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Alfredo el Grande. Vida de un cómico

Publicado el sábado 15 septiembre 2018

Alfredo el Grande. Vida de un cómico (2008)

Autor: Marcos Ordóñez

Editorial: Aguilar

alfredo_el_grande_vida_de_un_cmico_medA principios de los años 70 muy pocos podrían haber imaginado que Alfredo Landa acabaría por convertirse en uno de nuestros mejores y más respetados actores. Olvidados sus inicios en el teatro, donde dio buena muestra de los mimbres que tenía como actor, Landa se hizo famoso persiguiendo suecas en una serie de filmes casposos que le hicieron acreedor de un peculiar honor: el de ser el único actor del mundo, que se sepa, que ha dado nombre a un género cinematográfico, el “Landismo”. Pero el cine, como la vida, da muchas vueltas, y a veces ofrece oportunidades que sólo los tíos grandes como Alfredo alcanzan a exprimir en su totalidad. Ni que decir tiene que este hombre las tuvo, y las supo aprovechar para encaramarse al pedestal en que, merecidamente, se encuentra hoy. Con tales precedentes, cualquier escrito sobre él tiene que resultar a priori interesante.

Sentarse a leer este libro es como sentarse ante el sofá del Abuelo Cebolleta para escuchar sus batallitas, que es seguramente lo que hizo el autor grabadora en ristre, sin apenas tratar de entablar diálogo o profundizar en la conversación. Y ese es precisamente su mayor defecto: al principio puede resultar interesante, pero es algo que casi siempre termina cansando, y aquí se nota particularmente cuando el “Abuelo” deja a un lado el teatro para empezar a relatar sus andanzas en el cine y comienza a acumular fechas, nombres y detalles, siguiendo un esquema bastante reiterativo además. Ejemplo: “En 1965 hice tal y cual película, bla, bla, bla, y conocí a fulano y a mengano, que eran bla, bla, bla. En 1966 participé en bla, bla, bla, y entablé relación con zutano y mengana que bla, bla, bla”. Así todo el rato. Demasiado simple, este estilo de narración en línea cronológica tal vez pueda sostenerse durante un tiempo, pero acaba por aburrir. Sobre todo en la parte final, ya metidos en harina con los años 90, cuando la carrera de Landa comenzó a alternar infames teleseries para consumo de zotes mononeuronales (Lleno por favor) con insulsas naderías cinematográficas (léasé todo lo que rodó junto a Garci por aquel entonces). Y es una pena, porque estoy convencido de que con un enfoque distinto quizá el libro podría haber dado más de sí, y más aún tratándose de una biografía sobre un personaje como Alfredo Landa, que desde la primera página demuestra tener una memoria casi fotográfica y un verbo fluido e inteligente, a la par que gracioso cuando es necesario. El libro apenas escarba superficialmente en pasajes que podrían dar pie a momentos muy interesantes, mientras que alarga en exceso hechos como el de la reciente polémica por el enfrentamiento con Garci o el famoso “traspiés mental” a cuenta del Goya de honor de 2008. Unos hechos exprimidos sin duda para avivar las ventas, pero que parecen más propios de programas de TV como ¿Dónde estás corazón? y mierda similar, y que en un libro supuestamente serio como este tienen, a mi juicio, tanto interés como una excursión turística por el Metrosur de Madrid.

