archivos J.L.Ruiz

Un prestigitador llamado Springsteen

Publicado el Sábado 29 julio 2017

bruce2.jpgEn la década de los 70 fue saludado como el futuro del rock, en los 80 se convirtió en una superestrella, en los 90 parecía perdido para la causa y en el siglo XXI ha recobrado la capacidad para emocionar. “Magic” es la última prueba irrefutable de que Bruce Springsteen es un artista cuya inspiración no se ha agotado. Es una obra que remite a su glorioso pasado. Rezuma honestidad y vitalismo. Todo aquello que hace que el rock sea redentor.

Pero hagamos un flashback para repasar la carrera del Boss aprovechando la coyuntura de que ha editado su décimo quinto disco en estudio. Bruce Springsteen (23-09-1949, Freehold, NJ) llevaba ya intentándolo en los 60 (Castiles, Child, Steel Mill) cuando a principios de los 70 le fichó Columbia Records. En un principio se le etiquetó con el reducido estereotipo de nuevo Dylan. Un cliché que se le quedaba pequeño. Sí, esgrimía una lírica cercana a la del bardo de Duluth, pero era capaz de hacer rock’n’roll en la línea de un Elvis Presley o un Jerry Lee Lewis. Y era un amante confeso del Wall Of Sound del genial Phil Spector.

La ópera prima de Springsteen no podía ser más prometedora. “Greetings From Asbury Park, N.J.” (1973) era un estreno a lo grande. Presumía de temazos del calibre de “Growin’ Up”, “Spirit In The Night”, “For You” o “It’s Hard To Be A Saint In The City”. No tenía relleno. Pero pasó inadvertido. Sin embargo, “Blinded By The Light” se convirtió tiempo más tarde en un hit para Manfred Mann’s Earth Band.

La continuación corrió la misma suerte. “The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle” (1973) no sólo mantiene el nivel creativo, sino que en algunos casos supera el listón (seminales “Incident On 57th Street”, “4th Of July, Asbury Park (Sandy)” y “New York City Serenade”). Springsteen empieza a cincelar su mítico mundo de coches y chicas. Este también es el álbum de los guiños jazzísticos y de esa epopeya teenager que es “Rosalita (Come Out Tonight)”.

A la tercera fue la vencida. El ascenso de Springsteen no es precisamente meteórico. Lento, pero seguro. O sea que cuando llegó a la cima ya era un artista hecho y derecho. El Boss reúne la formación que mejores resultados le ha dado. Esa E Street Band conformada por Clarence Clemons al saxo, Steve Van Zandt a la segunda guitarra, Danny Federici al órgano, Roy Bittan al piano, Garry Tallent al bajo y Max Weinberg a la batería. “Born To Run” (1975) es, escogiendo un atajo, el mejor disco de Springsteen. Es más, es uno de los grandes álbumes de la historia de la música popular. La insuperable “Thunder Road”, la brutal “Backstreets”, ese himno que es “Born To Run” o la monumental “Jungleland” son partituras inmortales. Especialmente recomendable es la edición del 30 aniversario. Sea como fuere, este es el disco que catapultó al Boss al status de crack mediático.

bruce11.jpgTras esta romántica obra maestra de rock urbano llegan los problemas. Springsteen se mete en una batalla legal contra su representante al descubrir que los derechos de sus canciones no le pertenecen. Así que pasan tres largos años hasta que ve la luz un nuevo disco. En plena era punk sale “Darkness On The Edge Of Town” (1978), que supura amargura en grandes cantidades. Ahora las viñetas reflejan las inquietudes de héroes anónimos de clase trabajadora. El sueño americano se convierte en pesadilla. “Badlands” (con el clásico filme de Terrence Malick en mente), “The Promised Land” o “Candy’s Room” son joyas que ponen de manifiesto que la rabia y la angustia pueden servir de vehículo para escribir grandes temas.

Después publicó “The River” (1980). Este es un doble álbum en el que se revela la gran versatilidad de un autor capaz de confeccionar himnos para reventar estadios (“Hungry Heart”, “Sherry Darling”, “Out In The Street”) o en las antípodas es capaz de romper corazones con baladas sinuosas (“Point Blank”, “Drive All Night”, la misma “The River”).

Y la sorpresa llegó acto seguido. Springsteen se lo montó él solito mucho antes de que se pusieran de moda los “Unplugged”. “Nebraska” (1982) es una gran colección de temas acústicos que retrotraen a Bob Dylan, Johnny Cash o Woody Guthrie. La América de Reagan queda retratada en blanco y negro con historias de perdedores y seres marginales. Grabado en un cuatro pistas, “Nebraska” es un álbum de una desnudez máxima. No hay finales felices. Tras el fundido en negro brotan las lágrimas…

Hasta aquí, la obra de Springsteen es inmaculada. A partir de “Born In The USA” (1984) empiezan las dudas, los peros, los defectos. Este es el punto de inflexión. Springsteen ya estaba instalado en el star-system, pero a partir de este momento pasa a ser una megaestrella. “Born In The USA” es un buen disco, pero peca a ratos de superficial (cae presa del populismo). Eso sí, “Bobby Jean”, “Downbound Train” o “No Surrender” valen un potosí. Por cierto, el tema que da título al disco fue etiquetado de himno conservador, cuando es todo lo contrario. El caso es que Springsteen no hizo bien la digestión de vender millones de discos.

