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¿Qué he hecho yo para merecer esto!!

Publicado el Jueves 19 octubre 2017

¿Qué he hecho yo para merecer esto!! (1984)

Director: Pedro Almodóvar
Intérpretes: Carmen Maura, Ángel de Andrés López, Gonzalo Suárez, Verónica Forqué, Chus Lampreave, Juán Martínez, Kiti Manver

mereceresto.jpgMi difunta abuela materna solía decir de Pedro Almodóvar que “sólo sabe hacer películas de putas y maricones”. Huelga decir que la buena mujer, como la mayoría de las de su tiempo, no se destacó precisamente por su talante liberal, aunque le sobrase gracejo para soltar sus opiniones “a machete” y quedar como una señora. Que llevase razón o no era otro cantar, aunque en este caso he de reconocer, pese a quien pese, que no le faltaba.

Si uno se dedica a examinar con lupa la ya prolija carrera del realizador manchego verá que, básicamente, este ex empleado de Telefónica (grima) lleva 30 años haciendo la misma película. No es preciso recalcar la clase de personajes que suelen aparecer en ellas, sea como protagonistas o en otra clase de papeles.

Visto lo visto, supongo que ya no hará falta indicar que soy de los que, como mi abuela, han puesto siempre en tela de juicio el supuesto talento de ¡Pedroooo!. Como director, porque como relaciones públicas ya es otro cantar. El tío ha sabido venderse en la industria como nadie, tanto a nivel nacional como internacional, y pese a lo discutible de su filmografía, nadie se atrevería a poner en duda su estatus como uno de los mejores cineastas que ha dado España en toda su Historia. Tanto es así que nunca ha faltado (ni faltará) la corte de palmeros de los medios dispuesta a poner por las nubes el último film de Almodóvar, aunque se trate de tostones del calibre de Kika, La flor de mi secreto o Todo sobre mi madre.

No obstante, sería muy injusto poner a Pedro Almodóvar a la altura de, por ejemplo, Ed Wood. Ni tanto ni tan calvo, y es justo reconocerle al manchego sus méritos más allá de las relaciones públicas, y que tiene en su haber muy buenas películas; sobre todo en los primeros tiempos de su carrera, cuando no estaba tan “endiosado” por los medios (ni por sí mismo) y no se tomaba (a sí mismo) tan en serio. El mejor ejemplo de esto es ¿Qué he hecho yo para merecer esto!!, que en mi opinión pasa por ser no ya la mejor película que Almodóvar rodó en los 80, si no la mejor que ha rodado jamás en toda su carrera.

En 1984 la Movida madrileña estaba en pleno apogeo, y Pedro Almodóvar era una de las puntas de lanza de aquel “movimiento contracultural” que algunos sostienen que jamás existió. Pedro era ya un personaje famoso incluso entre el gran público, y fue entonces cuando se “destapó” con este auténtico desmadre de película, mayor incluso que el de Mujeres al borde de un ataque de nervios y a mi modesto modo de ver mucho más divertido y con mucha, muchísima más mala leche.

En ¿Qué he hecho yo…!! El director supo plasmar como nadie las miserias de Gloria, la típica “maruja”, ama de casa que oculta bajo su aspecto de persona común y corriente todo tipo de frustraciones y sueños incumplidos. Una Carmen Maura colosal hace un perfecto retrato de una mujer, que salvando las distancias a causa de lo extremo del personaje, podría ser cualquier vecina nuestra, agobiada por las dificultades para llegar a fin de mes y desquiciada, por tener que aguantar a un par de hijos macarras y a un marido que pasa de ella como de la mierda. Únicamente la excéntrica abuela (entrañable Chus Lampreave, como siempre) parece mantener cierta cordura dentro del frenopático en que se ha convertido la minúscula casa donde vive (o más bien sobrevive) la familia.

El evidente tinte dramático en las desventuras de Gloria queda aquí oculto bajo un manto de comedia negra, disparatada y hasta surrealista, en el que el “Universo Almodóvar” (al menos el de su primera etapa) se reconoce al primer vistazo. No falta la galería de personajes extremos habitual en su cine (incluyendo en esta ocasión a una niña con poderes mentales) con la que, sin embrago, es muy fácil identificarse por cuanto quién más o quien menos seguro que conoce a gente así, aunque en la realidad seguramente no se comporte de un modo tan radikal. A ello colabora una sobresaliente dirección de actores y sobre todo de actrices, sin duda uno de los puntos fuertes del realizador manchego.