Evidentemente, Alfredo el Grande está pensado y montado con la idea clara de convertirse en best seller, con todo lo malo que eso implica. Se deja sentir en esa estructura tan simple, que no se complica apenas la vida, y en los tintes propios de prensa rosa. Todo ideado sin duda para “cazar” masivamente a lectores no demasiado exigentes. Y sin embargo yo no diría que el libro sea malo. Es cierto que va de más a menos: empieza muy bien y se va diluyendo hasta el tercio final, que sobra en su mayor parte y se podría haber resumido mucho. Muchísimo. Si tuviera que recomendarlo lo haría por la primera mitad, un buen relato sobre cómo funcionaban los mundos del teatro y el cine en tiempos del Madrid Ye-Ye y los ministros del Opus, auténticos nidos de serpientes en los que el cotarro era controlado por una ralea de empresarios-cacique cuyos modos convertirían al señorito Iván de Los santos inocentes en un tipo simpatiquísimo y encantador. Eran otros tiempos, desde luego, pero en cierto modo mejores, aunque parezca increíble. Y no se trata de nostalgia gratuita: al menos, en aquella época había gente con talento dispuesta a todo para sacar adelante sus ideas.

**Y si quieres puedes pinchar aquí para leer el comentario que en Computer Age le dedicamos a Las verdes praderas, el mejor trabajo de Landa como actor de cine (reconocido por él mismo).

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Los Duelistas

Publicado el miércoles 12 septiembre 2018

Los Duelistas
The Duellists (1977)

Director: Riddley Scott
Interpretes: Keith Carradine, Harvey Keitel, Cristina Raines

Año 1979. Aquel fue el año del estreno de Alien, película inicialmente pensada como un producto de serie B y bajo presupuesto para aprovechar el tirón de la “moda espacial” impuesta por George Lucas. Ni que decir tiene que la jugada salió redonda. Su enorme éxito sobrepasó las perspectivas más optimistas, hasta el punto de convertirse casi de inmediato en un clásico de la ciencia ficción. Sus protagonistas estaban en boca de todos, e incluso Sigourney Weaver pasó a ser considerada un sex symbol (¿?). Uno de los que sacó mejor tajada de su participación en el filme fue su director, Ridley Scott, quién a partir de entonces quedó inmejorablemente posicionado en el mundo del cine para demostrar que sus habilidades no eran fruto de la casualidad, tal y como atestiguan obras del calibre de Blade Runner o Thelma y Louise.

Mucha gente cree hoy en día que Ridley Scott debutó en la dirección con Alien. En otros casos, más divertidos, hay gente que te asegura por activa y por pasiva que Scott se pasó veinte años sin dirigir desde Blade Runner a Gladiator (por no leer no leen ni la IMDB). Nada más lejos de la realidad, amigos. Para 1979 el hoy “Sir” atesoraba ya una curtida experiencia detrás de las cámaras gracias a su agencia de publicidad, con la que había rodado cerca de 3.000 (tres mil) anuncios y ganado un notable prestigio. Su salto a la gran pantalla, tras un periodo de “prácticas” en diversas series de TV, estaba cantado, y se produjo dos años antes con una película pequeña y sin casi pretensiones, pero realizada con gran entusiasmo y hoy injustamente olvidada: LOS DUELISTAS.

Para su debut como director de cine, Scott eligió un relato de Joseph Conrad sobre dos oficiales de los ejércitos napoleónicos que se pasaron veinte años enfrentándose entre sí en diversos duelos por causa de una ridícula disputa de honor. La historia, al parecer basada en un hecho real, cautivó al director inglés, quién se empeñó en llevarla al cine contra viento y marea. Muchos fueron los escollos que tuvo que salvar para ver su sueño convertido en realidad, pero finalmente lo consiguió. Tras un rodaje lleno de anécdotas Los Duelistas se estrenó en 1977 con una tibia acogida de la crítica (que pese a todo le otorgó un premio a la mejor dirección novel en Cannes, algo paradójico teniendo en cuenta que ya entonces el director era casi un cuarentón) y la total indiferencia del público; hasta el punto de que, pese al escaso presupuesto de la cinta (menos de un millón de dólares USA), ésta no recuperó su inversión hasta hace relativamente poco tiempo, aunque en ello tal vez cuente el hecho de que en su día no gozó del respaldo de buenas campañas de distribución o de publicidad. De hecho, yo solo la he visto emitida por TV en una ocasión (hace ya un buen montón de años) y era de madrugada.

