Nick Cave – Abbatoir Blues / The Lyre Of Orpheus

martes 14 agosto 2018

Nick Cave & The Bad Seeds
Abbatoir Blues / The Lyre Of Orpheus
Mute 2005

No resulta fácil aproximarse a una figura como la de Nick Cave, su sombra siempre ha estado rondándome desde que compré hace años aquel “Your Funeral My Trial” que sin saber exactamente por qué arrinconé en un cajón sin apenas escuchar. Es difícil catalogar la obra y la trayectoria de uno de los tipos mas extraños y ariscos que ha dado la música rock moderna, un músico que lleva mas de veinte años ofreciendo obras extrañas y herméticas, su mezcla de géneros, de atmósferas y de registros siempre me ha infundido bastante respeto y me ha tenido un tanto alejado de sus canciones.
Hará como dos, quizás tres meses compré este último disco doble atraído por su estupenda presentación y por las efusivas recomendaciones que recibí de algunos de mis amigos, pero no ha sido hasta ahora cuando de verdad me he decidido a escucharlo.
El hilo por el cual empecé a entrar en “Abbatoir Blues” fue sin duda “Cannibals Hymmn”, un tema rocoso, aspero y vibrante que progresa con una singular crudeza y que resulta ciertamente incontestable, de hay llegué a “Hiding All Away” y quedé deslumbrado ante esos obsesivos y escalofriantes coros Gospel que acompañan la sangrante voz de Cave, es un disco difícil y extraño, que hay que escuchar desde las entrañas para empezar a disfrutar de verdad. Temas como “Nature Boy” o “Let The Ring Bells” comparten esa singular rugosidad que sirve para entender la enorme influencia que ha tenido la obra Nick Cave entre aquellos que buscan la belleza en el desierto, en la noche y en el alcohol.
Una vez pasado el mal trago, entrar en “The Lyre Of Orpheus” fue mucho mas sencillo, este segundo disco es bastante mas accesible y luminoso (en los términos de Nick Cave, por supuesto) y aquí encontramos el contrapunto acústico y romántico a la tormenta eléctrica de “Abbatoir Blues”, con temas delicados y sugerentes que siguen la tendencia iniciada en “Nocturama” aunque sin caer en esa cierta apatía que en cierta medida arruinó ese disco, temas como “Breathless”, “Easy Money”, “Spell” o “Carry Me” suenan rotundos y comprometidos con el particular universo de Nick Cave, y su retorcida y alegórica poesía que se apoya en sus obsesiones de siempre, la religión, la muerte, y de la que trasciende un cierto optimismo basado en sus mas íntimas e irrevocables creencias: el amor, la tierra, las raices…
Este majestuoso doble disco es sin duda uno de los mejores de la carrera de Cave, un disco rotundo e incontestable que sigue sin poner las cosas faciles a nadie y que se mantiene a años luz de cualquier tendencia medianamente comercial, un disco que queda ahí para quien se atreva a escucharlo.

Facebook Twitter

Publicado por Luis / Archivado en:Discos
Hacer un comentario

Grandaddy – Sumday

lunes 13 agosto 2018

Grandaddy
Sumday
V2 2003

Grandaddy es uno de los grupos mas interesantes surgidos en los Estados Unidos en los últimos años, su sabia y descarada combinación de elementos Country, Psicodelia, Folk y Pop pusieron su debut “Under the western freeway” y sobre todo su continuación “The software slump” en unos niveles que no recordábamos desde aquel ya lejano “Slanted and Schanted” de Pavement.
Es precisamente con Pavement con quien mejor se puede emparentar a Grandaddy, aunque es evidente que su sonido e influencias son bien distintas se asemejan en su actitud despreocupada, Low-fi, en su ingenio desbordado rayando en bastantes ocasiones la sana locura.
Grandaddy ofrecen una revitalizante amalgama de Gram Parsons, Los Byrds del “fourth dimension”, Flaming lips, rock espacial y un acertado componente melódico emparentado con los mejores exponentes pop británicos.
Con estas credenciales eran altas las expectativas creadas con la salida de su tercer largo, publicado con el nombre de “Sumday”.
“Now it’s on” el primer corte, retoma el pulso dinámico y mas pop de su primer lp, ese mismo pulso se adivina en la mayoría de cortes siguientes, nos encontramos con magnificas canciones como “The go in the go for it”, “el caminos in the west”, “O.K with my decay”… temas muy pulidos, muy trabajados, muy redondos, con unas letras tremendamente ingeniosas entre el disparate y la reflexión lunática.
Aquí viene la primera objeción, por mas que los buscamos, no aparecen por ninguna parte esos extraños pasajes psicodélicos que quedaban tan bien en “The software slump”, todo parece aquí mucho mas calculado, deparando quizás mejores canciones pero restando de manera evidente frescura, espontaneidad y pegada al resultado final. Gran parte del encanto de Grandaddy radicaba en que muchas veces no sabían a donde les podía llevar una canción y aun así la llevaban adelante, ahora quizás saben mejor donde quieren llegar, pero el destino no es tan satisfactorio.
A pesar de estos peros “Sumday” es un magnifico disco, no cabe duda que el instinto melódico de Grandaddy crece y mejora con los años, esto debería ser mas que suficiente para el 95% de los grupos, pero ellos no se deberían conformar con tan poco.