De todas formas, tras este análisis “sesudo” nos queda un divertimento impagable, con apariciones y cameos de postín y escenas para el recuerdo, como aquella en la que el director Jaime Chávarri, interpretando a un exhibicionista, desvela su cuerpo serrano ante unas alucinadas Carmen Maura y Verónica Forqué, todo ello aderezado con un diálogo absolutamente descacharrante. El más que buen ambiente que reinó durante el rodaje se nota, y Chávarri se “desmelenó” ante la cámara. Como también lo hizo Gonzalo Suárez, todo un “tótem” entre nuestros directores de cine, que no vaciló ante su timidez ni para interpretar una escena en una bañera. Con un par de copitas encima para animarse, eso sí.

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El día después

Publicado el Jueves 12 octubre 2017

The day after (1983)

Director: Nicholas Meyer
Intérpretes: Jason Robards, JoBeth Williams, Steve Guttenberg, John Cullumm, John Lithgow

el_dia_despues1.jpgHay muchos aspectos particulares de los años 80 dignos de reflejarse en los libros de Historia, y al contrario de lo que mucha gente se piensa, no todos son precisamente buenos. Hace ya algún tiempo comenté que los 80, lejos de ser los años de vino y rosas que muchos nostálgicos gratuitos nos quieren vender, fueron años muy difíciles y cargados de incertidumbres. Particularmente durante el primer lustro de la década, en el que raro era el día en que uno no se desayunaba, comía, cenaba y se acostaba sin preguntarse entre otras cosas si el día siguiente no amanecería con un enorme hongo perfilado en el horizonte.

Y es que a los agoreros de la guerra termonuclear total no les faltaron razones para echarse a temblar cuando, en 1980, Ronald Reagan llegaba a la presidencia de unos EE UU que pedían, más que nunca, alguien que les devolviese el orgullo perdido tras la infamante derrota en la Guerra de Vietnam. No en vano, aquel actor de segunda fila reconvertido en político ultraconservador, anticomunista enfermizo por añadidura, había solicitado públicamente en repetidas ocasiones, durante su época de senador por California, el uso de bombas atómicas en aquel país para “borrar de una vez y para siempre el comunismo del Sudeste Asiático”. Con semejantes antecedentes nada bueno podía esperarse en el futuro, si no más bien al revés. Y los acontecimientos pronto se encargarían de demostrarlo cuando, al poco tiempo, los norteamericanos decidieron impulsar su carrera armamentística sembrando Europa Occidental de misiles nucleares (los entonces tristemente famosos “Euromisiles”). A esto respondieron los “ruskies” como no podía ser de otro modo, plantando cohetes en “su” mitad del continente. La Guerra Fría, que durante los 70 había vivido momentos de cierta distensión, se reactivaba ahora con una crudeza desconocida durante años, metiendo el miedo en el cuerpo al mundo entero.

Como suele ocurrir, incluso en los tiempos más sombríos siempre hay alguien con los suficientes arrestos, caradura e inteligencia como para hacer un buen negocio, y ni que decir tiene que fue el cine uno de los sectores que más se beneficiaron de aquella situación. Con el cine de catástrofes ya en franca decadencia, algunos productores avispados vieron que el próximo filón a explotar estaba en la psicosis nuclear, y empezaron a surgir como hongos (nunca mejor dicho) producciones de diverso pelaje destinadas a pantalla grande y TV. Incluso la generalmente sesuda BBC editaría un documental que ilustraba técnicas de supervivencia ante un ataque nuclear (a modo de “manual de instrucciones”) que pegó a la pantalla del televisor a toda Inglaterra.

Cuando pensamos en este tema, a la mayoría de nosotros, así a bote pronto, nos vienen a la mente películas como Juegos de Guerra, la saga de Mad Max (particularmente las dos últimas) o, siendo un pelín rebuscados, Cuando el viento sopla. Todas ellas, con independencia de su temática más o menos común, son notables ejemplos de buen cine. Pero si existe una película que represente como ninguna el horror de aquella situación de psicosis nuclear esa es sin duda El día después, de la que en 2008 se cumplen 25 años desde su estreno por la cadena de televisión ABC.