Sin ser ninguna obra maestra del cine Los Duelistas delata, ya de inicio, algunas de las mejores virtudes de Ridley Scott como director, como la más que digna dirección de actores y su inconfundible sentido de la estética “marca de la casa”, apoyado en una conjunción de música y fotografía sobre la que comentaremos más adelante. Como el propio Ridley reconoce, el haber empezado tarde en el cine, lejos de suponer una losa, se convirtió en una ventaja para él: su dilatada experiencia en el rodaje de anuncios y series de TV le había enseñado a trabajar de un modo rápido y eficiente, sacando el máximo partido de cada recurso disponible y a sabiendas de qué era lo que mejor quedaba al menor coste (en Alien por ejemplo, los decorados de la nave Nostromo se hicieron con chatarra procedente de un cementerio de aviones).

Pese a las estrecheces presupuestarias, Scott pudo contar para Los Duelistas con un notable reparto en el que destacan los nombres de Keith Carradine y Harvey Keitel como protagonistas, entonces dos estrellas en ciernes. Ambos están respaldados por un buen plantel de secundarios en el que destaca con luz propia todo un tótem de la escena británica como Albert Finney. Scott hizo gala de una notable inteligencia para planificar y rodar las escenas, poniendo a su favor circunstancias que para otros muchos directores se habrían convertido en obstáculos muy difíciles de salvar. Así, como no hubiere dinero para construir decorados de época, el rodaje se hizo íntegramente en exteriores y en escenarios reales, lo que contribuyó a dar mayor verosimilitud al filme incluso en las escenas que se desarrollan en un supuesto París que, en realidad, es un villorrio perdido en alguna parte de Bretaña. Del mismo modo, como tampoco había mucho dinero para derrochar en cámaras y filtros de luz, la mayor parte de las escenas se rodaron “al natural” y con trucos de cámara baratos y escaso uso de focos (para los que, huelga decirlo, tampoco había mucho dinero disponible). Esto confiere a la película un aspecto que, conjuntado con la minimalista y evocadora partitura compuesta para la ocasión por Howard Blake, acabaría por convertirse en marca del cine de Ridley Scott. Para el director es muy importante la conjunción de música y fotografía a la hora de crear el marco estético ideal para una escena, aspecto éste en el que nuestro “Sir” es un consumado maestro, procurando tener siempre a su vera a excelentes compositores y directores de fotografía: nadie puede imaginarse hoy por hoy los inmensos escenarios de, por ejemplo, Thelma y Louise o la opresiva imagen del apretujado Tokio de Black Rain sin su correspondiente (y brillantísimo) acompañamiento musical, que inevitablemente nos empuja a pensar en aquellas películas y a evocar una enorme amalgama de sensaciones.

Los Duelistas es un filme a revindicar dentro de una trayectoria irregular pero llena de hitos inolvidables en la moderna historia del cine. No es que sea una obra maestra, insisto, pero se trata de un trabajo más que aceptable y honesto cuya visión (y en algunos aspectos admiración) está plenamente justificada. Su mayor defecto sea, tal vez, el tempo excesivamente pausado de algunas escenas, que puede hacer largas para algunos las dos horas de metraje, más teniendo en cuenta que a priori un argumento tan parco no parece ser suficiente para abarcar tanta película. Sin embargo, Scott ya mostró en Los Duelistas su (entonces incipiente) habilidad para manejar con buena mano el tempo del metraje, en otra de las inequívocas señas de identidad de su cine, que se podría resumir en la frase “sin prisa pero sin pausa”: ritmo tranquilo, pero no tedioso; acción a raudales, pero sin caer en estridencias ni en montajes mareantes. Sorprende este detalle si nos atenemos al hecho de que el realizador inglés venía de un mundo en el que cuantas más cosas cuentes en el menor tiempo posible mejor. Pero Ridley, perro viejo él, no caería en los errores que sí cometerían los miembros de la inmediatamente posterior “generación del video clip”, personificada en directores basura como Russell Mulcahy o el mismísimo hermano de Ridley, Tony Scott, y que tantísimo daño le hicieron al cine comercial a partir de los años 80.