“Tunnel Of Love” (1987) es irregular. A este romanticismo le falta la sustancia de antaño. Luce una producción que por momentos es irritante. Algunos lo consideran un disco de culto. Se equivocan. Falta pasión, se echa de menos la rabia y la frustración que impulsaban a Springsteen hacia metas superiores. Esconde buenos temas, por supuesto. Verbigracia, “Brilliant Disguise” o “One Step Up”. Este LP presagió el divorcio de Springsteen, que acabaría casándose después con la cantante Patti Scialfa (posteriormente miembro de la E Street Band).

bruce21.jpgSe abre un tiempo de silencio. Un lustro después vuelve con dos discos. “Human Touch” (1992) es flojo. La producción sigue siendo un lastre y lo peor es que las canciones dan la impresión de ser rutinarias. Uno echa de menos a la E Street Band. “Lucky Town” (1992) es otra cosa. Está un escalón por encima. Tampoco es que sea para tirar cohetes, pero se sostiene por una superior inspiración. Lo que es una evidencia es que Springsteen carece del feeling de tiempos pretéritos.

Antes de grabar “The Ghost Of Tom Joad” (1995) gana el óscar por “Streets Of Philadelphia”. Se ha convertido en el rey Midas. Cuando los presagios son peores, Springsteen demuestra que aún se puede defender su causa. “The Ghost Of Tom Joad” recupera la autenticidad de “Nebraska”. Basándose en “Las Uvas De La Ira” de John Steinbeck y con la película de John Ford bien guardada en el corazón, Springsteen ofrece una nueva lección de cómo aguantar el tipo con medios austeros. Como apunte anecdótico cabe destacar que la canción que sirve como título para el disco tuvo una cover de Rage Against The Machine.

“The Rising” (2002) sirve para que continúe recuperando crédito. Vuelve a grabar con The E Street Band (desde el “Born In The USA no hacía tal cosa). Con la tragedia del 11 de septiembre como trasfondo, “The Rising” se eleva con el ingrávido peso de 15 canciones donde la esperanza acaba ganando la partida al dolor y la tristeza.

Como confirmación de que está en buena racha edita “Devils & Dust” (2005). Retorno a la faceta acústica y a la exploración de su vertiente de contador de historias. “Devils & Dust” es un escalofriante retrato de un soldado en la guerra de Irak, “Long Time Comin’” refresca por su aliento vivificante. “Maria’s Bed” y “All I’m Thinkin’ Bout” también sobresalen en un álbum notable.

El siguiente paso es inesperado. “We Shall Overcome: The Seeger Sessions” (2006) es el primer disco de versiones en la larga trayectoria de Springsteen. Se trata de un excelente tributo a la figura de Pete Seeger y por extensión de los cantautores folk cuyo compromiso con la realidad circundante es total.

Por último, saca “Magic” (2007). Otra vez cuenta con sus mejores compañeros de viaje: la seminal The E Street Band. En el álbum hay constantes guiños a su propia obra (sirva de ejemplo la cita obvia a “Tenth Avenue Freeze Out” que se observa en “Livin’ In The Future”). Pero también es fácil discernir referencias a clásicos de la Biblia del Rock (brilla con intensidad la spectoriana “Girls In Their Summer Clothes”).

Bruce Springsteen no gozará del prestigio intelectual de otros artistas, pero la calidad de su trabajo resiste la comparación con cualquiera de ellos. Resulta lamentable comprobar cómo muchos le desdeñan desde el desconocimiento o porque no entra en el canon de lo ‘cool’ proclamar que te gusta Springsteen. No obstante, parece que su figura cada vez es más reconocida por grupos ‘indies’. Llegará el momento de su exaltación. No cabe la menor duda de que será reivindicado como una figura esencial. En contraposición, también es irritante comprobar como para muchos el rock se reduce a Springsteen. Ni una cosa, ni la otra.

El genio de Freehold se merece un puesto de honor en el Olimpo. Sólo hay que asistir (uno siempre acaba estupefacto) a alguno de sus incontestables directos para saber que es muy grande. Y si no, basta con un somero repaso a su primera etapa antes del estrellato universal. O, qué demonios, tengamos en cuenta que fue capaz de descartar los temas incluidos en la magnífica caja “Tracks” (1998). Este tipo ha hecho historia.

Por Jose Luis Ruiz

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La Era De Las Grandes Series

Publicado el Lunes 1 mayo 2017

LA ERA DE LAS GRANDES SERIES
Por José Luis Ruiz Mesa

24.jpgLa ingente cantidad de basura que emite la televisión ha provocado que se haya caído en la reduccionista visión de que todo lo que sale por la pequeña pantalla es detrito. Uno siempre ha tenido la impresión de que la cosa iba a peor. Aquellos ciclos de cine de autor son ya un paraíso perdido. Ahora si se emite una película de calidad es a horas intempestivas. La música brilla por su ausencia en la parrilla de las televisiones punteras y si aparece algo interesante es desterrado también a horarios de madrugada. Bien es cierto que antes se abusaba de la música comercial (en el sentido peyorativo de la palabra), pero también es verdad que había espacios para conciertos y especiales donde se apostaba por estilos y grupos de prestigio. Hemos sido presa durante mucho tiempo de “Gran Hermano”, “Operación Triunfo” y demás telebasura.

