LA ERA DE LAS GRANDES SERIES
Por José Luis Ruiz Mesa
La ingente cantidad de basura que emite la televisión ha provocado que se haya caído en la reduccionista visión de que todo lo que sale por la pequeña pantalla es detrito. Uno siempre ha tenido la impresión de que la cosa iba a peor. Aquellos ciclos de cine de autor son ya un paraíso perdido. Ahora si se emite una película de calidad es a horas intempestivas. La música brilla por su ausencia en la parrilla de las televisiones punteras y si aparece algo interesante es desterrado también a horarios de madrugada. Bien es cierto que antes se abusaba de la música comercial (en el sentido peyorativo de la palabra), pero también es verdad que había espacios para conciertos y especiales donde se apostaba por estilos y grupos de prestigio. Hemos sido presa durante mucho tiempo de “Gran Hermano”, “Operación Triunfo” y demás telebasura.
El caso es que parafraseando a Woody Allen en España no tiran la basura, la convierten en televisión. Pero hay un resquicio para la esperanza de los inconformistas: las series de televisión americanas. Se ha dicho que esta es la era dorada para las producciones “made in USA” y el que suscribe esto no puede estar más de acuerdo. Ahora bien, los hábitos han cambiado y mucha gente disfruta de estas series no a través de la caja tonta, sino por medio de Internet. La razón: la comodidad. Uno no tiene que esperar a que le pongan su ración cada semana. Puede hacerlo cuando quiera y como quiera. Atrás quedan los tiempos en los que uno se convertía en un irreductible fan de “Doctor en Alaska” y sufría lo indecible porque o bien le cambiaban cada dos por tres el horario o bien ponían los capítulos sin ningún orden. Aquello era demencial.
Siempre ha habido series de calidad, pero ahora proliferan hasta el punto de que no cabe la menor duda de que las mejores producciones audiovisuales realizadas en USA no son películas, sino series. Una simple enumeración basta para defender cargado de razón esta idea: “Los Soprano”, “A Dos Metros Bajo Tierra”, “Perdidos”, “El Ala Oeste De La Casa Blanca”, “Nip/Tuck”, “Roma”, “Deadwood”, “24″, “Dexter”…
Estas son las más destacadas, pero hay otro buen puñado de obras que también acaban enganchando: “Héroes” (interesante planteamiento, discutible resolución y futuro poco prometedor), “Weeds” (divertida y con el aval de la excelsa Marie Louise Parker) , “Me Llamo Earl” (corrosiva, aunque reiterativa), “House” (gran personaje que si existiera en verdad sería aborrecible en extremo, algún que otro capítulo excepcional… y también reiterativa), “Anatomía De Grey” (empezó bien, pero se está diluyendo cual azucarillo), “Californication” (David Duchovny se luce haciendo de escritor bloqueado y promiscuo), “The Office” (entretenida sin más pretensiones), “Prison Break” (a pesar de los clichés es muy adictiva; va perdiendo interés progresivamente), “The Shield” (excelente el personaje de Michael Chiklis), “Damages” (interesante estructura y excepcional Glenn Close), “Mujeres desesperadas” (tiene su punto, pero va perdiendo con el paso de las temporadas), “Carnivale” (reflexiones metafísicas y una visión muy personal de la América de 1934)…
Los géneros que tocan son de lo más variado: político, western, mafia movies, histórico, film noir, drama, thriller, fantasía, comedia, etc. O sea que es imposible que uno no encuentre lo que necesita en alguna de las series citadas arriba. Hay para todos los gustos.
Las que uno recomendaría con más pasión se merecen un breve comentario. Así que vayamos al grano:
-”Los Soprano” (1999-2007) es una obra maestra se mire por donde se mire. No tiene nada que envidiar a las cimas artísticas de las “mafia movies” como “El Padrino” o “Uno De Los Nuestros”. Cuenta con un reparto espectacular en el que sobresalen James Gandolfini y Edie Falco como marido y mujer de esta especial familia de New Jersey. Cuenta con un valor añadido: mantiene el nivel con el paso de las (seis) temporadas. David Chase, que por cierto andaba metido también en la reivindicable “Doctor En Alaska”, ha sabido contar una desgarradora historia que sirve de reflexión sobre el poder y la corrupción de una sociedad enferma. Tiene diálogos memorables, situaciones brillantemente resueltas y, sin duda, es un magnífico tratado sobre el alma humana.
-”A Dos Metros Bajo Tierra” (2001-2005) también alcanza cotas sublimes. “Los Soprano” es un análisis de la mafia moderna, mientras que “A Dos Metros Bajo Tierra” se centra en las vicisitudes de una familia de Pasadena que regenta una funeraria. Los Fisher son unos raritos y mantienen relaciones disfuncionales. Alan Ball, que escribió la turbadora “American Beauty”, disecciona con una honestidad brutal la realidad de unos personajes siempre envueltos en conflictos demasiado humanos. El tono de la serie fluctúa. Puede contener momentos de humor macabro o bucear en el interior de la conciencia con exquisita sensibilidad. Y no esconde nada. Homosexualidad, perversiones sexuales, maltratos paternos… Habla de la muerte con la naturalidad que la mayoría evitamos. Es una obra profundamente vitalista. Y cuando se lo propone te pone un nudo en la garganta.
