metraje.

Aunque pueda acusarse a Grita libertad de oportunista, en la onda de otros filmes de su época que se aprovecharon en mayor o menor medida del Apartheid para atraer público, y aunque se haya quedado vieja como cinta de denuncia política (el sistema contra el que arremete, afortunadamente, quedó enterrado hace tiempo), tampoco puede decirse que no sea válida para reflexionar sobre la falta de libertades de la gente en general y de la profesión periodística en particular, y no sólo en regímenes considerados “represivos” como pueden ser las dictaduras. Además, esta película constituye una advertencia en medio del actual clima de creciente violencia racial en que vivimos. Es un retrato de hechos pasados, sí, pero quien olvida el pasado está irremediablemente condenado a repetirlo.

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Ghost Dog: el camino del samurai

Publicado el jueves 14 diciembre 2017

Ghost Dog: the way of the samurai (1999)
Director: Jim Jarmusch
Intérpretes: Forest Whitaker, John Tormey, Cliff Gorman, Dennis Liu, Frank Minucci, Henry Silva, Richard Portnow

Reconozco que el cine de Jim Jarmusch nunca me ha entusiasmado, principalmente porque ambos tenemos formas diametralmente opuestas de entender lo que es el cine y lo que ha de considerarse como “una buena película”. Para mí el cine es ante todo un entretenimiento que puede empujarte a reflexionar sobre un tema, y que a veces, sólo a veces, da lugar a la creación de verdaderas obras de arte. Y de este modo, a mí lo que me gusta es entretenerme viendo una película, lo que no significa que me guste ser tratado como un subnormal, ojo. Jarmusch (y otros muchos como él) entienden que el cine ha de ser considerado directamente como un arte, al más puro estilo de los gafapastas. Que entretenga es lo de menos, que eso es para niños y seres mentalmente prepúberes en general. Lo importante es que se te ponga tiesa como un garrote con una sucesión de planos cargados de “profundo significado”, y ya sabemos que a muchos gafapastas e intelectuales de carnet eso les pone más que el sexo, y dado que muchos no lo catan ni en sueños, con algo hay que sustituirlo después de todo.

Aun recuerdo mi última experiencia Jarmuschiana, motivada por la buena acogida que la cinta tuvo incluso entre el público no talifán de este señor, lo que me animó a vencer mis reticencias iniciales y me llevó incluso a convencer a mi novia (igualmente poco entusiasta del tito Jim) para que me acompañase a ver el invento en los Cines Princesa de Madrid, en rigurosa V.O. oigan. El resultado fue que mi novia se pasó toda la semana mirándome raro tras haberse quedado completamente roque a mitad de la proyección, mientras que yo salí de la sala con un sentimiento entre el aturdimiento por no haber comprendido del todo lo que acababa de presenciar, el cabreo por haber tirado el dinero en algo que me había decepcionado, y la risa por imaginarme al gran Bill Murray narcotizado durante todo el rodaje para lograr esa fabulosa “interpretación” suya.

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, dicen, así que hace poco me empeñé en volver a arriesgarme con una nueva experiencia Jarmuschiana, huelga decir que esta vez sin pagar. Aunque cueste creerlo hacía tiempo que tenía muchas ganas de ver Ghost Dog. El protagonista es Forest Whitaker, un tío que me cae especialmente simpático y que además es un actor competente; quieras que no la película tiene buena pinta, pero la razón principal era la buena opinión que de ella tienen algunos amigos míos, de confianza en estos asuntos del cine. A uno de ellos llegó a gustarle tanto que se grabó el audio completo de la película en una cinta de casette para escucharla en el coche. Muchos fines de semana, mientras la borregada se paseaba en sus ataúdes rodantes envuelta en un infecto sudario de bakalao y reaggetón, él “contraatacaba” haciendo sonar aquella casette a todo volumen. Y antes de que, llegados a este punto, el lector se empiece a descojonar de risa, le invito a detener su impulso un segundo y pensar quiénes son los auténticos tarados en esta historia.

