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007 al servicio secreto de Su Majestad

Publicado el Miércoles 28 junio 2017

On Her Majesty’s secret service (1969)
Director: Peter Hunt
Intérpretes: George Lazenby, Diana Rigg, Telly Savalas, Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, Angela Scoular, Lois Maxwell

Admito que me gustan las películas de James Bond. Los casi 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.

En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.

A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de todo el oro el mundo. Desde luego él no era tonto: sabía que se lo jugaba todo en un envite en el que las posibilidades de éxito eran prácticamente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.

El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una “rara avis” que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción “We have all the time in the world”, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga. Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el “staff” técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.

Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, si no su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.

Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.

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¿Qué he hecho yo para merecer esto!!

Publicado el Miércoles 21 junio 2017

¿Qué he hecho yo para merecer esto!! (1984)

Director: Pedro Almodóvar
Intérpretes: Carmen Maura, Ángel de Andrés López, Gonzalo Suárez, Verónica Forqué, Chus Lampreave, Juán Martínez, Kiti Manver

mereceresto.jpgMi difunta abuela materna solía decir de Pedro Almodóvar que “sólo sabe hacer películas de putas y maricones”. Huelga decir que la buena mujer, como la mayoría de las de su tiempo, no se destacó precisamente por su talante liberal, aunque le sobrase gracejo para soltar sus opiniones “a machete” y quedar como una señora. Que llevase razón o no era otro cantar, aunque en este caso he de reconocer, pese a quien pese, que no le faltaba.

Si uno se dedica a examinar con lupa la ya prolija carrera del realizador manchego verá que, básicamente, este ex empleado de Telefónica (grima) lleva 30 años haciendo la misma película. No es preciso recalcar la clase de personajes que suelen aparecer en ellas, sea como protagonistas o en otra clase de papeles.

Visto lo visto, supongo que ya no hará falta indicar que soy de los que, como mi abuela, han puesto siempre en tela de juicio el supuesto talento de ¡Pedroooo!. Como director, porque como relaciones públicas ya es otro cantar. El tío ha sabido venderse en la industria como nadie, tanto a nivel nacional como internacional, y pese a lo discutible de su filmografía, nadie se atrevería a poner en duda su estatus como uno de los mejores cineastas que ha dado España en toda su Historia. Tanto es así que nunca ha faltado (ni faltará) la corte de palmeros de los medios dispuesta a poner por las nubes el último film de Almodóvar, aunque se trate de tostones del calibre de Kika, La flor de mi secreto o Todo sobre mi madre.

No obstante, sería muy injusto poner a Pedro Almodóvar a la altura de, por ejemplo, Ed Wood. Ni tanto ni tan calvo, y es justo reconocerle al manchego sus méritos más allá de las relaciones públicas, y que tiene en su haber muy buenas películas; sobre todo en los primeros tiempos de su carrera, cuando no estaba tan “endiosado” por los medios (ni por sí mismo) y no se tomaba (a sí mismo) tan en serio. El mejor ejemplo de esto es ¿Qué he hecho yo para merecer esto!!, que en mi opinión pasa por ser no ya la mejor película que Almodóvar rodó en los 80, si no la mejor que ha rodado jamás en toda su carrera.

En 1984 la Movida madrileña estaba en pleno apogeo, y Pedro Almodóvar era una de las puntas de lanza de aquel “movimiento contracultural” que algunos sostienen que jamás existió. Pedro era ya un personaje famoso incluso entre el gran público, y fue entonces cuando se “destapó” con este auténtico desmadre de película, mayor incluso que el de Mujeres al borde de un ataque de nervios y a mi modesto modo de ver mucho más divertido y con mucha, muchísima más mala leche.