Porque efectivamente, hablamos de un telefilme que fuera de USA se estrenó en salas comerciales, con unos efectos casi tan devastadores como los de la explosión nuclear que retrata. Efectos que por supuesto también se produjeron en la patria de la Coca Cola, donde El día después aun figura como la película para TV más vista en la historia de aquel país, con picos de audiencia del 60%. Los inteligentes productores del filme supieron ver como nadie la oportunidad de aquella ola de “pánico nuclear”, orquestando una campaña publicitaria previa al estreno que incluía una línea de teléfono para atender posibles casos de crisis nerviosa. Los estupefactos espectadores pudieron asistir, en primera fila y con un grado de detalle jamás visto hasta entonces, al horror de la guerra nuclear que no pocos creían inevitable tal y como estaban las cosas, y el debate posterior a la emisión de la cinta, con el genial y añorado Carl Sagan describiendo con todo lujo de detalles el Invierno Nuclear, acabó por “arreglar” esa noche, al punto de que el propio Ronald Reagan tuvo que emitir posteriormente un comunicado para serenar, en lo posible, los ánimos de la población.

El día después no pasa de ser un filme de catástrofes más, prácticamente calcado de los muchos que se hicieron en los 70 y primeros 80 (solo que cambiando el barco, el avión o el rascacielos por la bomba atómica). Por supuesto, lo más destacable es la secuencia en la que cae la bomba. Teniendo en cuenta los medios disponibles entonces y el presupuesto de la película los efectos especiales son buenos, incluso impactantes, aunque no sirven para plasmar en toda su crudeza los verdaderos efectos y consecuencias de una explosión de ese calibre sobre una zona densamente poblada (en realidad serían mucho peores). Aun así fue suficiente como para afectar en mayor o menor medida a todos los que tuvieron el atrevimiento de verla. Todavía recuerdo una noche en la que, paseando con mis padres, nos topamos con una pareja de amigos que acaban de asistir a la proyección del filme en un cine de la ciudad. Salían de allí completamente pálidos y ella temblaba como un flan, literalmente, mientras acertaban a balbucear comentarios del tipo de “horrible”, “espantosa” o “pesadilla”, y no precisamente porque la cinta les hubiese parecido mala. Yo esperé al video para ver la película y para aquel entonces, con 13 o 14 años, y pese a conocer de sobra los peligros de las armas nucleares tras haber ojeado mucho sobre el tema en libros y revistas, quedé tan impactado que no me atreví a volver a verla entera hasta el momento en que, con objeto redactar este artículo, la pillé en la biblioteca de mi barrio, aprovechando de paso (no voy a negarlo) para enfrentarme a uno de mis demonios particulares. Aun así, y pese a los años que ya me contemplan, no pude evitar “distraerme” en algunos de los momentos más duros. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar la secuencia de la explosión, y eso pese a la existencia de películas como Terminator 2, que tiró de presupuesto para una secuencia parecida (aunque mucho más corta, claro) ultrarrealista y absolutamente espeluznante contemplada en pantalla grande.

Transcurridas dos décadas y media desde el estreno de El día después, casi nadie recuerda ya la tremenda impronta que éste dejó en una ciudadanía atemorizada, con noticias de portada en el Telediario y todo. Pero dejando a un lado el oportunismo y por qué no decirlo, la caradura de quienes lo idearon, este tinglado tiene sus cosas positivas incluso de cara al futuro, como advertencia para no olvidar un peligro que, aunque aparentemente “minimizado”, sigue estando presente: la situación política ha cambiado mucho y las armas nucleares ya no son noticia de portada en los medios, pero la proliferación nuclear, lejos de disminuir, ha aumentado. Y lo que es peor: ha aumentado el descontrol sobre una parte de esas armas, con consecuencias imprevisibles. Como bien apuntó Carl Sagan, mientras exista en el mundo una sola bomba atómica, el peligro que suponen esas bombas jamás desaparecerá.