El caso es que parafraseando a Woody Allen en España no tiran la basura, la convierten en televisión. Pero hay un resquicio para la esperanza de los inconformistas: las series de televisión americanas. Se ha dicho que esta es la era dorada para las producciones “made in USA” y el que suscribe esto no puede estar más de acuerdo. Ahora bien, los hábitos han cambiado y mucha gente disfruta de estas series no a través de la caja tonta, sino por medio de Internet. La razón: la comodidad. Uno no tiene que esperar a que le pongan su ración cada semana. Puede hacerlo cuando quiera y como quiera. Atrás quedan los tiempos en los que uno se convertía en un irreductible fan de “Doctor en Alaska” y sufría lo indecible porque o bien le cambiaban cada dos por tres el horario o bien ponían los capítulos sin ningún orden. Aquello era demencial.

Siempre ha habido series de calidad, pero ahora proliferan hasta el punto de que no cabe la menor duda de que las mejores producciones audiovisuales realizadas en USA no son películas, sino series. Una simple enumeración basta para defender cargado de razón esta idea: “Los Soprano”, “A Dos Metros Bajo Tierra”, “Perdidos”, “El Ala Oeste De La Casa Blanca”, “Nip/Tuck”, “Roma”, “Deadwood”, “24”, “Dexter”

Estas son las más destacadas, pero hay otro buen puñado de obras que también acaban enganchando: “Héroes” (interesante planteamiento, discutible resolución y futuro poco prometedor), “Weeds” (divertida y con el aval de la excelsa Marie Louise Parker) , “Me Llamo Earl” (corrosiva, aunque reiterativa), “House” (gran personaje que si existiera en verdad sería aborrecible en extremo, algún que otro capítulo excepcional… y también reiterativa), “Anatomía De Grey” (empezó bien, pero se está diluyendo cual azucarillo), “Californication” (David Duchovny se luce haciendo de escritor bloqueado y promiscuo), “The Office” (entretenida sin más pretensiones), “Prison Break” (a pesar de los clichés es muy adictiva; va perdiendo interés progresivamente), “The Shield” (excelente el personaje de Michael Chiklis), “Damages” (interesante estructura y excepcional Glenn Close), “Mujeres desesperadas” (tiene su punto, pero va perdiendo con el paso de las temporadas), “Carnivale” (reflexiones metafísicas y una visión muy personal de la América de 1934)…

Los géneros que tocan son de lo más variado: político, western, mafia movies, histórico, film noir, drama, thriller, fantasía, comedia, etc. O sea que es imposible que uno no encuentre lo que necesita en alguna de las series citadas arriba. Hay para todos los gustos.

Las que uno recomendaría con más pasión se merecen un breve comentario. Así que vayamos al grano:

-“Los Soprano” (1999-2007) es una obra maestra se mire por donde se mire. No tiene nada que envidiar a las cimas artísticas de las “mafia movies” como “El Padrino” o “Uno De Los Nuestros”. Cuenta con un reparto espectacular en el que sobresalen James Gandolfini y Edie Falco como marido y mujer de esta especial familia de New Jersey. Cuenta con un valor añadido: mantiene el nivel con el paso de las (seis) temporadas. David Chase, que por cierto andaba metido también en la reivindicable “Doctor En Alaska”, ha sabido contar una desgarradora historia que sirve de reflexión sobre el poder y la corrupción de una sociedad enferma. Tiene diálogos memorables, situaciones brillantemente resueltas y, sin duda, es un magnífico tratado sobre el alma humana.

-“A Dos Metros Bajo Tierra” (2001-2005) también alcanza cotas sublimes. “Los Soprano” es un análisis de la mafia moderna, mientras que “A Dos Metros Bajo Tierra” se centra en las vicisitudes de una familia de Pasadena que regenta una funeraria. Los Fisher son unos raritos y mantienen relaciones disfuncionales. Alan Ball, que escribió la turbadora “American Beauty”, disecciona con una honestidad brutal la realidad de unos personajes siempre envueltos en conflictos demasiado humanos. El tono de la serie fluctúa. Puede contener momentos de humor macabro o bucear en el interior de la conciencia con exquisita sensibilidad. Y no esconde nada. Homosexualidad, perversiones sexuales, maltratos paternos… Habla de la muerte con la naturalidad que la mayoría evitamos. Es una obra profundamente vitalista. Y cuando se lo propone te pone un nudo en la garganta.

lost.jpg“Perdidos” (2004-?) es droga dura. Si las buenas series causan adicción, “Perdidos” se lleva la palma. Mezcla con acierto aventura, drama, fantasía y thriller. 48 supervivientes del vuelo de Oceanic 815 caen en una isla perdida del Pacífico. La idea de contar las historias de estos personajes a través de “flashbacks” (ahora han empezado a usar “flashforwards”) y de relacionarlos con un entorno extraño y hostil ha deparado un éxito artístico y de público bien merecido. Parece escrita por un Stephen King con veleidades filosóficas y está tan bien hecha que muchos capítulos no tienen nada que envidiar al mejor cine comercial. Es decir, se han gastado bien la pasta. El problema es que están engordando demasiado la trama. Eso ha provocado que ya hayan colado algo de relleno y no hace falta ser Nostradamus para saber que en el futuro lo seguirán haciendo si, como han anunciado, van a las seis temporadas. Una pena. Deberían haber atado cabos y respondido a las mil preguntas que han lanzado al aire. Si hubieran economizado desde un punto de vista narrativo les habría salido una obra redonda.

-“El Ala Oeste De La Casa Blanca” (1999-2006) trata un tema que en manos de otro creador que no fuera Aaron Sorkin podría haber sido un ladrillo. Esta serie enseña los entresijos de una administración que maneja la Casa Blanca y está magistralmente facturada. Su mejor aval es contar con claridad las historias y un reparto de mucha altura. Allison Janney, Bradley Whitford, Martin Sheen, Stockard Channing, John Spencer o Richard Schiff bordan sus papeles. El presidente Bartlet y su staff actúan conforme a un sentido común y un ideario que ya quisiéramos que adoptara Bush.