Facebook Twitter

Publicado por Luis / Archivado en:Discos
Hacer un comentario

El Orfanato

domingo 12 agosto 2018

El orfanato (2007)

Director: Juan Antonio Bayona
Intérpretes: Belén Rueda, Fernando Cayo, Roger Princep, Monserrat Carulla, Andrés Gertrúdix

orfanato.jpgSi hace unos años alguien me hubiese dicho que, un día, me pasaría ocho meses sin pisar una sala de cine, seguramente me habría parecido increíble. Y es que hubo un tiempo en que quien esto escribe era perfectamente capaz de, en ocasiones, ver tres e incluso más películas por semana en el cine de turno. Pero aquí estamos, y resulta que desde la última vez en que pisé una sala de cine (para ver Zodiac) hasta el momento de ver El orfanato han pasado casi ¡nueve meses!.

¿Razones para esto?. Pues varias. Dejando a un lado el punto de vista de gente que, como yo, sostiene que vivimos el último suspiro del cine al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora, una razón de peso es sin duda el carísimo precio de las entradas. Jamás en la vida habría imaginado que dos personas tendrían que desembolsar casi 14 euros para entrar en un cine, y encima sin la garantía de ver una buena película a cambio (y sin contar con el gasto suplementario en palomitas y bebidas, por supuesto). Hace sólo diez o doce años, lo cual no es tanto tiempo, mis padres me daban precisamente la mitad de ese dinero cada fin de semana: 1100 pelas de las de entonces. No era precisamente una pasta, y aun así era posible pasar la tarde – noche viendo una peli de estreno en el cine, para luego gastar el dinero sobrante pillando “el puntillo” con los colegas a base de minis de cerveza barata y kalimotxo de tetra-brick.

De esta forma, a nadie le debe extrañar que sea mi novia la que me haya empujado últimamente a ver cine en pantalla grande. De no ser por ella, es seguro que no habría visto ni la mitad de las películas que he visto en los últimos dos años (no muchas, ciertamente); entre ellas esta que nos ocupa hoy.

El orfanato es la típica película encargada como cada año de maquillar los penosos registros cuantitativos y cualitativos del cine “apañó”. Pero tampoco hay que llevarse a engaño: en una producción de esta categoría, con mucho dinero de por medio, las campañas publicitarias hechas “a degüello” para poner culos en las butacas a toda costa, influyen de manera determinante en los resultados de taquilla. Y que una película sea un éxito no quiere decir necesariamente que sea una maravilla. Este es el caso de El orfanato, aunque todo depende del punto de vista con el que se enjuicie el filme.

Porque afortunadamente esto no es Alatriste, donde se mire por donde se mire, el resultado es una mierda del tamaño del Burj Dubai. Vista como mero entretenimiento, con la clara intención de dejar el cerebro a un lado de la butaca, El orfanato cumple su cometido, aunque sin alardes. El problema viene cuando tratamos de enjuiciarla como película con todas las letras. Entonces el frágil castillo de naipes se viene abajo estrepitosamente, saliendo a flote todas las carencias de una cinta que se parece al Monstruo de Frankenstein, construida a base de pedazos de otros filmes pegados aquí y allá, y cargada de topicazos, algún diálogo absurdo y escenas filmadas de manera lamentable (la atropellada carrera de Belén Rueda por la playa es un claro ejemplo). No se necesitan ni cinco minutos de metraje para tener la sensación de que se está viendo Los otros II, pero tampoco hace falta escarbar mucho para encontrar “referencias” a otras muchas películas del género de terror como Poltergeist, El Resplandor o House, una casa alucinante (de la cual plagia con absoluto descaro la idea central del argumento).