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11 obras maestras: los álbumes de los Beatles

Publicado el Martes 10 octubre 2017

Durante los meses de septiembre y octubre de 2008, publicamos un extenso reportaje sobre los Beatles, sacado de un viejo ejemplar de la revista Muy Interesante con el permiso de su director, José Pardina. Tras desempolvar para todos aquel excelente trabajo, dividido en entregas para la ocasión, dejamos pendiente para más adelante la publicación de un anexo en el que el autor original del texto comentaba, en tan solo unas pocas líneas (poco más de dos o tres columnas en la revista), los once discos originales de los chicos de Liverpool descontando singles, ediciones especiales, recopilaciones y demás. Al final, por unas cosas u otras nunca llegábamos a publicarlo en la web. Ya es hora, creo yo, de completar el círculo y ofreceros a todos ese curioso anexo, todo un ejercicio de síntesis de escritura a mi modo de ver. Disfrutadlo.

Beatles Para siempre: 25 años desde “Love me do”. Anexo “11 obras maestras, los álbumes de los Beatles”
Autor original: Agustín Sánchez Vidal
Publicado en Muy Interesante, número 77. Octubre 1987
http://www.muyinteresante.es/

Comentarios al texto (en negrita cursiva) por Leo.

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Portadas de los cuatro primeros LPs de The Beatles.


The Beatles: Grabado en 16 horas y lanzado en abril de 1963, contenía siete títulos compuestos por Lennon y McCartney (algo insólito hasta la llegada de los cantautores). Un EP extraído del álbum, cuyo tema principal era Tiwst and shout, fue su primer éxito en España.

With The Beatles: Publicado el 22 de noviembre de 1963, de cara a las navidades, incluía siete temas propios y una original portada, muy imitada después. Sale sin single de apoyo, con entidad propia y no como una recopilación de éxitos. La canción I want to hold your hand les abre las puertas del mercado USA.

A hard day´s night. Editado el 10 de julio de 1964, es un más difícil todavía: un LP de encargo íntegramente compuesto por John y Paul para servir de banda sonora a una película. Un éxito total apoyado por el film.

Beatles for sale: Como indica el título, es un saldo de Beatles. Agotados después del esfuerzo de la película, hacen ocho composiciones a trancas y barrancas para el LP, que sale el 27 de noviembre de 1964. Baja el nivel de calidad, pero aun así hay innovaciones en temas como Eight days a week o I feel fine.

Help!: Publicado en Agosto de 1965 como banda sonora de la película del mismo título. No es tan homogeneo como A hard day´s night, pero hay novedades como la influencia de la droga (marihuana todavía) en Help!, de Dylan en You´ve got to hide your love away, y la famosísima Yesterday, cantada en solitario por Paul.

Rubber soul: 3 de diciembre de 1965. Se insiste en el álbum concebido como un todo, a base de encerrarse en el estudio de grabación. Dos importantes composiciones de Harrison: Norwegian Word y If i needed someone.

Beatles02

No pocos sostienen que Help! y Rubber Soul marcan la frontera entre los primeros Beatles, comparables de alguna forma a las posteriores “boy bands” y musicalmente desenfadados, y la banda que vendría a partir de entonces. La transición desde la mentalidad juvenil a otra más adulta propiciada por el paso de los años, influencias como las de las drogas y el pasar horas y más horas experimentando en el estudio de grabación, dieron como resultado un grupo musicalmente mucho más sólido, aunque a cambio terminó perdiendo la frescura de los primeros tiempos.


Revolver: Editado el 5 de agosto de 1966, marca una ruptura en su trayectoria. Se saca el máximo partido del estudio de grabación, y el ritmo de producción baja de dos a un álbum anual. Para muchos, el LP cumbre de los Beatles, o el que mejor ha envejecido.

Sgt. Pepper´s lonely hearts club band: Influidos por el LSD, se encierran nueve meses en el estudio de grabación. Cuando el álbum aparece el 1 de junio de 1967, es el primer LP concebido como un todo, una larga suite cuyas piezas no pueden alterarse sin romper la unidad del conjunto. Su look ha cambiado: bigotes y aires pseudointelectuales.

The Beatles (white album): Aparecido en noviembre de 1968, es doble y significa una vuelta a los orígenes. Ya no actúan como grupo, si no como entidades separadas y con invitados, como Eric Clapton, que toca con Harrison While my guitar gently weeps.

Abbey road: 26 de septiembre de 1969. Su último LP como grupo, se grabó después de let it be, pero acabó lanzándose antes. Paul domina la cara A y John la B, pero los mejores resultados son de George con Something y Here comes the sun.