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Encuentros en la tercera fase

Publicado el lunes 10 septiembre 2018

Encuentros en la tercera fase.
Close Encounters of the Third Kind (1977)

Director: Steven Spielberg
Interpretes: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Bob Balaban.

¿Lo mejor de Spielberg?

Recientemente he dedicado parte de mi escaso tiempo libre a darle una segunda oportunidad a la Biografía no autorizada de Steven Spielberg escrita por John Baxter, un afamado crítico australiano entre cuyos créditos figura una biografía de Stanley Kubrick que, dicen, es de lo mejor que jamás se ha escrito sobre el genial y paranoico director. Su libro sobre Spielberg, que me compré hace casi cuatro años, me pareció muy farragoso y mal escrito la primera vez que lo leí (“veintitrés euros a la basura”, pensé yo entonces) aunque tras releerlo, he sido capaz de sacarle muchas más cosas positivas que la primera vez. Me sigue pareciendo mal estructurado y difícil de leer, pues a su autor “se le va la pinza” no pocas veces y el nivel de la traducción al castellano deja en ocasiones bastante que desear, con erratas y fallos de bulto. Yo, desde luego, lo habría escrito de otra manera, pero es justo reconocer que gracias a él he vuelto a redescubrir, por enésima vez, algunos filmes de la primera etapa de Steven Spielberg que han caído olvidados en la memoria popular, pese a ser grandes éxitos en su día. Tal vez el ejemplo más emblemático sea Encuentros en la tercera fase, una cinta que al estar “encajonada” entre Tiburón y En busca del Arca Perdida ha perdido, con los años, buena parte de su impacto inicial.

Camino del Infierno

La historia de Encuentros en la tercera fase es la de una “apropiación” que llegó a la cima tras pasar por muchas vicisitudes y dificultades. Spielberg todavía se encontraba inmerso en el rodaje de Tiburón cuando puso sus ojos en Watch the skies, un guión escrito años antes por Paul Schrader y que circulaba de estudio en estudio sin que nadie lo quisiera financiar. Steven lo adquirió y lo rescribió prácticamente en su totalidad con la ayuda de varios colaboradores y amigos suyos como John Milius (Tito Steven nunca ha sido un buen guionista, y de hecho hasta Inteligencia Artificial nunca volvió a firmar un guión). Con la ayuda de su amiga, la productora Julia Phillips, y de unos cuantos contactos, se lanzó a buscar dinero con el que producir una película cuyo presupuesto inicial de 8 millones de dólares acabaría convertido en pura entelequia.

Con el proyecto ya en marcha comenzó la búsqueda de técnicos y actores. En la parcela técnica Steven quería a los mejores y no se reparó en nada a la hora de contratarlos. En cuanto a los actores Spielberg, que odiaba trabajar con estrellas por considerarlas maniáticas y difíciles de manejar, se buscó un reparto que ofreciese solvencia pero que no fuese muy conocido. Richard Dreyfuss, que pese a no estar demasiado convencido con el guión se olía que la película iba a ser un éxito, aceptó el papel protagonista rebajando sus pretensiones económicas iniciales a casi la mitad (de 500.000 a 300.000 dólares) tras enterarse de que Jack Nicholson estaba a punto de aceptar en su lugar. Pero lo que más llama la atención es la inclusión en el reparto de François Truffaut. Las malas lenguas comentaron que Spielberg le había elegido para mejorar la publicidad de la cinta en Europa, donde el autor de Tiburón era considerado como “palomitero” y ultracomercial, pero lo cierto es que el director de Cincinatti buscaba dar un enfoque internacional al fenómeno OVNI, dando a entender que no se trataba de un asunto puramente americano. Además, Steven admiraba la obra de Truffaut, particularmente El pequeño salvaje y La noche americana, película en la que el director francés daba la impresión de dominar la lengua de Shakespeare con cierta soltura. Luego se demostró que ni mucho menos era cierto, así que el guión fue retocado para incluir la figura de un traductor de francés.