-“Perdidos” (2004-?) es droga dura. Si las buenas series causan adicción, “Perdidos” se lleva la palma. Mezcla con acierto aventura, drama, fantasía y thriller. 48 supervivientes del vuelo de Oceanic 815 caen en una isla perdida del Pacífico. La idea de contar las historias de estos personajes a través de “flashbacks” (ahora han empezado a usar “flashforwards”) y de relacionarlos con un entorno extraño y hostil ha deparado un éxito artístico y de público bien merecido. Parece escrita por un Stephen King con veleidades filosóficas y está tan bien hecha que muchos capítulos no tienen nada que envidiar al mejor cine comercial. Es decir, se han gastado bien la pasta. El problema es que están engordando demasiado la trama. Eso ha provocado que ya hayan colado algo de relleno y no hace falta ser Nostradamus para saber que en el futuro lo seguirán haciendo si, como han anunciado, van a las seis temporadas. Una pena. Deberían haber atado cabos y respondido a las mil preguntas que han lanzado al aire. Si hubieran economizado desde un punto de vista narrativo les habría salido una obra redonda.
-”El Ala Oeste De La Casa Blanca” (1999-2006) trata un tema que en manos de otro creador que no fuera Aaron Sorkin podría haber sido un ladrillo. Esta serie enseña los entresijos de una administración que maneja la Casa Blanca y está magistralmente facturada. Su mejor aval es contar con claridad las historias y un reparto de mucha altura. Allison Janney, Bradley Whitford, Martin Sheen, Stockard Channing, John Spencer o Richard Schiff bordan sus papeles. El presidente Bartlet y su staff actúan conforme a un sentido común y un ideario que ya quisiéramos que adoptara Bush.
-”Nip/Tuck” (2003-?) es una inquietante creación de Ryan Murphy. Sean McNamara y Christian Troy son dos cirujanos plásticos que llevan una clínica en Miami. Mientras uno lleva como puede una triste vida familiar que se derrumba paulatinamente, el otro es un inmisericorde mujeriego adorador del dios dólar. En el devenir de la serie surje un inquietante violador en serie. “Nip/Tuck” es una ácida crítica a una sociedad cuyos valores están corrompidos. La importancia que se le da a la apariencia cuando lo esencial es otra cosa. Vivimos vidas superficiales y todo lo que nos importa es que nos operen para dejarnos más bonita la nariz.
-“Roma” (2005-2007). No lo he mencionado anteriormente, pero cualquier cosa que provenga de HBO se merece nuestra atención. “Roma” es otro producto de este canal y, desde luego, rezuma calidad. La trama es inmejorable. Es apasionante Historia. Se centra en los años de Julio César y su adoptado sucesor Octavio cuando Roma era el centro del mundo. Las luchas intestinas por el poder, las guerras y la brutalidad más descarnada aparecen muy bien filmadas. Además, la narración avanza a través del punto de vista de dos soldados romanos (Lucius Vorenus y Titus Pullo). Todo está cuidado al detalle (vestuario, puesta en escena, etc.) y cuenta con personajes tan memorables como el interpretado por Polly Walker (Atia). La historia del Imperio Romano ya se había contado muy bien en la clásica “Yo Claudio” (1976), pero en “Roma” se acentúa la crudeza con la que se relatan los hechos. Es, claro, un punto de vista más moderno.
-“Deadwood” (2004-2006) es un western de aliento shakespeariano. El autor de esta gran serie es David Milch, que cuenta con mucha pericia los avatares de un pueblo fronterizo en el siglo XIX que desconoce lo que es la ley y el orden. Sí se sabe lo que es el crimen y la prostitución. Y el ansia por enriquecerse como sea. El jefe de Deadwood es el turbio Al Swearengen (impresionante Ian McShane), cuyos tejemanejes son el eje de la trama. El reparto es magnífico y la historia está muy bien escrita. Eso sí, el inicio es lo mejor de esta serie. La primera temporada está por encima de lo que vino después (dos temporadas más).
-“24″ (2001-?) puede presumir de tener un formato diferente. Cada capítulo es una hora de las 24 que contiene un día. Por ende, cada temporada se desarrolla en un día en el que no hay descansos y se suceden los acontecimientos de forma vertiginosa. Jack Bauer trabaja para la agencia antiterrorista de LA y es el protagonista absoluto de una serie sumamente adictiva. Kiefer Sutherland, que borda su papel, frustra amenazas de bomba y de expansión de virus letales, evita asesinatos a tutiplén… Es un héroe atípico que sigue sus propias reglas. Desde luego no es un bueno al uso. Es capaz de cualquier tropelía con tal de hacer lo que estima oportuno (la tortura a sospechosos es un método del que abusa) y a veces se empecina en actuar conforme a su interés particular en vez de pensar en el general. Los terroristas pueden ser chinos, rusos, musulmanes o balcánicos, pero muchas veces los que hacen daño son los propios americanos. Gente del gobierno o… el propio presidente de los USA. Las mejores temporadas hasta la fecha son la primera y la quinta.