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El cenit creativo de los Fab Four reunido en una única imagen. Cuatro clásicos indiscutibles cuya influencia ha traspasado el ámbito de la música popular: el paso de cebra de Abbey Road se hizo muy famoso nada más publicarse el LP que tomó el nombre de la, hasta entonces, casi anónima calle. Hoy día es una visita obligada para los millones de turistas que llegan a Londres cada año, quienes no pierden la oportunidad de fotografiarse posando como los Beatles en aquella portada ya mítica.


letitbeLet it be: Publicado el 8 de mayo de 1970, cuando ya cada miembro del grupo iba por libre. Los productores George Martin, Glyn Johns y Phil Spector se encargan de hacerlo comercializable. El trabajo de Phil Spector, responsable último de la producción del disco, levantó suspicacias desde el principio incluso entre los propios Beatles. Lennon lo elogió, pero McCartney nunca se cansó de expresar su disgusto ante el aspecto que el famoso “muro de sonido” de Spector había otorgado al disco.  Finalmente Paul se salió con la suya, y en 2003 se publicó Let it be… naked a partir de una idea original del propio ex Beatle y en el que, como el nombre indica, Let it be se nos presenta “desnudo” de toda la sobreproducción característica de Spector.

Pincha aquí si quieres leer “Beatles para siempre: 25 años desde “Love me do”.

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Beatles para siempre: Tercera Parte

Publicado el Jueves 5 octubre 2017

Viene de la Segunda parte
Autor original: Agustín Sánchez Vidal
Publicado en Muy Interesante, número 77. Octubre 1987
www.muyinteresante.es

Comentarios al texto (en negrita) por Leo.

En pleno auge del hippismo, los Beatles se vieron convertidos involuntariamente en oráculos públicos. Sus actitudes y las letras de sus canciones eran examinadas con lupa por seguidores y detractores. DEBAJO: “Todo lo que necesitas es amor”.

La respetabilidad aumentaría de forma alarmante en 1965 al concederles su Graciosa Majestad la Orden de Miembros del Imperio Británico, habitualmente reservada para las hazañas bélicas. Viejos ex combatientes que la guardaban en su baúl de los recuerdos la devolvieron indignados. Mas tarde John comentaría que era más lógico que se la impusieran a ellos, que habían contribuido a divertir al personal, que a quienes se habían dedicado a matar gente. Y lo cierto es que las exportaciones inglesas habían aumentado vertiginosamente gracias a una Inglaterra que se había puesto de moda de la mano de los Beatles: bastaba que ellos rematasen los cuellos de sus chaquetas con terciopelo para que se disparase la venta de este tejido. Con el tiempo, el propio Lennon rechazaría su condecoración como señal de protesta en una de sus campañas pacifistas. Pero en su día la aceptaron más o menos complacidos, aunque poco antes de la ceremonia se encerraron en los lavabos de palacio a fumarse un porro para relajar el protocolo.

También en 1965 probaron la droga que inmediatamente se podrá de moda, el LSD, y con ella aumentó el grado de intelectualización de su obra, especialmente al combinarse con la mística hindú y la meditación trascendental. Los Beatles acabarían renegando públicamente de su relación con el polémico Maharishi. Aun con esto, no se puede negar lo positivo en el aspecto musical que tuvo todo aquello. Sus letras empezaron a ser acechadas como si fueran el evangelio, se les exigía desde todos lados una conducta acorde con sus responsabilidades, y toda esta dinámica que los iba convirtiendo en oráculos públicos terminó siendo muy peligrosa.

El primer aviso llegó en Agosto de 1966 en San Francisco, poco antes de retirarse de los escenarios, cuando John Lennon declaró: “Somos más famosos que Jesucristo”. Nunca debió decirlo. La reacción entre ciertos sectores del público fue tan histérica que estuvo a punto de acabar con la carrera del grupo. Luego llegaron las advertencias por consumo de drogas. Con los Beatles no se atrevieron hasta su separación, pero a los Rolling Stones los sometieron a auténticas sobredosis de policía para que no descarriaran a la juventud.