Un rodaje complicado

Llevar a buen término Encuentros en la tercera fase no resultó nada fácil. El guión, con su profusión de localizaciones y su trama acerca de marcianos y platillos volantes impuso unos costes que los directivos de Columbia Pictures (que financió finalmente la película) no habían previsto en su totalidad. Tras los problemas que tuvo en Tiburón con el rodaje en exteriores, Spielberg se empeñó en rodar en estudio todo cuanto fuese posible, obligando a la construcción de decorados que elevaron enormemente el presupuesto. Del mismo modo, a Steven no le habían gustado nada las filtraciones en la prensa sobre Tiburón y convirtió el “set” de su nueva película en un búnker por el que nadie podía pasearse sin la debida autorización. De hecho, el mismísimo director acabaría probando su propia medicina, cuando un día se olvidó la tarjeta de acceso y fue “invitado” a abandonar el plató. Ni los propios actores conocían, en su mayoría, de qué iba exactamente la película, lo que originó todo tipo de controversias en la prensa. Los problemas y retrasos del rodaje se acumularon de un modo tal que a Truffaut llegaron a habilitarle un despacho para que fuese trabajando en su próxima película como director. En la Columbia se tiraban de los pelos por los nervios y con razón: la película acabó costando 19 millones de dólares, más del doble de lo presupuestado. Para hacerse una idea de lo significativo de esta cifra baste decir que La Guerra de las Galaxias, estrenada el mismo año que la cinta que nos ocupa, se hizo con 12 millones. Spielberg había demostrado una vez más su fama de “manirroto” y, al más puro estilo James Cameron, volvió a pasarse de presupuesto como anteriormente le había ocurrido con Tiburón y más tarde le ocurriría con 1941.

Una maravilla de la técnica.

Para resultar económicamente rentable Encuentros en la tercera fase debía recaudar al menos 133 millones de dólares antes de impuestos, una cifra muy respetable en 1977. John Milius le confesó a un amigo antes del estreno que “esta película será o el mayor éxito de la Columbia o la película que arruinará a la Columbia”. Pero Spielberg había nacido con buena estrella y se sabía en posesión de todos los triunfos. Para empezar, supo rodearse de un equipo técnico de calidad incuestionable en el que destacaban dos nombres propios: el director de fotografía, Vilmos Zsigmond, y el encargado de efectos especiales, el legendario Douglas Trumbull. El primero dotó a la película de un aspecto inconfundible, siendo además responsable de plasmar con maestría algunas de las mejores ideas visuales de Spielberg, como sobreiluminar la película en la escena final para difuminar las figuras de los enjutos marcianos diseñados por Carlo Rambaldi (el hombre que unos años después sería el creador de E.T.), logrando con ello un efecto sobrecogedor. El segundo no necesita presentación. Considerado el mejor técnico de efectos especiales del mundo, Trumbull había demostrado de qué era capaz trabajando en la mítica 2001 de Kubrick y en la más que decente (y también desconocida por muchos) Naves misteriosas, que él mismo había dirigido en 1971. Como en aquellas, los efectos ópticos y trucajes empleados por este genio para Encuentros en la tercera fase no tienen defecto alguno. La palma se la lleva la nave nodriza de los marcianos, cuya aparición en pantalla durante la secuencia final resulta absolutamente espectacular.