En ¿Qué he hecho yo…!! El director supo plasmar como nadie las miserias de Gloria, la típica “maruja”, ama de casa que oculta bajo su aspecto de persona común y corriente todo tipo de frustraciones y sueños incumplidos. Una Carmen Maura colosal hace un perfecto retrato de una mujer, que salvando las distancias a causa de lo extremo del personaje, podría ser cualquier vecina nuestra, agobiada por las dificultades para llegar a fin de mes y desquiciada, por tener que aguantar a un par de hijos macarras y a un marido que pasa de ella como de la mierda. Únicamente la excéntrica abuela (entrañable Chus Lampreave, como siempre) parece mantener cierta cordura dentro del frenopático en que se ha convertido la minúscula casa donde vive (o más bien sobrevive) la familia.

El evidente tinte dramático en las desventuras de Gloria queda aquí oculto bajo un manto de comedia negra, disparatada y hasta surrealista, en el que el “Universo Almodóvar” (al menos el de su primera etapa) se reconoce al primer vistazo. No falta la galería de personajes extremos habitual en su cine (incluyendo en esta ocasión a una niña con poderes mentales) con la que, sin embrago, es muy fácil identificarse por cuanto quién más o quien menos seguro que conoce a gente así, aunque en la realidad seguramente no se comporte de un modo tan radikal. A ello colabora una sobresaliente dirección de actores y sobre todo de actrices, sin duda uno de los puntos fuertes del realizador manchego.

De todas formas, tras este análisis “sesudo” nos queda un divertimento impagable, con apariciones y cameos de postín y escenas para el recuerdo, como aquella en la que el director Jaime Chávarri, interpretando a un exhibicionista, desvela su cuerpo serrano ante unas alucinadas Carmen Maura y Verónica Forqué, todo ello aderezado con un diálogo absolutamente descacharrante. El más que buen ambiente que reinó durante el rodaje se nota, y Chávarri se “desmelenó” ante la cámara. Como también lo hizo Gonzalo Suárez, todo un “tótem” entre nuestros directores de cine, que no vaciló ante su timidez ni para interpretar una escena en una bañera. Con un par de copitas encima para animarse, eso sí.

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Ghost Dog: el camino del samurai

Publicado el Domingo 11 junio 2017

Ghost Dog: the way of the samurai (1999)
Director: Jim Jarmusch
Intérpretes: Forest Whitaker, John Tormey, Cliff Gorman, Dennis Liu, Frank Minucci, Henry Silva, Richard Portnow

Reconozco que el cine de Jim Jarmusch nunca me ha entusiasmado, principalmente porque ambos tenemos formas diametralmente opuestas de entender lo que es el cine y lo que ha de considerarse como “una buena película”. Para mí el cine es ante todo un entretenimiento que puede empujarte a reflexionar sobre un tema, y que a veces, sólo a veces, da lugar a la creación de verdaderas obras de arte. Y de este modo, a mí lo que me gusta es entretenerme viendo una película, lo que no significa que me guste ser tratado como un subnormal, ojo. Jarmusch (y otros muchos como él) entienden que el cine ha de ser considerado directamente como un arte, al más puro estilo de los gafapastas. Que entretenga es lo de menos, que eso es para niños y seres mentalmente prepúberes en general. Lo importante es que se te ponga tiesa como un garrote con una sucesión de planos cargados de “profundo significado”, y ya sabemos que a muchos gafapastas e intelectuales de carnet eso les pone más que el sexo, y dado que muchos no lo catan ni en sueños, con algo hay que sustituirlo después de todo.

Aun recuerdo mi última experiencia Jarmuschiana, motivada por la buena acogida que la cinta tuvo incluso entre el público no talifán de este señor, lo que me animó a vencer mis reticencias iniciales y me llevó incluso a convencer a mi novia (igualmente poco entusiasta del tito Jim) para que me acompañase a ver el invento en los Cines Princesa de Madrid, en rigurosa V.O. oigan. El resultado fue que mi novia se pasó toda la semana mirándome raro tras haberse quedado completamente roque a mitad de la proyección, mientras que yo salí de la sala con un sentimiento entre el aturdimiento por no haber comprendido del todo lo que acababa de presenciar, el cabreo por haber tirado el dinero en algo que me había decepcionado, y la risa por imaginarme al gran Bill Murray narcotizado durante todo el rodaje para lograr esa fabulosa “interpretación” suya.