Hacia 1969 era habitual estudiar escrupulosamente las carpetas letras y microsurcos de los Beatles en busca de mensajes ocultos. Se trataba de construcciones mentales absolutamente paranoides, entre las que se llevó la palma la publicada el 29 de Octubre por una revista estudiantil americana, Rat Magazine. Según su teoría, Paul McCartney había muerto en un accidente de automóvil, siendo sustituído por un doble de aspecto y voz muy parecidos al original. Los Beatles lo habían ocultado, pero dejando pistas en sus discos para el que quisiera entenderlas.

¿Por ejemplo? Pues en la portada del Sgt. Pepper´s, donde aparece una tumba, hay un seto de flores con una guitarra de cuatro cuerdas (esto es, el bajo de Paul); en la cubierta de Abbey Road, McCartney es el único que camina descalzo y con el paso cambiado, mientras que se ve un Volkswagen aparcado cuya matrícula es 28 IF, es decir, 28 si… (Paul hubiera cumplido 28 años si no hubiese muerto en un accidente de automóvil, como suponía esta teoría a partir del análisis de la letra de A day in the life). Además, si se pasaba al revés Revolution No. 9, podía oirse a John diciendo lúgubremente “I buried Paul” (“Yo enterré a Paul”), etcétera. Incluso revistas tan sesudas como Triunfo se hicieron eco en España de elucubraciones de este tipo. Cuando en las conferencias de prensa le preguntaban por su muerte, McCartney respondía con humor que no se había enterado de ella, pero que no le extrañaba nada, porque siempre era el último en enterarse de lo que pasaba en los Beatles. Sobre este divertido tema, en Internet se pueden encontrar todo tipo de páginas. No pocas son dignas de mentalidades oligofrénicas, aunque no obstante no dejan de ser curiosas. En fin, que en esto como en todo “hay gente pa tó”, oigan.

Ya no hubo lugar para bromas, sin embargo, cuando estalló el asunto Manson ese mismo año de 1969. Un psicópata californiano, Charles Manson, que había creado su propia familia (especie de comuna entre mística, hippy y neonazi), también creyó percibir mensajes ocultos en las canciones de los Beatles, particularmente en Helter Skeleter y Piggies. Y con ellas como lema cometió una serie de atroces asesinatos que incluían a la actriz Sharon Tate, embarazada de su marido, el cineasta Roman Polanski. Junto a los cadáveres, escritos con su sangre, aparecieron los títulos de las canciones de los Beatles, y sus autores, John y George, fueron llamados a declarar.

En el libro Curiosidades, gazapos y anécdotas de Hollywood de Eduardo Llorente y David Eraskin, se indica que la motivación principal de la Familia Manson para llevar a cabo la matanza era cargarse a Steve McQueen, a quien Manson al parecer admiraba. Manson era, además de un pésimo cantante, un guionista aun peor, y envió un guión a la productora propiedad del actor, Solar Pictures, con la esperanza de que su ídolo aceptase protagonizarlo. Sin embargo, el texto era tan rematadamente malo que no le prestaron la menor atención. Despechado, Manson empezó a urdir en su cerebro la idea de vengarse, y tiempo después se enteró de que se iba a celebrar una fiesta en la casa de Roman Polansky a la que McQueen había sido invitado. Éste salvó la vida porque decidió pasar la noche a solas con un ligue. De lo que no cabe ninguna duda es de que Manson y sus familiares estaban destinados a cometer una masacre más pronto o más tarde, yendo contra cualquiera que les cayese mal y estuviese a su alcance (Manson también le tenía tirria a Liz Taylor o a Tom Jones, por ejemplo). Lo más triste de todo es que Manson (que continúa encerrado en un presidio para enfermos mentales) se ha hecho millonario al correr de los años, gracias a miles de jumentos empeñados en admirar (!) o ver algo interesante en la figura de este tarado.

Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla, con los Beatles en una claustrofóbica jaula de oro, especialmente desde que su inmersión en el mundo de los negocios con el sello Apple (tras la muerte de Brian Epstein en Agosto de 1967) y la película para TV Magical mistery tour (un absurdo caprichito de McCartney) habían terminado en un sonoro fracaso. Los Beatles no eran infalibles después de todo. Con la madurez vino, además, la diáspora. John había conocido a una artista japonesa de vanguardia, Yoko Ono, en Noviembre de 1966, y su relación con ella le llevaría a divorciarse de su primera mujer, Cynthia, y también de los Beatles. Si el primer divorcio pareció bien a casi todo el mundo, el segundo no se lo perdonaría nadie: ni los otros miembros del grupo ni sus propios fans.