En resumidas cuentas, y tal y como hemos dicho antes, pasarlo bien con El orfanato depende mucho del color del cristal con que se mire. Rodada de forma aséptica pero sin maestría alguna, de manera bastante rutinaria, entretiene lo justo y tiene algunos momentos buenos, aunque tampoco realmente brillantes. Sin embargo como película no resiste un análisis mínimamente serio, excepción hecha de la buena interpretación de Belén Rueda. La impresión es que por 6,90 la entrada uno se merece más a cambio. Claro que, tal y como están las cosas, tampoco se pueden pedir peras al olmo.

Facebook Twitter

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
2 Comentarios

Gosford Park

sábado 11 agosto 2018

Gosford Park (2001)

Director: Robert Altman
Interpretes: Eileen Atkins, Bob Balaban, Alan Bates, Charles Dance, Stephen Fry, Michael Gambon

La reciente muerte de Robert Altman a los 81 años de edad, nos ha dejado huérfanos del que muchos consideraban uno de los últimos grandes directores de Hollywood. Con fama de rebelde (aunque sobre ese particular podríamos hablar largo y tendido) y con una prolífica carrera en la que abundan más los bajos que los altos, Altman dejó, pese a todo, su impronta de gran artesano allí donde dirigió un cotarro, logrando algunas películas de excelente factura como M.A.S.H. o Short Cuts que, dicho sea de paso, tal vez sean las mejores de su extenso currículum.

El caso es que, aprovechando el óbito del afamado director, TVE programó, en el marco de su Segunda Cadena, Gosford Park, una de las últimas películas de Altman como director y también la última con la que el realizador de Kansas logró un abierto reconocimiento por parte de la crítica, siendo incluso nominado al Oscar por su trabajo. En su día tuve ocasión de verla de estreno y la verdad es que salí enormemente decepcionado y con la sensación de haber “caído”, una vez más, ante las loas de los criticuchos de turno, que colocaban este invento de Mr. Altman a la altura de sus mejores trabajos.

Uno de estos criticuchos, del que no citaré nombre y medio para el que trabajaba porque simplemente no me apetece ensuciar esta web nombrándoles, comentaba en su momento que lo que más temía era que la “gente común” (useasé, los subnormales que pagan la entrada, según él) no captase el mensaje de esta cinta, pensando que estaban ante “una copia de una película de las de Agatha Christie”. O yo soy “gente común” o simplemente no sé leer entre lineas (o no sé leer, directamente); pero lo cierto es que Gosford Park me pareció exactamente esto: un remedo de peli de Hercules Poirot, solo que mejor hecha. Como ya no me fío ni de mí a estas alturas, decidí aprovechar la oportunidad que me brindaba La 2 y “re-ojear” esta producción a ver si, casualmente, lograba alcanzar el Nirvana que “el ese” (el criticucho de marras) decía haber alcanzado años atrás…

Echémosle un vistazo al argumento: Gosford Park es una enorme y preciosa mansión a la que acuden una serie de invitados, pertenecientes a la rastrera y decadente alta sociedad inglesa de primeros del siglo XX, con objeto de pasar una jornada de caza. Todo transcurre dentro de la más absoluta e hipócrita “normalidad” hasta que uno de los asistentes es asesinado durante la noche. A partir de entonces comienza incesante investigación en busca del responsable de tan vil acto. Todos, desde lacayos a señores, desde damas a doncellas, pueden ser culpables.