La música, protagonista indiscutible

El guión de Encuentros en la tercera fase daba a la música una importancia capital, pues es el lenguaje que humanos y extraterrestres utilizan para comunicarse, otorgándole el nivel de idioma universal. Para el difícil empleo de componer una partitura adecuada, Spielberg confió nuevamente en John Williams (autor de la música en todos los trabajos de Spielberg para el cine excepto El color púrpura). Williams venía de ganar un merecido Oscar por Tiburón y ni que decir tiene que cumplió su labor a la perfección. Curiosamente, lo que más tiempo le llevó crear fue la “llamada” de los marcianos, compuesta por cinco notas a modo de saludo: un día entero se pasó Williams al piano, probando cientos de combinaciones. La “tonadilla” es una de las señas de identidad más indiscutibles del filme, y se hizo tan popular que en muchas casas fue adoptada como llamada para el timbre de la puerta. Para hacerse una idea de la importancia que se otorgaba a la música en esta cinta, baste decir que Spielberg ordenó a Michael Khan (otro de sus habituales) montarla adaptándola a la música, en lugar de hacerlo al contrario como es lo normal.

Experiencia cinematográfica total

Para tranquilidad de sus productores y del propio Tito Steven Encuentros en la tercera fase fue un éxito arrollador en todo el mundo desde su estreno en Noviembre de 1977, compitiendo sin miramientos con La Guerra de las Galaxias (estrenada en Mayo de ese año) en la carrera por convertirse en el filme más taquillero de la historia. La película raya a un nivel fantástico en todas sus facetas técnicas, con especial mención a los logradísimos efectos especiales, aun hoy totalmente válidos y capaces de poner en evidencia a más de un “fanático” del ordenador que tanto han destrozado el cine en los últimos tiempos. Pero la película, afortunadamente, no se queda ahí. Spielberg, que llenó el guión de referencias a su familia y a sus vivencias juveniles, aprovechó para exhortizar como nunca había hecho antes (y nunca hizo después) los fantasmas del divorcio de sus padres, un hecho del que nunca se ha recuperado. Steven creó el personaje de Roy Neary (interpretado por un colosal Richard Dreyfuss) a imagen y semejanza de su propio padre, como un ser que, al borde del desequilibrio por una obsesión (los OVNIS en el caso de Neary y el trabajo en el del padre de Spielberg) no siente apenas remordimientos cuando ve que su mundo se desmorona a su alrededor. Su mujer le abandona, se lleva a los niños y los vecinos le tachan de loco, pero él sigue a lo suyo, prácticamente imperturbable en pos de su objetivo.

Steven Spielberg sacó a relucir toda su magia para crear una película maravillosa. Su mejor película en opinión de algunos. Pese al lastre de un guión algo endeble, se consigue mantener la tensión en el espectador incluso en las escenas más pesadas, como el encuentro final con los extraterrestres, que dicho sea de paso está muy bien resuelto y resulta emocionante por su mensaje optimista, totalmente contrario a lo habitual en una película “de marcianos” donde éstos suelen ser más bien belicosos. Los actores están todos fantásticos. Incluso el niño, Cary Guffey, resulta notablemente más soportable de lo que es habitual en cualquiera de las cintas “con niño” de Spielberg, donde éstos tienden a resultar indefectiblemente hostiables por cargantes. Tal vez sea porque no sale mucho, no se, pero el caso es que no te entran ganas de tirar algo a la pantalla como ocurre viendo, por ejemplo, La Guerra de los Mundos, película por cierto muy pero que MUY inferior en comparación. Y es que Spielberg, como el mundo del cine en general, tampoco es el que una vez fue.