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, dicen, así que hace poco me empeñé en volver a arriesgarme con una nueva experiencia Jarmuschiana, huelga decir que esta vez sin pagar. Aunque cueste creerlo hacía tiempo que tenía muchas ganas de ver Ghost Dog. El protagonista es Forest Whitaker, un tío que me cae especialmente simpático y que además es un actor competente; quieras que no la película tiene buena pinta, pero la razón principal era la buena opinión que de ella tienen algunos amigos míos, de confianza en estos asuntos del cine. A uno de ellos llegó a gustarle tanto que se grabó el audio completo de la película en una cinta de casette para escucharla en el coche. Muchos fines de semana, mientras la borregada se paseaba en sus ataúdes rodantes envuelta en un infecto sudario de bakalao y reaggetón, él “contraatacaba” haciendo sonar aquella casette a todo volumen. Y antes de que, llegados a este punto, el lector se empiece a descojonar de risa, le invito a detener su impulso un segundo y pensar quiénes son los auténticos tarados en esta historia.

Ghost Dog puede pasar como uno de los trabajos más “convencionales” del realizador de Ohio, aunque no deja completamente de lado señas de identidad como las escenas largas (centrándose muchas veces en detalles en apariencia irrelevantes y sin utilidad argumental), el ritmo pausado (muuuy pausado) y muchas reflexiones sobre la vida y el mundo que nos rodea, vistos una vez más a través de los ojos de uno de esos personajes “tirados” y marginales que tanto le molan a Jarmusch: un asesino a sueldo que sigue rígidamente los dictados del código samurai japonés. Así durante dos horas, que por sorprendente que pueda parecer no se hacen demasiado pesadas. Buena parte de culpa de que esto sea así la tiene el bueno de Forest Whitaker, que sujeta la peli con los dientes si es necesario gracias a su buen trabajo, lo cual no implica que la película sea mala. Ocurre simplemente que el hilo narrativo está demasiado estirado (muy al estilo de Jarmusch, por otra parte) pero en esta ocasión la presencia de Whitaker ayuda, y mucho, a enmascarar cualquier carencia. Y además la banda sonora está bastante bien y pone su granito de arena para hacer más llevadera la película.

¿Se puede recomendar Ghost Dog?. Yo creo que sí, pero atención, porque sigue siendo una cinta poco convencional para espectadores poco convencionales, aunque en absoluto equiparables a los que gustan del Jarmusch más “indie”. Desde luego, el que espere ver a un negraco de dos por dos repartiendo estopa por las calles a katanazo limpio lo lleva claro. Vaya esto por delante antes de que alguien se alquile la cinta con toda su ilusión y la deje a medio metraje mientras se acuerda de mi madre. No me vengan luego con que no se lo advertí.

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La caja 507

Publicado el Sábado 10 junio 2017

La Caja 507 (2002)

Director: Enrique Urbizu
Interpretes: Antonio Resines, Jose Coronado, Goya Toledo…

“¿Porqué no habláis de cine español en esta página?”. Esto me lo preguntaba un amigo al que le estaba enseñando la web el otro día.

Es cierto: en COMPUTER AGE se habla poco de cine español y generalmente mal, como hace casi todo el mundo. Y no es para menos, puesto que en los últimos años “nuestro cine” se ha ganado su mala fama a pulso con astracanadas como ESTA, ridículos como el de los Goya e insultos a la inteligencia (cuando no algo más grave) como ESTE OTRO. Hoy en día, buscar buen cine español (reciente se entiende) es como coger un cedazo y ponerse a buscar oro en la corriente de un río. Se trata de algo difícil, pero no imposible, y un ejemplo de ello es la película LA CAJA 507.