-“Nip/Tuck” (2003-?) es una inquietante creación de Ryan Murphy. Sean McNamara y Christian Troy son dos cirujanos plásticos que llevan una clínica en Miami. Mientras uno lleva como puede una triste vida familiar que se derrumba paulatinamente, el otro es un inmisericorde mujeriego adorador del dios dólar. En el devenir de la serie surje un inquietante violador en serie. “Nip/Tuck” es una ácida crítica a una sociedad cuyos valores están corrompidos. La importancia que se le da a la apariencia cuando lo esencial es otra cosa. Vivimos vidas superficiales y todo lo que nos importa es que nos operen para dejarnos más bonita la nariz.

“Roma” (2005-2007). No lo he mencionado anteriormente, pero cualquier cosa que provenga de HBO se merece nuestra atención. “Roma” es otro producto de este canal y, desde luego, rezuma calidad. La trama es inmejorable. Es apasionante Historia. Se centra en los años de Julio César y su adoptado sucesor Octavio cuando Roma era el centro del mundo. Las luchas intestinas por el poder, las guerras y la brutalidad más descarnada aparecen muy bien filmadas. Además, la narración avanza a través del punto de vista de dos soldados romanos (Lucius Vorenus y Titus Pullo). Todo está cuidado al detalle (vestuario, puesta en escena, etc.) y cuenta con personajes tan memorables como el interpretado por Polly Walker (Atia). La historia del Imperio Romano ya se había contado muy bien en la clásica “Yo Claudio” (1976), pero en “Roma” se acentúa la crudeza con la que se relatan los hechos. Es, claro, un punto de vista más moderno.

“Deadwood” (2004-2006) es un western de aliento shakespeariano. El autor de esta gran serie es David Milch, que cuenta con mucha pericia los avatares de un pueblo fronterizo en el siglo XIX que desconoce lo que es la ley y el orden. Sí se sabe lo que es el crimen y la prostitución. Y el ansia por enriquecerse como sea. El jefe de Deadwood es el turbio Al Swearengen (impresionante Ian McShane), cuyos tejemanejes son el eje de la trama. El reparto es magnífico y la historia está muy bien escrita. Eso sí, el inicio es lo mejor de esta serie. La primera temporada está por encima de lo que vino después (dos temporadas más).

“24” (2001-?) puede presumir de tener un formato diferente. Cada capítulo es una hora de las 24 que contiene un día. Por ende, cada temporada se desarrolla en un día en el que no hay descansos y se suceden los acontecimientos de forma vertiginosa. Jack Bauer trabaja para la agencia antiterrorista de LA y es el protagonista absoluto de una serie sumamente adictiva. Kiefer Sutherland, que borda su papel, frustra amenazas de bomba y de expansión de virus letales, evita asesinatos a tutiplén… Es un héroe atípico que sigue sus propias reglas. Desde luego no es un bueno al uso. Es capaz de cualquier tropelía con tal de hacer lo que estima oportuno (la tortura a sospechosos es un método del que abusa) y a veces se empecina en actuar conforme a su interés particular en vez de pensar en el general. Los terroristas pueden ser chinos, rusos, musulmanes o balcánicos, pero muchas veces los que hacen daño son los propios americanos. Gente del gobierno o… el propio presidente de los USA. Las mejores temporadas hasta la fecha son la primera y la quinta.

“Dexter” (2006-?) parte de una premisa desafiante y transgresora. ¿Cómo es posible hacer comprensible el universo de un “serial killer” y que el público no lo encuentre totalmente abyecto? Dexter Morgan trabaja para el departamento de Policía de Miami. Es una rata de laboratorio, cuyos conocimientos sobre la sangre son muy útiles en el análisis forense. Está traumatizado pues de niño presenció cómo mataban a su madre. Su padre adoptivo canalizó sus ansias homicidas con un código. Sólo asesina a criminales. Es un monstruo, pero sabe ocultarlo. Está vacío, pero se aferra a la relación con su hermana y con su novia, una vulnerable mujer maltratada por su ex con dos retoños. “Dexter” está sabiamente construida y en su primera temporada todo funciona como el mecanismo de un reloj. La segunda entrega sigue siendo buena, pero no alcanza el nivel de excelencia de la precedente. Dos cosas a destacar: la magistral composición del personaje principal de Michael C. Hall (el gay de “A Dos Metros Bajo Tierra”) y el ingenio puesto en los títulos de presentación de la serie.

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Bandini – The Sunny Album

Publicado el Martes 24 enero 2017

Bandini
The Sunny Album
Junk Records 2007

The Sunny AlbumDecálogo de un gran debut

1. ¿Quién se ha puesto la máscara de Bandini? Un cuarteto de rock de guitarras de Madrid capaz de abarcar el realismo sucio y el intimismo descarnado. Bandini ponen la banda sonora perfecta para aquellos que en plena soledad son devorados por sus fantasmas interiores.

2. La portada de “The Sunny Album” (Junk Records, 2007) está diseñada por Pepe Hernández (Grupo Salvaje). No sé si es bonita o fea. Es inquietante. Esta niña rubia mira hacia adentro. Introspección. Algo que define a Bandini. El libreto acaba con una foto de la niña en cuestión sonriendo. Como el disco. O casi.