La Edición especial

Pese al gran éxito cosechado a nivel de crítica y de público, Spielberg no estaba muy convencido con el resultado final , pues la productora había impuesto ciertas condiciones en el montaje y la estructura de la historia, motivo por el cual el director estrenó una Edición especial en 1980 con algunos cambios y escenas nuevas rodadas después del estreno del 77, como una de Neary en el interior de la nave nodriza extraterrestre. De esta manera, Spielberg mataba dos pájaros de un tiro, eludíendo la responsabilidad de rodar la segunda parte que ansiaba la Columbia, estrenando la película que originariamente quería y a la vez contentando a la productora, que sacó una enorme tajada a cambio de los 4 millones extra que costó el nuevo montaje. Los sinsabores y las enormes dificultades que hubieron de sortear todos aquellos que participaron en el rodaje quedaron sobradamente compensados con el resultado final de ambas películas. El propio Richard Dreyfuss supo verlo desde el primer momento, y haciendo gala de su ácido sentido del humor, le espetó a Spielberg el último día de rodaje: “Esta ha sido la experiencia más dura de mi vida. Muchas gracias”.

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El Orfanato

Publicado el miércoles 5 septiembre 2018

El orfanato (2007)

Director: Juan Antonio Bayona
Intérpretes: Belén Rueda, Fernando Cayo, Roger Princep, Monserrat Carulla, Andrés Gertrúdix

orfanato.jpgSi hace unos años alguien me hubiese dicho que, un día, me pasaría ocho meses sin pisar una sala de cine, seguramente me habría parecido increíble. Y es que hubo un tiempo en que quien esto escribe era perfectamente capaz de, en ocasiones, ver tres e incluso más películas por semana en el cine de turno. Pero aquí estamos, y resulta que desde la última vez en que pisé una sala de cine (para ver Zodiac) hasta el momento de ver El orfanato han pasado casi ¡nueve meses!.

¿Razones para esto?. Pues varias. Dejando a un lado el punto de vista de gente que, como yo, sostiene que vivimos el último suspiro del cine al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora, una razón de peso es sin duda el carísimo precio de las entradas. Jamás en la vida habría imaginado que dos personas tendrían que desembolsar casi 14 euros para entrar en un cine, y encima sin la garantía de ver una buena película a cambio (y sin contar con el gasto suplementario en palomitas y bebidas, por supuesto). Hace sólo diez o doce años, lo cual no es tanto tiempo, mis padres me daban precisamente la mitad de ese dinero cada fin de semana: 1100 pelas de las de entonces. No era precisamente una pasta, y aun así era posible pasar la tarde – noche viendo una peli de estreno en el cine, para luego gastar el dinero sobrante pillando “el puntillo” con los colegas a base de minis de cerveza barata y kalimotxo de tetra-brick.

De esta forma, a nadie le debe extrañar que sea mi novia la que me haya empujado últimamente a ver cine en pantalla grande. De no ser por ella, es seguro que no habría visto ni la mitad de las películas que he visto en los últimos dos años (no muchas, ciertamente); entre ellas esta que nos ocupa hoy.

El orfanato es la típica película encargada como cada año de maquillar los penosos registros cuantitativos y cualitativos del cine “apañó”. Pero tampoco hay que llevarse a engaño: en una producción de esta categoría, con mucho dinero de por medio, las campañas publicitarias hechas “a degüello” para poner culos en las butacas a toda costa, influyen de manera determinante en los resultados de taquilla. Y que una película sea un éxito no quiere decir necesariamente que sea una maravilla. Este es el caso de El orfanato, aunque todo depende del punto de vista con el que se enjuicie el filme.

Porque afortunadamente esto no es Alatriste, donde se mire por donde se mire, el resultado es una mierda del tamaño del Burj Dubai. Vista como mero entretenimiento, con la clara intención de dejar el cerebro a un lado de la butaca, El orfanato cumple su cometido, aunque sin alardes. El problema viene cuando tratamos de enjuiciarla como película con todas las letras. Entonces el frágil castillo de naipes se viene abajo estrepitosamente, saliendo a flote todas las carencias de una cinta que se parece al Monstruo de Frankenstein, construida a base de pedazos de otros filmes pegados aquí y allá, y cargada de topicazos, algún diálogo absurdo y escenas filmadas de manera lamentable (la atropellada carrera de Belén Rueda por la playa es un claro ejemplo). No se necesitan ni cinco minutos de metraje para tener la sensación de que se está viendo Los otros II, pero tampoco hace falta escarbar mucho para encontrar “referencias” a otras muchas películas del género de terror como Poltergeist, El Resplandor o House, una casa alucinante (de la cual plagia con absoluto descaro la idea central del argumento).