Ghost Dog puede pasar como uno de los trabajos más “convencionales” del realizador de Ohio, aunque no deja completamente de lado señas de identidad como las escenas largas (centrándose muchas veces en detalles en apariencia irrelevantes y sin utilidad argumental), el ritmo pausado (muuuy pausado) y muchas reflexiones sobre la vida y el mundo que nos rodea, vistos una vez más a través de los ojos de uno de esos personajes “tirados” y marginales que tanto le molan a Jarmusch: un asesino a sueldo que sigue rígidamente los dictados del código samurai japonés. Así durante dos horas, que por sorprendente que pueda parecer no se hacen demasiado pesadas. Buena parte de culpa de que esto sea así la tiene el bueno de Forest Whitaker, que sujeta la peli con los dientes si es necesario gracias a su buen trabajo, lo cual no implica que la película sea mala. Ocurre simplemente que el hilo narrativo está demasiado estirado (muy al estilo de Jarmusch, por otra parte) pero en esta ocasión la presencia de Whitaker ayuda, y mucho, a enmascarar cualquier carencia. Y además la banda sonora está bastante bien y pone su granito de arena para hacer más llevadera la película.

¿Se puede recomendar Ghost Dog?. Yo creo que sí, pero atención, porque sigue siendo una cinta poco convencional para espectadores poco convencionales, aunque en absoluto equiparables a los que gustan del Jarmusch más “indie”. Desde luego, el que espere ver a un negraco de dos por dos repartiendo estopa por las calles a katanazo limpio lo lleva claro. Vaya esto por delante antes de que alguien se alquile la cinta con toda su ilusión y la deje a medio metraje mientras se acuerda de mi madre. No me vengan luego con que no se lo advertí.

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No profanar el sueño de los muertos

Publicado el jueves 7 diciembre 2017

No profanar el sueño de los muertos (1974)

Director: Jorge Grau
Interpretes: Ray Lovelock, Cristina Galbo, Arthur Kennedy

No Profanar El Sueño De Los MuertosImaginemos por un momento una peli de zombis hispano – italiana protagonizada por un tío que se hace llamar Ray Lovelock, italiano de pura cepa en realidad, y por una española de nombre “anglofilizado” para resultar más aparente, ex azafata del 1 2 3 que acabó en el cine de destape. Añádanle a eso un par de personajes arquetípicos, incluyendo al policía “cabeza cuadrada”, así como unas pocas teticas (insinuadas con más o menos recato) y gore de baratillo.

Después de leer semejante avance, muchos pensarán que No profanar el sueño de los muertos es un truño de proporciones bíblicas, pero nada más lejos de la realidad. Esta película, por increíble que pueda parecer, tal vez sea una de las mejores cintas de terror jamás producidas en España (no es coña) a pesar de que, con los años, ha sido olvidada hasta por los más (supuestamente) acérrimos fans del género (¡sacrílegos!).

Premiada en Sitges con toda justicia, No profanar el sueño de los muertos fue rodada en inglés y en solitarios parajes de la campiña inglesa por Jorge Grau, un tipo que despuntaba talento y que se encuadraba en la nueva generación de cineastas que, como Garci, aspiraban a romper los moldes de nuestro cine con frescura e ideas nuevas. Al contrario que Garci y otros miembros de esta “generación de los 70”, Grau acabaría encadenando un mediocre trabajo tras otro y sepultado por la bruma del olvido.

Bien construida y entretenida a pesar de sus estereotipos, la verdad es que esta cinta, vista con la “ambientación” adecuada (a oscuras, a solas…) sorprende por lo que puede llegar a acojonar. A ello contribuye sin duda el excelente aprovechamiento de los escenarios naturales en que transcurre la acción, que le otorgan un punto sórdido y macabro que le viene de perlas. Algunos podrán echarle en cara a la cosa las veleidades gore que se toma al final, pero creo yo que tampoco es para tanto. Además, ¿qué sería de una peli de zombis sin su ración de casquería?. Y hay que decir también que, pese a la sencillez derivada del escaso presupuesto disponible, los efectos especiales y de maquillaje están bastante conseguidos.