3. Doble álbum. Triple salto mortal artístico para debutar. Hace falta mucho coraje para presentarse ante el mundo con semejante discurso torrencial. Uno piensa en grandes discos dobles y le vienen a la mente “The White Album” de los Beatles, “Exile on Main Street” de los Rolling Stones, el “Blonde on Blonde” de Bob Dylan, “Quadrophenia” de los Who, “The River” de Bruce Springsteen, “London Calling” de los Clash, “Being There” de Wilco, los dos primeros discos de Tindersticks, el segundo de Red House Painters… Ahí es nada. El caso es que es harto complicado mantener un nivel cualitativo sin altibajos en un doble cd. Bandini salen airosos. No han hecho una genialidad del calibre del Álbum Blanco de los “Fab Four”, pero en su ópera prima no se observan grietas. Eso obedece a que esta banda madrileña ha tenido tiempo de sobra para cuidar cada uno de los detalles, para cincelar cada arreglo con el mimo de un escultor con ansia de trascender al primer intento.

4. ¿Qué define musicalmente a Bandini? La emoción. Las canciones escritas por Ricardo Ruiz están escritas con el corazón y las entrañas (como destacó Bukowski de la escritura de John Fante, creador de ese mito literario que es Arturo Bandini). Dentro de ese rock de alto voltaje emocional caben todo tipo de géneros y matices. A este grupo madrileño le gusta escarbar en el folk rock de clara ascendencia americana. Pero también encuentran sitio para explorar terrenos oscuros (rock al ralentí, meláncolico pop de cámara) o directamente negros (blues, soul e incluso gospel).

5. Cada cd contiene dos canciones-río. Esas cuatro composiciones que van más allá de los 7 minutos son el eje de “The Sunny Album”. En el primer disco se encuentran “Shooting Stars” y “Depression”. Es decir, la asunción de que uno carece de deseos que pedir a esas estrellas fugaces y la caída en la depresión cuando todo tu mundo se desmorona. Esa tensión es neutralizada en el segundo cd. “Autumn Song” y “Wait Until Spring” proclaman que aún queda el reducto de la esperanza. El gélido frío de Noruega (donde vivió Ricardo Ruiz durante un tiempo) no es eterno. La vida puede conducirte por caminos de infortunio o frustración, pero siempre habrá un resquicio por donde se cuele la luz. Sólo hay que esperar a que llegue el cálido aliento de la primavera. Esa excepción a la regla que es la felicidad aparece y justifica con sus chispazos la banalidad, la derrota sin paliativos, el doloroso aislamiento. Por otro lado, cabe reseñar que tres de las cuatro canciones están ornamentadas con arreglos de cuerda y todas ellas van creciendo hasta alcanzar al final de la composición un clímax catártico.

6. La temática del álbum abarca desde la frustración (“Did You Ever Have A Dream Like Mine?”), pasando por el desamor (“Together”), el sexo sin amor (“How Is Your Mind”) la desazón del “outsider” (“Something Goes Wrong”), la ambivalencia del que se odia a sí mismo, pero que a la vez proclama con orgullo que es feliz de ser como es (“Happy To Be Me”), la nostalgia que empaña esas ventanas que llamamos ojos (“Missing”, “The Sheet That Dreams Are Made Of”), la angustia del “loser” (“All The Pain”), la esperanza vestida de remordimiento (“One Day”) y la duda del que vive en la oscuridad y espera que luz alumbre la noche oscura del alma (“Shine”). El recorrido está claro. Uno sobrevive a duras penas. Busca el amor. Se refugia en el sexo. Agoniza en la soledad. Mira hacia a su alrededor y la sociedad le oprime. Está alienado. Escribe para vaciarse, para huir, para buscar un sentido. Y Bandini acaba encontrando la redención en el poder curativo de la música.

7. John Fante es la referencia literaria más obvia, pero hay otros guiños a lo largo de “The Sunny Album”. Si uno escarba, encuentra citas a Paul Auster, Emily Bronte, Nietzsche y Kant. También un homenaje explícito al seminal western “The Searchers” (John Ford) en “Missing”.

8. La expresividad de la voz de Ricardo Ruiz es vital. Pero también son los arreglos de un grupo fundamentalmente de guitarras. El teclado no sólo sirve de colchón, sino que conduce algunos pasajes hacia la visión de bellos paisajes. Y la base rítmica sostiene con majestuosidad todo el andamiaje. Sólo hay que esperar que en posteriores entregas Bandini amplíen horizontes a la hora de estructurar las canciones.

9. Más allá de sesudos análisis, lo que queda es la verdad de un puñado de canciones nacidas para perdurar. Bandini exigen del oyente un esfuerzo. Sus canciones no entran a la primera. Aunque bien es cierto que cuentan con algo parecido a un “hit” (ese himno pop que es “Happy To Be Me”, su canción con más potencial comercial). Cuentan con el aval de algún que otro tema correoso (“All The Pain”) y, por encima de todo, saben dar en la diana cuando explotan su vena lírica (sirvan de ejemplo “The Sheet That Dreams Are Made Of”, “Autumn Song”, “One Day” o “Together”).

10. Y llegamos al espinoso asunto de las influencias. Antes que nada se antoja difícil ubicarles en algún lado en la escena nacional. Sus referentes son otros. Sacian su sed en el abrevadero en el que se refrescaron otros alquimistas de la talla de Nick Drake, John Lennon, Elliott Smith, Leonard Cohen, Neil Young, Lou Reed, Mark Eitzel, Mark Kozelek, Stuart Staples, Jeff Tweedy o Nick Cave. Pero que quede claro, Bandini no es un grupo revisionista. Se inspiran como los citados en momentos de crisis y tienen el valor de hacer un “striptease” emocional desarmante. Cuentan su derrota con la valentía del que lo ha perdido todo, pero aún sigue luchando.