Verano de 1967. En plena fiebre de la psicodelia, la aparición el álbum – suite “Sgt. Pepper´s” deslumbró a los críticos. Pero los Beatles no eran infalibles: su primera inmersión en el mundo de los negocios resultó un fracaso. ARRIBA: la “boutique” Apple, emplazada en pleno centro de Londres.

IR A LA CUARTA Y ÚLTIMA PARTE.

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Amadeus

Publicado el Domingo 1 octubre 2017

Amadeus (1984)

Director: Milos Forman
Interpretes: F. Murray Abraham, Tom Hulce, Elizabeth Berridge, Simon Callow

El pasado 13 de Octubre, y en el marco de las fiestas del Barrio del Pilar de Madrid (dedicadas este año a Mozart al cumplirse el 250 aniversario de su nacimiento), pude ver por enésima vez la película Amadeus, que se proyectaba de forma totalmente gratuita en pantalla grande. Aquella noche tenía dos opciones: o patear una vez más el mercado estilo siglo XVIII plantado en el Parque de La Vaguada y la feria adyacente, o ver la película y pasar un buen rato, aunque ésta se proyectase en (horripilante) versión doblada. La elección estaba cantada.

Estrenada en 1984, y luego reestrenada en 2002 con veinte minutos extra en uno de esos “montajes del director” que tan de moda estaban por aquellos años, Amadeus constituyó uno de los grandes hitos del cine de los 80. Peter Shaffer (autor del libreto teatral en el que se basa la película) y el director, el checo Milos Forman, trabajaron codo con codo durante meses para conseguir un buen guión con el que rodar una gran película y las cosas no pudieron salir mejor, hasta el punto de que la mayoría de quienes participaron en el elenco principal se vieron devorados por el enorme éxito del filme: Forman jamás ha conseguido alcanzar el listón que tan alto dejó tras rodar la película que nos ocupa y Alguien voló sobre el nido del cuco (realmente lo tenía difícil). La triada de protagonistas (sensacionales Tom Hulce, Elizabeth Berridge y F. Murray Abraham) tampoco pudo sobreponerse a lo que había logrado, y con los años todos acabarían con sus respectivas carreras sumidas en la más discreta penumbra.

Pasado el tiempo, y después de haber visto la película decenas de veces, en versión original y doblada, en el cine (de estreno y reestreno) y en DVD, todavía me sorprende que una película así, tan “épica” y tan “clásica”, teóricamente tan alejada de los cánones del cine comercial de entonces (y pese a todo rodada con un innegable ojo de cara a la taquilla) pudiese tener los efectos que tuvo sobre las masas. Dejando de lado algunas críticas vehementes (en particular me gustó mucho una que leí en una revista, que acusaba a la cinta de ser “básicamente un film sobre Salieri”), la realidad es que Amadeus rebosa calidad por los cuatro costados. Pero la mejor cualidad de esta cinta fue la de contribuir en su día a la difusión de la música clásica, y en concreto la de Mozart, de un modo como nunca se había logrado antes. La “Mozartmanía” encontró hueco, e incluso portadas, en revistas “poppys” y catálogos de música como el legendario BID (Boletín Informativo Discoplay), espacios habitualmente reservados para artistas de radio fórmula. De repente todo el mundo se había vuelto loco por una música que solo unos meses antes era cosa de “melómanos”, miembros de orquestas sinfónicas y tíos raros como esos que van a la ópera vestidos de etiqueta. Fue algo alucinante pero realmente bello, digno de la música del gran genio de Salztburgo.

Total, que volví a disfrutar como un enano durante poco menos de tres horas y media (las que dura el “montaje del director”) con una de esas películas que tan raramente se realizan en el cine moderno, majestuosa y espectacular a más no poder, a la vez que muy entretenida pese a su largísimo metraje. Y eso que tengo en casa las dos versiones. Y a pesar del doblaje: únicamente eché de menos poder cambiar el idioma de proyección y seleccionar el modo VOS. Porque como diría Carlos Pumares, miren que es MALO, MALO, MALO y MALO el doblaje de la versión extendida. Lo puto peor, de verdad.

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