Rodada en 2002, LA CAJA 507 es una “rara avis” en un cine español demasiado acostumbrado desde siempre a la comedia barata y a la Guerra Civil. Este “trhiller”, escrito y dirigido por Enrique Urbizu, fracasó por culpa de la falta de promoción y de esa “mala fama” que persigue al cine patrio, que hizo que muchos potenciales espectadores no se animasen a verla creyendo que si lo hacían tirarían el dinero en la taquilla. Yo mismo tampoco estaba muy convencido el día que fui al cine, aunque reconozco que me picaba la curiosidad.

Y no pude salir más satisfecho. La caja 507 es una película entretenida y emocionante, llena de virtudes que comienzan en un guión sólido como una roca y finalizan en una magnífica dirección, en la que destaca el atípico tratamiento de los personajes principales, alejado de lo habitual en este tipo de películas. El mundo aquí es una gran “zona gris” en la que ni los “buenos” son unos santos sin mácula ni los “malos” unos absolutos hijos de la gran puta. De este modo, Rafael Mazas (un antiguo policía ahora asociado a un poderoso “capo” de la mafia italiana) no vacila en liarse a tiros de ser necesario, pero al mismo tiempo siente asco de la vida que lleva y lo arriesga todo, incluido el propio pellejo, por salir de todo aquello junto a la mujer que ama. En el lado ¿contrario? tenemos a Modesto Pardo, un hombre corriente al que no le importa nada, ni siquiera la muerte de gente inocente, con tal de vengar a su hija. Desde este punto de vista, La caja 507 recuerda un poco a la fascinante Heat de Michael Mann. Enrique Urbizu, supo sacar un partido extraordinario de dos actores como Antonio Resines (Modesto Pardo) y José Coronado (el adusto Rafael Mazas), para nada habituales en papeles dramáticos. Los dos están que se salen, sin desmerecer al resto del elenco del filme, en el que destacan nombres como los de Javier Coromina (Toni Lomas) y Jorge Calvo (el político corrupto que sale al principio de la película). A este último tuve ocasión de conocerle personalmente mientras representaba en Madrid la versión teatral de La cena de los idiotas y se quedó de piedra cuando le reconocí por su aparición en el filme de Urbizu, donde sale con gafas y una poblada barba.

Ya es hora de hacer justicia con La caja 507, una de las mejores películas españolas de los últimos años y, sin duda, la mejor de 2002. Una buena demostración de que en España todavía es posible hacer buen cine, entretenido además de hecho como Dios manda, si uno se lo propone, tiene el talento necesario y se rodea de la gente adecuada. Y aunque parezca mentira gente así existe en esta mierda de país. Y no, no se apellidan ni Almodóvar (arg!!) ni Amenábar (ARG!!) ni Segura (ARRRRGGHHHH!!!).

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Roger y yo

Publicado el Viernes 2 junio 2017

Roger y Yo
Roger and Me (1987)

Director: Michael Moore

Roger And MeHoy en día hay mucha gente que reconoce la oronda figura de Michael Moore, aunque sólo sea por la repercusión que en su momento tuvo el documental Fahrenheit 9/11, que llegó a ser galardonado en Cannes y convirtió a Moore en un tipo famoso y multimillonario. Pero yo puedo presumir (si eso es motivo de presunción) de haberlo conocido mucho antes: en 2000, al poco de dar de alta mi primera línea ADSL, alguien que conocí en un Chat me habló de un “agitador de masas” americano con un puntilloso sentido de la ironía y bastante mala leche. Resultó ser Michael Moore, del que me recomendaron un libro suyo, ¡Todos a la calle!, que acabó gustándome mucho. Luego se estrenó Bowling for Columbine, un turbador documento que indaga en las causas de la proliferación de armas en Estados Unidos, y confieso que me convertí en fan de este tío.