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Tom Petty

Publicado el Lunes 27 junio 2016

El canon del rock clásico americano
Por José Luis Ruiz Mesa

tompetty3.jpgNo es Bob Dylan. No es Bruce Springsteen. No es Neil Young. Sí que es otro heredero de Woody Guthrie, pero además ha sido capaz de mantener una coherencia digna de elogio y una notable calidad artística a lo largo de nada menos que 30 años de carrera. Salido de un pueblecito llamado Gainesville (Florida), Tom Petty, que nació el 20 de octubre de 1950, logró hacer realidad el sueño de convertirse en una rock star y lo hizo contando con un grupo -The Heartbreakers- que ha acabado funcionando como una típica familia. Como cualquier chiquillo de los 60 se rindió al poder mágico de Elvis Presley y luego quedó fascinado por ese arrasador huracán que fueron los Beatles. Tom Petty apostó fuerte porque su vida fuera la música y gozó de la suerte necesaria para que su talento se acabara imponiendo a las adversidades. El caso es que puede presumir, como Jackson Browne, John Mellencamp o John Hiatt, de haber legado a la posteridad unas cuantas piezas maestras del mejor rock americano.

El embrión de Tom Petty & The Heartbreakers fue Mudcrutch, donde ya estaban el propio Petty, el excelente guitarrista Mike Campbell y el teclista Benmont Tench. Petty logró un contrato con Shelter Records en L.A. y en 1976 lanzó su primer álbum. Antes había reclutado al bajista Ron Blair y al batería Stan Lynch. “Tom Petty & The Heartbreakers” es brillante, hay riffs que recuerdan a los Byrds (por cortesía de las benditas rickenbackers), suena sucio al estilo de los Stones y contiene temazos definitivos como “American Girl”, “Fooled Again” (I Don’t Like It) o “Breakdown”. En la época del punk y la new wave fue todo un éxito en Inglaterra. ¿Por qué? Era sencillo, directo, puro rock que confesaba su amor por las bandas de la british invasion de los 60 y el garage rock americano. Entraba en el canon de lo cool en un momento crucial donde se defendía con pasión la vuelta a las raíces, la naturalización de un género que había entrado en terrenos pantanosos (sinfonismo, heavy…).

El segundo intento no fue tan acertado, pero mostraba a un grupo que iba por el buen camino. “You’re Gonna Get It” (1978) escondía en sus entrañas dos perlas como “I Need To Know” y “Listen To Her Heart” y les afianzó como una banda potente, enérgica, visceral y con un gran olfato para hacer temas con aroma a clásico (esa ecuación infalible que aúna grandes melodías con letras sencillas, pero significativas).

El tercer intento dio en el centro de la diana. Al igual que Bruce Springsteen con “Born To Run”, Tom Petty alcanzó la madurez como compositor en “Damn The Torpedoes” (1979). En plena gestación del álbum Tom Petty entró en una batalla legal contra la discográfica y acabó saliendo triunfante de la bancarrota. Su convicción y contenida rabia se hicieron patentes en composiciones definitivas (“Refugee””, “Even The Losers”, “Here Comes My Girl” y la preciosa “Louisiana Rain”). La cristalina producción de Jimmy Iovine aportó su granito de arena. De repente, Petty ya era una sólida realidad. Ojalá todo el mainstream rock fuera tan bueno como el que se alzaba con orgullo de los surcos de “Damn The Torpedoes”. La América post Vietnam y post Wargate cayó rendida a los pies de Petty y cía. Fue un tremendo hit que le convirtió en una superestrella.

tompetty1.jpgQue Tom Petty tiene un corazón rebelde se puso de manifiesto de nuevo con la salida de “Hard Promises” (1981). La compañía puso un precio alto al disco aprovechando el tirón del exitoso precedente y al rubio sureño le sentó como un puñetazo en la boca del estómago. Petty se enciende cada vez que se siente víctima de una injusticia y aquí presionó hasta que bajaron el precio. En la esfera de lo estrictamente musical, cabe destacar que “Hard Promises” no era tan bueno como “Damn The Torpedoes”, pero era consistente y atesoraba una maravilla como es la pegadiza “The Waiting”.

Esta es la época en la que murió la madre de Petty, algo que afectó mucho al autor de “American Girl”. Y también llegó el momento de la colaboración con Stevie Nicks. El rubio sureño le escribió “Stop Draggin’ My Heart Around”, incluido en “Bella Donna”, y ese tema se convirtió en un gran hit. Por aquellas fechas también apareció el bajista Howie Epstein en escena. Tom Petty se lo birló a Del Shannon. Ocupó la vacante dejada por Ron Blair y se acopló a la perfección a los Heartbreakers.

“Long After Dark” (1982) significó un paso atrás. No cabe la menor duda de que es un bajón. Por supuesto que escondía canciones destacables (“You Got Lucky”, “Change Of Heart”), pero la consistencia de entregas anteriores se desvanecía. De hecho, la irregularidad era la característica principal de un álbum que ha caído (con justicia) en el olvido.

Tras un paréntesis de tres años, salió “Southern Accents” (1985). Giras, drogas y una mano destrozada en el camino. Sí, porque Tom Petty se pulverizó una mano estrellándola contra la pared en un acceso de ira. La pretensión de Petty era sacar un doble álbum, pero al final llegó a la conclusión de que la cosa no funcionaría. Carecía del material suficiente de calidad para semejante empresa. Dave Stewart fue el productor y el grupo amplió horizontes estilísticos. Hay guiños country, soul y psicodélicos. Para la hipnótica “Don’t Come Around Here No More” se sacaron de la manga un ingenioso videoclip muy en la onda del universo de Lewis Carroll.