En resumidas cuentas, y tal y como hemos dicho antes, pasarlo bien con El orfanato depende mucho del color del cristal con que se mire. Rodada de forma aséptica pero sin maestría alguna, de manera bastante rutinaria, entretiene lo justo y tiene algunos momentos buenos, aunque tampoco realmente brillantes. Sin embargo como película no resiste un análisis mínimamente serio, excepción hecha de la buena interpretación de Belén Rueda. La impresión es que por 6,90 la entrada uno se merece más a cambio. Claro que, tal y como están las cosas, tampoco se pueden pedir peras al olmo.

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Odisea en los Territorios del Horror

Publicado el martes 4 septiembre 2018

Apocalypse Now: Odisea en los Territorios del Horror (2002)
Autor: Iván Reguera
Editorial 400 Golpes

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Si existe una película emblemática sobre el horror de la guerra en general e incluso del ser humano en particular, esa es sin duda Apocalypse Now, una verdadera maravilla que hizo honor a su nombre durante los largos años que duró su rodaje en las inhóspitas selvas de Filipinas, lugar en el que durante un tiempo estuvo ubicado el Infierno.

La gestación de semejante monstruosidad (en todos los sentidos) daría de sí para una larga serie de gruesos libros, y sin embargo no abundan aquellos exclusivamente centrados en ésta, menos aun en español. Por este motivo resulta interesante tener en cuenta Apocalypse Now: Odisea en los Territorios del Horror.

Como claramente indica su título, el libro se adentra en los pormenores de un proyecto personal de Francis Ford Coppola que pasó a convertirse en una obsesión, y que estuvo cerca de destruirle a él y a todos los que tuvieron la osadía de embarcarse en la realización del filme, una de las más complicadas de toda la Historia. Sin embargo, Odisea en los Territorios del Horror no se reduce a una mera colección de anécdotas, en cuyo caso el resultado habría sido algo pobre habida cuenta de la cantidad de información de ese tipo que, sobre la cinta que nos ocupa, circula mismamente por Internet.

En lugar de eso, el autor opta por analizar pormenorizadamente el filme desde el punto de vista cinematográfico e incluso más allá, llegando por ejemplo a adentrarse en la psicología de los personajes, yuxtaponiéndola con los de la novela de Joseph Conrad en que se basa la cinta y con los propios implicados en la filmación, que en mayor o menor medida se vieron afectados por toda aquella locura. Este camino tal vez sea difícil para aquellas personas que sólo buscan una lectura amable y sencilla (para entendernos: una simple recopilación de anécdotas, de esas que se suelen soltar en las reuniones de amigos para echar unas risas y tal vez para quedar como un señor muy entendido en materia de cine). Sin embargo, el resultado a la larga es más satisfactorio, habida cuenta de que, tal y como explicamos, el libro va mucho más allá y no se queda en lo meramente superficial, aunque anécdotas haberlas haylas por supuesto. Si a esto le unimos que el lenguaje utilizado es ameno y directo, huyendo de la plomiza retórica habitual en críticos de cine “resabiados” como Méndez Leite (por poner un solo ejemplo) y que el libro es cortito, el resultado es una obra a tener en cuenta por aquellos deseosos de saber “algo más” sobre un filme mítico. O más bien dos: no olvidemos el Redux, por supuesto comentado con todo detalle en el trabajo que nos ocupa, y sobre el que el autor se posiciona claramente a favor respecto al montaje original de 1979, para mí con razón.

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