Como ya se adivina, la trayectoria de Moore resulta más larga de lo que muchos podrían pensar. Este “agitador de masas” punta de lanza del “lobby anti-bush” americano, comenzó a remorder conciencias en su Flint natal (Michigan), donde dirigió una publicación de corte satírico-político. A finales de los 80 Flint vivió en carne propia el significado de una palabra que hoy en día a muchos les resultará familiar: Deslocalización. De la noche a la mañana, Roger Smith, presidente de General Motors, decidió desmantelar once de las enormes plantas de producción de automóviles que allí había para llevárselas a México, donde un operario gana menos de la tercera parte del sueldo que cobra su homólogo gringo. GM no estaba perdiendo dinero, pero su presidente entendió que no era bastante y quería más. Aquella decisión, parte del bonito legado de ese gran presidente que fue Ronald Reagan (lo hizo casi tan bien como lo hacía de actor), fue como dejar caer una bomba atómica sobre la ciudad, que perdió 30.000 empleos directos y se convirtió en poco menos que en un gheto, donde la gente tuvo que aprender a “ponerse las pilas” o resignarse a vivir prácticamente con lo puesto. Como descendiente de trabajadores de GM y residente en Flint, Michael Moore trató de localizar a Roger Smith para pedirle explicaciones.

Este es el eje pivotante del que fuera primer documental de Michael Moore, que solo ahora, a remolque de la actual fama de su creador y gracias a la magia de Internet, empieza a ser conocido. Aquellos que ya hayan visto otros trabajos de Moore más recientes encontrarán familiar este, cocinado sobre la base de los mismos ingredientes. Lo que caracteriza tal vez a Roger y yo sobre esos otros trabajos es que encabrona, más aun de lo habitual en cualquier cinta de nuestro conocido “agitador”. Y esto es así porque su temática resulta terriblemente cercana a todos, pues no se está hablando de asuntos que afectan mayormente a los USA, como la proliferación de armas (Bowling for Columbine) o el desastre del sistema sanitario (Sicko). La probabilidad de que un trajeado con falta de riego cerebral por culpa de una corbata decida, de buena mañana, que “no sirves” es tan real y cercana como la vida misma, y eso encabrona. Pero encabrona todavía más que la explicación a eso sea tan peregrina como “ya ganamos una pasta, pero queremos más”. Y ya encabrona al máximo la sensación de impotencia por no poder hacer nada para evitar que esta gente se salga con la suya, en buena parte por culpa de una sociedad aborregada y alienada donde el “sálvese quien pueda” y el “mejor a ti que a mí” están a la orden del día. Michael Moore ilustra todo esto con ejemplos claros, como el del presidente “con conciencia social” que no vacila en arruinar una ciudad mientras gasta millones de dólares en su club privado, o el de aquellos que, teniendo la posibilidad de informar a las masas sobre lo que ocurre, callan y otorgan cobardemente por miedo a perder sus migajas. No faltan escenas rayanas en el surrealismo, como la de los vejestorios ricachones que, mientras juegan al golf, acusan a los despedidos de Flint de no querer trabajar, o personajes como el del “desahuciador profesional” (absolutamente odioso y detestable) o el de la futura Miss Michigan (¿es que no hay una sola miss inteligente en este planeta?) que dan toda la razón a canciones como Al fin, por fin, el fin de A Palo Seko: nos estamos ganando a pulso irnos todos a tomar por culo, por méritos propios.

Aunque no nos cuente nada que no sepamos o que no podamos imaginarnos ya, Roger y yo cumple con su función. Desgraciadamente no servirá de nada, pero sería peor permanecer callado. Como película no llega a los niveles de Bowling for Columbine, el mejor trabajo de Michael Moore hasta la fecha, pero personalmente me ha gustado. A Michael Moore se le podrán echar en cara muchas cosas tal vez, pero creo que como cineasta y como activista es absolutamente necesario, a pesar de que muchos consideran “inofensivas” sus denuncias y le acusan de sacar tajada (y qué tajada) de lo que hace. Pero no llega a los niveles del imbécil de Bono (sí, el de U2) y al menos no calla, que es lo que deberíamos hacer todos para tratar de cambiar, un poco aunque fuese, esta mierda de sociedad que nos ha tocado padecer y que entre todos, con nuestra cobarde complacencia, hemos contribuido a crear.

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