Tras esta obra, Tom Petty & The Heartbreakers se sumergieron en una larga gira con Bob Dylan. Y el siguiente paso en estudio fue “Let Me Up (I’ve Had Enough)” (1987), que vio la luz tras un directo que llegó como entremés: “Pack Up The Plantation: Live!” (1986). “ Let Me Up (I’ve Had Enough)” no acaba de funcionar. Sigue por los derroteros de la irregularidad. Hay partituras que sobresalen (“Jammin’ Me, escrita por Petty con Campbell y Dylan, o “It’s All Work Out”) dentro de un listado de canciones sin la inspiración de antaño.

Después de que le quemaran la casa y de ese divertimento que supuso The Traveling Willburys (esto sí que es una superbanda y lo demás son tonterías), que publicaron un par de interesantes álbumes, Tom Petty se lo montó en solitario con la ayuda de Jeff Lynne. “Full Moon Fever” (1989) es todo un acierto. Aquí Tom Petty recuperó el estado de gracia. Andaba sobrado de temazos y eso se nota. “Free Fallin’”, “I Won’t Back Down”, “Yer So Bad” o “Runnin’ Down A Dream” son incontestables. “Full Moon Fever” es el típico álbum disfrutable al máximo que resiste el paso del tiempo con la autoridad conferida por el hecho de ser todo un clásico.

Acto seguido, Petty intentó mantener el hechizo experimentado al lado de Jeff Lynne añadiendo el ingrediente de los Heartbreakers. “Into The Great Wide Open” (1991) es una repetición de la fórmula, pero sin el aval de las (grandes) canciones del inmediato precedente. No obstante, quedan para el recuerdo composiciones como “Learning To Fly”, “Kings Highway” o la canción que da título al álbum (con aquel videoclip en el que Johnny Depp ostentaba un papel estelar).

Entre medias hay que rememorar por su calidad la contribución de Petty a “Back From Rio” (1990) de Roger McGuinn. Escribió con el ex Byrds la deliciosa e incisiva “King Of The Hill”.

tompetty2.jpgLuego pasaron tres años para que saliera una nueva obra de Petty. Con la producción de Rick Rubin esta vez, el subio sureño entregó otra magnífica obra. “Wildflowers” (1994). El cambio es evidente. Rubin trabaja de una forma diferente a Lynne. Este disco fluye con más naturalidad. “You Don’t Know How It Feels”, “You Wreck Me”, “It’s Good To Be King”, “Only A Broken Heart” y la misma “Wildflowers” son buenas muestras de lo que es capaz de hacer Tom Petty cuando le visitan las musas.

Este instante fue crucial en el devenir de las aventuras de Tom Petty & The Heartbreakers. Hacía poco que “Mary Jane’s Last Dance”, incluida en el pertinente “Greatest Hits” (1993) había sido un exitazo gracias básicamente a que era una gran canción y a su fascinante videoclip en el que salía, por cierto, Kim Basinger. Precisamente esta fue la última canción en la que participó Stan Lynch. Steve Ferrone cogió las baquetas tras la marcha de Lynch (en el interín Dave Grohl también tocó la batería con Petty y cía).

Otro motivo para rendir tributo a Tom Petty & The Heartbreakers es que participaron en las seminales sesiones que dieron fruto a las “American Recordings” de Johnny Cash – es esencial su presencia en “Unchained” (1996)-. Cash hizo un par de covers de Petty: las emblemáticas “Southern Accents” y “I Won’t Back Down”. Casi nada. Este tipo al final ha acabado tocando con sus ídolos (Dylan, Cash, McGuinn, Harrison…) y esas eventuales uniones han sido bastante jugosas.

Tras la apreciable banda sonora “She’s The One” (1996), puso en circulación su particular “Blood On The Tracks”. “Echo” (1999) es su álbum de divorcio. “Room At The Top”, “Accused Of Love” o “This One’s For Me” brillan con luz propia en un disco que seguía las huellas de “Wildflowers”.

La siguiente aventura discográfica de Tom Petty & The Heartbreakers es “The Last DJ” (2002). Un obús contra el establishment. Un dardo contra el negocio musical. El disco es desigual, pero tiene gemas como la misma “The Last DJ” y la sutil “You And Me”.

Los problemas con las drogas pasaron factura a Howie Epstein. Su trágica muerte en 2003 situó de nuevo en los Heartbreakers a Ron Blair (dicho sea de paso en la formación de los Heartbreakers habría que añadir como miembro permanente al versátil Scott Thurston).

El último episodio musical de Petty hasta la fecha ha sido una vuelta al pasado. El rubio sureño se lo ha vuelto a montar en solitario con la ayuda de Jeff Lynne. “Highway Companion” (2006) es más sólido que “The Last DJ”. Y como pasa con todos sus discos hay temas que satisfacen al paladar más exigente (“Saving Grace”; “Flirting With Time”, “Down South”, “Damaged By Love”…).

De un artista con tan pocos altibajos sólo se puede esperar que continúe publicando buenos discos. A lo mejor no lucen la frescura de su ópera prima o la calidad de “Damn The Torpedoes” y “Full Moon Fever”, pero a buen seguro que sigue escribiendo melodías que se te adhieren a tu cabeza como si fueran un chicle pegado a un zapato. Alguien que ejemplifica aquello de que todo es muy difícil antes de ser sencillo no nos puede fallar.