-“Dexter” (2006-?) parte de una premisa desafiante y transgresora. ¿Cómo es posible hacer comprensible el universo de un “serial killer” y que el público no lo encuentre totalmente abyecto? Dexter Morgan trabaja para el departamento de Policía de Miami. Es una rata de laboratorio, cuyos conocimientos sobre la sangre son muy útiles en el análisis forense. Está traumatizado pues de niño presenció cómo mataban a su madre. Su padre adoptivo canalizó sus ansias homicidas con un código. Sólo asesina a criminales. Es un monstruo, pero sabe ocultarlo. Está vacío, pero se aferra a la relación con su hermana y con su novia, una vulnerable mujer maltratada por su ex con dos retoños. “Dexter” está sabiamente construida y en su primera temporada todo funciona como el mecanismo de un reloj. La segunda entrega sigue siendo buena, pero no alcanza el nivel de excelencia de la precedente. Dos cosas a destacar: la magistral composición del personaje principal de Michael C. Hall (el gay de “A Dos Metros Bajo Tierra”) y el ingenio puesto en los títulos de presentación de la serie.
No es Bob Dylan. No es Bruce Springsteen. No es Neil Young. Sí que es otro heredero de Woody Guthrie, pero además ha sido capaz de mantener una coherencia digna de elogio y una notable calidad artística a lo largo de nada menos que 30 años de carrera. Salido de un pueblecito llamado Gainesville (Florida), Tom Petty, que nació el 20 de octubre de 1950, logró hacer realidad el sueño de convertirse en una rock star y lo hizo contando con un grupo -The Heartbreakers- que ha acabado funcionando como una típica familia. Como cualquier chiquillo de los 60 se rindió al poder mágico de Elvis Presley y luego quedó fascinado por ese arrasador huracán que fueron los Beatles. Tom Petty apostó fuerte porque su vida fuera la música y gozó de la suerte necesaria para que su talento se acabara imponiendo a las adversidades. El caso es que puede presumir, como Jackson Browne, John Mellencamp o John Hiatt, de haber legado a la posteridad unas cuantas piezas maestras del mejor rock americano.
Que Tom Petty tiene un corazón rebelde se puso de manifiesto de nuevo con la salida de “Hard Promises” (1981). La compañía puso un precio alto al disco aprovechando el tirón del exitoso precedente y al rubio sureño le sentó como un puñetazo en la boca del estómago. Petty se enciende cada vez que se siente víctima de una injusticia y aquí presionó hasta que bajaron el precio. En la esfera de lo estrictamente musical, cabe destacar que “Hard Promises” no era tan bueno como “Damn The Torpedoes”, pero era consistente y atesoraba una maravilla como es la pegadiza “The Waiting”.
Luego pasaron tres años para que saliera una nueva obra de Petty. Con la producción de Rick Rubin esta vez, el subio sureño entregó otra magnífica obra. “Wildflowers” (1994). El cambio es evidente. Rubin trabaja de una forma diferente a Lynne. Este disco fluye con más naturalidad. “You Don’t Know How It Feels”, “You Wreck Me”, “It’s Good To Be King”, “Only A Broken Heart” y la misma “Wildflowers” son buenas muestras de lo que es capaz de hacer Tom Petty cuando le visitan las musas.
En la década de los 70 fue saludado como el futuro del rock, en los 80 se convirtió en una superestrella, en los 90 parecía perdido para la causa y en el siglo XXI ha recobrado la capacidad para emocionar. “Magic” es la última prueba irrefutable de que Bruce Springsteen es un artista cuya inspiración no se ha agotado. Es una obra que remite a su glorioso pasado. Rezuma honestidad y vitalismo. Todo aquello que hace que el rock sea redentor.
Tras esta romántica obra maestra de rock urbano llegan los problemas. Springsteen se mete en una batalla legal contra su representante al descubrir que los derechos de sus canciones no le pertenecen. Así que pasan tres largos años hasta que ve la luz un nuevo disco. En plena era punk sale “Darkness On The Edge Of Town” (1978), que supura amargura en grandes cantidades. Ahora las viñetas reflejan las inquietudes de héroes anónimos de clase trabajadora. El sueño americano se convierte en pesadilla. “Badlands” (con el clásico filme de Terrence Malick en mente), “The Promised Land” o “Candy’s Room” son joyas que ponen de manifiesto que la rabia y la angustia pueden servir de vehículo para escribir grandes temas.
Se abre un tiempo de silencio. Un lustro después vuelve con dos discos. “Human Touch” (1992) es flojo. La producción sigue siendo un lastre y lo peor es que las canciones dan la impresión de ser rutinarias. Uno echa de menos a la E Street Band. “Lucky Town” (1992) es otra cosa. Está un escalón por encima. Tampoco es que sea para tirar cohetes, pero se sostiene por una superior inspiración. Lo que es una evidencia es que Springsteen carece del feeling de tiempos pretéritos.