Si esto no es “una copia de una película de las de Agatha Chirstie” que baje Buda y lo vea, oigan. Insisto: debo ser gilipollas del culo, porque acabé esa noche reafirmándome en lo que previamente opinaba sobre esta película. Que sí, que esta muy bien hecha, que Robert Altman dirigía como Dios, que los actores están todos cojonudos (particularmente Helen Mirren) y que me casaría con Kristin Scott Thomas sin dudarlo, arrastrándome por el fango si ella me lo pidiera; pero no acabo de “pillarle el punto” a esta cinta, y sigo viéndola como un filme coral “a lo Agatha Christie” muy currado desde luego, pero que no acaba de despegar por la ausencia de un guión bien desarrollado en lo argumental (el principio, embarullado como pocos, es mortal de necesidad) y con una falta de ritmo que en ocasiones resulta alarmante. Ni siquiera la inclusión de un fino toque humorístico “típicamente Altman”, por lo general en manos de Maggie Smith (Condesa de Trentham en el filme) y Stephen Fry (un inspector Thomson a modo de pantomima de Hercules Poirot), impide lanzar bostezos de vez en cuando. Gosford Park recuerda de alguna forma a las películas de James Ivory, muy bien hechas, con una fabulosa ambientación “de época”… y cuyo visionado suelo recomendar a mis amigos cuando tienen problemas para dormir.

Es una pena que Gosford Park no esté a la altura de lo que parece aparentar, aunque hay que dejar claro que para 2001 Altman estaba ya muy lejos de sus días de gloria. E insisto: “el ese”, si me lee (que no creo) debería ver primero las películas sobre las que luego opina (me consta que en algún caso no lo hacía). Lo peor es que no es el único. Y peor todavía es que cobran, y no precisamente hostias…

Facebook Twitter

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
Hacer un comentario

El día después

viernes 10 agosto 2018

The day after (1983)

Director: Nicholas Meyer
Intérpretes: Jason Robards, JoBeth Williams, Steve Guttenberg, John Cullumm, John Lithgow

el_dia_despues1.jpgHay muchos aspectos particulares de los años 80 dignos de reflejarse en los libros de Historia, y al contrario de lo que mucha gente se piensa, no todos son precisamente buenos. Hace ya algún tiempo comenté que los 80, lejos de ser los años de vino y rosas que muchos nostálgicos gratuitos nos quieren vender, fueron años muy difíciles y cargados de incertidumbres. Particularmente durante el primer lustro de la década, en el que raro era el día en que uno no se desayunaba, comía, cenaba y se acostaba sin preguntarse entre otras cosas si el día siguiente no amanecería con un enorme hongo perfilado en el horizonte.

Y es que a los agoreros de la guerra termonuclear total no les faltaron razones para echarse a temblar cuando, en 1980, Ronald Reagan llegaba a la presidencia de unos EE UU que pedían, más que nunca, alguien que les devolviese el orgullo perdido tras la infamante derrota en la Guerra de Vietnam. No en vano, aquel actor de segunda fila reconvertido en político ultraconservador, anticomunista enfermizo por añadidura, había solicitado públicamente en repetidas ocasiones, durante su época de senador por California, el uso de bombas atómicas en aquel país para “borrar de una vez y para siempre el comunismo del Sudeste Asiático”. Con semejantes antecedentes nada bueno podía esperarse en el futuro, si no más bien al revés. Y los acontecimientos pronto se encargarían de demostrarlo cuando, al poco tiempo, los norteamericanos decidieron impulsar su carrera armamentística sembrando Europa Occidental de misiles nucleares (los entonces tristemente famosos “Euromisiles”). A esto respondieron los “ruskies” como no podía ser de otro modo, plantando cohetes en “su” mitad del continente. La Guerra Fría, que durante los 70 había vivido momentos de cierta distensión, se reactivaba ahora con una crudeza desconocida durante años, metiendo el miedo en el cuerpo al mundo entero.

Como suele ocurrir, incluso en los tiempos más sombríos siempre hay alguien con los suficientes arrestos, caradura e inteligencia como para hacer un buen negocio, y ni que decir tiene que fue el cine uno de los sectores que más se beneficiaron de aquella situación. Con el cine de catástrofes ya en franca decadencia, algunos productores avispados vieron que el próximo filón a explotar estaba en la psicosis nuclear, y empezaron a surgir como hongos (nunca mejor dicho) producciones de diverso pelaje destinadas a pantalla grande y TV. Incluso la generalmente sesuda BBC editaría un documental que ilustraba técnicas de supervivencia ante un ataque nuclear (a modo de “manual de instrucciones”) que pegó a la pantalla del televisor a toda Inglaterra.

Cuando pensamos en este tema, a la mayoría de nosotros, así a bote pronto, nos vienen a la mente películas como Juegos de Guerra, la saga de Mad Max (particularmente las dos últimas) o, siendo un pelín rebuscados, Cuando el viento sopla. Todas ellas, con independencia de su temática más o menos común, son notables ejemplos de buen cine. Pero si existe una película que represente como ninguna el horror de aquella situación de psicosis nuclear esa es sin duda El día después, de la que en 2008 se cumplen 25 años desde su estreno por la cadena de televisión ABC.