En resumidas cuentas, No profanar el sueño de los muertos es ideal para pasar un rato de divertido mal rollo sin más pretensiones. Podrá asustar o no, pero desde mi punto de vista se merece una oportunidad y seguramente sorprenderá a más de uno. Además contiene un marcado mensaje ecologista, algo bastante llamativo por cuanto, en 1974, la sociedad apenas había tomado conciencia de lo necesario que es respetar a la Naturaleza.

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Encuentros en la tercera fase

Publicado el martes 5 diciembre 2017

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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Amadeus

Publicado el lunes 27 noviembre 2017

Amadeus (1984)

Director: Milos Forman
Interpretes: F. Murray Abraham, Tom Hulce, Elizabeth Berridge, Simon Callow

El pasado 13 de Octubre, y en el marco de las fiestas del Barrio del Pilar de Madrid (dedicadas este año a Mozart al cumplirse el 250 aniversario de su nacimiento), pude ver por enésima vez la película Amadeus, que se proyectaba de forma totalmente gratuita en pantalla grande. Aquella noche tenía dos opciones: o patear una vez más el mercado estilo siglo XVIII plantado en el Parque de La Vaguada y la feria adyacente, o ver la película y pasar un buen rato, aunque ésta se proyectase en (horripilante) versión doblada. La elección estaba cantada.

Estrenada en 1984, y luego reestrenada en 2002 con veinte minutos extra en uno de esos “montajes del director” que tan de moda estaban por aquellos años, Amadeus constituyó uno de los grandes hitos del cine de los 80. Peter Shaffer (autor del libreto teatral en el que se basa la película) y el director, el checo Milos Forman, trabajaron codo con codo durante meses para conseguir un buen guión con el que rodar una gran película y las cosas no pudieron salir mejor, hasta el punto de que la mayoría de quienes participaron en el elenco principal se vieron devorados por el enorme éxito del filme: Forman jamás ha conseguido alcanzar el listón que tan alto dejó tras rodar la película que nos ocupa y Alguien voló sobre el nido del cuco (realmente lo tenía difícil). La triada de protagonistas (sensacionales Tom Hulce, Elizabeth Berridge y F. Murray Abraham) tampoco pudo sobreponerse a lo que había logrado, y con los años todos acabarían con sus respectivas carreras sumidas en la más discreta penumbra.

Pasado el tiempo, y después de haber visto la película decenas de veces, en versión original y doblada, en el cine (de estreno y reestreno) y en DVD, todavía me sorprende que una película así, tan “épica” y tan “clásica”, teóricamente tan alejada de los cánones del cine comercial de entonces (y pese a todo rodada con un innegable ojo de cara a la taquilla) pudiese tener los efectos que tuvo sobre las masas. Dejando de lado algunas críticas vehementes (en particular me gustó mucho una que leí en una revista, que acusaba a la cinta de ser “básicamente un film sobre Salieri”), la realidad es que Amadeus rebosa calidad por los cuatro costados. Pero la mejor cualidad de esta cinta fue la de contribuir en su día a la difusión de la música clásica, y en concreto la de Mozart, de un modo como nunca se había logrado antes. La “Mozartmanía” encontró hueco, e incluso portadas, en revistas “poppys” y catálogos de música como el legendario BID (Boletín Informativo Discoplay), espacios habitualmente reservados para artistas de radio fórmula. De repente todo el mundo se había vuelto loco por una música que solo unos meses antes era cosa de “melómanos”, miembros de orquestas sinfónicas y tíos raros como esos que van a la ópera vestidos de etiqueta. Fue algo alucinante pero realmente bello, digno de la música del gran genio de Salztburgo.

Total, que volví a disfrutar como un enano durante poco menos de tres horas y media (las que dura el “montaje del director”) con una de esas películas que tan raramente se realizan en el cine moderno, majestuosa y espectacular a más no poder, a la vez que muy entretenida pese a su largísimo metraje. Y eso que tengo en casa las dos versiones. Y a pesar del doblaje: únicamente eché de menos poder cambiar el idioma de proyección y seleccionar el modo VOS. Porque como diría Carlos Pumares, miren que es MALO, MALO, MALO y MALO el doblaje de la versión extendida. Lo puto peor, de verdad.

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