P.D. Acaba de salir publicado el documental “Runnin’ Down A Dream” (2007). Este filme de Peter Bogdanovich viene a cuento por los 30 años cumplidos por Tom Petty & The Heartbreakers como banda. Y lo cierto es que es esencial para fans. El devenir de Petty y cía está detallado con imágenes históricas. De propina viene un concierto y un cd de rarezas. Es, sin duda, una joya.

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Publicado por J.L.Ruiz / Archivado en:Revisiones
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Carole King – Tapestry

Publicado el Domingo 29 marzo 2015

Carole Kinkg
Tapestry
Ode 1971

tapestry.jpgCuando La Calidad Es Comercial

“Tapestry” fue un álbum que obtuvo a principios de los 70 un tremendo éxito. Vendió millones de discos, estuvo quince semanas en el número 1, duró más de seis años en las listas y ganó 4 premios grammy. Además, impuso el punto de vista femenino en un universo masculino como era el de la música pop (y sigue siéndolo, aunque en menor medida). Las mujeres se pudieron identificar con unas canciones tan honestas como sencillas que estaban escritas y cantadas con el corazón. La temática era universal: nostalgia, amistad, esperanza, amor/desamor… Carole King hizo fácil lo difícil. Logró conectar con la gente a través de canciones sinceras y que transmitían lo que sentimos con respecto a las cosas que (más) nos importan. Y no sólo en el aspecto lírico radicaba la clave del “boom” que supuso en 1971 la públicación de “Tapestry”. Músicalmente era rico por la variedad que ofrecía (soul blanco, folk, pop, aromas jazzísticos…). Era cálido y sonaba directo, sin vanos artificios. Tenía una funcional producción de Lou Adler. La personal voz de Carole King se hacía con el mando. Te confiaba pensamientos íntimos. Y lo hacía sin tapujos. Sonaba a verdad. Era su verdad emocional.

Carole King (09-02-42, Brooklyn, New York) no era precisamente una “songwriter” novel cuando dio a luz a “Tapestry”, su segundo álbum en estudio. En los 60 había formado un tándem infalible con el por aquel entonces su marido Gerry Goffin. En el contexto del famoso Brill Building, este dúo compuso temazos del calibre de “Will You Love Me Tomorrow”, “The Locomotion”, “One Fine Day” o “Up On The Roof”. Desde los Beatles pasando por Aretha Franklin, un sinfín de artistas grabaron sus canciones.

Con el tiempo intentó montarse una carrera en solitario. Y al final salió adelante. Carole King, que curiosamente era la protagonista del “Oh! Carol” de Neil Sedaka, alcanzó el estatus de superestrella buceando en su interior, creando un disco confesional en el que demostraba que dominaba con maestría el arte de componer grandes canciones. Porque “Tapestry” carece de puntos débiles. Para empezar recupera tres gloriosas perlas de su propio pasado: “You’ve Got A Friend” (que fue un “hit” para James Taylor, presente en el disco y apoyo emocional de Carole), “Will You Love Me Tomorrow?” (The Shirelles la bordaban) y “(You Make Me Feel Like) A Natural Woman” (Aretha Franklin la convirtió en pieza clave de su seminal “Lady Soul”). Y lo cierto es que la lectura que hace la compositora neoyorquina de ese trío de partituras es conmovedora.

Incombustibles son también los “hits” de nuevo cuño: “I Feel The Earth Move” y “It’s Too Late”. Y el resto del disco tampoco tiene desperdicio (“So Far Away”, “Where You Lead”, “Beautiful”…). En definitiva, representaba la quintaesencia de esa clase de discos que escuchas del tirón porque merece la pena de arriba abajo. Han pasado muchos años y sigue siendo un álbum imprescindible. “Tapestry” dignifica el concepto de comercial. Este disco se vendió y continúa vendiéndose porque contiene canciones inmortales. Es obvio que en multitud de ocasiones la calidad no tiene nada que ver con la comercialidad. Este es un caso en el que ambos términos casan. La clave radica en una colección de grandes partituras con un mensaje sincero y sencillo.

Lista de 25 discos esenciales de artistas femeninas:

Billie Holiday: The Quintessential Billie Holiday Volume 3 (1936)
Ella Fitzgerald: Sings The George And Ira Gershwin Song Book (59)
Patsy Cline: Showcase (61)
Nina Simone: Wild Is The Wind (66)
Nico: Chelsea Girl (67)
Aretha Franklin: Lady Soul (68)
Françoise Hardy: Comment Te Dire Adieu (68)
Margo Guryan: Take A Picture (68)
Dusty Springfield: Dusty In Memphis (69)
Janis Joplin: Pearl (71)
Carole King: Tapestry (71)
Joni Mitchell: Court And Spark (74)
Patti Smith: Horses (75)
Emmylou Harris: Pieces Of The Sky (75)
Rickie Lee Jones: Pirates (81)
Mary Margaret O Hara: Miss America (88)
PJ Harvey: Rid Of Me (93)
Bjork: Debut (93)
Kristin Hersh: Hips And Makers (94)
Lucinda Williams: Car Wheels On A Gravel Road (98)
Aimee Mann: Bachelor Nº 2 (00)
Sandy Denny: No More Sad Refrains (00)
Laura Cantrell: Not The Tremblin’ Kind (00)
Neko Case: Blacklisted (02)
Cat Power: You Are Free (03)

Escucha: Carole King – Beautiful

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