Porque efectivamente, hablamos de un telefilme que fuera de USA se estrenó en salas comerciales, con unos efectos casi tan devastadores como los de la explosión nuclear que retrata. Efectos que por supuesto también se produjeron en la patria de la Coca Cola, donde El día después aun figura como la película para TV más vista en la historia de aquel país, con picos de audiencia del 60%. Los inteligentes productores del filme supieron ver como nadie la oportunidad de aquella ola de “pánico nuclear”, orquestando una campaña publicitaria previa al estreno que incluía una línea de teléfono para atender posibles casos de crisis nerviosa. Los estupefactos espectadores pudieron asistir, en primera fila y con un grado de detalle jamás visto hasta entonces, al horror de la guerra nuclear que no pocos creían inevitable tal y como estaban las cosas, y el debate posterior a la emisión de la cinta, con el genial y añorado Carl Sagan describiendo con todo lujo de detalles el Invierno Nuclear, acabó por “arreglar” esa noche, al punto de que el propio Ronald Reagan tuvo que emitir posteriormente un comunicado para serenar, en lo posible, los ánimos de la población.

El día después no pasa de ser un filme de catástrofes más, prácticamente calcado de los muchos que se hicieron en los 70 y primeros 80 (solo que cambiando el barco, el avión o el rascacielos por la bomba atómica). Por supuesto, lo más destacable es la secuencia en la que cae la bomba. Teniendo en cuenta los medios disponibles entonces y el presupuesto de la película los efectos especiales son buenos, incluso impactantes, aunque no sirven para plasmar en toda su crudeza los verdaderos efectos y consecuencias de una explosión de ese calibre sobre una zona densamente poblada (en realidad serían mucho peores). Aun así fue suficiente como para afectar en mayor o menor medida a todos los que tuvieron el atrevimiento de verla. Todavía recuerdo una noche en la que, paseando con mis padres, nos topamos con una pareja de amigos que acaban de asistir a la proyección del filme en un cine de la ciudad. Salían de allí completamente pálidos y ella temblaba como un flan, literalmente, mientras acertaban a balbucear comentarios del tipo de “horrible”, “espantosa” o “pesadilla”, y no precisamente porque la cinta les hubiese parecido mala. Yo esperé al video para ver la película y para aquel entonces, con 13 o 14 años, y pese a conocer de sobra los peligros de las armas nucleares tras haber ojeado mucho sobre el tema en libros y revistas, quedé tan impactado que no me atreví a volver a verla entera hasta el momento en que, con objeto redactar este artículo, la pillé en la biblioteca de mi barrio, aprovechando de paso (no voy a negarlo) para enfrentarme a uno de mis demonios particulares. Aun así, y pese a los años que ya me contemplan, no pude evitar “distraerme” en algunos de los momentos más duros. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar la secuencia de la explosión, y eso pese a la existencia de películas como Terminator 2, que tiró de presupuesto para una secuencia parecida (aunque mucho más corta, claro) ultrarrealista y absolutamente espeluznante contemplada en pantalla grande.

Transcurridas dos décadas y media desde el estreno de El día después, casi nadie recuerda ya la tremenda impronta que éste dejó en una ciudadanía atemorizada, con noticias de portada en el Telediario y todo. Pero dejando a un lado el oportunismo y por qué no decirlo, la caradura de quienes lo idearon, este tinglado tiene sus cosas positivas incluso de cara al futuro, como advertencia para no olvidar un peligro que, aunque aparentemente “minimizado”, sigue estando presente: la situación política ha cambiado mucho y las armas nucleares ya no son noticia de portada en los medios, pero la proliferación nuclear, lejos de disminuir, ha aumentado. Y lo que es peor: ha aumentado el descontrol sobre una parte de esas armas, con consecuencias imprevisibles. Como bien apuntó Carl Sagan, mientras exista en el mundo una sola bomba atómica, el peligro que suponen esas bombas jamás desaparecerá.

Facebook Twitter

Publicado por Leo / Archivado en:Cine
3 Comentarios

2003-2014 Computer Age. Blog powered by Wordpress